Centro de gravedad permanente

Página personal de Agustín Celis

mala leche - ajedrez

Mala leche

Nunca decía nada al vernos entrar. Solía esperarnos sentado, abstraído frente a las piezas, estudiando posiciones, en completo silencio.

—¿Qué os ha dicho don Alfredo? —preguntaba más tarde el director del colegio enseñándonos a mentir.

—Que debemos portarnos bien, don Juan —decíamos, temerosos.

Y el director, satisfecho, conforme, con la mano blanda sobre nuestras cabezas, pronunciaba el visto bueno con el que los déspotas invocan a su piedad:

—Muy bien. Muy bien.

A los chicos malos, a los que teníamos mala leche, nos mandaban con El Sapo en los recreos; al territorio olvidado y perdido de los batracios; al aula mal iluminada y casi vacía, sin sillas en las que sentarse ni mesas en las que trabajar; con las persianas siempre rotas, el aire asfixiante y aquel olor a cieno y agua estancada que nos llegaba a través del ventanuco que daba al canal en el que croaban las ranas. Croac. Croac.

Aún no había cumplido diez años, estaba en cuarto de EGB y ya me habían convencido de que tenía mala leche. Como allí no había nada que hacer y mucho menos que decir, los tres o cuatro chicos castigados, siempre los mismos, empezamos a acercarnos a la mesa donde El Sapo jugaba consigo mismo al ajedrez. Primero, con temor. Después, con curiosidad. Finalmente, interesados. Susurrábamos porque intuíamos que convenía estar en silencio, pero aun así comentábamos la jugada inventándonos el juego que, a fuerza de mirar, íbamos descubriendo.

La primera vez que El Sapo se dirigió a nosotros, después de varios días, fue para decirnos que a la pieza que nosotros llamábamos Reina era mucho mejor llamarla Dama. Nunca nos dijo el porqué.

Un día, al entrar en la sala de los batracios, nos encontramos varias mesas y sillas en el aula, y, en cada mesa, un tablero y una caja con piezas de ajedrez.

—¿Podemos jugar, don Alfredo?

Pero El Sapo, a lo suyo, solo levantó la cabeza, nos miró un instante, se encogió de hombros y acercó el dedo índice de su mano derecha a la boca.

A partir de ese día, de vez en cuando se levantaba de su mesa y se acercaba a la nuestra para observar también él nuestro juego.

—Así, no —decía—. Así.

O bien:

—El Alfil mueve en diagonal; la Torre, en horizontal y en vertical; el Caballo, en forma de L.

Pronunciaba el nombre de las piezas con mayúsculas.

—Al Rey se le debe hacer jaque —decía.

O bien:

—Al Rey de nuestro contrincante debemos acorralarlo, y si lo dejamos sin movimiento y sin protección, entonces ganamos.

—¿Ganamos qué?

—Nada. Solo la partida.

—¿Y entonces? —preguntábamos.

Y entonces El Sapo se volvía a quedar en silencio y regresaba a la partida interminable que jugaba consigo mismo en la esquina donde sonaban las ranas. Croac, croac.

Empezó a enseñarnos aperturas, tácticas y estrategias del ajedrez, gambitos y celadas. Y también a dar mate con la Dama, con dos Torres, con una Torre y el Rey, con dos Alfiles, con un Alfil y un Caballo. Y siempre que se acababa una partida nos decía:

—Daos la mano.

—¿Por qué?

—Porque sí.

Casi a final de curso nos anunció que iríamos a jugar con otros colegios un campeonato de ajedrez. En equipo. Con otros chicos de nuestra edad. Cuatro jugadores contra cuatro jugadores cada vez. Tú serás el primero; tú, el segundo; tú, el tercero; y tú, el cuarto.

Yo solía ser el segundo y, por tanto, jugar con el segundo de los otros equipos. O el número dos y jugar con el número dos del equipo contrario. Nunca pregunté por qué. En el fondo sabíamos cuál era el motivo. A veces, sin previo aviso, variaba nuestras posiciones y, según con quién nos tocara jugar, el tres dejaba de ser el tres para ser el cuatro. O yo me convertía en el tres o me convertía en el cuatro. El único que no variaba nunca era el primero.

No siempre ganábamos de manera individual, pero sí solíamos hacerlo en grupo. De regreso al colegio, comentábamos la jugada y luego repasábamos las partidas. Y, siempre que podíamos, dentro y fuera del colegio, jugábamos al ajedrez.

Aprendimos a anotar las partidas y aprendimos a jugar con reloj. Pero también aprendimos a observar al contrario y a admirar su juego. Y también a tenderle la mano cuando ganábamos y también cuando perdíamos.

Un día descubrimos, con sorpresa, que habían dejado de mandarnos a la sala de los batracios como castigo y que ahora íbamos para jugar. Y aunque las ranas seguían haciendo croac en la esquina de don Alfredo, hacía ya mucho que habíamos dejado de oírlas. Incluso nos dimos cuenta de que ya nunca nos referíamos a don Alfredo como El Sapo.

Cuando llegamos a la final de aquel primer campeonato de ajedrez, conocíamos muy bien a nuestros adversarios. Los habíamos visto jugar muchas veces. El número uno de su equipo era temible. No había perdido ni una sola partida y nuestro número uno se veía incapaz de ganarle. Sabía, porque habíamos empezado a saber esas cosas, que no sería capaz de vencerlo.

Y también recuerdo, porque me gustó, que, durante la final en el pabellón deportivo, fue el director de nuestro colegio el que preguntó por qué.

—¿Por qué enfrentas a nuestro segundo jugador con el primero de ellos?

—¿Y por qué no? —respondió don Alfredo—. Es el que más mala leche tiene jugando.

Foto de Manu García, Guante en el suelo

Resentimiento y Coronavirus

Artículo publicado en La Voz del Sur, 21/3/2020

Creo que una de las causas del creciente fanatismo que observamos en tanta gente es la tendencia a confundir resentimiento social con ideario político

Dicho de otra manera: hay demasiada gente que cree que sus razonamientos responden a los principios de una determinada ideología, cuando, en realidad, son respuestas dictadas por el resentimiento social que les mueve.

Resulta muy fácil reconocerlos. Son los que solo repiten consignas; los aficionados al eslogan pegadizo y viralizable; los que adoptan poses y posturas recomendadas por aquellos que, con tal de medrar en política, vieron la ocasión de dirigir todo el resentimiento social que había ido acumulando la gente en los últimos años; son también quienes popularizan nuevos términos para imponer esa especie de neolengua que en realidad nadie habla, pero que obliga, sin que nos demos cuenta, a dirigir el pensamiento hacia una determinada dirección ideológica.

Es muy difícil razonar con esta gente. Puede que imposible. En cuanto oyen o leen tres palabras que se alejan un poquito de la consigna que se han aprendido de memoria y sin razonarla, su cabeza cortocircuita. No lo entienden. No quieren entenderlo. No lo van a entender.

Por eso no admiten la discrepancia.

No aceptan los matices.

Ni siquiera el más mínimo matiz.

En su limitada y fanática manera de pensar, todo es blanco o negro. No hay colores. No ven la realidad en todo su esplendor, con toda su complejidad. Para la gente que así razona, solo hay dos posibilidades: o eres de los suyos o eres de los otros. No hay más opciones.

Los míos y los otros… ¡Qué pobreza mental!

Y la verdad es que estoy rodeado de gente así. Cada vez hay más. Y por todas partes.

Para sobrellevarlo con humor y no frustrarme más de la cuenta, confesaré que me he inventado un juego que me divierte mucho, y que recomiendo encarecidamente para mantener la salud mental.

El juego consiste en no discutir demasiado. Solo un poquito, pero de manera escalonada. Primero finges que estás de acuerdo con quien ya sabes que es un fanático y luego, cuando menos se lo espere, introduces un pequeño matiz. Una mínima discrepancia. 

La estrategia es esta: 

  1. Primera fase de la operación, o fase de fingimiento: Procura utilizar muchas expresiones encaminadas a crear una sólida empatía con el fanático emisor; del tipo: “claro, claro”; “que sí, que sí…”, “por supuesto”, y por ahí más o menos.
  2. Segunda fase de la operación, o fase porculera: Sin previo aviso, para cogerlo desprevenido, introduce en la conversación, cada dos o tres minutos, conectores de oposición de este tipo: “pero”, “sin embargo”, “no obstante” o similares, más algún que otro argumento destinado a enriquecer el diálogo con un matiz discordante, diferente o potencialmente controvertido, sin que importe demasiado si realmente te lo crees o no. ¡Qué más da! Se trata solo de poner a prueba la templanza y el talante democrático de nuestro receptor. ¡Pero cuidado! Sin pasarte. No se trata de introducir en la disputa toda nuestra artillería pesada, sino solo parte de ella; la puntita nada más. Recomiendo introducir solo un 10% de desacuerdo.
  3. Tercera fase o fase de observación: Probablemente la más divertida. Observa al fanático con atención y estudia las reacciones que provocan en él ese darse cuenta de que no encajas en el único perfil ideológico que él es capaz de aceptar: silencio espeso, mirada pétrea, temblor de labios, decepción en las mejillas, rictus de sorpresa, de desencanto, de resentimiento, de odio, de asco…
  4. Última fase o fase de aguantar el chaparrón: A decir verdad, y para ser justos, no todos los fanáticos llegan a este cuarto estadio de involución del raciocinio. Lo normal es que se queden en la fase de observación, juzgándote en silencio y alimentando sus prejuicios hacia ti. Pero quienes sí se aventuran por los territorios insultantes de la cuarta fase, además de los insultos y los prejuicios, suelen echar mano de las otras dos lacras de nuestro tiempo: el uso mendaz del victimismo como única forma de tener razón, y el recurso tóxico a la emocionalidad de corte pasivo-agresivo con el fin de hacerte sentir culpable y que evites expresar libremente tu opinión, tan distinta a la de ellos.

Que no te amedrenten. Nunca te amilanes ante estos nuevos fanáticos que nos legó la primera década de este siglo. Tienen los días contados. Al igual que el Coronavirus, esa forma de fanatismo tan de moda en estos últimos años, pasará. 

Ese modo de disfrazar el resentimiento social detrás de una ideología, que además pretenden que aceptemos en lote completo y sin matices, también es un virus. Y sospecho que juegos como el que he expuesto anteriormente pueden servir para inmunizarnos contra él. Llegará el día en el que ya no nos afectarán ni sus insultos ni sus estrategias para oprimir la libertad de expresión. Porque de eso se trata; de restringir la libre circulación de pensamiento.

Más pronto o más tarde, al igual que con el Coronavirus, encontraremos la vacuna definitiva para combatir, pacíficamente, tanto resentimiento y tanto fanatismo.

Y que nadie se equivoque. A lo largo de la Historia, el fanatismo siempre utilizó los mismos ropajes; el mismo disfraz. Los fanáticos suelen creerse seres superiores. Se revisten con la fastuosidad engañosa de la virtud. Siempre dicen ser virtuosos y de moralidad intachable. Y siempre, siempre, parecen inofensivos.

También el Coronavirus iba a ser inofensivo. ¿Lo recuerdan todavía, o es que ya se han impuesto las consignas y los eslóganes en tantas y tantas cabezas? Lo decían hace tan solo un par de semanas. A esto que se ha convertido en una pandemia de proporciones planetarias, pretendieron disfrazarlo con los ropajes de una simple gripe. Contraviniendo, por cierto, las recomendaciones de las autoridades sanitarias más prestigiosas.

Landing of Columbus, John Vanderlyn, 1847,

A la mano del paraíso

Artículo publicado en La Voz del Sur, 15/6/2019

¿Alguna vez han tratado de imaginar cómo debió de ser la conquista del Paraíso en pleno siglo XVI? ¿En alguna ocasión sintieron la curiosidad de saber cómo fueron aquellos hombres que se embarcaban hacia un destino incierto en lo que ahora conocemos como América, pero que ellos conocieron como las Indias españolas? Si resulta que sí, ahora tienen la ocasión de dejarse seducir por la historia de Diego Castellanos, uno de los protagonistas de aquellos sucesos inimaginables hasta entonces. La literatura también puede servir para eso. Sirve de hecho para eso; para abolir el tiempo y el espacio y dejarse guiar por las palabras de los que nos precedieron, pero también para adentrarse en la aventura e ir descubriendo de primera mano algunas verdades vivas que aún no ha logrado borrar el paso de los siglos.

Jesús Velasco practica en esta primera novela suya, Castellanos, a la mano del Paraíso, una literatura sin concesiones. Con singular fortuna, se mete en la piel de su protagonista y nos narra en primera persona las aventuras de un español de los de entonces, caballero de fortuna, comunero, navegante y conquistador, además de ahijado del célebre autor del Amadís de Gaula, Garci Rodríguez de Montalvo, y hombre de confianza de Bernal Díaz del Castillo e incluso del mismísimo Hernán Cortés. Pero, sobre todo, hombre de bien, amigo de sus amigos y testigo lúcido de los complejos avatares de una época en la que se cruzaron los límites de lo concebible.

Para lograr esa sensación de verdad que nos permite conocer la Historia en cada momento, la novela está escrita al modo de las clásicas memorias de probanza, en las que un personaje honorable hacía memoria de sus aventuras para reivindicarse a sí mismo y obtener la recompensa por sus hazañas. El héroe de la historia es Diego Castellanos, quien dirige su escrito y cuenta su caso al señor Gobernador de la Nueva Galicia, don Nuño Beltrán de Guzmán, quien fuera enemigo acérrimo de Hernán Cortés. Lo hace desde la prisión en la que se halla confinado, en un poblado de indios que están siendo cristianizados por Fray Nervando de Ortigosa, el humilde franciscano que le cuida y acompaña durante su cautiverio y, en mi opinión, uno de los grandes aciertos en un libro que abunda en personajes espléndidos, muchos de ellos rigurosamente históricos.

Fiel a la historiografía, pero sin olvido de una ficción perfectamente ejecutada, sorprende en esta novela el manejo de un lenguaje que imita de forma brillante el castellano claro y diáfano del siglo XVI, una época en la que todo el mundo escribía bien. Con un estilo renacentista, pero totalmente comprensible para el lector de hoy, logra desde las primeras páginas trasportarnos a un pasado en el que quedaron desdibujadas las fronteras entre civilización y barbarie. Como en toda narración verdaderamente honesta sobre el controvertido asunto del descubrimiento y la conquista de las Indias españolas, en la novela que ha escrito Jesús Velasco se nos da una visión realista de lo acaecido, con sus luces y sus sombras, sus desmedidas ambiciones y sus inevitables miserias.

De la mano de su protagonista, el lector atento asistirá sorprendido a multitud de aventuras y hazañas; las vividas por su protagonista desde su Medina del Campo natal, durante el levantamiento de las Comunidades de Castilla en tiempos del emperador Carlos V, hasta los descubrimientos y exploraciones en las costas de California, sin duda el paraíso al que alude el título de la novela, pasando por las guerras de Navarra y Flandes o las campañas de Cuba y Guatemala.

La destreza del autor puede con todo ese material y nos conduce hacia un final imprevisto que nos envuelve y nos atrapa. El poder de seducción de la historia que se nos cuenta es tan intenso que, ya desde las primeras páginas, queda olvidada la posibilidad misma de que Diego Castellanos sea solo un personaje de ficción creado por Jesús Velasco. Para el lector seducido por la historia que se nos cuenta, casi da igual si nunca existió. Otros muchos parecidos a él sí que existieron. En todo caso, merecía la pena inventarlo y conocer la historia de su vida, tan real.

Lean la novela. Se la recomiendo encarecidamente. Sin duda llegarán a comprender e imaginar cómo debió de ser la conquista del Paraíso en la Tierra.

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Imagen destacada: Landing of Columbus, de John Vanderlyn, 1847.

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Elogio triste del maestro

Elogio triste del maestro

Artículo publicado en La Voz del Sur, 31/3/2019

Si uno examina con cuidado sus recuerdos, sin tratar de alterarlos ni corregirlos, descubre que la memoria los ha sometido a un implacable proceso de destilación, y que el destilado resultante es una especie de collage formado solo por pequeños detalles.

A menudo lo que recordamos es apenas una escena, una impresión, una imagen, un pequeño fragmento autobiográfico. O quizás una sensación, una mirada que se nos clavó en la retina, algo muy concreto que nos impresionó o que nos dio vergüenza. Pero también todo aquello que nos supuso un estímulo, que varió nuestra percepción de la realidad o alteró para siempre nuestro pensamiento.

Lo que recordamos de nuestra vida no es muy diferente, en realidad, a lo que recordamos de un libro que leímos con especial interés, por ejemplo. Mentiríamos si dijéramos que lo recordamos todo, porque no es cierto. Es imposible. Lo que guardamos de lo vivido es apenas una mínima porción de vida, y en el momento de traerlo a la memoria, a menos que introduzcamos ficción y literatura en nuestro relato, perfectamente podríamos dejarlo dicho en un breve apunte.

Quizá por eso me gustan tanto dos obras maestras de la literatura contemporánea que son, a la vez, dos obras maestras de las formas breves en literatura. Me estoy refiriendo al I remember de Joe Brainard y al Je me souviens de Georges Perec, dos libros aparentemente banales pero que, en realidad, proponen al lector la más activa participación durante la lectura, invitándolos a despertar la mente, a hacer memoria y a compartir recuerdos siguiendo un esquema de escritura de lo más sencillo; empezar cada oración con estas dos palabras: Me acuerdo.

De esta manera, a poco que se lo proponga, cualquiera puede hacerse con su personal libro de recuerdos breves. De hecho, la forma descubierta por Brainard, y continuada con especial acierto por Perec, se sigue practicando en numerosos talleres donde se imparten clases de escritura creativa. Y los resultados obtenidos ofrecen siempre el testimonio detallado de la experiencia vivida, cosa que, con frecuencia, es motivo de satisfacción para quien se entretuvo en aplicar el método.

El propio Perec, en la edición de su libro, tuvo la ocurrencia de dejar algunas páginas en blanco para que el lector pudiera escribir allí su propia colección de “me acuerdos”. Y les aseguro que es difícil sustraerse a la tentación de dejar pasar la oportunidad una vez leído el libro.

A modo de muestrario, les pondré un par de ejemplos de Brainard:

Me acuerdo de la única vez que he visto llorar a mi madre. Me estaba comiendo una tarta de albaricoque.

Me acuerdo de un profesor de historia que siempre estaba amenazando con tirarse por la ventana si no nos callábamos.

Y también, por qué no, un par de ejemplos de Georges Perec:

Me acuerdo del pan amarillo que hubo durante un tiempo después de la guerra.

Me acuerdo de que un amigo de mi primo Henri se pasaba el día entero en bata cuando estaba preparando sus exámenes.

Como ven, el método es sencillo. Basta con escribir Me acuerdo, dejar volar la mente unos segundos y descubrir la sorpresa que nos devolverá la memoria. Y si lo practican con frecuencia, advertirán atónitos las constantes que se van repitiendo, los temas recurrentes de nuestra memoria, el sonido libre y cambiante que nos trae nuestro recuerdo y hasta el zurcido de detalles olvidados que ha ido tejiendo en la mente de cada uno de nosotros aquello que vivimos.

Si hago repaso de mi personal colección de recuerdos, descubro que conservo muy buena memoria de mis primeros maestros, y que esa memoria es grata y amable, y también que, en muchos momentos, está impregnada de emoción y de agradecimiento.

Me acuerdo de las funciones teatrales que preparaba con nosotros don Eloy.

Me acuerdo de las clases de ajedrez de don Alfredo, y de las partidas que me echaba con él durante el recreo.

Me acuerdo del descubrimiento que supuso para mí el romance de La casada infiel de García Lorca el día que lo comentamos en clase de lengua con don Ernesto.

Me acuerdo de las chirigotas de Pepe cuando estábamos en octavo. Había una especialmente divertida dedicada a don Ernesto.

Me acuerdo de las risas que me echaba con mi amigo Poli en las clases de don Javier.

Me acuerdo del libro ilustrado que escribimos y dibujamos, en grupo, con la señorita de dibujo, que se llamaba Mª Dolores.

Son solo algunos de los que tengo escritos, pero también me acuerdo de don José Castillo y de don José Herrera y de don Miguel Ángel, que además era el padre de mi amigo Pedro. Y me acuerdo de la señorita Araceli y de don Enrique, con el que más tarde coincidí en un instituto de secundaria; y también de lo curioso que resultó comprobar cómo alguien que había sido mi maestro en la EGB se convertía en mi compañero de trabajo veinticinco años más tarde.

Y también me acuerdo de don Juan Corchado, que era el director del C.P. Las Granjas donde trabajaban, en los años 80, todos esos maestros a los que he mencionado y donde yo mismo empecé a formarme como persona. Y, por supuesto, me acuerdo también de Pepe el portero, que era toda una institución en aquel centro educativo del que tan buenos recuerdos guardo; y también del hecho fortuito de que uno de sus nietos llegara a ser un alumno de mi tutoría tantos años después, durante el segundo curso en el que yo ejercí la docencia.

A veces me pregunto si mis alumnos de mañana o de pasado mañana se acordarán de mí con el mismo grado de reconocimiento que yo les guardo a los maestros que contribuyeron, cada uno con su arte y desde su materia, a ser un poco lo que ahora soy. Y también me pregunto si mis antiguos compañeros recordarán a nuestros maestros de la misma forma en que yo lo hago.

Supongo que algunos sí, por supuesto. Soy consciente de que algunos sí. Pero también sé que otros no. Es inevitable. Quienes la ejercemos, sabemos también lo desagradecida que puede llegar a ser esta profesión nuestra. O, mejor dicho, el lado ineludible de ingratitud que conlleva a menudo el ejercicio de la docencia.

Antes he dicho que es inevitable, pero me niego a creer que sea realmente inevitable, como si se tratara de una especie de absurda fatalidad que sufre la profesión desde la más remota antigüedad porque fuese intrínseca a ella o algo parecido. En absoluto.

Sin olvidar el margen de responsabilidad que cada cual tiene en la manera de ser valorado por los otros, la forma en que una profesión como esta es percibida por la sociedad guarda una estrecha relación con el trato que esa profesión recibe por parte de los poderes públicos. Y en este episodio, creo que es bien sabido, ninguno de los partidos que ha gobernado este país durante las cuatro últimas décadas se ha esmerado lo más mínimo en impulsar un sistema educativo realmente ambicioso ni en diseñar una eficaz ley orgánica que perdure en el tiempo. Es más, sobran las evidencias para creer que el empeño ha sido el contrario: devaluar la profesión docente, destruir por completo las humanidades y guillotinar los conocimientos en favor de una especie de adiestramiento cada vez más tecnificado. Nuestra clase política al completo ha demostrado sobradamente, sobre todo en los últimos años, estar más preocupada en destruir la necesaria convivencia de la sociedad que en ponerse de acuerdo en una cuestión clave para esta como es la enseñanza de sus ciudadanos. Aún así, la profesión docente continúa estando entre las más valoradas por los españoles, si bien es verdad que viene resintiéndose en las últimas décadas y el prestigio de los maestros y profesores hace tiempo que dejó de ser el que era.

En esta última semana he tenido ocasión de leer dos noticias que han llamado poderosamente mi atención. La primera de ellas no deja de ser una triste ironía. Resulta que los grandes gurús de internet, de lo digital y de las nuevas tecnologías llevan a sus hijos a centros donde apuestan por el factor humano y limitan al máximo el uso de las herramientas tecnológicas que ellos mismos fabrican y venden. La razón es muy simple: “el problema de la relación de los niños y la tecnología es que el ritmo vertiginoso al que se transforma dificulta la reflexión y el estudio”, como ellos mismos saben mejor que nadie. Lo resumía muy bien, con su habitual contundencia, el juez Emilio Calatayud en su blog de internet hace unos días: “los jefes de internet no quieren internet en los colegios de sus hijos; la razón: son padres listos y nosotros tontos”.

La segunda noticia es de por sí un tremendo sarcasmo. Parece que ya existen los primeros robots diseñados para ser profesores del futuro. O que serán los próximos ayudantes de los profesores del futuro. Parece una broma, pero no lo es. Ya veremos cómo lo venden o lo plantean esos modernos pedagogos cuya máxima aspiración desde hace treinta años es diseñar, improvisando, estrategias novedosas que aplicar en el aula; siempre y cuando no sean ellos quienes tengan que aplicarlas, por supuesto.

De lo que siempre se olvidan es del factor humano; de algo tan sencillo como que trabajamos con personas y ni una máquina ni un software pueden llegar a sustituir esto. Una máquina puede ser una herramienta útil en un momento dado, no digo que no, pero no te puede comprender, no te puede animar. Una maquinita podrá evaluarte, e incluso valorar tus progresos, pero nunca podrá tenerte en alta estima y mucho menos reírse contigo, hacer una obra teatral con sus alumnos, llevárselos de excursión y mostrarles otras realidades, comprender sus problemas o dar un consejo.

Claro que con una máquina se puede jugar al ajedrez como don Alfredo hacía conmigo hace ya treinta y cinco años, por poner un simple ejemplo. Y hasta te podrá enseñar aperturas, a resolver problemas varios y hasta a cómo plantearle una celada a tu contrincante. Pero lo que nunca podrá hacer es tenderte la mano cuando la partida acabe, hayas ganado o hayas perdido.

Teoría y práctica del postureo político

Teoría y práctica del postureo político

Artículo publicado en La Voz del Sur, 17/3/2019

Lo pensé el otro día al observar la vestimenta de mi hijo mayor, al que ahora le ha dado por ir de negro, escuchar música métal y adoptar una estética entre decadente y atormentada. Lo pienso también a veces observando las poses de mis alumnos. Necesitamos fingir que somos diferentes al resto de la manada. Pero, a la vez, procuramos buscar a otros que se nos parezcan para sentirnos comprendidos y hermanados. Es lo que han hecho siempre los adolescentes: adoptar una determinada estética como modo de afirmación personal. Pero también como estrategia para ser aceptados entre sus iguales. Se disfrazan para congregarse.

El problema surge cuando se abandona la cándida adolescencia y perviven los actos de afirmación personal con que pretendemos, a la vez, distinguirnos y obtener el beneplácito o la aceptación de nuestros semejantes. Y lo que es aún peor: cuando mezclamos las desinteresadas cuestiones estéticas con los avariciosos intereses éticos, morales, sociales o políticos.

Lo que en un adolescente es un capricho disculpable y hasta simpático, puede llegar a convertirse, en un adulto, en una táctica despreciable. Aquello que durante la adolescencia no es más que una sincera necesidad de sentirse aceptado, en la vida adulta suele transformarse en una dinámica de dominio destinada a imponer unos determinados criterios.

Lo que, en un adolescente, acepto como una inocente postura vital que irá madurando con el paso del tiempo, en un adulto, sin embargo, me parece el falso postureo con que se aspira a poseer una cuota cada vez mayor de influencia sobre los otros.

Especialmente visible resulta esta forma de postureo entre nuestra clase política, sin que importe lo más mínimo la tendencia a la que se haya adscrito cada cual, la sigla a la que pertenezca, el color que le defina o el lado hacia el que tienda al caminar, sea este el derecho o el izquierdo. Y mucho más en los tiempos que corren, en los que, pese a tanto disimulo, ni los partidos políticos ni sus miembros tienen en realidad una ideología política rectora, sino meramente táctica, destinada solo a mantener o alcanzar el poder.

Lo que vengo describiendo como postureo es también lo que podríamos denominar con el término de impostura. Se trata de una mera fiesta de disfraces. O, en todo caso, de un juego de constante duplicidad en el que unos actores interpretan el papel que a cada cual se le ha repartido en la función, a la vez que la cruda realidad sirve de escenario, los medios informativos afines se ocupan de la publicidad y las masas de futuros votantes servimos a modo de extras.

En las próximas semanas van a sobrar ocasiones en las que poder observar el postureo que exhibirán a diario nuestros líderes políticos. Veremos cómo se muestran virtuosos y decentes, equitativos e igualitarios, agradables y simpáticos, aduladores y serviles. Pero quizá convendría no dejarse engañar demasiado. Detrás de todo ello hay, como es sabido, un gran aparataje de planificación, sutiles maniobras de engaño, sesudos estudios de marketing y propaganda, astutos asesores de imagen en permanente estado de cautela, agudo pensamiento táctico y ocultas estrategias de seducción de masas.

¡Qué ganas de que comience el espectáculo!

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