Gente del gremio

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No había sido invitado. Me colé en la sala por una de esas fatalidades que parecen estar aguardándolo a uno a la vuelta de cualquier esquina. Juro que no era mi intención volver a pisar un escenario como ese. Fue fatal que ocurriera, sin embargo. Ni querido ni buscado, pero inevitable. Así fue como pasó. Dos horas antes había comido con un buen amigo que presume de estar bien situado en los peldaños del poder de ámbito educativo. Por fortuna, durante el almuerzo, hablamos de otros asuntos.

-Tienes que venir –fue lo que me dijo-. Te vas a divertir.

Enseguida me acordé de cuando estos asuntos aún me parecían divertidos. Por curiosidad, interés o maldad acudía a ellos con la sana intención de reírme. De reírme de todos, claro. De sacarle punta a cada una de las palabras, ocultaran estas un análisis, una propuesta o una solución. Apenas seis años después de haber pisado por primera vez un aula con la ingenua intención de impartir clases de lengua y literatura, maldita la gracia que me hacen tales eventos.

-Vente –me insistió- verás qué interesantes son los nuevos planteamientos.

Acostumbrado a las malicias del poder, encanallado por sus ligeras formas, mi amigo cultiva una ironía y un sarcasmo irreconocibles. Hace falta conocerlo bien para hallar alguna verdad entre tantas mentiras. Como no quería molestarlo (al fin y al cabo había pagado él, como siempre), pronuncié el inevitable sí y nos dirigimos al Encuentro.

No me demoraré en los detalles. Apenas hace falta descripción. Imaginen solamente el más lujoso de los escenarios a la hora del británico té, y en él, dispuestos para la representación, a un grupo de individuos preocupadísimos por la educación de sus hijos. Pocos profesores de a pie, eso sí. En su lugar, la tropa más alejada de una tiza y una pizarra que imaginarse pueda: miembros de la delegación, inspectores del ramo, personal de varios CEPs con sus powepoint ya engrasados y hasta algún que otro concejal que hasta allí se vino para incubar su huevo en la  mesa redonda; sin que faltaran, por supuesto, expertos en esto y en lo otro, en entornos que pretenden afines como el entrenamiento en el liderazgo, en el uso efectivo de las relaciones interpersonales, en el manejo de conflictos en espacios reducidos, en la negociación y el pensamientos estratégico, en la implementación de técnicas motivacionales, y para finalizar, como último grito, en la autoprogramación mental, el autocoaching y el mentoring. Todas ellas gentes del gremio, claro.

Y parece que no, pero tres horas de divagaciones dan para mucho divagar, al final de las cuales todos estuvieron de acuerdo, cómo no, en que para situarnos sin rubor en las escalas que la OCDE propone, y poder disfrutar así de la tan ansiada mejora de nuestro sistema educativo, con la ambición y la calidad que esperan de nosotros, lo que hace falta sin demora, pero ya mismo, es una mayor inversión en educación. En una palabra: más pasta, oigan. Más medios, más recursos, más presupuesto. Más dinero. Qué otra cosa si no. Maldito parné.

Al salir supe, y así se lo dije a mi amigo, que allí dentro habíamos estado rodeados de una patulea de granujas de la más refinadísima cuquería.

 

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1 comentario en “Gente del gremio

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