Centro de gravedad permanente

Página personal de Agustín Celis

Bienvenidos a la realidad distópica

Bienvenidos a la realidad distópica

Artículo publicado, en tres entregas, en La Voz del Sur.

Primera entrega

¿Prefieres leerlo en La Voz del Sur, 24/2/2019?

Vivimos tan concentrados en el presente que casi no nos damos cuenta. Hemos aceptado con tal grado de asunción lo que nos ha tocado vivir, que a menudo pasamos por alto lo que, de utopía negativa, tiene nuestra sociedad. O mejor aún, lo que de realidad distópica hay en esta manera nuestra de estar en el mundo.

Pensé en todo esto el otro día, después de leer la entrevista que Manuel Ángel Méndez le hizo en El Confidencial a la abogada, auditora de sistemas y consultora en ciberseguridad, Paloma Llaneza. El propio titular elegido no ofrecía dudas de por dónde iban a ir los tiros: “Borra WhatsApp, es lo más parecido a tener a alguien al lado leyendo lo que piensas”.

No se trata, por supuesto, de una voz en el desierto. El propio Jaron Lanier, que es una de las figuras más punteras en el campo de las modernas tecnologías, además de la persona que acuñó la acertada expresión de “realidad virtual”, viene desde hace años previniéndonos, sin que le hagamos caso, sobre las perversas maniobras de los imperios basados en redes sociales, que él prefiere llamar “imperios de modificación de la conducta”. Y al menos dos de sus libros, Contra el rebaño digital y Diez razones para borrar tus redes sociales, desarrollan por extenso el curioso fenómeno, solo vivido por nosotros a escala planetaria, según el cual, poco a poco, y casi sin darnos cuenta, vamos entregando voluntariamente nuestra libertad hasta convertirnos en “autómatas o muchedumbres aturdidas que ya no actúan como individuos”.

Puede parecer una exageración, pero no lo es. Puede que parezca el argumento de una novela de ciencia ficción, pero es el aquí y el ahora, nuestro día a día y este presente tan confuso que, aun con tantas dificultades, aún creemos poder controlar.

Unos meses antes de morir, George Orwell dejó escrito lo siguiente sobre su novela 1984:

“No creo que la sociedad que he descrito en 1984 necesariamente llegue a ser una realidad, pero sí creo que puede llegar a existir algo parecido”.

 Supongo que todo el que haya leído con el debido entusiasmo el conocidísimo libro de Orwell, estará de acuerdo conmigo si afirmo que 1984 (que fue escrita en 1948, al menos su última versión) es la mayor utopía negativa de todos los tiempos; y su autor, el sumo sacerdote del género distópico, que, por cierto, tan de moda está en nuestros días.

Pues bien, a mí no me cabe la menor duda de que ese “algo parecido” al que se refería Orwell es esta sociedad nuestra que tan bien creemos conocer. O más bien es este “algo” en que vivimos y todo lo que nos queda por vivir.

Cuánto hay, me pregunto, en la sátira social escrita por George Orwell, que no se haya cumplido con creces. Por supuesto, ni se me ocurre pensar que soy el primero en hacerme esta pregunta. Ya en su día, en 1949, que es el año en el que la novela fue publicada, sus lectores pudieron observar que Orwell no solo había escrito un libro de ciencia ficción recurriendo al género distópico, sino que, sobre todo, había hecho una lectura bastante acertada de los totalitarismos que asolaron el mundo durante dos décadas y que aún amenazaban con dejar su impronta en la sociedad, quizá de forma permanente. De hecho, en su día resultó inevitable no ver en las figuras del Hermano Mayor y de su archienemigo Goldstein el trasunto ficticio del enfrentamiento entre Stalin y Trotski, al igual que, con anterioridad, había hecho con los dos cerdos enfrentados de Rebelión en la Granja, Napoleón y Snowball.

En este sentido, todo parece indicar que lo que hizo Orwell en 1984 es imaginar un posible mundo futuro construido con todas las herramientas totalitarias que ya habían sido utilizadas en un pasado muy reconocible.

Quizá por ese motivo la novela de Orwell nunca pasará de moda, porque, aunque proyectada hacia un futuro que ya superamos, fue escrita con elementos del pasado que nunca han desaparecido del todo.

Hace treinta y cinco años, cuando al fin llegó la fecha que anunciaba la obra (que volvió a reeditarse de manera compulsiva, e incluso a leerse y estudiarse como libro mítico y visionario) fueron muchos los que dictaminaron que el 1984 de Orwell ya había llegado, y no solo al calendario.

Lo notable del caso, sin embargo, es que, treinta y cinco años más tarde, todas y cada una de las visiones de Orwell siguen estando de actualidad, y puede que con más vigencia que nunca.

¿Qué es hoy el Hermano Mayor? ¿Qué es la habitación 101? ¿Cómo se practica en nuestros días la corrección continua de la historia que aparece descrita en la novela? ¿Qué es ahora la Neolengua y que uso se le da? ¿Continúa habiendo una policía del pensamiento? ¿Sigue existiendo el crimental y el paracrimen? ¿Hemos dejado atrás, acaso, los intentos de adoctrinamiento masivo? ¿Y los instrumentos de propaganda y de control ideológico? ¿Hemos superado la práctica perversa del doblepensar? ¿Y la pedagogía del odio?

Quizá merezca la pena reflexionar, en una segunda parte de este artículo, sobre la plena vigencia que todos estos conceptos tienen aún en nuestra época. Lo cierto, en todo caso, es que, setenta años después de haber publicado su novela en 1949, George Orwell continúa previniéndonos de los peligros que ocultan las ideas totalitarias. Volvamos a leerla. Que no se diga que no fuimos advertidos.

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Segunda entrega

¿Prefieres leerlo en La Voz del Sur, 2/3/2019?

A propósito del artículo de la semana pasada, que quedó inconcluso, en estos días he mantenido, con un amigo de toda la vida, una interesante conversación que ha venido a desbaratar buena parte de las elucubraciones que tenía pensado volcar en el escrito de hoy.

El motivo es bien sencillo. Con su fiera capacidad de persuasión, mi amigo logró convencerme de que 1984, la distopía de George Orwell, no basta por sí misma para entender las sutilezas ocultas que rigen el funcionamiento del mundo de hoy, tal y como yo había creído hasta ese momento.

 “Yo es que soy mucho más de Huxley”, me dijo. Y a continuación expuso sus razones, tan convincentes, lo que me va a obligar a posponer una semana más el final de estas reflexiones.

No obstante, creo que, si complementamos las visiones de Orwell con las de Aldous Huxley en Un mundo feliz, quizá obtengamos una panorámica aproximada de lo que acontece en la actualidad.

¿Qué es hoy el Hermano Mayor?, me preguntaba yo la semana pasada. En la novela de Orwell es el omnipresente líder, el Big Brother que controla y vigila a los ciudadanos a través de las telepantallas que lo inundan todo con su presencia, invadiendo incluso las esferas más privadas de la vida, en una continua inspección de los pensamientos y las emociones de la gente. Y aunque es cierto que hoy en día no existe un equivalente exacto a esa forma de opresión impuesta e invasiva, no deja de haber un inquietante paralelismo entre las telepantallas descritas en 1984 y la proliferación de artefactos de exposición con los que nos creamos el ensueño de estar unidos en un mundo cada vez más globalizado. La diferencia, claro está, radica en que, aparentemente, nadie nos obliga a ello.

Somos nosotros mismos quienes lo buscamos. Nuestras vidas también están repletas de pantallas que quizá cumplen el mismo cometido, pero nosotros lo aceptamos voluntariamente. Estamos permanentemente online. A través del teléfono móvil, de la televisión, de un ordenador conectado a internet o por medio de redes sociales, ofrecemos sin excusa posible nuestros más íntimos pensamientos y emociones, exhibimos lo que nos gusta, informamos de aquello que nos anima, publicamos lo que pensamos, lo que hacemos, lo que queremos, lo que somos, nuestros sentimientos, nuestras pasiones y hasta nuestros más ocultos temores. Pero nadie nos obliga a ello, aunque el efecto sea muy parecido: un trasvase de datos que entrega buena parte de nuestra intimidad a los grandes imperios que controlan la información.

¿Qué es hoy la habitación 101? ¿Acaso existe en nuestra época una cámara de tortura destinada a quebrar la voluntad de las víctimas? Es evidente que no, pero sí existe el propósito que anima a los torturadores de la novela de Orwell, que no buscan tanto infligir castigo como lograr el control de la voluntad de los torturados.

Entiéndaseme bien. Ahora nadie nos tortura. Nadie nos amenaza. Pero, ¿estamos seguros de no estar entregando parte de nuestra voluntad, de no estar modificando nuestra conducta al ritmo que las nuevas tecnologías nos van proponiendo, a la vez que permitimos que anulen nuestra capacidad de pensar de manera autónoma?

¿Cómo se practica en nuestros días la corrección continua de la historia que aparece descrita en la novela de Orwell? Ahora no tenemos ningún Ministerio de la Verdad que corrija a diario, y según convenga, los acontecimientos ya ocurridos, pero fíjense en cómo funcionamos y el modo en que nos creemos las historias que nos cuentan. El pasado se nos ha vuelto versátil. Según quién escriba y para quién, la historia es una y a la vez su contraria. Piensen, si no, en nuestra Guerra Civil. Es lo que se denomina, en la novela de Orwell, la mutabilidad del pasado. No solo se manipula; también se corrige.

En estos mismos días, a propósito de la muerte de Xabier Arzalluz, hemos podido oír a políticos del PNV afirmar sin pudor alguno que su llorado líder se oponía enérgicamente a la violencia de ETA. Figúrense. Xabier Arzalluz. El del árbol y las nueces, ¿recuerdan? Ahora va a resultar que fue un valiente luchador contra la violencia de ETA. Cualquier día nos dicen lo mismo de Otegi. Y seguro que habrá quien se lo crea.

“Quien controla el pasado controla el futuro. Quien controla el presente controla el pasado”, decía una de las consignas del partido totalitario que rige los destinos de la gente en el mundo imaginario de 1984.

¿Existe ahora algo parecido al Newspeak imaginado por Orwell, una nuevalengua o un modo de decir exclusivo que reduzca el léxico y la sintaxis para reducir de paso la riqueza de las ideas? No me voy a extender sobre este particular asunto. Prefiero dejarlo a la reflexión de los lectores. ¿Pero de verdad no saben de qué les estoy hablando? ¿No? ¿Así, así?  No me lo creo. Mírenme a los ojos y díganme que en realidad no saben de lo que les estoy hablando. Lo fascinante del caso de la nuevalengua, en 1984 y en el mundo de hoy, es que en realidad nadie la habla. Nadie la utiliza. O nadie la utiliza todo el tiempo. Ni ellos ni ellas. Es imposible. Pero, aun así, sobrevuela sobre nuestras cabezas. Es una presencia permanente que regula nuestro comportamiento pretendiendo aplicar, de paso, una constante corrección de lo dicho o lo pensado. En realidad, se trata de una simple estrategia de poder destinada a dirigir nuestro pensamiento hacia una determinada dirección.

Existe un método infalible para advertir la farsa que se oculta detrás de cualquier intento de imponer una nuevalengua, y es este: localicen a cualquier defensor o defensora de nuevalengua y luego síganle la pista en las redes sociales; comprobarán que, detrás de la apasionada defensa, no hay una aplicación práctica y decidida de lo dicho. Es imposible. Ni sus más conspicuos valedores la practican.

Relacionado con el Newspeak se encuentra el concepto del doblepensar o doblepiensa; en mi opinión, uno de los mayores hallazgos de Orwell. Se trata de una especie de disciplina mental consistente en crear dos verdades contradictorias a un mismo tiempo. Es también, incluso en nuestros días, una manera sutil de asegurarse la absoluta subordinación de las creencias individuales a los intereses de un colectivo.

“Saber y no saber”, nos dice Orwell en un rapto de absoluta perspicacia en un momento de su libro, “tener plena conciencia de algo que sabes que es verdad y al mismo tiempo contar mentiras cuidadosamente elaboradas, mantener a la vez dos opiniones sabiendo que son contradictorias y creer en ambas, utilizar la lógica en contra de la lógica, repudiar la moralidad en nombre de la moralidad misma, creer que la democracia era imposible y que el Partido era el garante de la democracia, olvidar lo que hacía falta olvidar y luego recordarlo cuando hacía falta, para luego olvidarlo otra vez”.

Si después de esta larga cita aún no están convencidos de la plena vigencia del doblepensar, cavilen sobre los sofisticadísimos discursos de nuestra vaporosa clase política. O mejor; entresaquemos algunos ejemplos de nuestro tiempo: apelar a la igualdad, verbigracia, para crear nuevas desigualdades sociales; reivindicar la diversidad, pongamos por caso, y promover a la vez el pensamiento único, la uniformidad de criterios; apelar a la tolerancia para ejercer una tolerancia cero; defender a bombo y platillo la libertad de expresión y, a la vez, ejercer la “pedagogía del odio” hacia todo el que se atreva a disentir, por pequeño que sea el porcentaje de desacuerdo; cualquiera diría que si no hay una aceptación del 100% de los lotes ideológicos, a derecha e izquierda del plano político, te conviertes en enemigo acérrimo de los postulados que pretenden defender.

Y todo el párrafo anterior nos conduce de manera inevitable a la pedagogía del odio, al crimental y a la policía del pensamiento.

A diferencia de lo que ocurría en la novela de George Orwell, ahora a nadie se le mete en una sala para practicar los “Dos Minutos de Odio” contra el enemigo público número uno, llamado Goldstein. Ahora no existe un único responsable de todos los males de la sociedad, pero cualquiera puede llegar a convertirse, cualquier día o el día menos pensado, al menos durante unas horas, en el enemigo público número uno que reciba la reprimenda de los rebaños ideologizados que responden, con ira, a la convocatoria de odio con que castigan los líderes de opinión y buena parte de esos profesionales de la mentira a los que denominamos “políticos”.

Si les parece una exageración, observen bien el panorama y luego ábranse una cuenta de Twitter y lean. Comprobarán todo el odio y toda la inquina que pueden caber en 140 caracteres.

“Lo más horrible de los Dos Minutos de Odio”, nos dice el narrador de la novela de Orwell, “no era que la participación fuese obligatoria, sino que era imposible no participar. Al cabo de treinta segundos, se hacía innecesario fingir. Un espantoso éxtasis de temor y afán de venganza, unos deseos de asesinar, torturar y aplastar caras con un mazo parecían recorrer a todo el mundo como una corriente eléctrica, y lo convertían a uno, incluso en contra de su voluntad, en un loco furioso”.

Sin necesidad de llegar a esos extremos de delirio, quienes participan en los linchamientos digitales tan de moda en nuestra época, quizá debieran plantearse qué clase de reivindicación los anima a ello y qué pretenden conseguir de ese modo.

Al igual que en el mundo imaginado por Orwell, quienes así actúan tal vez no adviertan el factor de manipulación libremente aceptada que hay en dichos comportamientos. Sin darse cuenta, a modo de rebaño, se han dejado conducir por la policía del pensamiento en contra de la persona que no acepta los postulados del líder de turno. O, simplemente, contra aquel que tuvo la osadía de cometer crimental, por seguir con la terminología orwelliana.

Pero, ¿qué es el crimental en nuestra época? Respuesta: lo que fue siempre. El delito esencial que incluye todos los demás delitos; el libre razonar; el abandono de cualquiera de las perniciosas ideologías identitarias; la caída en picado en la heterodoxia; el alejamiento de la norma que se pretenda imponer en cada momento; el pensamiento que se aparta del camino de baldosas amarillas, querida Dorothy, que trazan para nosotros aquellos a los que vamos permitiendo que se conviertan en peligrosos líderes, en lugar de exigirles que sean, únicamente, lo que deberían ser dentro de un estado de derecho: quienes gestionen, de manera temporal y bajo auditoría permanente, las limitadas parcelas de poder público.

En una única cuestión de peso, y con esto termino por hoy, considero que erró el tiro Orwell en el diagnóstico que nos legó con su novela. Horrorizado por las ideas totalitarias, de derechas y de izquierdas, que sufrió en su tiempo, Orwell temía que, al final, acabaran imponiéndose dichas ideas, por medio del terror, al deseo del ser humano por ser libre, de ahí que 1984 pueda ser considerado un alegato contra cualquier forma de tiranía.

En cambio, y paradójicamente, después de haber disfrutado, durante varias décadas, de unas cotas de libertad nunca antes alcanzadas, de nuevo estamos asistiendo, en nuestros días, ante el avance de los totalitarismos que creíamos haber dejado atrás, a la entrega paulatina, pero voluntariamente aceptada, de buena parte de esas libertades.

En la voluntariedad con que se está realizando la entrega es donde radica la paradoja. Pero de todo ello hablaremos la semana que viene, al hilo de Un mundo feliz, de Aldous Huxley, en la tercera y última entrega de esta serie dedicada a la realidad distópica.

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Tercera entrega

¿Prefieres leerlo en La Voz del Sur, 10/3/2019?

A diferencia de Orwell, que nos advirtió de los peligros de la tiranía, Aldous Huxley imaginó un mundo donde resulta innecesario ejercer ninguna forma de opresión porque ya esta ha sido libremente asumida por los ciudadanos. En la realidad imaginada por Orwell, la libertad se encuentra apresada por quienes detentan el poder. En la de Huxley, en cambio, la libertad no existe porque el ser humano es ya incapaz de concebir toda su complejidad.

Los habitantes de la distopía que formuló Orwell viven cautivos en un sistema totalitario que se les ha impuesto por medio del terror. En la formulada por Aldous Huxley, sin embargo, viven felices porque ignoran que han sido sometidos por el más eficaz de los estados totalitarios. Y es precisamente en esa forma de aceptar la felicidad, y hasta de crearla, en donde podemos encontrar las mayores similitudes entre la obra de Huxley y nuestro mundo actual. Y ese es también el motivo por el que sigue estando vigente el mensaje que nos transmite Un mundo feliz.

Lo inquietante, vino a decirnos Aldous Huxley, no reside tanto en el temor a que vengan a privarnos, por medio de la fuerza, de la posibilidad de adquirir conocimientos, tal y como temía Orwell. Lo realmente inquietante es que se reduzca nuestro pensamiento de tal modo que ya no deseemos adquirir los conocimientos que nos hacen más humanos.

Lo alarmante no es que manipulen o alteren la Historia tal y como ocurría en 1984, sino que llegue a parecernos irrelevante lo que nos pueda aportar el conocimiento de nuestra propia Historia.

Lo que nos amenaza no es ya el peligro de que a cualquier sátrapa le dé por prohibirnos la lectura de determinados libros, sino que la lectura de determinados libros ya no suponga un peligro para ningún sátrapa, bien porque ya nadie los lea o, lo que es peor, porque ya nadie los entienda en caso de leerlos.

Lo que empieza a resultar terrible no es que la tecnología amenace con destruir nuestro mundo, sino que acabe infantilizándolo; una posibilidad que cada vez resulta menos descabellado imaginar.

Lo realmente perturbador no es ya, como sucedía en el pasado, que nos vuelvan a limitar el derecho de libre reunión colectiva, sino que poco a poco se vaya diluyendo nuestra individualidad dentro de las colectividades identitarias.

Y, por último, y este es probablemente el mayor acierto del libro de Huxley, lo sorprendente es saber que lo que va limitando nuestra singularidad como individuos no proviene de fuera, sino que somos nosotros mismos quienes vamos entregándola voluntariamente.

No hay excusa posible. Ya no hay, como en 1984, grandes terrores que amenacen con infligirnos dolor para tenernos controlados. Lo que hay, como en Un mundo feliz, es un permanente condicionamiento de nuestros comportamientos emocionales a base de suministrarnos, en grandes dosis, todo aquello que tanto nos gusta.

El mundo imaginado por Aldous Huxley en 1932, que fue el año en que se publicó su novela, es un mundo perfectamente estable. De hecho, la divisa del Estado Mundial que condiciona el comportamiento de la gente es precisamente esta: “Comunidad, Identidad, Estabilidad”.

Los grandes líderes mundiales que crearon ese mundo tan feliz se dieron cuenta de que nada se conseguía por medio del terror y de la fuerza, salvo que la gente acabara rebelándose. Y, por ese motivo, decidieron adoptar métodos mucho más lentos, pero infinitamente más seguros, como la Ectogenesia o el condicionamiento neopavloviano, entre otros.

A este respecto, no debemos olvidar que se trata de una novela de ciencia ficción. Pero ojito; el hecho de que sea ficción no impide que nos hable de nuestra propia realidad.

Claro que ahora no se practica la Ectogenesia que encontramos en Un mundo feliz, o que pudimos apreciar visualmente, hace unos años, en aquellos enormes campos de cultivos que aparecían en la película Matrix. Los seres humanos seguimos siendo vivíparos; un término, por cierto, que provoca pudor en el mundo del que venimos hablando y cuya utilización se evita en el libro de Huxley, al igual que las palabras madre, padre, hogar o familia, entre otras muchas, por considerar que son palabras obscenas, al haber sido desheredadas del vocabulario de la gente feliz que vive en una realidad muy distinta. Aún no hemos llegado a la ectogénesis y puede que nunca lleguemos, pero, ¿estamos seguros de no estar siendo condicionados mediante estrategias neopavlovianas, por ejemplo?

Estoy convencido de que todos ustedes se acuerdan de Pavlov y su perrito. Cómo olvidarlo, ¿verdad? Todos hemos estudiado a Pavlov en el cole. Uno de los padres de la psicología conductista, nos dijeron. El primero que formuló la ley del reflejo condicional, un tipo de aprendizaje asociativo basado en el modelo estímulo-respuesta. Verbigracia, se coge a un perro y se observa su comportamiento. Se le pone comida y vemos que saliva. Y luego nos hacemos preguntas motivadoras. Como esta: ¿qué pasa si cada vez que le ponemos comida tocamos una campanita? Respuesta: pues que el perro termina asociando el sonido de la campanita con la comida, de modo que acabará dando una respuesta (la salivación) a un determinado estímulo (la campanita). ¿Y qué ocurre si un día hacemos tocar la campana, pero no le damos de comer?, siguieron preguntándose. Pues que el perro saliva igualmente, descubrieron. ¿Y qué pasa si el método lo aplicamos a un ser humano?, se preguntaron entonces. Y hasta hoy.

El feliz y maravilloso mundo del conductismo, claro, con todas sus variaciones y complejidades, sus bondades y sus excesos. La modificación de las conductas, pongamos por caso. El análisis experimental del comportamiento. Las teorías del aprendizaje social. Las terapias de aversión. Las de aceptación y compromiso. El conductismo social, qué buen ejemplo. La filosofía de la ciencia de la conducta de las personas. Y, cómo no, la ingeniería del comportamiento y hasta la ingeniería social a la búsqueda siempre del cambio que haga posible la cohesión de la sociedad. “Comunidad, Identidad, Estabilidad”.

Ya lo dijo el propio Aldous Huxley, con ánimo de prevenirnos ante peligros futuros, en un prólogo que escribió, en 1947, para una nueva edición de Un mundo feliz:

“Un Estado totalitario realmente eficaz sería aquel en el cual los jefes políticos todopoderosos y su ejército de colaboradores pudieran gobernar una población de esclavos sobre los cuales no fuese necesario ejercer coerción alguna por cuanto amarían su servidumbre. Inducirles a amarla es la tarea asignada en los actuales estados totalitarios a los Ministerios de Propaganda, los directores de los periódicos y los maestros de escuela. Pero sus métodos todavía son toscos y acientíficos”.

Han pasado setenta y dos años desde que fueran escritas estas palabras, y no estoy seguro de que los métodos actuales sigan siendo tan toscos y acientíficos como le parecían a Huxley los de su época.

En todo caso, volver a leer obras clásicas como 1984 o Un mundo feliz, entre otras muchas, quizá nos ayude a darnos cuenta de nuestra realidad, pero también a conocer con más profundidad nuestro pasado y a imaginar mejor nuestro futuro, ahora que vivimos tan concentrados en nuestro presente.

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Manifestación contra la ley Mordaza - Imagen de archivo - Foto: Manu García

Los límites de la libertad de expresión

Artículo publicado en La Voz del Sur, 16/2/2019

Estaba yo el otro día, tan tranquilo, corrigiendo exámenes en la sala de profesores del instituto donde me gano el pan, cuando oí a mis compañeros del heroico departamento de Filosofía hablar sobre el tema del concurso de debates que han organizado para nuestro alumnado de bachillerato; a saber: los límites de la libertad de expresión. Y aunque suelo ir bastante a lo mío sin meterme en conversaciones ajenas, al escuchar aquello no pude reprimir el impulso de ponerme en pie, acercarme a aquellos nobles pensadores y decirles, palabras más, palabras menos: “quietos ahí, que eso me interesa”. Y tan palpable debió de ser el interés que mostré por el asunto, tanta la insistencia con que les di la murga hasta saber con pelos y señales la mecánica del evento, que hasta me cogieron para formar parte del jurado encargado de valorar la interesante disputa dialéctica que habría de tener lugar, aquel mismo día, en la sala de usos múltiples.

Que en un instituto de secundaria y bachillerato se organicen actividades encaminadas a desarrollar el tan noble como olvidado arte de la argumentación, no solo me parece un síntoma de buena salud educativa, sino que lo creo imprescindible para que también las nuevas generaciones practiquen el diálogo y el talante democrático, que decía el otro.

Tres horas más tarde, en el salón de actos, pude comprobar con qué celo, imparcialidad y transparencia habían organizado mis compañeros aquel interesante evento. Imagínenselo; varios grupos de alumnos motivados y una controvertida cuestión sobre la que debatir: ¿conviene que se le pongan límites a la libertad de expresión?

Para hacer más interesante la cosa, las reglas estaban claras desde el principio. Con anterioridad al debate, el alumnado, distribuido paritariamente en grupos, debía investigar sobre el tema propuesto y encontrar razones a favor y en contra, para luego poder reflexionar con criterio propio sobre la conveniencia, o no, de ponerle límites a la libertad de expresión. Pero solo en el momento del debate, y tras sorteo público, sin trampa ni cartón, sabrían qué postura habrían de defender frente al público y el jurado que estaba deseando oírlos argumentar.

Me parece la más inteligente manera de enseñar a la ciudadanía a ponerse en el lugar del otro. Es decir, que con independencia de las ideas que cada uno de aquellos chavales tuviera sobre el asunto, podría verse en el trance de tener que defender la postura contraria, si es que quería hacer un buen papel sobre el escenario y pasar a la siguiente fase del concurso.

Se trataba, por supuesto, de un ejercicio dialéctico encaminado, precisamente, a cultivar la humana capacidad del diálogo. Sin dogmatismos. Sin consignas. Sin directrices que coarten.

Considero que no hay forma más pacífica de aprender a escuchar con el debido respeto a aquel que opina de modo diferente a como lo hacemos nosotros. Atender a la opinión contraria. Oír los argumentos y las razones sin deshumanizar a quien las emite. Disciplinar la mente para tratar de entenderlas. Y solo luego, una vez conocidas las posturas contrarias, entonces sí: rebatirlas, discutirlas o enfrentarlas. Oponer incluso, si se quiere, una resistencia férrea frente a determinadas ideas, pero sin mordazas. Y, sobre todo, sin criminalizar a nadie solo por pensar de modo distinto.

La actuación del alumnado me pareció impecable. Cada uno en su papel, con riguroso respeto, moderados por una profesora que repartía equitativamente los turnos y los tiempos, fueron defendiendo las ideas y rebatiendo las posturas que se les oponían, pero sin robarse en ningún momento la palabra ni menospreciar a quienes tenían delante.

Finalizado el acto, tuve ocasión de felicitar a algunos de aquellos alumnos. Los encontré alegres, pero no satisfechos. Se les habían quedado tantas cosas por decir que algunos aún continuaban debatiendo, buscándole punta a los argumentos hasta exprimirlos, autoevaluando ellos mismos su trabajo, dirimiendo aún los pros y los contras del ejercicio pleno de la libertad de expresión; y, finalmente, concluyendo sobre cuál de las dos posturas planteadas resultaba más fácil defender. O más difícil.

Lo que me llamó la atención, a lo que aún sigo dándole vueltas, es que la mayoría de ellos pensara que la postura más cómoda de mantener es la que defiende que se le deben poner límites a la libertad de expresión. ¡Cuidado! No estoy diciendo que esa sea la postura que defienden los alumnos con los que hablé. Afirmo solo lo que he dicho y repito: que esa era la postura que les parecía más cómoda de mantener. La más fácil, si se quiere. La menos compleja o problemática. Aquella sobre la que, en apariencia, más argumentos a favor se podrían esgrimir.

Durante el camino de regreso a casa, fui pensando en todo esto. Tenía aún muy presentes las palabras que había oído; que era más cómodo y más fácil defender la necesidad de poner límites que la plena libertad de expresión. Me costaba creerlo, pero era así. Cabizbajo, a solas y para mí solo, pensé en lo poco que habíamos avanzado o en lo mucho que habíamos retrocedido en estos pocos años del siglo XXI.

Y entonces me acordé de Juan Soto Ivars y del ensayo que publicó hace un par de años en la editorial Debate. Se titula Arden las redes, analiza lo que él mismo ha denominado la “poscensura” y comienza con esta perla de antología: “George Orwell escribió que «si la mayoría de la gente está interesada en la libertad de expresión, habrá libertad de expresión, incluso si las leyes la persiguen». Sin retorcer sus palabras, se puede extraer la conclusión inversa: si la mayoría de la gente deja de estar interesada en la libertad de expresión, dejará de haber libertad de expresión, incluso aunque las leyes la permitan”.

Al final, me dije, va a ser verdad que tenía razón Ambrose Bierce en su amarga definición de la palabra libertad:

 “Libertad, s. Una de las posesiones más preciosas de la imaginación.”

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Imagen destacada: Manifestación contra la ley mordaza, en una imagen de archivo. Foto: Manu García.

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Allegro ma non troppo

El poder de la estupidez

Artículo publicado en La Voz del Sur, 9/2/2019

En el año 1988, el historiador italiano Carlo M. Cipolla publicó un libro que debería leer cualquier persona medianamente sensata. Se titula Allegro ma non troppo e incluye uno de los ensayos más lúcidos, inteligentes y divertidos que yo he leído en mi vida. Abarca toda la segunda parte de la obra, se titula “Las leyes fundamentales de la estupidez humana y no solo trata de demostrar cuán abundante es el número de las personas a las que podemos considerar estúpidas, cuán devastadora la influencia que tienen en el mundo y cuán inabarcable su poder, sino que, además, lo consigue con inusitada facilidad y argumentos que resultan irrebatibles.

Frustrado ante la avalancha de análisis políticos que se publican a diario en la prensa, y que a duras penas llegan a explicar lo que está ocurriendo en el mundo, esta semana he vuelto a releer la obra de Cipolla y he salido de ella con el convencimiento de que los amables lectores de esta página no pueden pasar ni un día más sin conocer las verdades que ese libro atesora, motivo por el cual he decidido reseñarlo hoy.

El tema de las íntimas relaciones entre la estupidez y el ser humano ha contado, a lo largo de los siglos, con abundantes e ilustres analistas. La bibliografía, a estas alturas de la Historia, es ya abundantísima. De hecho, para quienes quieran profundizar en el asunto, yo les recomendaría que complementaran la lectura de Cipolla con el ya canónico Elogio de la locura (1511) de Erasmo de Rotterdam, que sigue siendo, a pesar de la distancia de siglos, la más aguda sátira que se ha escrito sobre la humana tontería; y que, a esta, añadan la poética lectura de El barco de los Necios (1494) de Sebastian Brandt. Y, por supuesto, la imprescindible Historia de la estupidez humana (1959), del escritor húngaro Paul Tabori.

Pero si de lo que se trata es de vislumbrar la mecánica que rige los comportamientos humanos, reconocer las causas de tantos desastres y aprender a prevenirlos, y todo ello de una manera científica, sin duda bastará con la lectura del ensayo de Cipolla, que además se lee en una tarde y de una sola tacada.

La primera ley fundamental enunciada por el italiano es en sí misma una afirmación categórica, pero también un aviso a la cautela y hasta una advertencia que no hay que pasar frívolamente por alto. Dice así:

Siempre, e inevitablemente, cada uno de nosotros subestima el número de individuos estúpidos que circulan por el mundo.

Para comprender en su totalidad esta afirmación, y no abrigar ideas preconcebidas, ante todo conviene desprenderse de cualquier clase de prejuicio y llegar a comprender que Cipolla nunca fue ni un elitista ni un reaccionario. Es más, sus tesis demuestran de manera definitiva, tras arduos años de observación y recogida de pruebas experimentales, que, con independencia del sexo, el color de la piel, la nacionalidad de cada cual, el ambiente social en que se haya criado, la educación recibida, los factores culturales que nos condicionen, las tendencias sexuales que nos motiven o cualquier otro elemento identitario que se pueda esgrimir para reconocernos, cualquier individuo de la especie humana puede ser incluido en una de estas cuatro categorías, que Cipolla denomina fundamentales; a saber: los incautos, los inteligentes, los malvados y los estúpidos.

En este sentido, los grupos sociales más abiertamente sensibles a toda tendencia discriminatoria o insultante pueden estar absolutamente tranquilos, pues la segunda ley enunciada por Cipolla es, a este respecto, férrea y no admite excepciones. Dice así:

La probabilidad de que una persona determinada sea estúpida es independiente de cualquier otra característica de la misma persona.

Ahora bien, ¿de qué estamos hablando cuando hablamos de incautos, malvados inteligentes y estúpidos? Muy sencillo.

Por incauta debemos considerar a toda aquella persona que lleva a cabo una acción que termina reportándole un beneficio a otra persona y un perjuicio a sí misma.

De modo contrario, el malvado es aquel que, tras realizar una acción, obtiene una ganancia perjudicando a otro.

La persona inteligente, en cambio, sería aquella que obtiene un rédito provechoso para sí, pero cuya manera de actuar no solo no perjudica a nadie, sino que también resulta beneficiosa para otras personas.

A poco que pensemos en todo esto, llegaremos a la conclusión de que, en nuestro devenir diario, tales casos ocurren continuamente, cosa que sin duda tiene una importante utilidad práctica y puede servir para reconocer con facilidad la clase de persona con la que estamos tratando. Pero, y es en este “pero” donde radica la razón de ser del ensayo de Cipolla, habremos de admitir igualmente que dicho análisis no representa la totalidad de los acontecimientos que definen las relaciones que mantenemos con nuestros semejantes, lo que nos lleva a la necesidad de dar a conocer la tercera ley fundamental de la estupidez humana.

Así pues, ¿qué es un estúpido? Oigamos de nuevo a Cipolla:

Una persona estúpida es una persona que causa un daño a otra persona o grupo de personas sin obtener, al mismo tiempo, un provecho para sí, o incluso obteniendo un perjuicio.

Reflexionemos un segundo sobre esta verdad incontestable. Es posible que, a usted, que sin duda es una persona inteligente y razonable (y prueba de ello es que aún continúa leyendo este artículo), esta tercera ley fundamental le parezca discutible y, a lo mejor, incluso incomprensible. No se preocupe. Es normal. Según Cipolla, cualquier persona racional y sensata reacciona de manera instintiva con escepticismo e incredulidad ante una afirmación semejante. ¿Cómo va a ser esto así?, se estará preguntando. Pero piénselo de nuevo. Muy probablemente usted mismo se ha topado en alguna ocasión con alguien que le privó de algún bien que usted apreciaba, o incluso de tranquilidad, energía, tiempo o buen humor, sin que la persona que le causó dicha pérdida obtuviera nada a cambio. Simplemente ocurrió así. Usted acabó frustrado, molesto o en dificultades a causa del comportamiento errático, absurdo e incomprensible de una persona a la que solo podemos calificar (reconozcámoslo) como estúpida, pues dicha persona no obtuvo con ello ningún beneficio. Es así. No es posible entenderlo. No hay manera de explicar por qué esa persona ha actuado de modo tan ilógico e irracional. O la explicación, como venimos diciendo, es así de simple: dicho individuo, sencillamente, es estúpido.

Pero, ¡cuidado! Ojito con menospreciar o infravalorar el daño que una persona estúpida puede llegar a causar a una persona o a un grupo de personas. En el seno de una sociedad tan compleja como la nuestra, el potencial de daño que una persona estúpida maneja puede llegar a ser incalculable, sobre todo cuando el estúpido ocupa un lugar de influencia o autoridad en dicha sociedad. Es lo que Cipolla denomina “el poder de la estupidez”, y cuya ejemplificación más inmediata debemos ir a buscarla en las cuestiones políticas, lo que aparece claramente sintetizado en la cuarta ley fundamental, que afirma lo siguiente:

Las personas no estúpidas subestiman siempre el potencial nocivo de las personas estúpidas. Los no estúpidos, en especial, olvidan constantemente que, en cualquier momento y lugar, y en cualquier circunstancia, tratar y/o asociarse con individuos estúpidos se manifiesta infaliblemente como un costosísimo error.

De todo ello se deriva una serie de consideraciones finales sobre las condiciones necesarias para el bienestar social, entendido este como la suma algebraica de las condiciones de bienestar individual.

No es posible mantener una actitud de prevención y alarma contra la estupidez si no se entiende cabalmente la quinta y última ley que se enuncia en este ensayo:

La persona estúpida es el tipo de persona más peligrosa que existe.

Mucho más que el malvado; ojo con esto. Una sociedad con un altísimo número de personas malvadas, o incluso donde todos fuesen malvados, afirma Cipolla, sería una sociedad estancada, por supuesto, pero no se producirían grandes desastres. O al menos estos se verían compensados por la propia acción de otros malvados. Habría, en todo caso, una alternancia en las transferencias de beneficios entre malvados, pero la sociedad en sí, como suma, se hallaría en un estado de perfecta estabilidad.

Muy distinto sería el caso de una sociedad con un elevado porcentaje de personas estúpidas, porque son precisamente los estúpidos quienes provocan las grandes calamidades que perjudican a todos, incluso a ellos. Ante una situación así, la sociedad entera se empobrecería. Nos encontraríamos en una situación desastrosa, que se vería agravada por el posible comportamiento permisivo de los otros miembros.

Efectivamente, y esto que voy a decir es una constante histórica suficientemente demostrada a lo largo de los siglos, en toda sociedad que camina hacia la ruina, los estúpidos, ante la actitud permisiva y condescendiente de los no estúpidos, se vuelven más activos y suelen ocupar preeminentes puestos de poder e influencia, lo que termina provocando también una temible proliferación de malvados que, en busca siempre de su propio beneficio, hará que aumente exponencialmente el número de los incautos en detrimento del de los inteligentes que, en minoría, se verán incapaces de producir para ellos mismos, y para toda la sociedad, las ganancias, beneficios y bondades suficientes como para que esta continúe avanzando.

 

Entre cafres o entre europeos

¿Entre cafres o entre europeos?

Artículo publicado en La Voz del Sur, 02/02/2019

Gracias a que de vez en cuando me da por revisar viejos cuadernos en los que voy anotando mis lecturas, he podido descubrir que hoy hace veinticinco años que leí por primera vez al abate Marchena. Y como andaba yo buscando asunto para el artículo de esta semana, me ha parecido que la ocasión era inmejorable para recordar a aquel personaje excesivo, apasionado y febril, cuya azarosa vida lo llevó a transitar por los márgenes de la literatura española y a ser, probablemente, uno de los pocos españoles con algo de protagonismo en la Revolución francesa.

Tenía yo diecinueve añitos la primera vez que me topé con uno de sus artículos, y la impresión que me produjo fue de tal calibre que ya no pude dejar de leerlo hasta dar cumplida cuenta de su obra completa, que, por otra parte, no es muy abundante.

A la olvidada figura del abate Marchena le dediqué el primer trabajo medianamente académico que me exigieron hacer en la Facultad de Filosofía y Letras donde estudié. Y cinco o seis años más tarde, cuando publiqué mi primer libro, que era una frívola colección de curiosidades históricas, no pude evitar la tentación de incluir un capítulo a él dedicado, donde la curiosidad, por supuesto, era su propia vida.

El abate Marchena. Retrato de un provocador, se titulaba aquel breve escrito. En él hacía repaso de algunos de los calificativos que mereció por parte de sus contemporáneos, y contaba alguna que otra anécdota sobre su vida, como aquella que nos legó Jean Baptiste Louvet en sus Memorias, según la cual, estando preso Marchena en la cárcel de la Conciergerie de París, desafió en reiteradas ocasiones a Fouquier, el acusador público, en estos términos: “me está usted olvidando. Estoy aquí para que me guillotinen”.

Hoy, sin embargo, parece que su figura empieza a ser reivindicada de nuevo, hasta el punto de que su localidad natal, Utrera, dedicó el pasado año 2018 a homenajear a uno de sus vecinos más notorios, con gran despliegue de medios y página web incluida, exposiciones sobre su vida, obra y milagros, y hasta un libro de relatos coordinado por la escritora y periodista Eva Díaz Pérez, que ha publicado la Fundación José Manuel Lara, y que cuenta con textos de importantes firmas como las de José Calvo Poyato, Jesús Maeso de la Torre o Alberto González Troyano.

Me alegro mucho. Ya iba siendo hora de que también José Marchena (1768-1821) tuviera la atención que su peripecia vital, y su obra, merecen.

Para los amantes de las curiosidades históricas diré también que Arturo Pérez-Reverte, en el año 2015, publicó la novela Hombres buenos, donde aparece un personaje secundario al que se nombra como abate Bringas, pero que es trasunto del abate Marchena. Y aunque Pérez-Reverte se toma la libertad que le concede la ficción para situar el año de nacimiento del personaje en la década de 1740, para hacerlo coincidir, ya cuarentón, con el escenario prerrevolucionario de su obra, no cabe duda de que detrás de su personaje ficticio sobresale, inspirador y sugerente, el personaje real de José Marchena. Muy acertado me parece también, en esa obra, que Pérez-Reverte haga morir guillotinado a Bringas junto a Robespierre y Saint-Just, y que sus últimas palabras, justo antes de que bajara la cuchilla, fueran estas: “iros todos al carajo”.

Obviamente, no ocurrió así en la realidad, pero bien pudiera haber ocurrido, motivo por el cual no resulta descabellado imaginarlo en una ficción.

El abate Marchena vivió esa época crítica de la historia de España en la que un ilustrado tenía que decantarse entre ser un enemigo declarado de todo lo francés, o ser un afrancesado y sufrir el desprecio de sus paisanos bajo la acusación de traidor a la patria. Ante esta disyuntiva, se declaró en favor de las corrientes de libertad que venían de Francia, y probablemente ahí debamos encontrar las razones del olvido en el que cayó su obra durante tanto tiempo.

Sin embargo, algunas de sus ideas, y algunos de sus aciertos, siguen teniendo tal vigencia en nuestra época, que no he podido evitar la tentación de tomar prestado uno de ellos para titular el artículo de hoy e invitar, de paso, a la reflexión.

Aparece en uno de los artículos que publicó en El Observador. El tema del día era la necesaria y urgente reforma que precisaba el teatro en el siglo XVIII, al que los ilustrados pretendían convertir en una afilada herramienta para instruir y educar a la población. En ese artículo aparece un personaje que, tras muchos años fuera de España, acude al Coliseo de los Caños del Peral para ver la representación de una obra, y tal es su asombro ante lo que allí vio, tales los disparates de que disfrutaba el público, y tan ordinarias y brutales las actitudes de los espectadores, que hay un momento en el que, sorprendido, eleva una pregunta que me parece un hallazgo lingüístico que sobrevive al paso de los años: “pero qué estamos, decía, entre cafres o entre europeos”.

Casi dos siglos y medio más tarde, aún podemos hacernos esa misma pregunta a poco que salgamos a la calle aguzando los sentidos. Dejo a nuestros lectores la búsqueda de ejemplos que ilustren lo comentado. Podría ser hasta un sano ejercicio de civismo crítico.

Pero, al margen de las ideas políticas de cada cual (que ese es un jardín en el que ni se me ocurre colarme), convendrán conmigo que, como poco, cuando se ve la rapidez con la que nuestros gobernantes dilapidan, por turnos, la herencia pública que recibimos de nuestros mayores, o cuando se observa con qué interesada irresponsabilidad se empeñan, los unos y los otros, en deteriorar la pacífica convivencia política forjada durante cuarenta años de democracia, resulte bastante razonable que a uno le entren ganas de preguntar, al igual que el personaje asombrado del abate Marchena: “a ver, señores, pero qué estamos, entre cafres o entre europeos”.

Dr. Jekyll y Mr. Hyde

El que escribe, el que narra, el que es

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Artículo publicado en La Voz del Sur, 26/01/2019

Me sorprende lo mucho que se enfadan y lo rápidamente que se indignan. Y aún más me asombra la ligereza con la que juzgan. Me estoy refiriendo a cierta gente que parece no haber leído un libro en su vida.

Curioseo a menudo por las redes sociales, sin mojarme demasiado, y me alarma comprobar lo nervioso y alterado que está el personal, las ganas de bronca que fingen tener algunos y la mala baba que destilan muchos de sus comentarios. “Tranquilícese, hombre”, está tentado de decir uno muchas veces, “y mire las cosas desde otra perspectiva, que no es para tanto”.

Lo que pasa es que luego vuelvo a leer las conversaciones que se mantienen en Facebook o en Twitter, me sonrío de manera esquinada y me digo que para qué. Vete tú a saber lo que hay ahí, añado para mis adentros; igual el tipo tuvo un mal día y la realidad virtual a la que ha recurrido es la única manera que tiene de descargar la frustración que se le fue acumulando en el cuerpo. Aunque puede que existan otras muchas posibilidades.

 Lo mismo se ha estado tomando unas cañas con unos compañeros de trabajo, tan tranquilo, y ha habido un momento en el que ha agarrado el móvil, ha abierto la aplicación del pajarito, por ejemplo, ha leído un titular y se le ha disparado el automático. Y entonces es cuando ha escrito lo que ha escrito: una barbaridad, un insulto, una salida de tono, un juicio rápido o cualquier sandez destinada a injuriar a una persona a la que en realidad no conoce.

Lo mismo ha tardado treinta segundos exactos en teclear con los pulgares su mensaje de indignado frívolo y luego se ha vuelto a guardar el móvil, ha agarrado otra vez su copa y ha continuado echándose unas risas con los amigos. Tan tranquilo. Y toda esa indignación que ha dejado flotando en cualquier lugar del ciberespacio conocido no es más que una frivolidad que seguro que, en otras circunstancias, sería incapaz de sostener con hechos, cuando la realidad lo pusiera en el brete de decidir si mantiene, o no, lo que se ha atrevido a afirmar desde el cobijo de Internet, tantas veces de manera anónima.

Lo peor es cuando te encuentras con idénticas o parecidas actitudes en el desierto de lo real. Me pasó el otro día con un amigo, a propósito de un escritor francés al que le gusta moverse por el lado más controvertido de la vida. Venía indignadísimo mi amigo con el último libro que el afamado autor ha publicado recientemente. “¡Menuda porquería!”, soltó indignado. “¡Valiente bazofia!”, dictaminó iracundo. Y luego concluyó que el novelista debía de ser un personaje repugnante, a juzgar por algunas de las cosas que decían en el libro tanto el narrador como los personajes.


“Lo peor es cuando te encuentras con idénticas o parecidas actitudes en el desierto de lo real”

Ese escritor francés no me interesa demasiado, la verdad, pero como con algo ha de entretenerse uno decidí llevarle la contraria a mi amigo y, de paso, atraerlo a un terreno en el que me siento mucho más a gusto.

“Estás confundiendo realidad y ficción”, le dije. Y luego, para cabrearlo aún más, me puse en plan docente, que es una técnica que no falla nunca cuando se trata de enfadar a cualquiera.

Resultaba evidente que estaba confundiendo al autor con el narrador; es decir, al que escribe con el que cuenta; y, lo que aún es más grave, al escritor con sus personajes. “En el fondo”, le comenté, “la novela ha debido de atraparte mucho, porque te has metido tanto en la historia que has acabado viviendo esa ficción como si de una realidad se tratara. Te la has creído tanto, que has perdido la noción de lo que es real, y solo después, cuando la has acabado, has salido del estado de irrealidad en el que el autor te sumergió, y finalmente has reaccionado contra él al no poder hacerlo contra el narrador y los personajes”.

Es algo que les ocurre mucho a quienes son seducidos por la ficción. No solo ocurre con los libros. También sucede con el cine. Y aún más, últimamente, con las series de televisión. Conocido es el caso del infierno que vivió el actor que interpretaba al rey Joffrey en Juego de Tronos. El personaje resultaba tan odioso, que muchos fanáticos de la serie increpaban al actor por la calle como si él fuera responsable de la maldad del ser abyecto al que daba vida en la pantalla.

Se trata probablemente del mayor logro que puede alcanzar la persona que crea una ficción; hacer que de algún modo afecte a quien la recibe en la realidad. Alterar su punto de vista. Suprimir el plano de la invención hasta hacer que parezca real. Claro que luego pueden venir las consecuencias, siempre absurdas.

Por supuesto, mi amigo no podía aceptar aquello. Volvió a fingirse indignado, mostró su enfado y hasta recurrió al aspecto emocional para lograr vencer mi resistencia. ¿Qué lo estaba, tomando por imbécil?, llegó a preguntarme. Pues claro que ya él sabía todo eso. Pero es que no era así, trató de argumentar. Ni confusión ni nada. “Además”, me dijo, “no es solo lo que dice en esa novela. Es todo lo que escribe ese tío”. Y entonces me contó que, al parecer, hasta en artículos de opinión, y en algún ensayo, el escritor francés decía idénticas burradas, lo que venía a demostrar, según él, que aquellas eran verdaderamente sus creencias.


“uno es el que narra, otro el que escribe y otro el que es”

Roland Barthes

Decidí dejarlo y no insistir. No merecía la pena disputar tanto por nada. Pero desde entonces ando dándole vueltas al asunto y hoy he recordado una cita atribuida a Roland Barthes que explica muy bien el fenómeno del que estoy hablando. La leí hace tiempo en uno de los artículos que el escritor español Alberto Olmos dedicó a reflexionar sobre la libertad de expresión en la revista digital Zenda. Parece un galimatías, pero es en realidad un aforismo muy logrado. Y dice así: “uno es el que narra, otro el que escribe y otro el que es”.

La primera distinción creo que está bastante clara y la entiende cualquier lector acostumbrado, que sabe que nunca ha de confundirse al narrador de la historia con el autor del libro. En cuanto a la segunda distinción, puede que el ejemplo de quienes rabian en las redes sociales sirva para ilustrar el acierto del aforismo de Barthes; motivo por el que, quizás, no debiéramos tomarnos demasiado en serio tantas tonterías como se escriben.

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Imagen destacada:
Stevenson, R. (1886). “Chapter 2: The Search for Mr. Hyde”. The Strange Case of Dr. Jekyll and Mr. Hyde.

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