Página personal de Agustín Celis

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mala leche - ajedrez

Mala leche

Nunca decía nada al vernos entrar. Solía esperarnos sentado, abstraído frente a las piezas, estudiando posiciones, en completo silencio.

—¿Qué os ha dicho don Alfredo? —preguntaba más tarde el director del colegio enseñándonos a mentir.

—Que debemos portarnos bien, don Juan —decíamos, temerosos.

Y el director, satisfecho, conforme, con la mano blanda sobre nuestras cabezas, pronunciaba el visto bueno con el que los déspotas invocan a su piedad:

—Muy bien. Muy bien.

A los chicos malos, a los que teníamos mala leche, nos mandaban con El Sapo en los recreos; al territorio olvidado y perdido de los batracios; al aula mal iluminada y casi vacía, sin sillas en las que sentarse ni mesas en las que trabajar; con las persianas siempre rotas, el aire asfixiante y aquel olor a cieno y agua estancada que nos llegaba a través del ventanuco que daba al canal en el que croaban las ranas. Croac. Croac.

Aún no había cumplido diez años, estaba en cuarto de EGB y ya me habían convencido de que tenía mala leche. Como allí no había nada que hacer y mucho menos que decir, los tres o cuatro chicos castigados, siempre los mismos, empezamos a acercarnos a la mesa donde El Sapo jugaba consigo mismo al ajedrez. Primero, con temor. Después, con curiosidad. Finalmente, interesados. Susurrábamos porque intuíamos que convenía estar en silencio, pero aun así comentábamos la jugada inventándonos el juego que, a fuerza de mirar, íbamos descubriendo.

La primera vez que El Sapo se dirigió a nosotros, después de varios días, fue para decirnos que a la pieza que nosotros llamábamos Reina era mucho mejor llamarla Dama. Nunca nos dijo el porqué.

Un día, al entrar en la sala de los batracios, nos encontramos varias mesas y sillas en el aula, y, en cada mesa, un tablero y una caja con piezas de ajedrez.

—¿Podemos jugar, don Alfredo?

Pero El Sapo, a lo suyo, solo levantó la cabeza, nos miró un instante, se encogió de hombros y acercó el dedo índice de su mano derecha a la boca.

A partir de ese día, de vez en cuando se levantaba de su mesa y se acercaba a la nuestra para observar también él nuestro juego.

—Así, no —decía—. Así.

O bien:

—El Alfil mueve en diagonal; la Torre, en horizontal y en vertical; el Caballo, en forma de L.

Pronunciaba el nombre de las piezas con mayúsculas.

—Al Rey se le debe hacer jaque —decía.

O bien:

—Al Rey de nuestro contrincante debemos acorralarlo, y si lo dejamos sin movimiento y sin protección, entonces ganamos.

—¿Ganamos qué?

—Nada. Solo la partida.

—¿Y entonces? —preguntábamos.

Y entonces El Sapo se volvía a quedar en silencio y regresaba a la partida interminable que jugaba consigo mismo en la esquina donde sonaban las ranas. Croac, croac.

Empezó a enseñarnos aperturas, tácticas y estrategias del ajedrez, gambitos y celadas. Y también a dar mate con la Dama, con dos Torres, con una Torre y el Rey, con dos Alfiles, con un Alfil y un Caballo. Y siempre que se acababa una partida nos decía:

—Daos la mano.

—¿Por qué?

—Porque sí.

Casi a final de curso nos anunció que iríamos a jugar con otros colegios un campeonato de ajedrez. En equipo. Con otros chicos de nuestra edad. Cuatro jugadores contra cuatro jugadores cada vez. Tú serás el primero; tú, el segundo; tú, el tercero; y tú, el cuarto.

Yo solía ser el segundo y, por tanto, jugar con el segundo de los otros equipos. O el número dos y jugar con el número dos del equipo contrario. Nunca pregunté por qué. En el fondo sabíamos cuál era el motivo. A veces, sin previo aviso, variaba nuestras posiciones y, según con quién nos tocara jugar, el tres dejaba de ser el tres para ser el cuatro. O yo me convertía en el tres o me convertía en el cuatro. El único que no variaba nunca era el primero.

No siempre ganábamos de manera individual, pero sí solíamos hacerlo en grupo. De regreso al colegio, comentábamos la jugada y luego repasábamos las partidas. Y, siempre que podíamos, dentro y fuera del colegio, jugábamos al ajedrez.

Aprendimos a anotar las partidas y aprendimos a jugar con reloj. Pero también aprendimos a observar al contrario y a admirar su juego. Y también a tenderle la mano cuando ganábamos y también cuando perdíamos.

Un día descubrimos, con sorpresa, que habían dejado de mandarnos a la sala de los batracios como castigo y que ahora íbamos para jugar. Y aunque las ranas seguían haciendo croac en la esquina de don Alfredo, hacía ya mucho que habíamos dejado de oírlas. Incluso nos dimos cuenta de que ya nunca nos referíamos a don Alfredo como El Sapo.

Cuando llegamos a la final de aquel primer campeonato de ajedrez, conocíamos muy bien a nuestros adversarios. Los habíamos visto jugar muchas veces. El número uno de su equipo era temible. No había perdido ni una sola partida y nuestro número uno se veía incapaz de ganarle. Sabía, porque habíamos empezado a saber esas cosas, que no sería capaz de vencerlo.

Y también recuerdo, porque me gustó, que, durante la final en el pabellón deportivo, fue el director de nuestro colegio el que preguntó por qué.

—¿Por qué enfrentas a nuestro segundo jugador con el primero de ellos?

—¿Y por qué no? —respondió don Alfredo—. Es el que más mala leche tiene jugando.

Un juego de niños

Un juego de niños


Escrito en agosto de 2002, Un juego de niños fue publicado en la revista digital ficticia.com, cuando Ficticia era aún una Ciudad de Cuentos.

Un juego de niños


Un juego de niños

Tienes miedo.

Últimamente ocurren cosas que te inquietan. Estás confundido. Sales a la calle y desde que abres la puerta de tu casa adviertes miradas que te observan con intriga, recelo o desdén. Tienes la vaga sospecha de que los vecinos hablan a tus espaldas y comentan en voz baja algo sobre ti cada vez que sales del portal. Sabes lo que ocurre cuando uno se aleja de la norma, de lo establecido, de lo que los otros reconocen como correcto. Sabes lo que puede ocurrir. Alguna vez estudiaste casos de personas desaparecidas buscando argumentos para algunos de tus libros. Argentina es una mina. Chile también. Has hablado con algunas de las madres y conoces los métodos que siguieron los asesinos. Cualquiera puede ser un delator. Tú no has hecho nada, pero sabes que no importa, que eso no te hace inocente. Has tenido acceso a los diarios de gente que murió en el Holocausto. Leíste los testimonios de hombres y mujeres que fueron víctimas de la persecución en la era de Stalin. Nunca te sorprendieron ni la perversidad ni el terror de los ejecutores. Solo te dio miedo.  Has leído y releído diez veces El Proceso de Kafka y sabes que cualquiera puede ser condenado a muerte como un perro.

Lo que te está pasando en las últimas semanas te inquieta. Descubres a cada paso las huellas que dejaron tus perseguidores. Nadie se da cuenta pero eso ha ocurrido siempre. Son muy pocos los llamados a advertir las señales del crimen y por eso tienes miedo. No has querido ir a la policía por el temor a que también ellos formen parte de esta trama.

Ayer por la noche ibas a salir y al final decidiste con prisa y sin remedio quedarte en casa. Mera precaución. Oíste pasos en el rellano y ya no fuiste capaz de alejar de ti la idea de una conjura. No es la primera vez que tus enemigos traman tu caída, pero esta vez han ido demasiado lejos. Incluso te sorprende que ninguno de tus amigos te llamara al móvil para interesarse por tu ausencia. ¿Será posible que también ellos puedan estar implicados en esta trampa? ¡Hijos de perra!

Quién sabe si en este mismo momento no hay alguien en un hotel de la ciudad armando el revólver que te ha de abrir esta noche la tapa de los sesos. Quién sabe si no sonó ya el teléfono negro de tu fortuna y de una voz limada por el aguardiente no salió ya la orden que decidió por ti. Quién sabe si en el periódico para el que trabajas desde hace ya diez años no tienen preparada tu esquela y en este mismo momento alguien escribe el obituario para el día de mañana. Solo ahora reparas en que todavía hoy no has dado señales de vida a nadie.

Quizás tu nombre figura desde hace años en una lista de enemigos que han de ir cayendo poco a poco. Hombres y mujeres que sufrieron la misma suerte y que todavía nadie ha sabido relacionar para rehacer de otro modo inverso la misma lista y buscar una explicación para cada una de esas muertes. Quizás el nombre que figura encima del tuyo ya fue tachado con un bolígrafo y al tuyo le espera hoy, o mañana, o pasado, un destino idéntico. Lo malo es no saber cuándo.

De repente has tenido una intuición y un escalofrío te ha recorrido de arriba abajo siguiendo el curso de tu espina dorsal. Te has atrevido a bajar las escaleras del bloque de pisos donde vives y te has abalanzado hacia el buzón en busca de una respuesta. De nuevo las llaves te han temblado en las manos. Has visto lo que esperabas ver. Allí mismo, sobre la bandeja metálica del buzón, encontraste el trozo de papel donde una mano anónima dejó escrito su veredicto: “ESTÁS MUERTO”.

Otra vez, como todas estas semanas, recuerdas y estudias cada una de las llamadas de teléfono que has ido recibiendo a diario. El procedimiento seguido es el que tú conoces desde hace tanto tiempo. La misma forma perversa de actuar. Primero, y durante varios días, un ring que suena en la casa y deja de sonar. Más tarde ya, y a la misma hora siempre, una llamada que tú atiendes pero en la que nadie responde. Solo un silencio al otro lado de la línea o un aliento contenido, alguien que te oye hablar y decir “diga”. Después, la misma llamada insistente a la misma hora, pero alguien cuelga cuando oye tu pregunta. “¿Quién es, quién es?” Al fin, y después de varios días de acoso, cuando han empezado las dudas y ya esperas impaciente y a la misma hora la llamada de teléfono, suena de nuevo el ring y tu voz en el auricular dice “diga” y alguien te responde “vamos a por ti”.

No tuviste tiempo de preguntar nada. Oíste el click de algo que cuelga y el sonido intermitente de la línea cuando solo hay vacío al otro lado. Un día y otro se repite el mismo rito y solo ahora vislumbras esa posibilidad. ¿Será posible que hoy seas tú la víctima? La sonrisa se te tuerce en la boca y la mueca te devuelve un recuerdo antiguo, ya mejorado.

Solo entonces te viene a la mente un bloque de pisos con muchas puertas y un portal donde hay una pared llena de buzones con los nombres de los propietarios. Y te ves a ti mismo jugando con tu amigo Poli, buscando el nombre completo, nombre y apellidos del viejo loco del octavo del que dicen que fue aviador y estuvo en la guerra que tu abuela recuerda todos los días.

Y entonces reparas en cómo fuisteis al bar Pepe a por la guía de teléfonos y buscasteis aquel nombre. Allí estaba el número, esperando ser encontrado para llevar a cabo el plan que llevabais semanas madurando. Y entiendes por fin que tu comportamiento no ha sido muy distinto del que tuvo el viejo, que les decía a los vecinos que para él no había acabado la guerra, que querían matarlo y que nadie podría protegerlo.

Sabes que es solo una posibilidad igual de perversa que la otra, la que acabó con la vida de tanta gente en tantos países distintos, en épocas tan diferentes.

Todavía dudas. Tienes miedo. No puedes estar seguro. Sabes que nadie te ha de creer si das la voz de alarma. Te parece increíble que tanto terror y tanta muerte pueda alcanzar la inocencia de un juego de niños.


Imagen destacada: Fotografía de Cristopher McKenney


El grito, de Munch

Raquel Bollullo Corregidor


Pronto hará veinte años que escribí el relato titulado Raquel Bollullo Corregidor, que es, de entre todos los que escribí en aquellos años, el único que me sigue gustando bastante. Me llevó hacerlo un par de días en los que no hice otra cosa que escribir. Fue en el mes de septiembre de 1997.

Durante el verano anterior, yo había tenido uno de esos trabajos disparatados y absurdos que solían tenerme ocupado un tiempo, y que me dejaban una calderilla con la que sobrevivía con dificultad después de haberme ido de casa. El de aquel verano consistía en ir ofreciendo de puerta en puerta unos crucigramas que se vendían como pan caliente y de cuyas ganancias yo me llevaba el 10%, lo mismo que se percibe, más o menos, por los derechos de autor en la venta de libros, solo que mejor, pues ahí se veía la pasta a diario y luego te ibas a gastarlo con la satisfacción que proporciona siempre el trabajo bien realizado.

El tipo que me había contratado sin contrato era uno de los individuos más estrambóticos que he conocido en mi vida. Era igualito que Torrente, el personaje creado por Santiago Segura: seboso, guarro, ordinario y fanfarrón. Todas las mañanas, a mí y a otros tres chavales, nos recogía en su coche y nos llevaba a una zona de la ciudad que batíamos durante toda la jornada, de sol a sol, con solo un pequeño descanso en el que aprovechábamos para tomarnos un bocata y bebernos una lata de cerveza bien fría. El maletero del coche lo llevaba hasta las topes de crucigramas, y nos tenía pateando las calles hasta que no quedaba ninguno de ellos.

Íbamos de bloque en bloque, de planta en planta, de puerta en puerta, y yo, que colecciono nombres y apellidos para personajes futuros, siempre me fijaba en esas plaquitas de latón que hay en las puertas con los nombres de los propietarios. Y cada vez que veía uno que llamara mi atención, lo apuntaba en una libretita de notas que siempre llevaba encima.

El caso es que un día, en una quinta planta, me topé con aquel nombre que llamó poderosamente mi atención. No sabría decir por qué. Me atrajo, simplemente. No le doy más vueltas. La casa tenía pinta de estar abandonada. La puerta era mucho más antigua que la de los otros tres vecinos de planta y en los alrededores del dintel quedaban aún los restos renegridos de un viejo incendio. Así que supuse que allí hacía mucho tiempo que no vivía nadie. De hecho, cuando llamé, nadie me abrió la puerta.

Quien sí abrió fue el vecino. Un tipo de lo más extraño. Treintañero, pálido, temeroso y muy, muy apocado. Tartamudeaba por nerviosismo y no parecía andar muy ducho en las relaciones sociales. Observé desde la puerta que vivía con su mamá, que veía la tele desde su sillita de ruedas en el salón, con la cabeza caída y un resto de babilla colgándole del labio inferior. Me compró cinco paquetes de crucigramas y cerró la puerta con premura, como si le avergonzara que yo pudiese ver el estado en el que se encontraba su madre.

Dos semanas después, repasando los nombres que tenía apuntados en la libreta, me topé con el de Raquel Bollullo Corregidor y me acordé de él. Y ya no pude sacármelo de la cabeza hasta inventarle una historia.

Años después, cuando sometí el cuento a concurso, resultó que hizo doblete: mención especial del jurado en el I Premio Literario ARTÍfice del Ayto. de Loja y Primer Premio en el XX Concurso de Cuentos del Ayto. de Carreño, ambos del año 2000. Está publicado en la antología Proemio Uno, que el ayuntamiento de Loja sacó poco después con los relatos ganadores.


RAQUEL BOLLULLO CORREGIDOR

Sentado en mi sillón favorito leí la noticia de su muerte. Ocurrió a los tres días de que yo la contemplara muerta cerca de la estatua de Moret, que tanto me gusta, en frente de la estación, con el horror dibujado en la cara y el frío de la noche inundándole los pulmones, allá en el muelle rodeada de silencio y pececillos. Lo comenté con mamá, o con la sombra de mamá, que miraba nuestro televisor desde su sofá de skay. Pero mamá, con ese silencio que suponemos en los sordos y en los mudos nada decía desde su parálisis. Mamá contemplaba las figuras vidriosas del televisor con la postración inerte de una imagen esculpida en mármol. Yo, en silencio, leía los pormenores de la noticia con la avidez del criminal que sabe que su delito ha sido al fin descubierto. Y fue entonces cuando supe su nombre, ese nombre que tanto tiempo había tratado de imaginar, ese nombre que aparecía en mis sueños culpándome por mi torpeza. Supe su nombre y aún así no he descansado, porque un nombre no basta para borrar la huella de mi miedo.

El transcurrir de los días y los miedos han hecho de mí una figura maternal y nostálgica. Con el paso del tiempo se ha agotado definitivamente lo que yo pudiera tener de hombre de acción; sólo queda la memoria de los días en que yo fui, entre mis sueños, un héroe, o que creí serlo, agazapado por la niñez, protegido siempre por mamá, que nunca me dejó pasar frío. Con el paso de los años he venido a ser un soñador, un triste, y me he vuelto loco cuando he descubierto que mi destino es pasar miedo y no hacer nunca nada. Cuido en casa de que nuestro pájaro no se muera un día de hambre y le echo agua a los geranios de la terraza. Cuido de mamá con la ayuda de Cristina, nuestra criada, y este cuidado da sentido de alguna manera a mi existencia de soñador total e impenitente. No recuerdo haber hecho nunca nada que merezca la pena ser recordado, salvo en la infancia, que es en mí, más que en cualquier otro, un paraíso clausurado, una claudicación impuesta. Los años de mi vida que restan no son sino la constatación inútil de lo que no he sido. Soy una decadencia sin pasado ni futuro, que es en mí, también más que en cualquiera, la posibilidad de todo lo que no haré. A veces supero mi propio horror y bajo a la calle a contemplar lo que no tengo, y entonces todo es una novedad, un acontecimiento, y por un instante creo ser feliz. Pero pronto vuelvo a casa, a vivir mi presente de imágenes impuestas e inventadas y dejar que todo pase, deseando a veces, como ahora, que nada hubiera pasado.

Un día miré por la ventana y reparé en una figura. Llevaba el pelo corto y unos zapatos sin tacón. Mi ventana da a una calle sin vistas: otro bloque de pisos impide contemplar lo que hay más allá de esa calle que forman los dos bloques paralelos. Pasó por la calle con su andar precipitado y mi vista la siguió hasta la esquina, hasta que se perdió como en una muchedumbre, aunque no hubiera nadie. Al día siguiente la esperé a la misma hora, desde mi ventana, que es el lugar desde donde contemplo el mundo. Me basta esa calle para conocer mis límites. Reparé entonces en su vestido, muy ceñido al cuerpo, de un color que no sabría precisar, entre verde y gris, un verde grisáceo o un gris verdoso, y otra vez se perdió en la muchedumbre inexistente de la vuelta de la esquina. Cada día me asomaba a la ventana para verla pasar y me fijaba en su cuerpo torneado por unas manos artesanas, y cronometraba el tiempo que transcurría desde la entrada a la salida, un tiempo récord, un tiempo mínimo. Todos los días acudía a la ventana con la ilusión de una cita, y el paso de ella por la calle me recompensaba de mi encierro voluntario. Comencé a fijarme en cada uno de sus gestos, en su manera caprichosa de vestir, cada día una ropa distinta, cada día una persona insólita que pasaba por debajo de mi ventana para que yo la descubriera siempre nueva. Fue para mí una obsesión a primera vista. Pronto conocí todo su vestuario, que no era muy abundante. Pero me faltaba el detalle de su rostro, su cara, que me negaba con su paso furtivo y su mirada pesimista, siempre en los pies. Un día alzó la vista. Fue sólo un instante, pero me oculté por vergüenza, como quien cree estar cometiendo un acto censurable y se recrimina a sí mismo su comportamiento. No vi su cara, pero me dejó el aire vago de una belleza reprimida. Un día no pasó por la calle y la odié en silencio, como un amante despechado, como un celoso extremeño. Sin duda me debía una explicación. Y a partir de ese día decidí conocerla mejor, saber de su existencia, porque en mí palpitaba una pasión desconocida, un anhelo encubierto, algo así como el deseo nunca experimentado de la insatisfacción o los celos.

Decidí huir de la estrechez que me imponía la casa, aun a riesgo de correr un peligro, pues el desconocimiento que tengo del mundo me convierte en un ser inválido, desprotegido, vulnerable a las rozaduras de la vida, que siempre ha descargado sobre mí su ley con mano firme. Como no soy un hombre de acción la gente me cree un inútil y las vecinas me miran torvamente las pocas veces que salgo de casa. Aunque trato de ocultarme en el descansillo de la escalera y salir cuando el pasillo está libre siempre me pillan.

-Buenos días, Alfonso, ¿está hoy mamá mejorcita?

Y yo cabeceo de forma maquinal, presuroso, e intuyo la curiosidad de las vecinas, su extrañeza.

-¿Se ha puesto peor tu madre, Alfonso? ¿Vas a comprar medicinas?

Las vecinas me prohíben el paso, se colocan delante de mí y me impiden bajar las escaleras. Yo siento los latidos de mi corazón en el cráneo con un instinto homicida difícilmente reprimible.

-Como te hemos visto bajar hemos pensado que a lo mejor vas a la farmacia.

Seguro que estaban mirando por la mirilla a la espera de una víctima. Seguramente el chirrido de mi puerta las despertó de su letargo. La vecina y su hija, Manolita, forman un muro infranqueable con sus cuerpos rollizos, como suelen ser el de las vecinas perpetuamente instaladas en el reino de la zafiedad y el cotilleo, cuya única actividad es el ejercicio diario de sus labores de ganchillo y el mantenimiento de su casa.

-Mamá está bien, gracias. Pero usted, Juanita, parece que está teniendo otra vez problemas con el peso, ¿no?; se nota que su marido ha encontrado trabajo. ¿O son quizá los efectos de una menopausia ingrata?

Y entonces me siento como un Moisés ante el mar Rojo, y le da en la cara a la vecina un fuerte viento del este, de los que soplan toda la noche mientras dura la afrenta, mientras les quedan argumentos para ponerme verde.

-Y hay que ver lo hermosa que se está poniendo Manolita; cualquiera diría que necesita una liposucción. Se conoce que no le falta de nada.

Retrocede el mar ante mi paso y piso sobre suelo enjuto, teniendo las aguas como por muro a derecha e izquierda. Soy un hijo de Israel que sale a la calle a adorar al becerro de oro antes de que me prevengan las tablas de la ley.

La calle me golpea la frente con su realidad insólita. Hay cerca del portal de mi bloque un puesto de flores de papel o de tela, flores sin pálpito alguno, que la gente compra por un prurito esnobista que niega la extinción. Yo me imagino a esa gente regando las florecillas de plástico o de corcho, y acercando la naricilla a sus pétalos, previamente perfumados con la alquimia de los comerciantes. También Cristina tiene decorada nuestra casa con rosas de papel y margaritas deshojadas, pues Cristina sondea en el espejismo de una ilusión de pétalos. Alguna vez, entre accesos de furor difícilmente reprimibles, la he llamado a mi habitación y hemos compartido inocencias, sin caer nunca en la grosería de la penetración. Cristina y yo nos mantenemos en el escrutinio de los cuerpos, aunque casi siempre desnudos, puesto que mamá permanece inmóvil en su sillón, y formamos una alianza virgen, un concierto iniciático, un equilibrio obsceno sobre el edredón de la cama, mientras las margaritas dejan caer sus pétalos como sacrificio o como ensayo para una menstruación floral.

En la calle encuentro una realidad insólita y cruda, que parece burlarse de mi ignorancia del mundo. Veo pasar a la muchacha, apresurada como siempre, y la sigo por calles desiertas, por plazoletas adecentadas por la vanidad de los vecinos, y reparo en su seriedad adulta. Cada día la sigo por temperaturas afines a su cuerpo, siempre tan abrigado, tan oculto a mi vista enferma. Le imagino nombres, le invento vidas imposibles, me la hago fascinante y utópica. De vez en cuando cruza mi vista el escrutinio corporal de esa rebanada de carne, partida en dos, y trastornos febriles me arrebatan, me acechan, me califican.

Y otro día conocí su nombre, cuando no quedaba nada, sólo el rastro de ella que mi imaginación quiso dejar en mí. Cada día la seguía con la expectación insolente que me hacía tener el deseo de conocerla, de mirar sus intimidades. No de poseerla, porque yo no sé cómo se hace eso. Yo quería decirle que mi intención era sólo obtener la posibilidad de alcanzar lo que otros obtienen sólo con salir a la calle, una vista exterior de la realidad, y también de la realidad de ella. Yo permanezco encerrado entre cuatro paredes, sin más exploración que la que me permiten los límites de la ventana de mi habitación y el cuerpo de Cristina. Yo me extingo entre sueños, me desolo en frío y en tedio.

Un día reparó en mí y al día siguiente se alarmó ante mi vista. Algunos días la acompañaba una amiga y probaban itinerarios nuevos, con la meta en el mismo sitio, que debía de ser su trabajo. Los fines de semana eran un misterio, y ella una incógnita. Después de mucho buscar la hallé en un garito abyecto, lugar de golfos y maleantes, más propio de degenerados y de putas que de una señorita que había rasgado mi sensibilidad, que había irrumpido en mi vida acabando con mi sosiego inerme. Se besaba con un patán empalmado en un rincón que desconocía los desenlaces de la nueva luminotecnia. La vi hacer cabriolas con los ojos al ritmo que imponía una mano por debajo de la falda. No apartaba la vista del pantalón de su patán más que para bizquear de gusto, revirando los ojos como una golfa a punto de correrse. Como la entrepierna de su acompañante exigía una reparación urgentísima se marcharon por la puerta de atrás, buscando lugares más propicios para las fornicaciones mercenarias. Ahora lo comprendía todo: ella era una estudiante avasallada por la falta de beca, uniformada sólo gracias al estipendio que le ocasionaba la mercadería nocturna de su cuerpo. Se prostituiría para pagarse la carrera. Seguramente se anunciaría en la sección por palabras de los diarios locales, haciendo públicos sus méritos, como reclamo para una clientela deseosa de nuevas formas de placer. Seguramente en el Cambalache vendrían su nombre y su número de teléfono, o el de alguna amiga, tan golfa como ella, y seguramente se exhibirían juntas, como una pareja putísima, llena de flujos y posibilidades.

Yo me mortificaba inventando reclamos húmedos y entusiastas que glorificaran su esfericidad: “Señoritas, jóvenes, estudiantes, elegantes, discretas, todos los servicios, teléfono …”; “Me llamo Fulana y estoy cachonda, si quieres algo fuerte, llámame…”; “Fulanita y Menganita, putísimas ambas, feladoras a comisión, hotel o domicilio, teléfono…”; “Fulana, chica joven, pechos bonitos, sensual, diferente, individual y en grupo, por delante y por detrás, teléfono…”; “Fulana, MUY EXÓTICA, complaciente, SEXUAL, me dejo hacer de todo, teléfono…”

Alguna vez también yo lo había intentado en la sección de contactos. Me anuncié con pudor y con miedo, y nadie me escribió. No me atreví a dejar el número de teléfono: “Chico de 32 años, con buenas y sanas intenciones, busca chica llena de ternura e interior intachable. Absténganse todas aquellas que no sean conscientes de la actual pérdida de valores. Cádiz, Apdo …”

Si al menos me hubiera escrito ella. Si al menos hubiera sabido quién era ella, qué chica de entre todas las que se anunciaban.

Los seguí por callejones sin luz, por sucesivos parques maquillados de alcohol y tabacos, borrando sitios, bancos, lugares, plazas. Entraron en un portal a meterse mano. Salieron despeinados y con el maquillaje corrido y los ojos malos y las manos enfermas. No repararon en mi persecución por farolas insomnes, noctívagas y meadas. Hasta que el reloj dio las cuatro y en un jardín se entregaron a la fornicación seca de la noche cálida, beodos y extenuados, simplemente desprendidos o sólo hospitalarios. Y la odié.

Odié su entrega total y fornicaria. Odié la noche seca que parecía romper su carcajada ante mi mirada envilecida por la sorpresa y los celos. La luna se reía de mí desde su cuarto menguante. Odié el posible rastro uterino que los asaltos podrían haber implantado en su cuerpo como una prótesis bastarda, y lloré sin reservas. El llanto me ulceró esa cosa de niño tímido y elemental que tengo.

A las cinco y media se despidieron sin explicaciones, casi con rechazo, como imagino que debe ocurrir cuando el desahogo corporal se produce con un desconocido seleccionado a bote pronto, sin demasiada exigencia, sin un criterio demasiado selectivo. Pero ya creo que me sale la moralina inculcada por mamá en mi infancia directa y abundante.

Todavía la seguí por la avenida con luz, sin propósito de enmienda, decidido a exorcizarla o morir, hasta la estación, hasta la Renfe, dormida en trenes. Se acercó al muelle frío, obrero y explotado, acuciada por los vapores de la noche y el fornicio, y olió el aroma salobre del silencio y los pececillos, que dormían su sueño sin párpados.

-¿Quién está ahí?

Y me abalancé con una urgencia canalla, sobando cuanto pude. Me satisfizo el contacto de la carne recién usada. Aún dijo algo más, pero mi propio éxtasis o sus gritos inflamados de exabruptos me impidieron entender sus súplicas. No había nadie en los alrededores y la empujé resuelto a librarme de su influencia opresiva y subyugante. Seguramente fue la cogorza la que le impidió nadar y ponerse a salvo de una nueva posible embestida. Pero no nadó, la embriaguez se lo prohibía. Así que se hundió entre burbujillas alegres, entre un chapoteo juguetón y ajumado que, lo confesaré, encendió mi lubricidad.

Regresé a casa arrepentido y deseoso de encontrar cuanto antes a Cristina, que me debía una satisfacción. Tres días después venía la noticia de su muerte publicada en el diario: “A media mañana del día de ayer, lunes, en la bahía, y no muy lejos del muelle, se encontró el cadáver de Raquel Bollullo Corregidor…”. Todavía hoy, dos meses después de su muerte incomprendida, sigo asomándome por la ventana en espera de descubrir otra figura con el pelo corto y unos zapatos sin tacón. Quizá algún día el destino me indemnice por su pérdida injusta e irreparable, y que tanto lamento. Hasta entonces, acostado en la cama y cuando ya se ha ido Cristina, suelo ojear el recorte de prensa como un riguroso y voluntario castigo o luto que yo mismo me he impuesto como penitencia.


Imagen destacada: El grito, de Edvard Munch, 1893.


 

Mujer de terciopelo negro - Lauren Bacall

Mujer de terciopelo negro


Escribí Mujer de terciopelo negro en octubre del año 2000, sin duda bajo la influencia de Onetti, a quien leía mucho por aquel entonces. La fascinación por un cuento suyo, titulado Presencia, está en el origen de este relato mío. En abril de 2001 mereció el accésit del Concurso de cuentos “Jorge de Ortúzar”, concedido por la Asociación Horizonte Cultural de Segovia.


En cuanto entré en su despacho supe que aquella mujer mentiría con cautela. Después le daría las gracias a Romero, que me facilitó la cita. “Conozco a la persona adecuada”, me dijo. “No te preocupes, te comprendo. ¿Máxima discreción quieres? Te la garantizo”. Romero es un blando y por eso se deja impresionar por la estudiada gesticulación de los duros del cine. Finge con esfuerzo una pose viril de mucho tiro entre sus alumnas, pero que a las compañeras de departamento, a Nieves, a Marichú, a Sofía, mujeres de talla corta, les deja el salva slip reseco y la falda en su sitio. Yo sé, aunque él disimule en público, que no tiene éxito con las mujeres. Yo sé, aunque él doblegue sus esfuerzos y convenza a algunos, que no va a ningún sitio, que no puede ir a ningún sitio. Le falta talento. Le falta empaque. Aún así se ha creado ya, tan joven, una leyenda dentro de la facultad, muy discutida, sobre alumnas que acuden por las tardes a su despacho para dejarse corregir las equivocaciones. Dicen que los cajones de su mesa están siempre cerrados y que solo guardan cajas de condones y paquetes de kleenex. Pero esto no es cierto. Yo he podido verlos y afirmo que en ellos solo esconde revistas pornográficas y pañuelos de tela acartonados por el uso. Es un pobre hombre condenado a la esterilidad, como tantos. Una lástima.

En cuanto a la mujer, no me sorprendió su aspecto. Permaneció sentada cuando entré y siguió sentada cuando hice ademán de marcharme una hora más tarde. No sé qué prenda ajustadísima llevaría debajo, más allá de la mesa que nos separaba. Solo le vi aquella chaqueta negra que tanto la delataba y que nunca más le he vuelto a ver. Ignoraba entonces, y lo sigo ignorando ahora, si sería viuda o si lo estaba siendo. Como a toda mujer de su condición le sentaba bien el luto. Un luto de terciopelo fino que inventa más que la necesidad. Mujeres que hasta para un dolor de cabeza precisan de las atenciones de su ginecólogo.

Me fijé en la placa de la puerta y no regateé el precio. Sin duda era la persona que yo andaba buscando. De nada hubiera valido intentar rebajar el coste de sus honorarios. Tampoco iba a permitir que me entrometiese en su rutina laboral.

-Ya sabe que no necesito saber su nombre, utilice un alias si lo desea. Prefiero desconocer la identidad de mis clientes. Por favor no se moleste, pero en este oficio es mejor no saber qué clase de gente necesita mi ayuda.

-La comprendo.

La frase salió estúpida, demasiado blanda, como si yo mismo estuviera sintiendo vergüenza por la situación, como si de pronto disminuyera en su presencia, empequeñecido por una condición que todavía me permite alguna osadía de vez en cuando. Noté una sombra en su boca, la huella de una mueca de hastío y de asco. Encendió un cigarrillo y fumó lento.

-¿Usted fuma?

Me temblaron los labios cuando dije que no, que no fumaba, que alguna vez fumé, pero que lo había dejado. Puede que incluso añadiese algún tópico sobre el horror del tabaco y sus efectos sobre la salud. Me aclaré la garganta con una tos que delataba mi ridículo y mi falta de iniciativa.

-Le ofrecería una copa, pero me bebí la última botella esta mañana. Prescripción facultativa, no vaya a creer.

-Gracias, pero no bebo.

-¿Tampoco bebe?

Su mirada fue un sarcasmo, casi un reproche, otra mueca de desprecio y conmiseración hacia un tipo sanote, bebedor de agua, monógamo por obligación y mala suerte, incapaz de fingir resolución ante una mujer como ella, que perfora con convicción y lo sabe, y a veces estafa y siempre miente.

-Bueno, acabemos. Dígame el nombre de la persona y ya veré con qué me encuentro. No le prometo nada, hay quienes no dejan huellas. Yo no hago preguntas, no las haga usted tampoco. Y no quiero saber sus fines. ¿Está claro?

Estaba clarísimo. Dejó transcurrir unos segundos de impaciencia y astucia.

-Ya sabe que son diez mil por adelantado y otros diez para gastos y osadías. Al contado, por favor, no me gusta mancharme las manos con los talones de nadie.

Así que dejé los dos billetes sobre la mesa y pronuncié mi nombre sin pensarlo más. Creí que luego me arrepentiría. Me dije que bueno, que valía por una vez correr el riesgo de ver cómo los días enseñan su sorpresa. Al fin y al cabo yo estaba corriendo detrás de ella por necesidad y mala fortuna.

-El hombre se llama Jaime González Mellado.

Me salió forzado pero le dio a la frase un tono de certeza muy real. Casi me pareció el nombre de otro. Ella tomó nota en un cuaderno ínfimo y no hizo preguntas. Me obsequió con su más bella sonrisa de creencia, condescendiente y cómplice.

-No repare en gastos, me interesa demasiado ese hombre.

Su última frase anunció ya la despedida. No hizo amago de levantarse para dar por terminada la visita. Se limitó a recoger los billetes de la mesa en un gesto lento con el que inició un ritual que se viene repitiendo desde entonces con idéntica sutileza, una vez a la semana, cada martes, sin que ni ella ni yo sepamos bien quién engaña y quién es el engañado; claro que ella creerá que es una mentira lo que para mí es un consuelo.

-No se preocupe, le informaré con detalle. Vuelva la semana que viene a esta misma hora, le estaré esperando.

A la salida volví a reparar en la placa de la puerta, sin agobios.

Lemos y Asociados
Añoros y seguimientos 
Cita previa

Luego me topé de frente con la sorpresa semanal, que había perdido con los meses su condición de secreto. De vuelta a casa me vi obligado a esperar en el coche la salida de Troyano durante media hora. Vi su coche aparcado junto al portal, casi una ofensa. Ya ni siquiera jugaban al disimulo. Ya ni siquiera hacían esfuerzos para inventar explicaciones a las preguntas que yo no hacía. Diez años de compañeros en la misma facultad y no se conformaba con compartir el mismo despacho y los mismos alumnos, la misma rutina de cada día y hasta las mismas invitaciones a cursillos y conferencias. La noche caía sobre el capó con su manto triste y frío lleno de sal.

Por fin salió con su cara de desahogo y satisfacción, su cabeza casi afeitada y ese cuerpo que ha ido dejando engordar malamente, el gesto de lector ilustrado y decimonónico que no se le quita ni aún fumando esos puritos de homenaje y desagravio que disfruta desde hace años después de un esfuerzo.

Dejé que se marchara avenida abajo sin partirle la cara por tomar sin permiso lo que había sido mío. A ella la encontré en la ducha igual a sí misma, envejecida de tedio y cansancio, teñida de caoba, quitándose la botica de la cara que ni ella reconoce en el espejo por las noches. Me dio por pensar en nosotros veinte años atrás, indecisos ante todos los entusiasmos, fieles a pesar de la espera, los sacrificios y la falta de derroche, confiando en lo que se nos venía encima. Verifiqué que tenía un pasado contra mi voluntad. De afuera me llegaban los gritos de algunos que bajaban por Sorolla desde el estadio; por una vez el equipo ganó en casa.

Reparé por vez primera en el comentario de Romero. ¿Qué es lo que él comprendía? ¿Por qué iba yo a querer máxima discreción? Supe que no hablábamos de lo mismo. Supuse lo que Romero creía que yo iba a encomendarle a aquella mujer, eso que cualquier detective me podría dar sin la carga de sueño y mentira que ella me ha proporcionado. Y si yo no lo hubiese sabido desde el principio, claro. Pero ya dije que Romero carece de imaginación, la lectura del teatro de los siglos de Oro le tiene sorbido el cerebro.

Los años se plegaban sobre sí mismos como una alfombra de recuerdos. Me urgía conocer el resultado de las investigaciones de la mujer cuanto antes. No podía sospechar, no imaginé siquiera, lo que aquella inventora de sorpresas me tenía reservado. No sabía aún cuánta necesidad de ella iba a tener, cuánta necesidad de ella tengo. Es como un vicio sucio y vanidoso que me salva y me asusta.

Desde entonces, cada semana prepara un informe sobre ese tal Jaime González Mellado. No he querido saber cómo hizo para descubrir mi necesidad, pero la respuesta la encuentro en la placa cada vez que salgo de su despacho. Ella finge no conocer la verdad y construye para mí una biografía gloriosa de un personaje que es suyo y mío, creación de los dos, pero yo al fin y al cabo. Una invención donde nada importa sino mi historia durante esa hora que ella me regala a cambio de unos billetes que no le manchan las manos. Tan plegada la mentira a lo que yo he sido que casi parece verdad. Como casi un ritual, cada martes se sienta con un vaso de whisky  en las manos y va desplegando sus últimas averiguaciones sobre nuestro hombre, y me da detalles de lugares dónde he estado, de libros que he escrito, de nombres que he conocido y tenía ya olvidados, con una y mil variantes que me enriquecen sin agotarme. El humo de sus cigarrillos me sedan antes de la dicha, y cada martes, invariablemente y con cita previa, me regala el consuelo y la esperanza que nunca imaginaron mi desprecio ni mi orgullo, y me dejo envolver, engañado, en su tela de terciopelo negro que teje solo para mí un refugio más auténtico y leal que el de mi propia vida.


En 2003, Mujer de terciopelo negro fue publicado en la sección “Museo” de la página web de la Editorial Ficticia


Sobre la imagen destacada: Me resulta imposible releer Mujer de terciopelo negro y no ponerle a la detective del cuento la cara de Lauren Bacall


 

La bondad del invierno

La bondad del invierno


La bondad del invierno recibió el Premio Unión Latina de Cuentos 2002 en el Concurso Internacional de Relatos “Juan Rulfo”, concedido por Radio Francia Internacional y la institución Unión Latina. El jurado que lo otorgó estaba compuesto por Fernando Aínsa, Miquel Barceló, Silvia Barón-Supervielle, Rubén Bareiro Saguier, Jorge Edwards, Claude Fell, Javier Fernández, Mercedes Iturbe, Alexis Márquez, Laura Mazzolo, Julio Ortega, Manuel Rivas, Patrick Rosas, Luis Sepúlveda, Aline Schulmann, Paco Ignacio Taibo II y Jorge Volpi.


Unas palabras previas:

Como se trata de un relato ya difundido por Internet, sobre todo desde su inclusión en la antología titulada Cuentos españoles contemporáneos del siglo XX, de la que ya hablé aquí, creo que resulta pertinente, y de lo más legítimo, traerlo también a esta nueva actualización de la página web que vengo realizando desde hace unos meses.

Aunque lo escribí con cierta urgencia en un par de semanas del mes de julio del año 2002, durante mucho tiempo lo consideré mi mejor cuento. Ahora ya no me lo parece (creo haber escrito relatos mejores), pero sin duda sigue siendo el cuento del que me siento más orgulloso.


La bondad del invierno

También yo, como Lorca, poseo una tristeza de hilo blanco para hacer pañuelos, una gavilla de sueños rotos y un retablo de ilusiones sin filo que asiste cada mañana al espectáculo de su nueva restauración. Ni a él ni a mí nos habían hablado de esta inercia apagada. No nos dijeron  que nos pusiéramos ahí, quietos y obedientes, con la nalga temblona, a la espera de que un civil desconocido nos vacíe el cargador de su pistola en la cabeza acostumbrada a componer versitos.

Yo ya sé, como Federico, que la vida no es noble, ni buena, ni sagrada. La vida es solo una sucesión caprichosa de pérdidas, y el hombre no es más que la marioneta destinada a cumplir sus caprichos. No importa si provocamos al azar y corrimos detrás de nuestra desgracia hasta encontrárnosla de frente. Aunque me hubiese escondido en este boquete, o en cualquier otro, trece años antes, igualmente habría caído sobre mí la noche negra para cubrirme con su manto y convertirme en el hombre cansado que soy ahora.

Quizá si me hubiese ido del país habría tenido todavía una oportunidad entre los hombres. Como tantos otros que se marcharon a América, también yo podría haberme refugiado lejos para mirar todo este caos a salvo, desde el velador de un café de Buenos Aires, pongamos por caso, con una copita de anís siempre encima de la mesa y nuevos amigos que comenten conmigo la desgracia para seguir jugando a salvar el mundo de nosotros mismos.

Si decidí quedarme fue solo por la ilusión de hacer realidad nuestras conversaciones de muchos años atrás en la Residencia; de matar, una sola vez pero para siempre, la pesadilla de no creer lo que creían otros; por probar a confiar en lo que defendían con tanto ímpetu y que a mí no me interesaba. Yo sólo quería escribirle unos versos a lo de todos los días, permanecer ignorado entre todos aquellos que cantaban a una bandera o levantaban un puño o entonaban un himno. Luego el destino se ha complacido en envolverme en su capa y he terminado huyendo de unos y otros.

No sé cuándo se torció la suerte y quedé enredado en esta bobina de hilo que terminaré de enrollar mañana por la mañana, pero tengo algunas sospechas. Si tuviera tiempo escribiría mi historia para conciliar estas dos mitades y entender si lo que he hecho en estos trece años tenía alguna justificación. No tengo tiempo y por eso sólo puedo esbozar con pena una mínima parte del relato.

No estoy seguro de dónde y cuándo comienza, pero sé con una certeza que  asusta y alegra cuándo y dónde termina. Quizá la noche que le regalé mi maquina de escribir a Juan Palacios para que él hiciera su revolución fue la noche que me condenó a todos estos años de lucha. ¿Podía saber yo que a las pocas semanas le requisarían la máquina, le romperían los dientes y la boca, y en una celda de castigo, tragándose la sangre y los mocos, iba a pronunciar mi nombre como el de un aliado, un compinche o un traidor? O puede que fuese aquella tarde en Madrid, en el sótano en el que Pablo y Rafael pontificaban, donde alguien tan anónimo como yo me vio y quiso que también yo fuera uno de ellos, y luego vino la culpa y la delación.

Cuando yo supe que el crimen fue en Granada participé con otros y por venganza en una partida que acabó con la muerte de dos guardias civiles en Alcalá, una noche en la que alguien gritó y dio armas y se rompieron cristales y se quemaron algunos camiones. Todo esto y que mis amigos fuesen Federico y Rafael, Pablo y César, Miguel y Pedro y otros muchos contribuyó a que la historia haya sido de este modo. Luego he sabido que algunos de ellos murieron y que otros se exiliaron antes de ver peligrar su posición o su vida. Los más listos huyeron haciéndonos creer que por el bien de la causa convenía tener una vanguardia en Francia o en Rusia desde donde luchar contra el enemigo fascista. Los más ingenuos se quedaron defendiendo un futuro solo leído en los libros o se han podrido en las cárceles nacionales creyendo cumplir un deseo que ellos no se fijaron. A Miguel le perdí la pista y no sé si consiguió salir del país o todavía sigue buscando el desgobierno de la carne allí donde  se encuentra. Una vez me dijeron que murió en prisión, enfermo, pero las fuentes no eran fiables y en este tiempo hay demasiados fantasmas que después de muchos años enterrados han regresado al mundo para dar noticia de su suerte.

Yo pasé tres años de un lugar a otro comiéndome la rabia y las ganas de decir basta, y cuando todo acabó para los otros yo seguí aquí, o en un penal que no sé si es de este mundo, lo mismo da, obstinado en no aceptar lo evidente, que el mundo que íbamos a construir no era posible y tocaba perder. Tres años en el presidio de Ocaña sobran para domar a un hombre, así que cuando conseguí salir de allí con veinte kilos menos y media boca deshecha a palos me retiré a Requena, donde vivía entonces mi hermana, buscando librarme de mis recuerdos y mis errores pasados. Salta a la vista que fue inútil.

Allí la guerra no había acabado. Todos los domingos bajaban a la cantina del Sordo los perseguidos del monte. Allí fue donde conocí a aquellos hombres que todavía creían que podía prenderse la llama revolucionaria, un grupo de individuos que habían decidido continuar una guerra de guerrillas contra la guardia civil y el gobierno de Franco, antiguos cabecillas del PCE, anarquistas sin lugar en esta tierra, represaliados de toda condición, soñadores sin causa o delincuentes que habían encontrado en las partidas un refugio a la acción de la justicia.

Yo solía ir a la cantina del Sordo todas las mañanas a tomarme mi copita de coñac y pasar a limpio las cartas que escribía para las gentes del pueblo, mi único oficio entonces o mi única forma de subsistir. Con el hijo del Sordo hablaba de la guerra y de cómo nos habían dado por culo tres años seguidos los que finalmente ganaron y ahora nos tenían derrotados y en silencio. El Sordo había muerto dos años antes pero aún su sombra continuaba presidiendo aquella cantina de mala muerte que acogía cada semana a los fantasmas que bajaban del monte en busca de noticias y nuevas formas de resistencia. Algún día muchos de esos hombres serán una leyenda reprimida que pocos o ninguno se atreverá a contar, y quizá yo mismo forme parte de ella, yo o lo que queda de mí, no lo que hice durante siete años sino lo que he hecho en estas semanas movido por el asco y el cansancio, no yo con mi nombre y mi apellido sino este otro nombre que llevo como una cicatriz desde hace siete años y  que se ha adherido a mi piel como los tatuajes y las manchas que me ha dejado la intemperie.

Como necesitaban a un hombre que supiera unir palabras con sentido sobre un papel, me tomaron como colaborador y yo acepté de nuevo participar en esta lucha porque era mejor seguir del lado de los que siempre pierden que sufrir a diario y sin perdón el castigo de la sospecha no siendo culpable. Ya que debía pagar la culpa de andar metido en intrigas, al menos que esas intrigas fuesen verdad y sirvieran para algo, aunque solo fuese para el insomnio y los quebraderos de cabeza del alcalde y del comandante de la guardia civil.

Durante dos años pude permanecer en el pueblo realizando labores de apoyo. Proporcionaba suministros regularmente, informaba de los movimientos de los civiles y servía de contacto con los cabecillas del Partido en el exilio. Fue la ley de fugas la que echó por tierra esta situación y la que me obligó a echarme al monte.

Si lo que pretendían era romper la unión entre el pueblo y la guerrilla, doy fe de que lo han conseguido los muy hijos de puta. La represión, la vieja amante bastarda del poder, fue de nuevo la que pulió a conciencia el aguante y la paciencia de quienes decidieron quedarse allí abajo. Quizá creyeron que quedaba todavía un modo de salvarse.

Muchos no se dan cuenta y resisten solo porque eso es lo único que les queda. No tienen otra vida que vivir y se acostumbraron a correr y esconderse y no creo que supieran hacer ya otra cosa. Siguen aguantando sin pararse a pensar en las consecuencias de esa resistencia, en lo podrida que está ya esta lucha, en la desolación de las gentes del pueblo.

Desde hace varios años solo el invierno nos proporciona un alivio duradero. Esperamos el invierno como quien aguarda la llegada de un pariente lejano que le confirme que las  cosas cambiarán un día. El frío y las dificultades que nos trae la nieve nos aísla de todo, pero también nos salva. En ese descanso de unos meses es cuando he visto con claridad lo deshechos y cansados que estamos, lo romo de nuestra capacidad de lucha y de cambio. Nosotros íbamos a restablecer el orden natural de las cosas. Íbamos a transformar el mundo con nuestra lucha. La tierra sería al fin para quien la trabajara. Las viejas frases  son ya solo consuelo y respuesta. Algunas veces una broma de mal gusto. Otras, una pregunta mal intencionada. Una réplica, una riña, un remedo de promesa. Nunca una ilusión.

La bajada al pueblo es la confirmación de nuestra derrota inevitable. Imposible mantener la fe ante aquellos rostros condenados a penar la audacia de nuestros pasados sueños. En las caras de quienes decidieron quedarse y sufrir en silencio y sin molestar la pérdida de sus antiguas convicciones, ahora sólo veo la repulsiva forma que dejó en ellos la represión y el miedo. Bocas silenciadas que ni se atreven ya a delatarnos, indiferentes ante el espectáculo de nuestra miseria y nuestra ambición. Miradas que tensan su reproche y nos recuerdan en voz baja a cada uno de sus muertos. Cuerpos gastados que nos culpan sin palabras por alargarles una guerra que para ellos terminó hace muchos años.

Llevo un rato tratando de seleccionar las anécdotas que ilustren o justifiquen mi deserción. Porque esto que yo he hecho no es una vulgar falacia. Es otro malentendido. Como todo lo que nos ha tocado vivir. La camaradería, la resistencia, mi amistad con Bienvenido, la muerte de Peñaranda hace ya dos años, qué increíble cómo pasa el tiempo, todas las cartas que les he ido escribiendo uno a uno a todos para que mintieran a la familia, a una novia, a ellos mismos. La propia lucha es un malentendido. Desde muchos años atrás hemos construido para nosotros un refugio donde no cabían los que nos esperaban en el pueblo. Ellos no lo saben, pero sólo fueron personajes sin guión que aguardaron un año y otro a formar parte de alguna representación que nunca se va a interpretar, arrastran sus papeles sin fe ni coraje y no esperan ya nada, ni siquiera la carta mentirosa que les recuerde a un fantasma que murió hace años. Sólo viven, y ese vivir inmóvil, al día, borrando cada mañana las huellas de la noche anterior, me advierte, desde la oscuridad de este refugio, que también es posible vivir sin esperanza ni memoria.

Si bajo al pueblo y hablo con Famara, ya no es más aquella Famara que aguardaba la carta del hijo del sordo que yo escribía por las tardes después de que los dos nos echamos al monte. Si me acerco a la huerta de Paco para recordar con su mujer aquellos días en los que todos decidimos ocultarle la muerte del hijo, solo encuentro ya a dos fantasmas que lo olvidaron todo hace meses y solo esperan el mazazo definitivo que les borre de la cara esa mirada llena de sueño. Solo quedan las mujeres y los niños cebando su rencor hacia nosotros por  haberlos condenado a penar un castigo que no habían buscado. Nadie mejor que ellas entiende la sudorosa magnitud de nuestra derrota. Ahora que todos sueñan con la posibilidad de escapar a Francia, las caras endurecidas de estas mujeres que sufrieron a solas la condena de estar preñadas algún invierno, me golpean la conciencia y me llaman traidor y cobarde por no haber sabido aceptar a tiempo que el mundo que habíamos deseado no era posible y tocaba perder. Hemos estado luchando contra nosotros mismos y es justo que hasta la gente del pueblo nos haya olvidado. La sombra de lo que ocurrió en Arrancapinos cubre con su velo hediondo cada una de nuestras hazañas, y ya todos nuestros esfuerzos nacen muertos y sin fe, vencidos por el miedo a otra represión que se cebe con quienes no tomaron parte en esta lucha sin futuro.

Desde que la guardia civil se echó al monte y montó sus contrapartidas, ya nadie confía en nadie y todos buscan un salvoconducto que lo aleje de esta tierra para soñar que se ha alcanzado una mínima victoria. En ese absurdo acaba esta guerra que nadie sabe quién prolongó y para qué. Tampoco nadie se atreve a preguntarlo. Queríamos libertades pero todos cumplimos órdenes. Queríamos igualdad pero nadie se atreve a contrariar a quienes se alzaron con la voz de mando.

La traición es una debilidad del alma. Por eso entiendo que en estos últimos meses haya habido tantas deserciones. Pero el mundo este, el que nos ha tocado padecer, el de aquí arriba y el de abajo, el que continúa igual a sí mismo indiferente a nuestra existencia y que yo dejé de vivir en mil novecientos treinta y seis, no sufrirá mi traición y permanecerá irresponsable y olvidadizo, siempre al margen de lo que he sido, sin importarle si me hizo feliz o desdichado.

Mi último arreglo no es muy diferente a todos los planeados con Andrés, Rodolfo o Jalisco. Solo cambiaron el escenario y los actores. Todo igual. Pierden otra vez los mismos. Es justo que se hable de nosotros en pasado.

En alguna ocasión traté con el alcalde y a solas algún negocio que a él y a nosotros nos incumbía o solo nos interesaba. Los otros no estaban para charlas y acuerdos, se ponían nerviosos con las negociaciones, así que me dejaban a mí, que yo hablara, que yo decidiese. Durante años y a escondidas aquel hombre y yo compartimos una botella de coñac que ahogara el frío y la dureza de este tiempo y trajera un simulacro de solución a nuestra lucha. Poca cosa: un intercambio de botellas de orujo, un alto el fuego necesario después de varios días de tiroteo y acoso, el perdón de alguno que se refugió más de lo debido en casa de Paulina la boticaria sin saber que ese día estaba reservado al desahogo de los falangistas del pueblo, la entrega o canje de algún marqués al que sorprendimos con el batín puesto y arreglando desde su despacho el reparto equitativo del racionamiento. No es un hombre inflexible. Está cansado, como todos, de esta guerra en la que se sabe del bando vencedor. Por eso le asquea que se prolongue innecesariamente. No es un fanático del orden. Alguna vez propuso pactar una solución pacífica.

-Mire usted, yo le comprendo. No es fácil aceptar lo que ha ocurrido en este país. Pero entiéndame. Yo estoy presionado por las autoridades de Madrid. Ustedes molestan y además no van a ninguna parte. Si ustedes quisieran yo podría arreglar una salida cómoda. A los cabecillas, por supuesto. Francia está ahí al lado, a un paso como quien dice. Sin ustedes el resto de los hombres no harían nada. ¿Entiende? Si ustedes quisieran esto se acababa mañana, aquí y en otros sitios.

Yo iba allí como portavoz de la resistencia a tratar con el enemigo y encontraba en las palabras de aquel hombre un entendimiento que nunca hallé en las palabras embrutecidas de los hombres del monte, sumidos en una inercia confusa donde solo laten todavía las consignas apagadas de los años de la guerra que hoy no aportan ya nada. Ni siquiera una esperanza.

-A mí también me mataron un hijo en el frente, sabe usted. Me lo mataron ustedes y en Talavera dos días antes de que cayera Madrid. Ya habían perdido, y lo sabían, pero seguían empeñados en defender unas canciones, una bandera, un país que no era solo de ustedes.

Yo iba allí con mis argumentos deshechos, con mi resistencia al límite, harto de todo, suponiendo que me iba a encontrar con un fascista digno de un balazo en la cabeza, un asesino que nos había robado una libertad que nunca he conocido. Pero allí delante de mí solo había un viejo cansado al que le habían matado un hijo en la guerra.

-Mire usted, yo solo quiero que esto se acabe, y que ustedes acepten que esta guerra se acabó hace años y que ustedes lo perdieron todo. Que se vayan a robar gallinas y a vivir libres a Francia, o a América, o a donde ustedes quieran, pero aquí no si eso supone un quebradero de cabeza y tener a la guardia civil invadiéndome el pueblo porque ustedes existen.

 Otras veces nos olvidábamos de lo que me había llevado allí y hablábamos de los años anteriores a la guerra, apurando la botella durante horas, toda la noche, recordando la vida que se hacía en el pueblo antes de todo, en un tiempo que parece muy lejano cuando se recuerda.

Sabe usted, yo ya fui alcalde de este pueblo durante los años de la república. Y aquí abajo, en el bar del Lucio, nos reuníamos en una mesa los potentados del pueblo, que entonces éramos el alcalde, el maestro, el cura y el médico, que se pasaba dos veces por semana para darle las recetas al boticario, además de don Cosme cuando estaba de vacaciones y el teniente de la guardia civil que venía algunas veces. Entonces solo había un teniente y ni siquiera cuartel. Como pasa en esas películas americanas que ahora nos pone el hijo del Lucio en el bar algunas tardes, también nosotros hablábamos de política y todavía no sabíamos que se estaban fraguando tantos odios en el país y en el pueblo, que es como un país pero en pequeñito. Pues fíjese cómo son las cosas, cuando empezó la guerra resultó que cada cual pertenecía a un bando. No pregunté quién fue, pero alguien decidió que los que antes eran sólo unos amigos que se reunían alrededor de una mesa para charlar un rato por las tardes y arreglar el mundo, ahora fuesen enemigos irreconciliables que debían matarse los unos a los otros porque sus intereses estaban enfrentados. Así de simple y así de absurdo. Este es el modo que yo tengo de resumir esa guerra que duró tres años y que ahora ustedes están empeñados en hacérnosla durar un poquito más porque no tienen donde caerse muertos. Y no se lo va a creer, pero al cura lo mataron unos y al maestro de escuela lo mataron los otros. Así que no venga a convencerme de nada porque yo también estuve aquí y lo vi todo.

Sentado en un cómodo sillón de piel, el alcalde me iba contando su versión de los hechos y yo no podía distinguir si aquella fatiga del hombre era la decadencia de sus cualidades o si todo respondía a un mismo modo de enfrentar los reveses de las circunstancias. No podía saber si en su juventud aquel hombre vencido habría sacudido con mayor violencia nuestra permanencia en el monte. Me intrigaba saber a cuántos hombres habría matado con sus propias manos, a cuántos inocentes habría condenado a garrote solo para eternizarse en su cómodo sillón de alcalde de pueblo. Cinismo o derrota. Desprecio por las libertades y la vida de la gente o la sucia conciencia que deja en los que sobreviven los horrores de una guerra civil.

Estaba claro que poco o nada le importaban nuestras reivindicaciones. No se paraba a pensar si el estado actual de las cosas era el justo o el más conveniente. Con disgusto, con pesar, con la lenta resolución que impone la vejez en un cuerpo, aceptaba la solución que el destino o la constancia de los hombres ha traído a este lugar.

-¿Quién le dice a usted que esta no es la mejor propuesta? ¿Qué garantía tenemos de que los otros solo traían debajo de la cartera más libertad y más oportunidades para todos? Un mundo mejor, ¿no es eso? A costa de todos los siglos que llevamos vividos, verdad, a costa de volar toda esta basura. ¿Usted cree de verdad que con escombros y el rencor de quienes no aceptan se puede hacer algo bueno?

No era en realidad un verdadero diálogo. Era solo el monólogo por turnos de dos hombres amargados. Tratábamos las grandes cuestiones sin ni siquiera intentar salvar nuestras pequeñas diferencias, solo que él me llevaba unos veinte años de ventaja y  jugaba con mejores cartas su partida. Al final, cuando por fin las descubría después de varias horas de alcohol y tabaco su comentario era el mismo, y yo sabía, siempre, que no podía irle a Rodolfo con aquello, que aquella no era la solución.

-Eso es lo que hay.

Siempre las mismas palabras. Siempre el mismo ademán que invitaba a marcharse. Práctico, irreductible, seguro, en su paciencia incuestionable, de que los hombres no aceptarían aquella propuesta. Quizá dudando si yo llegaría a pronunciar el irremediable sí alguna vez.

-¿Se da usted cuenta de lo irónico del asunto? Los cabecillas, los jefes, los culpables de la situación, tienen todavía, y siempre, una oportunidad. Ya le dije que podemos arreglar una salida discreta. Sin embargo el futuro de los otros lo dejamos a la suerte. Que ella decida por ellos. Pero usted sabe, usted es un hombre listo y culto que comprende y se da cuenta, yo tengo aquí a un comandante de la guardia civil al que me veo en la obligación de convertir en un héroe.

Yo salía de aquella habitación acosado por las dudas y los errores. Maldecía la suerte de haber tenido que vivir una época tan propicia para creer en tantas cosas. De vuelta al campamento me inventaba los argumentos que le expondría a Rodolfo, consciente de que no era posible la verdad, que esa verdad dicha  por mi boca podía ser malinterpretada. Junto con las nuevas palabras me inventaba un nuevo alcalde que se volvía más odioso y ruin conforme se sucedían los encuentros.

Los hombres comenzaban a estar inquietos. Se sucedían las discusiones por los asuntos más nimios. Se repetían, con una violencia renovada, las antiguas disputas. Con cada insulto volvían las pequeñas traiciones, la sospecha y el miedo al otro, que se iba convirtiendo en un traidor en potencia, en un chivato posible. Hacía tiempo que sabíamos que algunos civiles se habían echado al monte y acechaban esperando un desliz. Llegamos a saber que en Cantabria se infiltraron en algunos grupos y que varios campamentos cayeron a las dos semanas. Cualquier nuevo contacto era una sospecha. El monte había dejado de ser ese lugar seguro en el que nos refugiábamos esperando el invierno desde hacía tantos años. Un día fue una palabra que lo decía todo. Ahora es solo un penal que disfraza nuestro encierro.

Los escasos contactos que tuvimos en los últimos meses con el Partido nos invitaban a resistir. Pero nosotros sabíamos que esa resistencia no era posible, que nos habían olvidado, que urgía la retirada, que solo era posible la huida, que éramos animales acorralados, una presa fácil, el trofeo del ganador a punto.

No quieren reconocerlo, pero hace mucho que fuimos abandonados por la mano de Dios. Hasta la guerra en Europa terminó hace ya años y aquí hemos seguido nosotros peleando, dejando pasar los meses y la ocasión de rehacer nuestras vidas, aprendiendo a mirar con lentitud y esfuerzo un mundo del que hemos sido privados. Nos hemos ido suicidando cada día y ni siquiera ha de quedar nadie con la firmeza suficiente para recordarnos.

Si he vuelto una vez más a ver al alcalde no ha sido por debilidad o cobardía, sino por acabar del todo, por aceptar al fin lo que me he negado a admitir durante años y mirarlo de frente. No me importan ya las consecuencias de mis actos, las muertes que pueden acarrear mis palabras y todas las revelaciones que le he hecho esta tarde al alcalde, cuando mañana se vean sorprendidos en el campamento. Ya nadie es inocente.

Otra vez en su despacho, el alcalde y yo volvimos a reconocer que no hay que amar demasiado la vida. Con las palabras de siempre nuevamente renovadas volvimos a repasar la diversidad de los destinos humanos. Fumando y bebiendo hasta que la fatiga y el asco al alcohol y la nicotina nos aflojaron el ánimo, entendimos de nuevo que él y yo solo éramos los instrumentos sin punta de un azar implacable. Que no había estado y no iba a estar en nuestra mano salvar al mundo de la codicia de los hombres. Que todo iba a seguir igual, ajeno a nosotros, cuando ya no estuviéramos sobre esta tierra. Que aquí no gana nadie. Que la delación y el miedo pueden servir tanto o más que el crimen y la lucha para seguir viviendo, y que no importa el nombre que llevemos o adónde nos conduzcan nuestros pasos si atrás solo dejamos un montón de muertos.

-No se atormente usted más, la traición solo es una debilidad del alma -me dijo ya en la puerta, entregándome los papeles que hacía meses que tenía preparados con mi nombre real, no este otro que he llevado los últimos años y que mañana abandonaré para iniciar una nueva vida lejos de aquí. El viejo sabía. Intuía o inventó para mí esta solución definitiva. Sabía que algún día iría a su despacho a recoger esos salvoconductos para cruzar la frontera de Francia, libre ya de todo, dueño de un secreto que ha de morir conmigo aunque llegue a contarlo mil veces y de mil modos distintos y a voces como se cuenta un recuerdo o se inventa una mentira.

He pasado esta noche escondido en este boquete porque quiero así despedirme  de cada uno de mis fantasmas. No me apena lo que va a ocurrir. No me duele. No he renunciado a trece años de vida para dejar que los remordimientos vuelvan a mancharme con su terca conquista. Las primeras luces de la mañana estiran su pereza y me devuelven la perdida confianza. Es el invierno del cuarenta y nueve. Se dice pronto. Bastan unas pocas palabras para comprender la implacable rigidez de nuestro fracaso. Es el invierno del cuarenta y nueve. Vendrá la mañana y me verá indefenso.


Recomendación Web: Aunque no me pidieron permiso para incluir mi cuento en su web, me alegra saber que La bondad del invierno también figura en una interesante página dedicada al Maquis. Al menos tuvieron la deferencia de mencionar el nombre del autor y el premio obtenido con el cuento, que ya es de agradecer.

Si te interesa saber algo más sobre los maquis, no dejes de visitar esta página:

De huidos y maquis


Imagen destacada: Grafiti en un muro de Sallent de Llobregat, rememorando a los maquis españoles.


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