Manifiesto individualista

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Man Bencind Down Deeply, Egon Shiele, 1914

Confiamos más en las divagaciones que en las resoluciones firmes. Vivimos con más dudas que creencias. Preferimos antes la compañía de los bribones que la de los moralistas. Buscamos más la indiferencia que la verdad. Sospechamos menos de la locura de los perversos que de la buena intención de los que imponen su ortodoxia. Creemos más en la desesperación de los desertores que en el poder de los ejércitos. Huimos de los profetas y nos escondemos de sus acólitos. Ni buscamos mesías ni somos prosélitos. Desertamos de idearios y doctrinas. Sin lemas ni estandartes, imitamos a Don Quijote y donde hay políticos nosotros vemos bufones. Como Cyrano, pregonamos nuestro orgullo y somos independientes. Pertenecemos a una sociedad secreta de hombres sin fe que sólo reivindican la dicha de poder gemir con desgana.

Para sobrevivir, pactamos con la sociedad dejando que nos muerda la mano mientras le damos de comer. Llevamos siglos ocultándonos. Estamos cansados. Aceptamos los insultos por cortesía. Nos conformamos por imitación. Nos rebelamos con pasión de autómatas. Le volvemos la espalda al tiempo. Y observamos. Vigilamos con paciencia y, sin convicción, miramos la embriaguez de los otros. Ya ni siquiera nos agitamos debajo de las convenciones. Repudiamos a escondidas nuestra pereza, pero a diario hacemos nuestra revolución desde la cama. Poco a poco nos vamos entregando sin luchar.

Aún así no claudicamos del todo. Nos aceptamos como cadáveres. Permanecemos a la sombra. Cada día proclamamos nuestra individualidad y sin quererlo somos incómodos. ¿Qué tenemos que hacer para vivir y morir en primera persona? ¿Imitar a los profetas, a los fanáticos, a los inventores de carnicerías? ¿Unirnos al club? ¿Imponer también nosotros nuestras propuestas y esperar luego el momento? ¿Tomar lecciones de corrupción y de retórica? ¿Distribuir recetas de felicidad? ¿Intervenir en los asuntos de los otros? ¿Abrazar doctrinas? ¿Depender del capricho ajeno? ¿Adular al poderoso y adoptar la adulación como un credo? ¿Hacer nuestras las mentiras tramadas por los grandes hombres, por su gran época, por su partido, por sus logros y visiones? ¿Alentar con palabras la ilusión de la gente? ¿Tomar prestada su confianza? ¿Esperar que los emprendedores y los oportunistas llenen su saca, recojan sus frutos, y desear luego que del bolsillo se les derrame una limosna? ¿Asentir a cada palabra que pronuncia un líder? ¿Oír hablar de porvenir, de ideales, de oportunidad, de bien común, de nosotros frente a ellos y después tomar parte en el saqueo? ¿Pensar que se pertenece a algo sólo porque se corea el eslogan que ideó un imbécil? ¿Cerrar los ojos y la boca y creer que la ambición ajena puede salvarnos del deseo de notoriedad del ambicioso? ¿Pertenecer a la élite? ¿Tener vista y fomentar el negocio? ¿Hacer con la insolencia una bandera y levarla en nombre del comercio? ¿Tirar por tierra la templanza? ¿Dejarnos convencer por cantos de sirenas? ¿Forjar con una imagen una patria? ¿Aplaudir el grito de la muchedumbre que aclama al que más trepa? ¿Ensuciar, en fin, la voz y su martillo por ceder el humor ante el capricho de algún otro? No, gracias. No, gracias. No, gracias.

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Publicado en el diario Información El Puerto el 16 de abril de 2004

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5 comentarios en “Manifiesto individualista

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