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La invención de la herejía

La invención de la herejía


Introducción

Resulta curioso e instructivo saber que, etimológicamente, la palabra herejía deriva del griego hairesis (αἵρεσις), que significa doctrina o creencia. Así entendido, el hereje sería, por tanto, un simple creyente, un doctrinario que hace uso de su libertad de conciencia para acoger o aceptar una determinada confesión religiosa. En cambio, lo que aquí vamos a tratar de estudiar es el sentido histórico que la Iglesia Católica le dio a la palabra herejía, entendiéndola como una disidencia en materia de fe, como un desvío del dogma. El hereje será el disidente, el rebelde que acepta pero no acepta del todo la verdad revelada; aquel que se sale del tiesto, quien no reconoce la autoridad; el disolvente individuo que se atreve a negar los principios formulados desde Roma; el heterodoxo por cuenta propia, impenitente y obstinado, que sostiene sus posturas a pesar de las amonestaciones o amenazas; el cuestionador de lo establecido; ese molesto y pertinaz sujeto que interpreta a su modo las Sagradas Escrituras; el que, ignorando la tan repetida infalibilidad del pontífice como vicario de Cristo, osa proponer un desvío del credo dogmático, canónico y oficial; quien incurre en un error de carácter doctrinal según el parecer de la siempre Santa, Católica, Apostólica y Romana Iglesia nacida de las predicaciones de Jesús de Nazaret.

Ahora bien, este ensayo está planteado como una serie de sucesivas aproximaciones al tema de la herejía. No pretende ser ni exhaustivo ni concluyente. Podría considerarse por mi parte, más bien, como una primera, y pequeñísima, introducción a una ambiciosa Historia Universal de la Herejía que examinara con más detalle el apasionante asunto de los disidentes. Pero tal empresa la dejaremos para otra ocasión. Poco importan las ausencias conscientes que pueda haber en este libro, por muy importantes que parezcan. Como la Historia es una materia flotante y elástica, creemos que su estudio es una prisión perpetua, condenada a la inevitable adición o corrección de lo dicho, y lo que aquí hay escrito es tan solo lo dicho hasta ahora, y con eso basta por el momento.


Herejes y malditos

¿Por qué he colocado en el título, junto a la palabra herejes, el vocablo malditos? Muy sencillo. He llegado a la caprichosa conclusión de que el perfil de un hereje es el de un hombre en inútil pero reconfortante rebeldía. Su disidencia, considerada históricamente como destructiva, no es más, pero tampoco menos, que una fuerza disolvente con camino de ida y vuelta que ni destruye ni rasga aquello que amenaza, sino que, por el contrario, se vuelve del revés destruyendo a quien disiente. Hasta el más superficial repaso a las actuaciones de los más famosos herejes nos revela que su actuación es un suicidio diferido. El hereje, como el maldito, es un suicida que acaba destruyéndose a sí mismo al no encontrar asiento en el orden social impuesto. Lógicamente, el concepto decimonónico del malditismo, de raigambre romántica, no es más que una revisión literaria, adaptada a una época y a unos fines, de la vieja actitud del heterodoxo en materia de fe. Los poetas malditos del XIX comparten con los herejes algunas importantes señas de identidad; por supuesto la rebeldía, pero también la insolencia, la disparidad ideológica, la negación de lo establecido, la inadaptación social, el desahucio y, finalmente, el final trágico y casi baldío. Y digo casi porque siempre, o casi siempre, dejaron algo para el recuerdo o el estudio. Los poetas malditos, antes del suicidio, solían dejarnos una obra. Los herejes, antes de su relajación, con hoguera o sin hoguera, nos legaron una sombra de duda, unas actitudes, una filosofía que ensancha nuestro norte ético, una teología que abre nuevos horizontes, otra manera de estar en el mismo sitio y, en ocasiones, algunas verdades como puños que, tarde o temprano, acaban siendo aceptadas.

Por tanto, la invención de la herejía es también la invención del malditismo. Herejes y malditos van cogidos de la mano. De cara a la Iglesia de Roma, los herejes fueron, en tantos casos, disidentes tentados por el mal, e incluso por el maligno, y, paradójicamente, la historia de su invención corre pareja a la historia de la violencia en el seno del credo católico.


Aquella religión de Cristo

La última cena, de Da Vinci

La Última Cena, Leonardo Da Vinci, 1495-1497

Érase que se era la religión de la paz y el amor, fundada por Cristo, quien sufrió tormento en la cruz por causa del fanatismo de los hombres. Los cristianos santificaban la vida y abominaban de la violencia. Para ellos, el derramamiento de sangre era un pecado atroz. Por este mismo motivo se negaron a luchar en los circos de Roma. Sin temor a equivocarnos, podemos afirmar que no hubo gladiadores entre los primeros cristianos. Los emperadores romanos exaltaban la lucha en los campos de batalla y los cristianos ignoraban la ley. Por ello, fueron perseguidos. En su huida para salvar la vida, llevaron la buena nueva a todos los confines del Imperio. Sus continuos ejercicios de proselitismo extendieron el salvífico credo por todo el mundo conocido y, al cabo, lograrían ser aceptados. Ocurrió a principios del siglo IV. Mientras fueron una piedra de disidencia en las entrañas de Roma, sufrieron idéntico tormento que el fundador de la doctrina que ellos practicaban. En cambio, cuando se convirtieron en una fuerza que amenazaba con destruir la gloria de Roma, fueron acogidos con entusiasmo.

La actitud de las autoridades de la época resulta razonable en todo momento desde una perspectiva política. ¿Cómo no iban los romanos a hostigar a la minoría cristiana que se negaba a luchar por la gloria de Roma? Pero cuando la minoría se convirtió en mayoría, ¿cómo podían no ser bien recibidos esos súbditos del Imperio?

Cuando el emperador Constantino, en el año 313, abjuró de su paganismo y aceptó la fe de Cristo, introdujo en la Iglesia una novedad de gravísimas consecuencias futuras. Cuando Roma se hizo cristiana, la Iglesia de Cristo se convirtió en Imperio Romano, y al hacerlo heredó también, a modo de perverso milagro, todo su legado represor. Esto, que en el siglo II era inconcebible, se volvió una realidad en el siglo IV. El apologista y teólogo romano Tertuliano lo dejó dicho en una de sus obras. Al valorar la inconciliable diferencia entre el cristianismo y los valores tradicionales de Roma, afirmó:

“El mundo puede que requiera de césares, pero el emperador nunca puede ser cristiano, ni un cristiano puede ser emperador”.


La Iglesia de Roma

Lo que resultaba tan incontestable hacia el año 197, no lo fue sin embargo en el año 313. Con olvido de toda obviedad, el emperador se hizo cristiano, pero el mundo siguió necesitando de los césares. Poco a poco, en la religión de Cristo se fue introduciendo la violencia de Roma. Si en la época de Tertuliano no había ni un solo soldado cristiano, hacia el año 416 el emperador de oriente Teodosio II decretaría, mediante edicto, que solo los cristianos tenían derecho a alistarse en el ejército. Si los primeros cristianos estaban dispuestos a morir antes que matar, después de Constantino estarán dispuestos a matar ad maiorem Dei Gloriam. Desde entonces, la historia de la Iglesia Católica es también la historia de sus crímenes. El relato de esos crímenes constituye lo que habremos de llamar la Historia Universal de la Herejía.

La cristiandad experimentó una transformación radical. En el mismo momento en que dejó de estar perseguida, se convirtió en perseguidora.

Se podría decir, incluso, que a partir de ese momento fue ya otra Iglesia, una Iglesia más preocupada en seguir existiendo que en la santidad de la existencia. Se podría decir, también, que su preocupación máxima no fue ya la predicación del sermón de la montaña, el mensaje de los Evangelios o la Gloria de Dios, sino el mantenimiento de la gloria de la propia Iglesia. Y así, todo aquel que amenazara con desestabilizarla sería condenado, represaliado, torturado y, finalmente, aniquilado. Cualquier clase de desavenencia sería declarada herética. Su ambición de universalidad sería su peor consejera. Y en nombre de esa universalidad irá traicionando, con el paso de los siglos, sus iniciales propuestas hasta convertirse, a partir de la Edad Media, con la triste iniciativa de la Inquisición, en la mayor organización represiva que ha conocido el mundo.

Todavía en el siglo IV existía la aversión por el derramamiento de sangre. San Agustín, que fue un enérgico luchador contra las primeras herejías que socavaban los cimientos de la Iglesia, abominaba de las ejecuciones, y se enfrentó a donatistas y pelagianos con la fuerza de la palabra y la razón. Las primeras herejías, anatematizadas en diferentes concilios, fueron depuradas sin violencia, pero no así las que siguieron. De algunas de ellas hablaremos en sucesivos capítulos.

Ahora bien, la exaltación de la violencia no fue lo único que heredó del Imperio Romano la cristiandad. Resulta de lo más sarcástico comprobar el camino que ha seguido la Iglesia de Cristo desde el Calvario hasta el Vaticano.

Si su fundador sólo ostentó el burlesco título que le otorgó Pilatos como “Rey de los judíos”, su principal representante en la Tierra lucirá títulos tan fastuosos y solemnes como Vicario de Cristo, Sucesor de los Apóstoles, Sumo Pontífice, Patriarca, Primado de Italia y hasta Soberano de la Ciudad del Vaticano. Pero sin duda el más irónico de todos, por lo difícil que le ha sido llevarlo con dignidad a tantos papas como ha habido, es el de Siervo de los siervos de Dios. Ocasión tendremos de apreciar lo poco servidores de sus siervos que fueron tantos pontífices a lo largo de la Historia, si es que alguna vez hubo alguno.

¿Y qué decir del clero de todos los tiempos hasta nuestros días? Nada más alejado de las predicaciones de Jesús de Nazaret que los títulos que engolosinan y engolosinaron a sus representantes: eminencia, ilustrísimo, señoría, reverendísimo, excelencia, y tantos otros. La Historia de las disidencias nos confirma que todo aquel que hizo notar estos excesos de la clerigalla, sería declarado herético.


La pobreza de Cristo

Y así llegamos a uno de los puntos más sensibles de la Iglesia Católica, y que tuvo su momento más álgido en plena Edad Media, la época que está considerada como una auténtica corrala de herejes que reivindicaban la tan discutida como traicionada pobreza de Cristo. Todo el que puso el dedo en la llaga sería considerado hereje. Motivo de herejía fue vivir conforme a las palabras del maestro:

“Atesorad para vosotros bienes en el cielo, donde nada se corrompe ni hay polilla que los deteriore”.

Así ocurrió con Gioacchino de Fiore, Gherardo Segalelli, Dulcino de Novara, Pedro Valdo de Lyon y hasta con el campeón de la pobreza, San Francisco de Asís, a quien debemos considerar un cuasi hereje por las continuas sospechas que sufrió ya en vida. La orden por él creada, la de los Franciscanos, no tardaría en dividirse por la distinta interpretación que hicieron los hermanos menores del capítulo sexto de la Regla de San Francisco, que determinaba que debía quedar excluida tanto la posesión privada como la posesión comunitaria de bienes, y que sólo está permitido el simple usufructo de las cosas.

Los llamados hermanos “conventuales”, quienes admitían la propiedad de bienes comunitarios, la aceptación de rentas fijas y la posesión de bienes raíces, serán los aceptados por la Iglesia de Roma. En cambio, los hermanos “espirituales”, que rechazaban absolutamente la posesión de cualquier bien, serían condenados como herejes. Más tarde, de los espirituales surgiría una sección aún más controvertida y combativa, los llamados “Ermitaños pobres”, también conocidos popularmente como Fraticelli, quienes serían considerados oficialmente como “hijos de la temeridad y de la impiedad”.

Estos últimos tuvieron la osadía de equiparar la regla del capítulo sexto de su fundador con el mismísimo Evangelio y, tras ser condenados por el Papa Juan XXII, afirmaron, en consecuencia, que el pontífice había perdido definitivamente su potestad de jurisdicción y de orden. Por ello, serían relajados en la hoguera. Irónicamente, hoy día, los parciales ejercicios de rectificación llevados a cabo desde Roma, han deplorado la actuación del Papa Juan XXII.

Es una triste burla que la Iglesia creada por quien afirmó, palabras más, palabras menos, que antes entraría un camello por el ojal de una aguja que un rico en el reino de los cielos, se convirtiera en una de las mayores empresas económicas del mundo. Lo fue siempre y lo sigue siendo aún hoy. Podríamos lamentarnos de todo ello con estas palabras de Petrarca, quien debió decirlo en voz baja para no despertar susceptibilidades:

“Me sorprendo cuando recuerdo a los predecesores del papa, contemplando a estos hombres cargados de oro y vestidos de púrpura. Parece que nos encontremos entre los reyes de Persia y Partia, ante los cuales hemos de inclinarnos y rendirles culto. ¡Oh, apóstoles y primeros papas!, toscos y demacrados como erais, ¿es para esto por lo que os afanasteis?”


La invención de la herejía

Pero la Iglesia de Roma no alzó su látigo justiciero únicamente entre sus adeptos alborotadores. Enemigos fueron los judíos y los musulmanes, a quienes, obviamente, no se les puede considerar como herejes, pero de los que conviene hablar aquí, no obstante, ya que jugarían un importantísimo papel en la represión de la herejía, tal y como iremos viendo. El odio desplegado por los cristianos contra los judíos a lo largo de la historia es de sobra conocido, y por eso no me detendré ahora en estudiarlo. Algo diremos cuando llegue el momento. Más interesante, y de más terribles consecuencias para el progresivo deterioro de la Iglesia, me parece el caso musulmán.

A partir del siglo VII un nuevo, e imparable credo, ensombrece el horizonte cristiano. El Islam, la religión predicada por Mahoma, se extiende como la pólvora de modo milagroso. África, Asia, y la Hispania visigoda caen bajo su influjo rápidamente. Desde los tiempos del Imperio romano, ninguna otra fuerza militar había amenazado a la cristiandad con tan belicosa acometida. Ni siquiera los hunos de Atila habían supuesto un peligro semejante. Solo Carlos Martel, el abuelo del emperador Carlomagno, conseguirá detenerlos en Poitiers. Occidente estaba a salvo, pero medio mundo había caído bajo el poder del Islam.

Resultaba comprensible. La fe predicada por Mahoma exaltaba la violencia y prometía un cielo sensual para todo aquel que luchara y muriera en nombre de Alá.  Para los musulmanes, la espada era la llave que abría las puertas del séptimo cielo, donde aguardaban las huríes, dulces doncellas virginales de mirada de gacela y exquisita sensibilidad que harían las delicias de todo aquel que muriera en el fragor de la batalla.

Era una tentación irresistible, una promesa sin parangón, una oferta inmejorable. Frente a ella, el ideal cristiano sólo anunciaba un cielo casto, angelical, de difícil acceso y donde quedaba reservado el derecho de admisión. No había color. Su expansión fue extraordinaria. En el año 637, Jerusalén fue conquistada por el Califa Omar I. A partir de entonces, la situación de los cristianos en Tierra Santa se fue volviendo cada vez más precaria, y cuando en 1071 la ciudad sea conquistada por los turcos selyúcidas, que destruyeron el Santo Sepulcro, se pondrá la primera piedra sobre la que se alzará otra Iglesia, nuevamente renovada, y cuya transformación será aún más perversa que la experimentada a partir del siglo IV.


La Jihad cristiana

Prédica de la Primera Cruzada por Urbano II en el Concilio de Clermont, de Gustavo Doré

Prédica de la Primera Cruzada por Urbano II en el Concilio de Clermont, de Gustavo Doré

En el año 1095, el papa Urbano II, en la ciudad francesa de Clermont-Ferrand, predicó la primera cruzada contra el infiel frente a un numeroso grupo de seglares y clérigos. Por arte de paradoja, el cristianismo heredará del Islam el concepto de la Jihad, la guerra santa, la aniquilación del enemigo en nombre de Dios. A imitación de las promesas eternas de Mahoma a sus creyentes, el papa de Roma otorgaría indulgencias plenarias al guerrero que muriera por la causa. El cielo estaba garantizado. La espada de líneas cruciformes se llenará de sangre por la gloria del Cristo que murió en la cruz. Los cruzados se convirtieron así en los muyaidines del cristianismo. Se exaltará la violencia. Todo estará permitido. De camino a Tierra Santa, los cruzados dejaron un reguero de sangre. A todo aquel que no comulgaba con la fe del Señor, se le ofrecía el bautismo o la muerte.

Los judíos fueron una presa fácil. En el año 1096, todos los judíos de la ciudad de Worms fueron masacrados. En 1099 fue reconquistada Jerusalén. La victoria fue gloriosa. ¿Qué duda podía caber después de esto? Dios debía de estar de parte del papa. Aunque Jesucristo solo predicó la paz y la mansedumbre, el papa de Roma prefirió ser, como Mahoma, un comandante de ejércitos, un administrador de justicia. No puede imaginarse mayor traición a las promesas que Jesús hizo en su sermón de la montaña:


“Bienaventurados los pobres de espíritu, 
porque de ellos es el Reino de los Cielos.
Bienaventurados los mansos, 
porque ellos poseerán en herencia la tierra.
Bienaventurados los que lloran, 
porque ellos serán consolados.
Bienaventurados los que tienen hambre y sed de la justicia, 
porque ellos serán saciados.
Bienaventurados los misericordiosos, 
porque ellos alcanzarán misericordia.
Bienaventurados los limpios de corazón, 
porque ellos verán a Dios.
Bienaventurados los que trabajan por la paz, 
porque ellos serán llamados los hijos de Dios.
Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia, 
porque de ellos es el Reino de los Cielos.
Bienaventurados seréis cuando os injurien, y os persigan
y digan con mentira toda clase de mal contra vosotros por mi causa”.

Disidencia y represión

Inocencio III

¿Qué terrible influencia tuvieron las cruzadas de cara al tema de la herejía? Se creó un precedente. La Iglesia de Cristo dejó, definitivamente, de santificar la vida. Los ministros de Cristo proclamaron el derramamiento de sangre. La violencia fue exaltada. Se dio un paso decisivo. A partir de entonces, no habría misericordia para el enemigo. Todo aquel que amenazara, de palabra o acción, con destruir esta nueva Iglesia, tan alejada ya de su fundador, sería depurado. Al hereje, que siempre había estado condenado, se le otorgó la categoría de enemigo y, como tal, debía ser aniquilado.

Después de mil años de existencia, la Iglesia estaba corrompida desde su raíz romana. Las disidencias eran inevitables. Los grupúsculos que proponían un retorno a una espiritualidad más auténtica, más cercana a la primitiva Iglesia, comenzaron a multiplicarse. Como abominaban de lo impuesto desde Roma, serían declarados heréticos.

Es la época del movimiento patarino, del bogomilismo y del catarismo. Pero también de las hermandades pietistas como las beguinas y los begardos, condenados por su exaltación de una espiritualidad exacerbada. El poder del papa comienza a estar en entredicho. El clero, considerado corrupto por su tendencia a la simonía y el nicolaísmo, pierde puntos en favor de quienes predican una fe más indulgente, menos severa. Poco a poco, en el mundo cristiano, se van creando nuevas alternativas. La disidencia se hace fuerte. En el sur de Francia y norte de Italia, los cátaros hacen estragos. La autoridad de Roma se tambalea. Las herejías amenazan por vez primera con destruir el orden impuesto por los papas. A partir de principios del siglo XIII, se da otro paso decisivo. La Iglesia se aleja definitivamente de Cristo.

En 1209, el papa Inocencio III predica la cruzada contra el hereje. Ahora ya no serán los infieles quienes mueran a manos de la espada cruciforme, sino los propios cristianos. En poco menos de medio siglo, la herejía cátara es aniquilada por la fuerza de las armas. En 1231, otro papa, Gregorio IX, instituye la Inquisición. Todo sea por el mantenimiento del orden social. Con ella, comienza el verdadero desconeje.


El desconeje

Sesión de tortura, La Santa Inquisición

En alianza con la autoridad civil, será condenado a la hoguera o asesinado en la horca toda persona que se oponga a los enunciados pontificios o simplemente moleste. En 1252, el papa Inocencio IV instaura oficialmente el uso de la tortura en su bula Ad extirpanda. Los herejes carecen de derechos. En los manuales para uso de inquisidores que se escribieron en la época, podemos leer preceptivas como ésta:

“Mejor que mueran cien personas inocentes que un solo hereje quede en libertad”.

Comienza la era del terror. Todo les está permitido a los inquisidores, quienes, en tantos casos, se comportarían como auténticos psicópatas. Pareciera que ellos no podían equivocarse. Se diría que nada podían hacer que fuera reprensible. Quienes se atrevieron a cuestionar su autoridad, fueron declarados herejes. Intelectuales católicos como Siger de Brabante, Meister Eckhart, Guillermo de Ockham o Marsilio de Padua, entre otros muchos, estuvieron bajo sospecha o fueron condenados, y sus obras declaradas heréticas. En muchos casos, la herejía adopta la forma de protesta social. Muy poco hemos dicho de ellas en nuestro libro. Son las herejías nacionales. En Inglaterra estuvieron los lolardistas de John Wicliff; en Bohemia, los husitas al abrigo de la memoria de Jan Huss; en España, los herejes de Durango con Alonso de Mella a la cabeza.

Es también la era de las brujas. Europa vivió una auténtica orgía de destrucción. Lo veremos en el capítulo que hemos titulado “Las grandes herejías”. El 1 de noviembre de 1478 nace la famosísima Inquisición española, que estaría vigente hasta el 15 de julio de 1834. Sus víctimas predilectas fueron los conversos de judíos y moros, los judaizantes y moriscos. Y cuando faltaron estos grandes herejes, fueron perseguidos los protestantes, los alumbrados y quietistas, los fornicadores simples, los sodomitas, los bígamos y, en general, todo aquel que fuera tenido como diferente, amenazara el orden social establecido o adoptara una actitud heterodoxa en el plano social o en la vida religiosa. Hasta los místicos estuvieron en el punto de mira de los inquisidores.

Poco a poco, Europa fue preparándose para vivir una reforma espiritual. Era inevitable y fatal que ocurriera. Reformadores como Lutero, Calvino o Zuinglio serían condenados como herejes. No obstante, ya estos no pueden ser tenidos como tales. Comparten con los verdaderos herejes el anatema, la persecución, pero son ya cismáticos, representantes de una Iglesia paralela, de una auténtica alternativa a Roma. Ocasión tendremos, al estudiar el caso de Miguel Servet, de comprobar que dicha alternativa supuso un cambio de perspectiva, pero un cambio igualmente represivo para la libertad de conciencia del individuo.


La Congregación para la Doctrina de la Fe

Sede de la Congregación, en Roma

Sede de la Congregación, en Roma

Por último, en 1542 se creó la Inquisición romana, el Santo Oficio, la única que pervive aún hoy bajo el amable distintivo de Congregación para la Doctrina de la Fe. A partir del siglo XVIII, el concepto de herejía quedará bastante mitigado, e incluso llegará a desaparecer. En nuestra “Galería de Penitenciados” estudiaremos dos casos importantes, el de Melchor de Macanaz y el de Pablo de Olavide. Pero son ya casos tardíos. Poco a poco se va dejando de hablar de herejes. El siglo XIX traerá nuevas condenas, pero ya no se les da el título de herejes a los condenados, o sólo como excepción. Algunas de las más famosas condenas recaen sobre el naturalismo, el marxismo, el socialismo, el anarquismo o la masonería. Con la definitiva pérdida del poder temporal de la Iglesia Católica en 1870, se quiebra la vieja alianza entre Roma y la autoridad secular de los Estados europeos. ¡Bendita quiebra! Con ella, y por fin, a una condena del Pontífice no tendrá por qué suceder una persecución civil, y mucho menos una ejecución secular.


De Herejes y Malditos en la Historia, Agustín Celis Sánchez, Ed. Alba Libros, Madrid, 2006.


 Imagen destacada: Detalle de Auto de Fe presidido por Santo Domingo de Guzmán, de Pedro Berruguete.


Juan Prim y Prats

Juan Prim y Prats. Omnipotente y masón


En la tarde del 27 de diciembre de 1870, Juan Prim y Prats salió del Congreso y subió a la berlina que lo esperaba en la puerta. Con él subieron dos de sus más estrechos colaboradores, Práxedes Mateo Sagasta y Herrero de Tejada, pero antes de que el coche se pusiera en marcha se bajaron del mismo y fueron sustituidos por otros dos, González Nandín y Moya. El cochero puso en marcha la berlina y enfiló la calle del Turco. Esto ocurría entre las 18:30 h. y las 19:00 h., afuera nevaba débilmente, la noche estaba oscura y las calles desiertas. Uno de sus ayudantes vio desde su asiento cómo un hombre encendía un fósforo y, al poco, pero un poco más adelante, otro desconocido, como si de una contraseña se tratara, vuelve a repetir el mismo sospechoso acto y la berlina se detiene; la calle está obstruida por un coche allí parado. Entonces ven cómo otro coche se dirige hacia ellos en sentido contrario, para en frente de la berlina de Prim y salen ocho hombres embozados que rodean su vehículo. Los tres hombres y el cochero se alarman, pero no tienen tiempo de reaccionar. Los embozados rompen los cristales con sus trabucos y una voz grita: “Prepárate, que vas a morir”, y poco después ordena: “¡Fuego!”


Asesinato de Prim


La reacción del cochero es inmediata, arranca la berlina, consigue sortear su obstáculo y tira por la calle de Alcalá hasta la entrada de la calle del Barquillo. A las 19:30 h. llegan al palacio de Prim, en el Ministerio de la Guerra. El general baja por sí mismo del coche y se dirige hacia sus habitaciones, donde van a hacerle la primera cura los médicos militares, pues viene herido. Según ha quedado constancia en el sumario del caso Prim y encontramos en el magnífico libro realizado por El círculo de amigos de la Historia, El magnicidio en España:

“Tiene herida la mano derecha, con pérdida del dedo anular y fractura de los metacarpianos segundo y tercero; el hombro izquierdo está destrozado por varias heridas de bala que ocasionan fractura de la cabeza del húmero y de la cavidad glenoidea de la escápula. En el codo izquierdo presenta otra herida de bala que origina fractura de cabeza del radio. Las heridas son graves, pero no parecen mortales de necesidad”.

Dejémoslo ahí por ahora, y hagámonos esta pregunta fundamental: ¿Quién fue el general Prim y por qué atentaron contra su vida el 27 de diciembre de 1870?


Juan Prim y Prats


Juan Prim y Prats ha quedado para la historia de España como uno de los hombres más competentes de su tiempo, pero también como una figura controvertida y un conspirador incansable contra la monarquía de los borbones y sus dos líneas dinásticas, la isabelina y la carlista, a las que se opuso con saña hasta sus últimos días. Fue él quien forjó la revolución de 1868 y quien postuló la primera monarquía constitucional para España en la figura de Amadeo I de Saboya, con la que se ganó la animadversión de borbónicos y republicanos, que no veían con buenos ojos las reformas radicales que estaba llevando a cabo en el país. Muchos historiadores lo consideran el gran estadista capaz de encauzar el futuro de España en la segunda mitad del siglo XIX. De esta opinión era Ángel María de Lera, que llegó a decir de Prim lo siguiente:

“Él hubiera podido poner fin a la inestabilidad política que venía turbando la vida nacional desde Fernando VII, de no haberse cruzado en su camino la conspiración de la envidia y el despecho, siempre pronta en nuestro país para derribar a los hombres que hacen sombra”.

Nació el 6 de diciembre de 1814 en la villa de Reus, en Tarragona, y muy pronto se enroló como militar en el batallón de Tiradores de Isabel II con motivo de la primera guerra carlista. En 1839 fue ascendido a coronel, y en 1841 salió elegido diputado a Cortes por la provincia de Tarragona. En 1842 comienza su oposición a la política de Espartero, que en aquel tiempo era el jefe de Gobierno. A partir de este momento, comienza una imparable carrera como conspirador, a la vez que se suceden sus innumerables logros como militar.

Con Serrano en el poder, Prim recibe el cargo de Gobernador militar de Barcelona y es nombrado mariscal de campo, además de conde de Reus y Vizconde de Bruch.

Con Narváez, es Gobernador de Ceuta y ascendido a General, pero en 1844 es acusado de conspirar contra el gobierno y condenado a seis años de cárcel. Consigue el indulto de la reina y marcha al extranjero, donde permanece entre 1845 y 1847. En este mismo año es nombrado Gobernador de Puerto Rico, pero es rápidamente sustituido un año después.

De regreso a España, sale elegido como diputado a Cortes por Barcelona en 1851, pero de nuevo se enfrenta al poder con motivo del polémico concordato con la Santa Sede. De nuevo sufre el exilio y en 1853 lucha en la guerra de Crimea. Vuelve a España en 1854 y es nombrado capitán general de Granada en 1855. En 1860, debido a los méritos obtenidos durante la batalla de Castillejos, se le concede el título de Marqués de Castillejos. Un año después, con O’Donnell en el poder, marcha a México y allí se opone a los planes de Napoleón III de Francia, que pretendía, y finalmente consiguió, poner en el trono de México a Maximiliano José de Austria.

En 1864, otra vez en España, vuelve a conspirar contra el nuevo gobierno de Narváez y es desterrado, en principio a Oviedo, pero poco después es expulsado del país tras probarse su vínculo en una manifestación de estudiantes el 10 de abril de 1865. Pasará tres años en el exilio, donde prepara el asalto al poder que acabará en la revolución de 1868, llamada por muchos La Gloriosa.

El 19 de septiembre de 1868, después de proclamar el manifiesto España con honra, Prim desembarca en Cádiz con el brigadier Topete, consiguiendo la adhesión de las ciudades más importantes de Andalucía, Cataluña y Levante, donde se ganó una enorme popularidad. El 7 de octubre entra en Madrid y es acogido con entusiasmo por el pueblo. Ha triunfado la revolución del 68 y Prim recibe el máximo poder político.


La Gloriosa, 1868


Ahora bien, ¿cuáles eran las ideas reformistas que traía Prim? Para la Historia de España han quedado algunas de sus frases memorables, que dicen mucho del talante de este hombre que algunos historiadores han definido como contradictorio. De entre ellas, quizás las más famosas sean éstas:

“Más liberal hoy que ayer, más liberal mañana que hoy”, (pronunciado en el parlamento con motivo del polémico Concordato con la Santa Sede)

“¡Los Borbones, jamás, jamás, jamás!” (En Barcelona, a 3 de octubre de 1868)

“Es difícil hacer un rey, pero algo más difícil es hacer la República en un país donde no hay republicanos”. (Con motivo de lo promulgado por la Constitución de 1869, donde quedó establecido que la forma de gobierno de España sería la Monarquía parlamentaria).

“Mientras yo viva no habrá República en España”. (Declaración de Prim al embajador Kératry, al ser preguntado por la opinión que le merecían los republicanos españoles)

“Cuando el rey venga, se acabó todo, aquí no habrá más grito que el de ‘Viva el Rey’. Ya haremos entrar en caja a todos esos insensatos que sueñan con planes liberticidas y que confunden la palabra progreso con la palabra desorden, y la libertad con la licencia”. (Pronunciado el 24 de noviembre de 1870, al despedir a la comisión encargada de informar a Amadeo de Saboya de su elección como nuevo rey del trono vacante en España)

De todo esto colegimos lo siguiente: Juan Prim y Prats era un liberal reformista, antirrepublicano y antiborbónico, lo que no le impedía ser, a la vez, partidario de una Monarquía constitucional. Postuló para España, en pleno siglo XIX, un régimen democrático similar al que tenemos hoy, donde el rey carecería de toda función política, quedando limitada su actividad a la de ser el jefe del Estado. Quienes consideran que el general Prim carecía de fijeza en sus opiniones políticas, quizás olviden que para llegar a estas conclusiones debió de reflexionar mucho sobre las desgracias que había sufrido el país en el XIX con la dinastía incapaz de los Borbones, desde Carlos IV a Isabel II, las regencias de por medio y los carlistas pugnando por hacerse con el poder.

Ahora bien, ¿dónde estaban los problemas? Muy sencillo. Aunque todos los revolucionarios del 68 estaban de acuerdo en la expulsión de Isabel II, existían profundas desavenencias políticas; por una parte estaban los monárquicos, entre los que se encontraba Prim; y por otra los republicanos, divididos a su vez entre unitarios y federalistas, cuyos distintos puntos de vista eran irreconciliables, de ahí que Prim desconfiara de ellos como opción política seria. Si a todo esto le unimos el papel que para sí reclamaban los militares, acostumbrados en España a ejercer de árbitros en el poder político, el cóctel de fuerzas antagónicas que existía en el país era altamente explosivo.

En una situación como esta, la figura de Prim era la única que podía conciliar todas y cada una de estas fuerzas en pugna. Prim era militar, político y monárquico, y además había sido el impulsor de la Constitución del 69 que satisfacía, en parte, las querencias de muchos republicanos. Dio estabilidad al estado como jefe de gobierno, y el 16 de noviembre de 1870 se votó en las Cortes la designación del rey de España, saliendo elegido el candidato de Prim, el duque de Aosta, futuro Amadeo I de Saboya, con 191 votos de entre los 344 diputados en las Cortes, aunque ese día sólo se presentaron para la votación 311. El resto de candidatos para el nuevo orden que se iba a implantar en España eran la República, que obtuvo 63 votos; el duque de Montpensier, con 27 votos; el general Espartero, que obtuvo 8; Alfonso de Borbón, con 2; y la infanta Luisa Fernanda, esposa del duque de Montpensier, con 1. Los restantes 19 fueron votos en blanco.

En días posteriores se designó la comisión que debía viajar a Italia para recoger al futuro rey de España, presidida por Manuel Ruiz Zorrilla, quedando fijada la llegada de Amadeo I para el 30 de diciembre de ese mismo año.


Amadeo I de Saboya ante el féretro de Prim

Amadeo I de Saboya ante el féretro de Prim


¿Qué pasó en la vida política del país entre el 16 de noviembre y el 27 de diciembre, fecha del atentado contra Prim? Según se supo luego, durante la larga investigación policial llevada a cabo tras el atentado, hubo continuos rumores de conjura que el propio Prim desoyó imprudentemente. Al parecer, cuando se le hablaba de los disturbios que se avecinaban, se limitaba a contestar: “Aquí nunca pasa nada”, o bien: “Que haya juicio, porque, llegado el caso, tendré la mano dura”. E incluso la misma tarde del atentado y justo antes de salir del Congreso, uno de los diputados, García López, se acercó a Prim para prevenirle del peligro que corría su vida, a lo que éste respondió: “Lo que usted debiera hacer es venirse a Cartagena conmigo a recibir al rey”. Y el diputado republicano Paul y Angulo murmuró: “Mi general, a cada uno le llega su San Martín”. No solo se comportó con una absoluta imprudencia, sino que durante ese mes y medio en el que hubo continuos rumores de conspiración contra él, se condujo con verdadera temeridad, llegando a prohibir a sus ayudantes que llevaran armas para que nadie pudiera pensar que tenían miedo.

Y dicho todo esto, vuelvo a retomar la historia donde la dejé para comentar que Juan Prim murió de las heridas mencionadas tres días después, el 30 de diciembre de 1870. Según los testigos presenciales que estuvieron con él durante la agonía de las última horas, en el delirio de la muerte, el general Prim dijo algunas frases que serían tenidas muy en cuenta por el juez durante todo el juicio posterior. Son estas:

“Oí bien su voz…”

“No me matan los republicanos…”

“El rey ha llegado y yo… Me muero…¡Canallas!”

Y lo cierto es que el rey llegó en su día y Juan Prim no pudo recibirlo. Lo hizo en su lugar el ministro de Marina, brigadier Topete, pese a haberse mostrado partidario del duque de Montpensier durante las votaciones. Pero qué duda cabe, con la muerte del General Prim el reinado de Amadeo de Saboya estaba destinado al fracaso.

A estas alturas de la historia, quizás el lector curioso se esté preguntando: ¿qué papel jugó en todo esto la masonería? A lo que no tengo otra cosa que responder que lo que ya he venido diciendo a lo largo de todo el libro cada vez que he estudiado un hecho histórico; es decir, que la influencia de la masonería es indirecta y nunca activa. Por supuesto, sé de sobra que no faltan los estudiosos que también aquí echan mano de la lista de masones para sostener sus endebles argumentos y contemplar cada uno de estos acontecimientos como una conspiración masónica. Probablemente, en esa lista vean: “Juan Prim y Prats, masón”, y sólo por este motivo no dudarán ni un segundo en considerar a este enérgico hombre como un pelele en manos de la masonería. Si a eso añaden que Amadeo de Saboya, Manuel Ruiz Zorrilla y Práxedes Mateo Sagasta, que estuvieron en el mismo bando, fueron también masones, ya creen tener sus endebles argumentos para engordar la leyenda negra que afirma que la Gloriosa fue un parto masónico. Como en todas las otras ocasiones.

Efectivamente, Juan Prim, como tantos otros liberales de la época, fue masón. El diccionario enciclopédico de la masonería no aclara cuándo se produjo su iniciación en la orden, pero por otras fuentes hemos sabido que se barajan dos fechas, o bien 1839 ó 1854, y que su nombre simbólico era Washington o Rosa Cruz. Tampoco han faltado quienes afirman que el general nunca se tomó en serio su condición masónica, afirmación que queda desmentida si tenemos en cuenta estas palabras del propio Prim sobre la masonería:

“Siempre he sido un entusiasta adepto de la Augusta Institución masónica, porque en su seno se templan los corazones para la lucha por la libertad, y se educan los caracteres heroicos que todo lo sacrifican por el bien y felicidad de la Humanidad. En mi vida de luchador por la patria y por la libertad, la calidad de masón me ha librado de graves peligros y me ha allanado el camino en muchas circunstancias verdaderamente peligrosas. Todos los hombres bien nacidos que continuamente ofrendan su vida en holocausto de la libertad de los pueblos se han hecho buenos, puros, generosos y abnegados por las lecciones que recibieron en el seno de las logias.

Si todos los hombres de la Tierra conociesen los postulados masónicos, los hombres se amarían más, los pueblos no se destruirían por egoísmos infernales, y mayor felicidad imperaría en el mundo.

¡Que todos los hombres lo comprendan así!

¡Que los postulados masónicos sean la doctrina de la Humanidad, la religión que dirija los destinos del mundo!

¡Mi mayor timbre de gloria es ser masón, no precisamente por los beneficios personales que he disfrutado, sino por el alimento espiritual que ha recibido mi alma!”

A pesar de estas palabras entusiastas sobre la masonería, que perfectamente podríamos pasar por alto, tampoco han faltado los historiadores que, reconociendo el innegable mérito del general Prim en la Historia de España, han querido atribuir su muerte a la masonería. Sin embargo, esta teoría pertenece al capítulo de la especulación y de la pamplina histórica. La misma noche del 27 de diciembre tenía una cena masónica en el Hotel de las Cuatro Naciones en la calle del Arenal.

Ni siquiera el novelista Benito Pérez Galdós, que nunca comulgó con las ideas de la masonería y, en ocasiones, se opuso terminantemente a ella, creyó que los masones tuvieran parte en la muerte de Prim. De hecho, Galdós le dedicó uno de sus Episodios Nacionales a la figura del General, y en ese libro especula sobre la reunión a la que debió haber asistido Prim si no hubiera sido asesinado. En mitad de la cena imaginada por el novelista, un militar masón llegó demudado y habló al oído del venerable presidente, que al conocer la noticia se levantó solemnemente y dijo:

“Hermanos, imposible callar, no puedo ni debo ocultaros la verdad terrible. El hermano Prim ha sido asesinado”.

Y ahí se acabó la cena.

Sin embargo, hay un detalle que nos inquieta. No deja de ser curioso que el atentado de Prim se produjera un 27 de diciembre, cuando se celebra una de las grandes fiestas de los masones, su San Juan de Invierno. ¿Casualidad?

En cuanto a la autoría del crimen, ciento treinta y cinco años después de ocurrido, sigue estando velada. Es uno de los mayores misterios sin resolver de la Historia política de España. Los errores de la policía fueron continuos. La negligencia de los jueces, alarmante. El caso estuvo abierto hasta 1893. Cuando en 1877 Alfonso XII se casó con la famosa Merceditas de la canción popular, que era hija del duque de Montpensier, las altas esferas de la política nacional exigieron que se enterrara el caso. No se hizo y varios jueces fueron destituidos. La instrucción del sumario reúne más de 18.000 folios y 2.621 anexos. Fueron procesadas ciento cinco personas. De entre los autores materiales, tres fueron asesinados y varios desaparecieron sin dejar huellas. Entre los sospechosos de planear su muerte, se encuentran el duque de Montpensier y el propio general Serrano, en connivencia con el republicano Paul y Angulo, de quien se cree que fue la voz que oyó Prim aquel día, y que salió del país inmediatamente para no volver durante veinte años. Sin embargo, jamás se ha llegado a identificar al verdadero responsable.


Berlina de Prim

Berlina en la que iba Prim el día del atentado


Al lector interesado en la cuestión, le vuelvo a recomendar el libro El magnicidio en España del Círculo de Amigos de la Historia, donde también encontrarán, desde el más absoluto rigor histórico y dejando al margen la rumorología, noticias interesantes sobre otros crímenes cometidos contra jefes de Estado, como los de Cánovas del Castillo, José Canalejas, Eduardo Dato y Luis Carrero Blanco. Allí se hace, entre otras muchas inteligentes reflexiones, esta:

“El asesinato de Prim es el prototipo del atentado político decimonónico, producto de turbias maquinaciones llevadas a efecto en largos conciliábulos subrepticios”.

En 1872, uno de los biógrafos de Prim, Orellana, comentó en su libro:

“Todos los partidos políticos condenaron el crimen; y, sin embargo, este no pudo ser obra de una venganza personal ni menos un asesinato pagado. No se ejecuta una venganza recurriendo a diez, o doce, o veinte o más hombres, que fue el número de los que probablemente intervinieron en aquel acto. No hay nadie que pudiendo pagar tantos criminales pueda comprar su secreto y se exponga de ese modo a la eventualidad de un arrepentimiento o de una indiscreción. No; el asesinato de Prim fue obra de muchos, concertado en algún conciliábulo político, en alguna sociedad secreta o en algún centro de malvados enemigos de España”.

Después de todo lo dicho, ahí dejo esas sugerentes palabras para la reflexión.


De Los Masones, Agustín Celis Sánchez, Ed. Albor Libros, Madrid, 2005


Imagen destacada: El general Prim; óleo de Luis Madrazo


 

Lo que sé de política

Especialmente dedicada a mi amigo Manuel Couceiro, que tanto me hace pensar sobre política.

En ocasiones estoy tentado de echar el cierre a toda forma de pensamiento político y dejarme guiar por algunos viejos maestros de la amargura y el escepticismo que solventaron la cuestión con felices definiciones. Es el caso de Ambrose Bierce, por ejemplo, que en su Diccionario del Diablo nos dejó, en forma de aforismos, estas dos perlas para toda la vida:

Política: s. Lucha de intereses disfrazada de debate de principios. Gestión de los asuntos públicos con vistas al beneficio privado.

Política: s. Medio de ganarse la vida preferido por la parte más degradada de nuestras clases delictivas.

Pero como no poseo ni el talento sintético, ni el entusiasmo lexicográfico, ni la comicidad satírica de Bierce, y mucho menos he alcanzado aún, sin duda por escasa reflexión y no por falta de afinidad, su lúgubre nihilismo, hoy me ha dado por pasar a limpio algunas de las convicciones que he ido atesorando en los últimos años, no demasiadas, y que nada tienen que ver con enfoques ideológicos y, mucho menos, con posiciones partidistas. Son estas:

  •  No creo que se deba sacralizar ninguna forma de pensamiento político. Me niego a aceptar la idea, cada vez más extendida, de que en política pueda haber algo intocable, algo que esté por encima de la crítica, algo que pueda merecer tanto nuestro respeto, o nuestro temor, como para limitar nuestra libertad de sopesarlo, examinarlo, analizarlo y cuestionarlo.
  • Me parece peligrosa esa tendencia adolescente a buscar líderes con los que identificarse, para luego subirlos a un pedestal en el que puedan acomodarse convenientemente, deseando ser aclamados, y desde el que poder practicar la insultante arrogancia con que acompañan cada una de sus decisiones.
  • Relacionada con la anterior, pienso que no se debe descartar el juicio detenido y atento de las individualidades; del carácter, la personalidad y la trayectoria personal de los dirigentes, porque si bien los sistemas políticos se basan en programas y proyectos, quienes aplican estos suelen ser las personas.
  •  Desconfío de las tendencias ideológicas que precisan de pequeños gestos identificativos para definirse, y por medio de los cuales agrupar a sus seguidores. No importa la insignificancia de la mímica que traen aparejada, sea esta el alzamiento de un brazo a la romana, el levantamiento de un puño apretado, el simpático guiño de un dedo irónico que sube hasta una ceja o cualquier otra. Si algo nos ha enseñado la Historia es que dichas tendencias tienden peligrosamente a la segregación de la sociedad, a dividir a las personas, tras un juicio caprichoso y superficial, entre quienes acogen con entusiasmo tales gestos y quienes se niegan a ello, multiplicando así las injusticias sociales.
  • Sospecho de los extremismos fácilmente etiquetables, de derechas y de izquierdas, que escarban en la Historia en busca de absoluciones o venganzas extemporáneas por culpas o virtudes propias o ajenas.
  • Recelo de esa máxima, consejo o superstición que afirma, sin necesidad de mayores explicaciones o argumentos, que la unidad hace la fuerza. No necesariamente. En política hay alianzas que más que hacer avanzar, frenan. Hay coaliciones y ligas que tienden redes que envuelven, absorben y asfixian.
  • Pienso, y voy ya terminando de pensar, que la dialéctica política exige en todo momento y lugar, bajo cualquier circunstancia, el estudio comedido de la mayor paradoja que oculta en su seno mamá Libertad, porque si bien no todas las opiniones son respetables, sí debemos evitar la tentación malsana de tratar a quienes mantienen una posición contraria a la nuestra como a un enemigo, respetando su derecho a argumentar y exigiéndole, en debate civilizado, la responsabilidad de estar bien informado sobre aquello de lo que discute.
  • Y creo, por último y por ahora, que también debemos mantenernos alerta ante la perversa paradoja que encubre disimuladamente mamá Igualdad, porque a menudo, quienes ejercen el poder político esgrimiendo con un brillante halo de virtud ese delicado concepto, acaban practicando una curiosa forma de injusticia. Efectivamente, tratar a todos por igual equivale a ignorar ladinamente sus diferencias y, por tanto, a elevar al menos capaz y rebajar al más apto, de modo que cuando se impone la realidad y hay que redistribuir las recompensas, los privilegios y hasta los derechos, dicho reparto tiende a hacerse de modo caprichoso, al antojo de quienes ejercen en cada momento el poder. Y esto, sencillamente, es muy peligroso.

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