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Teoría y práctica del postureo político

Teoría y práctica del postureo político

Artículo publicado en La Voz del Sur, 17/3/2019

Lo pensé el otro día al observar la vestimenta de mi hijo mayor, al que ahora le ha dado por ir de negro, escuchar música métal y adoptar una estética entre decadente y atormentada. Lo pienso también a veces observando las poses de mis alumnos. Necesitamos fingir que somos diferentes al resto de la manada. Pero, a la vez, procuramos buscar a otros que se nos parezcan para sentirnos comprendidos y hermanados. Es lo que han hecho siempre los adolescentes: adoptar una determinada estética como modo de afirmación personal. Pero también como estrategia para ser aceptados entre sus iguales. Se disfrazan para congregarse.

El problema surge cuando se abandona la cándida adolescencia y perviven los actos de afirmación personal con que pretendemos, a la vez, distinguirnos y obtener el beneplácito o la aceptación de nuestros semejantes. Y lo que es aún peor: cuando mezclamos las desinteresadas cuestiones estéticas con los avariciosos intereses éticos, morales, sociales o políticos.

Lo que en un adolescente es un capricho disculpable y hasta simpático, puede llegar a convertirse, en un adulto, en una táctica despreciable. Aquello que durante la adolescencia no es más que una sincera necesidad de sentirse aceptado, en la vida adulta suele transformarse en una dinámica de dominio destinada a imponer unos determinados criterios.

Lo que, en un adolescente, acepto como una inocente postura vital que irá madurando con el paso del tiempo, en un adulto, sin embargo, me parece el falso postureo con que se aspira a poseer una cuota cada vez mayor de influencia sobre los otros.

Especialmente visible resulta esta forma de postureo entre nuestra clase política, sin que importe lo más mínimo la tendencia a la que se haya adscrito cada cual, la sigla a la que pertenezca, el color que le defina o el lado hacia el que tienda al caminar, sea este el derecho o el izquierdo. Y mucho más en los tiempos que corren, en los que, pese a tanto disimulo, ni los partidos políticos ni sus miembros tienen en realidad una ideología política rectora, sino meramente táctica, destinada solo a mantener o alcanzar el poder.

Lo que vengo describiendo como postureo es también lo que podríamos denominar con el término de impostura. Se trata de una mera fiesta de disfraces. O, en todo caso, de un juego de constante duplicidad en el que unos actores interpretan el papel que a cada cual se le ha repartido en la función, a la vez que la cruda realidad sirve de escenario, los medios informativos afines se ocupan de la publicidad y las masas de futuros votantes servimos a modo de extras.

En las próximas semanas van a sobrar ocasiones en las que poder observar el postureo que exhibirán a diario nuestros líderes políticos. Veremos cómo se muestran virtuosos y decentes, equitativos e igualitarios, agradables y simpáticos, aduladores y serviles. Pero quizá convendría no dejarse engañar demasiado. Detrás de todo ello hay, como es sabido, un gran aparataje de planificación, sutiles maniobras de engaño, sesudos estudios de marketing y propaganda, astutos asesores de imagen en permanente estado de cautela, agudo pensamiento táctico y ocultas estrategias de seducción de masas.

¡Qué ganas de que comience el espectáculo!

Francisco Ferrer i Guardia. Masón y libertario


El de Francisco Ferrer i Guardia (1859-1909) es un caso cerrado pero no resuelto. No cabe duda de que se inició en la masonería siendo todavía bastante joven, con menos de veinticinco años, y que trabajó algún tiempo para el líder republicano Manuel Ruiz Zorrilla, también masón y posible introductor del joven Ferrer en la doctrina masónica.

Sin embargo, nos llama la atención que en el Diccionario enciclopédico de la masonería, de Frau-Arus-Almeida, no haya ninguna mención a Ferrer i Guardia. Aunque su primera publicación se remonta a 1883, con posterioridad Luis Almeida introdujo un buen número de añadidos, incluido Azaña, de una generación posterior al famoso libertario. No deja de ser una curiosidad reseñable. ¿Por qué no aparece Ferrer i Guardia en una de las más importantes fuentes de información sobre la masonería? Es sólo una de las tantísimas preguntas que quedan sin respuesta al tratar sobre la obra y milagros de este curioso individuo, de vida ajetreada y final trágico.

Como en muchos otros casos, se trata de una figura que provoca controversias apasionadas entre polos opuestos, quedando el enfrentamiento entre sus amantísimos abogados y sus furibundos difamadores en un cero a cero que nada aclara y que los pone en una evidencia vergonzosa. Por supuesto, ambas posturas nos parecen igualmente risibles, por exageradas y radicales, pues colocan al personaje en cuestión en el infierno de los perversos demoníacos o en el paraíso de los humildes ungidos de santidad.

Llevado por la curiosidad,  y después de leer bastante sobre el sujeto en cuestión, yo me he preocupado en buscar algunas fotos de Ferrer i Guardia para comprobar por mí mismo qué clase de cara puede tener un tipo que, según nos cuenta don Ricardo de la Cierva con su habitual y fanática contundencia: “era realmente un lunático que había establecido en Barcelona la llamada Escuela Moderna, que consistía realmente en una escuela de anarquía en la que tenía cabida toda clase de aberraciones”. Por su parte, Pío Moa, siempre amigo de la tergiversación histórica, en un reciente artículo en el que aprovechaba para atacar a los socialistas, decía del masón y libertario lo siguiente: “fue un exaltado, de ideas realmente simples, por no decir simplonas”, y justifica su comentario añadiendo unas frases de Ferrer para que no quepa duda de la verdad de su aserto: “Vivamos en República, tengamos al frente de los municipios a hermanos nuestros que organicen la administración, nos eduquen y repartan los impuestos de modo que todo el mundo tenga qué comer”. El propio Moa añade en su artículo una serie de referencias culturalistas, ahora referidas a la famosa Escuela de Ferrer, a la que él denomina “talibanesca” con simpático anacronismo. Veamos sólo una de ellas, la de don Miguel de Unamuno, que se muestra exigente: “la obra de incultura y barbarización de aquel frío energúmeno, de aquel fanático ignorante”.


Ferrer i Guardia. Fundador de la Escuela Moderna


Por la otra parte, en una bonita hagiografía muy documentada de un pedagogo malagueño llamado Antonio Nadales Masegosa, se repasan los postulados de la propuesta educativa de un Ferrer i Guardia preocupadísimo por cuestiones tan hermosas y chorreantes como: “El desarrollo natural de la infancia, la solidaridad, el apoyo mutuo, el trabajo ‘por gusto’ y no por explotación, la libertad, el amor, la felicidad”. El final de la ponencia del malagueño no tiene desperdicio, y supone una apasionada reivindicación de la memoria de Ferrer i Guardia. Dice así: “Eso es lo mejor que podemos hacer por Ferrer Guardia, y por todas aquellas personas que han dejado su vida por nosotros, no lo olvidemos nunca o seremos ignorantes”. Sin duda, el autor sabrá disculparnos si nos quedamos tan solo en el intento.

Pero es en un interesante libro de Francisco José Cuevas Noa, titulado Anarquismo y Educación, donde nos hemos encontrado, muy bien expuesto, el planteamiento educativo que Ferrer i Guardia llevó a cabo en su Escuela Moderna de Barcelona, que funcionó entre 1901 y 1906. Me limito a seleccionar los siguientes párrafos. Juzguen ustedes:

“…el principal cometido de la escuela debe ser el de que el niño conozca el origen de la desigualdad económica, la falsedad de las religiones a la luz de la ciencia, el error del patriotismo y del militarismo y la esclavitud que supone la sumisión a la autoridad. El ideario pedagógico de Ferrer se decanta claramente por el papel de creación de conciencia sociopolítica de la escuela, aunque como sostiene acertadamente B. Delgado en su obra sobre la Escuela Moderna, Ferrer y Guardia hacía ‘pública confesión de que había que respetar la inteligencia y la libertad del niño declarando que el buen maestro era capaz de prescindir de sus propias ideas de adulto’.

Ferrer se decanta en sus escritos por el naturalismo pedagógico o educación natural, pero la aparente contradicción que señala Delgado con su acusada orientación política (que queda patente en textos escolares y consejos dados a los profesores de la Escuela Moderna) se resuelve teniendo en cuenta la diferencia del naturalismo pedagógico de nuestro autor con el resto de su marcada dimensión social. Se trata, pues, de dejar que la naturaleza opere en el niño, que se desarrolle libremente sin represiones, pero con el objetivo último de que este respeto por la evolución del niño lleve a formar personas  que se comprometan con la revolución social”. 

En cuanto a las influencias que había recibido el fundador de la Escuela Moderna, y que sostenían su propuesta pedagógica, nos dice Cuevas Noa:

“Para comprender el ideario educativo de Ferrer y Guardia es necesario comprender que deriva de su propia experiencia e ideas revolucionarias previas. Este educador procedía de las filas revolucionarias del partido republicano de Ruiz Zorrilla, y durante su largo exilio en París fue comprendiendo que la acción revolucionaria necesitaba apoyarse en un trabajo educativo previo que creara nuevas mentalidades dispuestas a llevar a cabo el cambio social. Así, nuestro personaje va pasando de una visión “insurreccional” a una visión “pedagogista”, en la que entiende que es necesario poner en marcha nuevas instituciones donde se formen las nuevas mentalidades. Esas instituciones son la escuela racionalista y el sindicato revolucionario (cuyo papel es organizar a los trabajadores para acabar derrocando al capitalismo mediante una huelga general revolucionaria).

Las influencias ideológicas que Ferrer recibe son las del anarquismo, el positivismo y el librepensamiento laicista de la nueva modernidad de fines del siglo XIX y principios del XX, en el que pesa decididamente su pertenencia a la masonería. En el plano pedagógico influyen ampliamente las ideas de educación integral que Paul Robin ensayó en Cempuis, y los planteamientos educativos de autores como Rousseau, Tolstoi y Sébastien Faure”. 


Ferrer i guardia, pensamiento


Como verán, nos encontramos ante uno de esos librepensadores que tanto abundaron y abultaron a finales del siglo XIX, un anarquista de salón, un libertario a la moda revolucionaria de los tiempos. En los retratos de la época, daguerrotipos gastados por el tiempo, nos encontramos ante un hombre envejecido prematuramente, un setentón de cuarenta y tantos años, de gesto grave y mirada profunda, de esas que no se olvidan con facilidad. En una de las más famosas tiene pinta de burgués acomodado, robusto y soñador, una importante frente y una barba canosa muy cuidada, en la que contrasta el bigote negrísimo. Debió de ser un hombre apuesto en su juventud, irresistible para las mujeres, con las que debía de sentirse poderoso. Si hiciéramos una etopeya del personaje a partir de esas fotos y sin conocer nada de su vida, afirmaríamos con rotundidad, pero sencillamente, que se trata de un hombre al que le gusta la buena vida, los placeres sencillos; un aspirante a pequeño burgués sin vocación de héroe, y mucho menos de mártir. Y probablemente acertaríamos.

Resulta divertido saber que se divorció de su mujer, Teresa Sanmartí, por discrepancias religiosas. Yo me imagino a la pareja en la salita de su casa, tomando el café con toda la ociosidad del mundo y leyendo el periódico; él, la crónica política de los últimos días, indignadísimo por lo que sucede en el mundo; ella, repasando las necrológicas en busca de algún nombre conocido y santiguándose todo el rato, a escondidas del marido, que no ve con buenos ojos las costumbres de su devota señora. En fin.

Más tarde vivió en libertad libertaria con Leopoldina Bonal, y finalmente con una discípula aventajada, Ernestine Mounier, que al morir le dejó una interesante herencia con la que creó la famosa Escuela Moderna de la que hemos hablado anteriormente. Esto ocurrió en 1901. Pero en 1906, al bibliotecario de su escuela, Mateo Morral, se le ocurrió atentar contra la vida de los reyes Alfonso XIII y Victoria Eugenia el mismo día de su boda. El atentado ocurrió en Madrid, al final de la calle Mayor. El magnicida lanzó una bomba al paso de la comitiva del rey, que provocó la muerte de varias personas. Pero tanto el rey como la reina salvaron la vida.

¿Estuvo implicado en este atentado el famoso educador catalán? Es una de las preguntas lógicas que podríamos hacernos. Por supuesto, su escuela fue clausurada de inmediato, y Ferrer i Guardia detenido como promotor del suceso. Fue encarcelado y juzgado, y meses después declarado inocente y puesto en libertad. Al parecer, su detención se había llevado a cabo gracias a la colaboración de otro anarquista, un tal Nakens de apellido. ¿El método utilizado? Un clásico de todos los tiempos: la simple y siempre sospechosa delación. A pesar de haber quedado libre de cargos, muchos especuladores del caso piensan que era realmente culpable, pero no aportan ni una sola prueba que sirva para esclarecer los hechos. Se limitan a decir, una vez más, que la maquinaria masónica movió sus hilos y el reo quedó libre.

Pero no acaba aquí la historia. Tres años más tarde, en 1909, Ferrer i Guardia se encuentra en su pueblo natal, Alella, cuando estalla en Barcelona, durante la última semana de julio, las revueltas revolucionarias que luego se conocerían con el nombre de “Semana Trágica”.

Como todo el mundo sabe, esta insurrección de carácter popular produjo una gran conmoción social durante el reinado de Alfonso XIII, además de alcanzar una notable repercusión en la política gubernamental del país. La Barcelona de principios del siglo XX era una ciudad en la que se habían alcanzado unos niveles de organización obrera y concienciación social muy considerables. El anarquismo estaba en auge; comenzaban a formarse los primeros grupos entre la clase trabajadora, ya fuera con carácter sindical o como simples ateneos o círculos de difusión doctrinal. Pocos años después, de estos primeros embriones sindicales anarquistas surgirían dos potentísimas organizaciones: la Federación Anarquista Ibérica (FAI) y la Confederación Nacional del Trabajo (CNT), que llegaría a tener más de un millón de afiliados en toda España.


Ferrer i Guardia. Llega a Montjuich

Ferrer i Guadia, en su llegada a Montjuich


Pero, ¿qué fue lo que provocó la revuelta de los ciudadanos? Para responder a esta pregunta conviene tener en cuenta que España venía manteniendo, desde hacía años, una guerra abierta contra las tropas norteafricanas del territorio marroquí, la famosa Guerra de África. Pues bien, ante el cariz que estaban adoptando los acontecimientos, al gobierno que presidía don Antonio Maura se le ocurrió reclutar a ciudadanos de la reserva y mandarlos como soldados a Marruecos, en su mayoría padres de familia con puestos de trabajo estables. El embarque del contingente de Barcelona se produjo el 11 de julio de 1909 y, pocos días después, las organizaciones obreras convocaron una huelga general para el 26 de julio, que tuvo gran seguimiento popular en Barcelona y alrededores, siendo duramente reprimida por el ejército. Pero fue al día siguiente, el 27 de julio, cuando las primeras noticias llegadas de África exasperaron los ánimos. El conocimiento de lo que había ocurrido en el Barranco del Lobo, donde más de mil barceloneses civiles perdieron la vida ante las tropas de Abd-el-Krim, desencadenó un auténtico motín popular, improvisado y espontáneo, de un furor y una rabia inútiles, sin una dirección clara, con un desarrollo caótico, que durante el 28 y el 31 de julio incendió un centenar de edificios y provocó más de cien muertos. La represión del ejército fue bestial, declarándose en Barcelona el estado de Guerra. Durante los primeros días del mes de agosto volvió la calma a los territorios sublevados.

¿Quiénes fueron los culpables de la Semana Trágica de Barcelona?, se preguntan todavía algunos eruditos de la pamplina histórica. Y siguen buscando los nombres y apellidos de los culpables en una revuelta tan deslavazada como ésa, donde el odio y el rencor acumulado del pueblo mostró su cara más ofendida. Por supuesto, no faltan quienes afirman que fueron los masones los instigadores de la revuelta.


Consejo de guerra a Ferrer i Guardia

Consejo de guerra contra Ferrer i Guardia


Más de mil personas fueron arrestadas y, de entre ellas, cinco fueron ejecutadas como cabecillas de aquellos acontecimientos. Francisco Ferrer i Guardia, que ni siquiera estaba en Barcelona por aquellos días, sino en su pueblo natal, fue uno de ellos. Fue arrestado, juzgado por la vía militar y fusilado el 13 de octubre en los fosos del castillo de Montjuich, ante la indignación de la opinión internacional, que lo consideraba inocente de tales cargos. Las protestas fueron unánimes, y su muerte considerada un crimen de Estado, que al final provocó la caída del gobierno de Antonio Maura.

Hoy por hoy, nadie con sentido común puede mantener la teoría de que el pedagogo libertario participó como instigador en los acontecimientos de la Semana Trágica. Hasta la manipulación de los hechos históricos tiene sus límites. Por ejemplo, no deja de ser divertido contemplar el caso de don César Vidal en su libro Los Masones, para quien la Historia de la Humanidad es un simple enfrentamiento entre buenos buenísimos y malos malísimos, y donde, al reseñar la trayectoria vital del masonazo en cuestión, se queda en 1906 y oculta toda información sobre la trágica semana de Barcelona y el fusilamiento criminal de Francisco Ferrer i Guardia, quien con toda probabilidad hubiese pasado a la historia como un educador mediocre, un masón olvidado y un anarquista de salón con ínfulas de pequeño burgués, si no hubiese sido la víctima inocente de este grotesco crimen de Estado.


Noticia del fusilamiento de Ferrer i Guardia


De Los Masones, Agustín Celis Sánchez, Ed.. Albor libros, Madrid, 2005


 Imagen destacada: Foto de Francisco Ferrer i Guardia


Juan Prim y Prats

Juan Prim y Prats. Omnipotente y masón


En la tarde del 27 de diciembre de 1870, Juan Prim y Prats salió del Congreso y subió a la berlina que lo esperaba en la puerta. Con él subieron dos de sus más estrechos colaboradores, Práxedes Mateo Sagasta y Herrero de Tejada, pero antes de que el coche se pusiera en marcha se bajaron del mismo y fueron sustituidos por otros dos, González Nandín y Moya. El cochero puso en marcha la berlina y enfiló la calle del Turco. Esto ocurría entre las 18:30 h. y las 19:00 h., afuera nevaba débilmente, la noche estaba oscura y las calles desiertas. Uno de sus ayudantes vio desde su asiento cómo un hombre encendía un fósforo y, al poco, pero un poco más adelante, otro desconocido, como si de una contraseña se tratara, vuelve a repetir el mismo sospechoso acto y la berlina se detiene; la calle está obstruida por un coche allí parado. Entonces ven cómo otro coche se dirige hacia ellos en sentido contrario, para en frente de la berlina de Prim y salen ocho hombres embozados que rodean su vehículo. Los tres hombres y el cochero se alarman, pero no tienen tiempo de reaccionar. Los embozados rompen los cristales con sus trabucos y una voz grita: “Prepárate, que vas a morir”, y poco después ordena: “¡Fuego!”


Asesinato de Prim


La reacción del cochero es inmediata, arranca la berlina, consigue sortear su obstáculo y tira por la calle de Alcalá hasta la entrada de la calle del Barquillo. A las 19:30 h. llegan al palacio de Prim, en el Ministerio de la Guerra. El general baja por sí mismo del coche y se dirige hacia sus habitaciones, donde van a hacerle la primera cura los médicos militares, pues viene herido. Según ha quedado constancia en el sumario del caso Prim y encontramos en el magnífico libro realizado por El círculo de amigos de la Historia, El magnicidio en España:

“Tiene herida la mano derecha, con pérdida del dedo anular y fractura de los metacarpianos segundo y tercero; el hombro izquierdo está destrozado por varias heridas de bala que ocasionan fractura de la cabeza del húmero y de la cavidad glenoidea de la escápula. En el codo izquierdo presenta otra herida de bala que origina fractura de cabeza del radio. Las heridas son graves, pero no parecen mortales de necesidad”.

Dejémoslo ahí por ahora, y hagámonos esta pregunta fundamental: ¿Quién fue el general Prim y por qué atentaron contra su vida el 27 de diciembre de 1870?


Juan Prim y Prats


Juan Prim y Prats ha quedado para la historia de España como uno de los hombres más competentes de su tiempo, pero también como una figura controvertida y un conspirador incansable contra la monarquía de los borbones y sus dos líneas dinásticas, la isabelina y la carlista, a las que se opuso con saña hasta sus últimos días. Fue él quien forjó la revolución de 1868 y quien postuló la primera monarquía constitucional para España en la figura de Amadeo I de Saboya, con la que se ganó la animadversión de borbónicos y republicanos, que no veían con buenos ojos las reformas radicales que estaba llevando a cabo en el país. Muchos historiadores lo consideran el gran estadista capaz de encauzar el futuro de España en la segunda mitad del siglo XIX. De esta opinión era Ángel María de Lera, que llegó a decir de Prim lo siguiente:

“Él hubiera podido poner fin a la inestabilidad política que venía turbando la vida nacional desde Fernando VII, de no haberse cruzado en su camino la conspiración de la envidia y el despecho, siempre pronta en nuestro país para derribar a los hombres que hacen sombra”.

Nació el 6 de diciembre de 1814 en la villa de Reus, en Tarragona, y muy pronto se enroló como militar en el batallón de Tiradores de Isabel II con motivo de la primera guerra carlista. En 1839 fue ascendido a coronel, y en 1841 salió elegido diputado a Cortes por la provincia de Tarragona. En 1842 comienza su oposición a la política de Espartero, que en aquel tiempo era el jefe de Gobierno. A partir de este momento, comienza una imparable carrera como conspirador, a la vez que se suceden sus innumerables logros como militar.

Con Serrano en el poder, Prim recibe el cargo de Gobernador militar de Barcelona y es nombrado mariscal de campo, además de conde de Reus y Vizconde de Bruch.

Con Narváez, es Gobernador de Ceuta y ascendido a General, pero en 1844 es acusado de conspirar contra el gobierno y condenado a seis años de cárcel. Consigue el indulto de la reina y marcha al extranjero, donde permanece entre 1845 y 1847. En este mismo año es nombrado Gobernador de Puerto Rico, pero es rápidamente sustituido un año después.

De regreso a España, sale elegido como diputado a Cortes por Barcelona en 1851, pero de nuevo se enfrenta al poder con motivo del polémico concordato con la Santa Sede. De nuevo sufre el exilio y en 1853 lucha en la guerra de Crimea. Vuelve a España en 1854 y es nombrado capitán general de Granada en 1855. En 1860, debido a los méritos obtenidos durante la batalla de Castillejos, se le concede el título de Marqués de Castillejos. Un año después, con O’Donnell en el poder, marcha a México y allí se opone a los planes de Napoleón III de Francia, que pretendía, y finalmente consiguió, poner en el trono de México a Maximiliano José de Austria.

En 1864, otra vez en España, vuelve a conspirar contra el nuevo gobierno de Narváez y es desterrado, en principio a Oviedo, pero poco después es expulsado del país tras probarse su vínculo en una manifestación de estudiantes el 10 de abril de 1865. Pasará tres años en el exilio, donde prepara el asalto al poder que acabará en la revolución de 1868, llamada por muchos La Gloriosa.

El 19 de septiembre de 1868, después de proclamar el manifiesto España con honra, Prim desembarca en Cádiz con el brigadier Topete, consiguiendo la adhesión de las ciudades más importantes de Andalucía, Cataluña y Levante, donde se ganó una enorme popularidad. El 7 de octubre entra en Madrid y es acogido con entusiasmo por el pueblo. Ha triunfado la revolución del 68 y Prim recibe el máximo poder político.


La Gloriosa, 1868


Ahora bien, ¿cuáles eran las ideas reformistas que traía Prim? Para la Historia de España han quedado algunas de sus frases memorables, que dicen mucho del talante de este hombre que algunos historiadores han definido como contradictorio. De entre ellas, quizás las más famosas sean éstas:

“Más liberal hoy que ayer, más liberal mañana que hoy”, (pronunciado en el parlamento con motivo del polémico Concordato con la Santa Sede)

“¡Los Borbones, jamás, jamás, jamás!” (En Barcelona, a 3 de octubre de 1868)

“Es difícil hacer un rey, pero algo más difícil es hacer la República en un país donde no hay republicanos”. (Con motivo de lo promulgado por la Constitución de 1869, donde quedó establecido que la forma de gobierno de España sería la Monarquía parlamentaria).

“Mientras yo viva no habrá República en España”. (Declaración de Prim al embajador Kératry, al ser preguntado por la opinión que le merecían los republicanos españoles)

“Cuando el rey venga, se acabó todo, aquí no habrá más grito que el de ‘Viva el Rey’. Ya haremos entrar en caja a todos esos insensatos que sueñan con planes liberticidas y que confunden la palabra progreso con la palabra desorden, y la libertad con la licencia”. (Pronunciado el 24 de noviembre de 1870, al despedir a la comisión encargada de informar a Amadeo de Saboya de su elección como nuevo rey del trono vacante en España)

De todo esto colegimos lo siguiente: Juan Prim y Prats era un liberal reformista, antirrepublicano y antiborbónico, lo que no le impedía ser, a la vez, partidario de una Monarquía constitucional. Postuló para España, en pleno siglo XIX, un régimen democrático similar al que tenemos hoy, donde el rey carecería de toda función política, quedando limitada su actividad a la de ser el jefe del Estado. Quienes consideran que el general Prim carecía de fijeza en sus opiniones políticas, quizás olviden que para llegar a estas conclusiones debió de reflexionar mucho sobre las desgracias que había sufrido el país en el XIX con la dinastía incapaz de los Borbones, desde Carlos IV a Isabel II, las regencias de por medio y los carlistas pugnando por hacerse con el poder.

Ahora bien, ¿dónde estaban los problemas? Muy sencillo. Aunque todos los revolucionarios del 68 estaban de acuerdo en la expulsión de Isabel II, existían profundas desavenencias políticas; por una parte estaban los monárquicos, entre los que se encontraba Prim; y por otra los republicanos, divididos a su vez entre unitarios y federalistas, cuyos distintos puntos de vista eran irreconciliables, de ahí que Prim desconfiara de ellos como opción política seria. Si a todo esto le unimos el papel que para sí reclamaban los militares, acostumbrados en España a ejercer de árbitros en el poder político, el cóctel de fuerzas antagónicas que existía en el país era altamente explosivo.

En una situación como esta, la figura de Prim era la única que podía conciliar todas y cada una de estas fuerzas en pugna. Prim era militar, político y monárquico, y además había sido el impulsor de la Constitución del 69 que satisfacía, en parte, las querencias de muchos republicanos. Dio estabilidad al estado como jefe de gobierno, y el 16 de noviembre de 1870 se votó en las Cortes la designación del rey de España, saliendo elegido el candidato de Prim, el duque de Aosta, futuro Amadeo I de Saboya, con 191 votos de entre los 344 diputados en las Cortes, aunque ese día sólo se presentaron para la votación 311. El resto de candidatos para el nuevo orden que se iba a implantar en España eran la República, que obtuvo 63 votos; el duque de Montpensier, con 27 votos; el general Espartero, que obtuvo 8; Alfonso de Borbón, con 2; y la infanta Luisa Fernanda, esposa del duque de Montpensier, con 1. Los restantes 19 fueron votos en blanco.

En días posteriores se designó la comisión que debía viajar a Italia para recoger al futuro rey de España, presidida por Manuel Ruiz Zorrilla, quedando fijada la llegada de Amadeo I para el 30 de diciembre de ese mismo año.


Amadeo I de Saboya ante el féretro de Prim

Amadeo I de Saboya ante el féretro de Prim


¿Qué pasó en la vida política del país entre el 16 de noviembre y el 27 de diciembre, fecha del atentado contra Prim? Según se supo luego, durante la larga investigación policial llevada a cabo tras el atentado, hubo continuos rumores de conjura que el propio Prim desoyó imprudentemente. Al parecer, cuando se le hablaba de los disturbios que se avecinaban, se limitaba a contestar: “Aquí nunca pasa nada”, o bien: “Que haya juicio, porque, llegado el caso, tendré la mano dura”. E incluso la misma tarde del atentado y justo antes de salir del Congreso, uno de los diputados, García López, se acercó a Prim para prevenirle del peligro que corría su vida, a lo que éste respondió: “Lo que usted debiera hacer es venirse a Cartagena conmigo a recibir al rey”. Y el diputado republicano Paul y Angulo murmuró: “Mi general, a cada uno le llega su San Martín”. No solo se comportó con una absoluta imprudencia, sino que durante ese mes y medio en el que hubo continuos rumores de conspiración contra él, se condujo con verdadera temeridad, llegando a prohibir a sus ayudantes que llevaran armas para que nadie pudiera pensar que tenían miedo.

Y dicho todo esto, vuelvo a retomar la historia donde la dejé para comentar que Juan Prim murió de las heridas mencionadas tres días después, el 30 de diciembre de 1870. Según los testigos presenciales que estuvieron con él durante la agonía de las última horas, en el delirio de la muerte, el general Prim dijo algunas frases que serían tenidas muy en cuenta por el juez durante todo el juicio posterior. Son estas:

“Oí bien su voz…”

“No me matan los republicanos…”

“El rey ha llegado y yo… Me muero…¡Canallas!”

Y lo cierto es que el rey llegó en su día y Juan Prim no pudo recibirlo. Lo hizo en su lugar el ministro de Marina, brigadier Topete, pese a haberse mostrado partidario del duque de Montpensier durante las votaciones. Pero qué duda cabe, con la muerte del General Prim el reinado de Amadeo de Saboya estaba destinado al fracaso.

A estas alturas de la historia, quizás el lector curioso se esté preguntando: ¿qué papel jugó en todo esto la masonería? A lo que no tengo otra cosa que responder que lo que ya he venido diciendo a lo largo de todo el libro cada vez que he estudiado un hecho histórico; es decir, que la influencia de la masonería es indirecta y nunca activa. Por supuesto, sé de sobra que no faltan los estudiosos que también aquí echan mano de la lista de masones para sostener sus endebles argumentos y contemplar cada uno de estos acontecimientos como una conspiración masónica. Probablemente, en esa lista vean: “Juan Prim y Prats, masón”, y sólo por este motivo no dudarán ni un segundo en considerar a este enérgico hombre como un pelele en manos de la masonería. Si a eso añaden que Amadeo de Saboya, Manuel Ruiz Zorrilla y Práxedes Mateo Sagasta, que estuvieron en el mismo bando, fueron también masones, ya creen tener sus endebles argumentos para engordar la leyenda negra que afirma que la Gloriosa fue un parto masónico. Como en todas las otras ocasiones.

Efectivamente, Juan Prim, como tantos otros liberales de la época, fue masón. El diccionario enciclopédico de la masonería no aclara cuándo se produjo su iniciación en la orden, pero por otras fuentes hemos sabido que se barajan dos fechas, o bien 1839 ó 1854, y que su nombre simbólico era Washington o Rosa Cruz. Tampoco han faltado quienes afirman que el general nunca se tomó en serio su condición masónica, afirmación que queda desmentida si tenemos en cuenta estas palabras del propio Prim sobre la masonería:

“Siempre he sido un entusiasta adepto de la Augusta Institución masónica, porque en su seno se templan los corazones para la lucha por la libertad, y se educan los caracteres heroicos que todo lo sacrifican por el bien y felicidad de la Humanidad. En mi vida de luchador por la patria y por la libertad, la calidad de masón me ha librado de graves peligros y me ha allanado el camino en muchas circunstancias verdaderamente peligrosas. Todos los hombres bien nacidos que continuamente ofrendan su vida en holocausto de la libertad de los pueblos se han hecho buenos, puros, generosos y abnegados por las lecciones que recibieron en el seno de las logias.

Si todos los hombres de la Tierra conociesen los postulados masónicos, los hombres se amarían más, los pueblos no se destruirían por egoísmos infernales, y mayor felicidad imperaría en el mundo.

¡Que todos los hombres lo comprendan así!

¡Que los postulados masónicos sean la doctrina de la Humanidad, la religión que dirija los destinos del mundo!

¡Mi mayor timbre de gloria es ser masón, no precisamente por los beneficios personales que he disfrutado, sino por el alimento espiritual que ha recibido mi alma!”

A pesar de estas palabras entusiastas sobre la masonería, que perfectamente podríamos pasar por alto, tampoco han faltado los historiadores que, reconociendo el innegable mérito del general Prim en la Historia de España, han querido atribuir su muerte a la masonería. Sin embargo, esta teoría pertenece al capítulo de la especulación y de la pamplina histórica. La misma noche del 27 de diciembre tenía una cena masónica en el Hotel de las Cuatro Naciones en la calle del Arenal.

Ni siquiera el novelista Benito Pérez Galdós, que nunca comulgó con las ideas de la masonería y, en ocasiones, se opuso terminantemente a ella, creyó que los masones tuvieran parte en la muerte de Prim. De hecho, Galdós le dedicó uno de sus Episodios Nacionales a la figura del General, y en ese libro especula sobre la reunión a la que debió haber asistido Prim si no hubiera sido asesinado. En mitad de la cena imaginada por el novelista, un militar masón llegó demudado y habló al oído del venerable presidente, que al conocer la noticia se levantó solemnemente y dijo:

“Hermanos, imposible callar, no puedo ni debo ocultaros la verdad terrible. El hermano Prim ha sido asesinado”.

Y ahí se acabó la cena.

Sin embargo, hay un detalle que nos inquieta. No deja de ser curioso que el atentado de Prim se produjera un 27 de diciembre, cuando se celebra una de las grandes fiestas de los masones, su San Juan de Invierno. ¿Casualidad?

En cuanto a la autoría del crimen, ciento treinta y cinco años después de ocurrido, sigue estando velada. Es uno de los mayores misterios sin resolver de la Historia política de España. Los errores de la policía fueron continuos. La negligencia de los jueces, alarmante. El caso estuvo abierto hasta 1893. Cuando en 1877 Alfonso XII se casó con la famosa Merceditas de la canción popular, que era hija del duque de Montpensier, las altas esferas de la política nacional exigieron que se enterrara el caso. No se hizo y varios jueces fueron destituidos. La instrucción del sumario reúne más de 18.000 folios y 2.621 anexos. Fueron procesadas ciento cinco personas. De entre los autores materiales, tres fueron asesinados y varios desaparecieron sin dejar huellas. Entre los sospechosos de planear su muerte, se encuentran el duque de Montpensier y el propio general Serrano, en connivencia con el republicano Paul y Angulo, de quien se cree que fue la voz que oyó Prim aquel día, y que salió del país inmediatamente para no volver durante veinte años. Sin embargo, jamás se ha llegado a identificar al verdadero responsable.


Berlina de Prim

Berlina en la que iba Prim el día del atentado


Al lector interesado en la cuestión, le vuelvo a recomendar el libro El magnicidio en España del Círculo de Amigos de la Historia, donde también encontrarán, desde el más absoluto rigor histórico y dejando al margen la rumorología, noticias interesantes sobre otros crímenes cometidos contra jefes de Estado, como los de Cánovas del Castillo, José Canalejas, Eduardo Dato y Luis Carrero Blanco. Allí se hace, entre otras muchas inteligentes reflexiones, esta:

“El asesinato de Prim es el prototipo del atentado político decimonónico, producto de turbias maquinaciones llevadas a efecto en largos conciliábulos subrepticios”.

En 1872, uno de los biógrafos de Prim, Orellana, comentó en su libro:

“Todos los partidos políticos condenaron el crimen; y, sin embargo, este no pudo ser obra de una venganza personal ni menos un asesinato pagado. No se ejecuta una venganza recurriendo a diez, o doce, o veinte o más hombres, que fue el número de los que probablemente intervinieron en aquel acto. No hay nadie que pudiendo pagar tantos criminales pueda comprar su secreto y se exponga de ese modo a la eventualidad de un arrepentimiento o de una indiscreción. No; el asesinato de Prim fue obra de muchos, concertado en algún conciliábulo político, en alguna sociedad secreta o en algún centro de malvados enemigos de España”.

Después de todo lo dicho, ahí dejo esas sugerentes palabras para la reflexión.


De Los Masones, Agustín Celis Sánchez, Ed. Albor Libros, Madrid, 2005


Imagen destacada: El general Prim; óleo de Luis Madrazo


 

Lo que sé de política

Especialmente dedicada a mi amigo Manuel Couceiro, que tanto me hace pensar sobre política.

En ocasiones estoy tentado de echar el cierre a toda forma de pensamiento político y dejarme guiar por algunos viejos maestros de la amargura y el escepticismo que solventaron la cuestión con felices definiciones. Es el caso de Ambrose Bierce, por ejemplo, que en su Diccionario del Diablo nos dejó, en forma de aforismos, estas dos perlas para toda la vida:

Política: s. Lucha de intereses disfrazada de debate de principios. Gestión de los asuntos públicos con vistas al beneficio privado.

Política: s. Medio de ganarse la vida preferido por la parte más degradada de nuestras clases delictivas.

Pero como no poseo ni el talento sintético, ni el entusiasmo lexicográfico, ni la comicidad satírica de Bierce, y mucho menos he alcanzado aún, sin duda por escasa reflexión y no por falta de afinidad, su lúgubre nihilismo, hoy me ha dado por pasar a limpio algunas de las convicciones que he ido atesorando en los últimos años, no demasiadas, y que nada tienen que ver con enfoques ideológicos y, mucho menos, con posiciones partidistas. Son estas:

  •  No creo que se deba sacralizar ninguna forma de pensamiento político. Me niego a aceptar la idea, cada vez más extendida, de que en política pueda haber algo intocable, algo que esté por encima de la crítica, algo que pueda merecer tanto nuestro respeto, o nuestro temor, como para limitar nuestra libertad de sopesarlo, examinarlo, analizarlo y cuestionarlo.
  • Me parece peligrosa esa tendencia adolescente a buscar líderes con los que identificarse, para luego subirlos a un pedestal en el que puedan acomodarse convenientemente, deseando ser aclamados, y desde el que poder practicar la insultante arrogancia con que acompañan cada una de sus decisiones.
  • Relacionada con la anterior, pienso que no se debe descartar el juicio detenido y atento de las individualidades; del carácter, la personalidad y la trayectoria personal de los dirigentes, porque si bien los sistemas políticos se basan en programas y proyectos, quienes aplican estos suelen ser las personas.
  •  Desconfío de las tendencias ideológicas que precisan de pequeños gestos identificativos para definirse, y por medio de los cuales agrupar a sus seguidores. No importa la insignificancia de la mímica que traen aparejada, sea esta el alzamiento de un brazo a la romana, el levantamiento de un puño apretado, el simpático guiño de un dedo irónico que sube hasta una ceja o cualquier otra. Si algo nos ha enseñado la Historia es que dichas tendencias tienden peligrosamente a la segregación de la sociedad, a dividir a las personas, tras un juicio caprichoso y superficial, entre quienes acogen con entusiasmo tales gestos y quienes se niegan a ello, multiplicando así las injusticias sociales.
  • Sospecho de los extremismos fácilmente etiquetables, de derechas y de izquierdas, que escarban en la Historia en busca de absoluciones o venganzas extemporáneas por culpas o virtudes propias o ajenas.
  • Recelo de esa máxima, consejo o superstición que afirma, sin necesidad de mayores explicaciones o argumentos, que la unidad hace la fuerza. No necesariamente. En política hay alianzas que más que hacer avanzar, frenan. Hay coaliciones y ligas que tienden redes que envuelven, absorben y asfixian.
  • Pienso, y voy ya terminando de pensar, que la dialéctica política exige en todo momento y lugar, bajo cualquier circunstancia, el estudio comedido de la mayor paradoja que oculta en su seno mamá Libertad, porque si bien no todas las opiniones son respetables, sí debemos evitar la tentación malsana de tratar a quienes mantienen una posición contraria a la nuestra como a un enemigo, respetando su derecho a argumentar y exigiéndole, en debate civilizado, la responsabilidad de estar bien informado sobre aquello de lo que discute.
  • Y creo, por último y por ahora, que también debemos mantenernos alerta ante la perversa paradoja que encubre disimuladamente mamá Igualdad, porque a menudo, quienes ejercen el poder político esgrimiendo con un brillante halo de virtud ese delicado concepto, acaban practicando una curiosa forma de injusticia. Efectivamente, tratar a todos por igual equivale a ignorar ladinamente sus diferencias y, por tanto, a elevar al menos capaz y rebajar al más apto, de modo que cuando se impone la realidad y hay que redistribuir las recompensas, los privilegios y hasta los derechos, dicho reparto tiende a hacerse de modo caprichoso, al antojo de quienes ejercen en cada momento el poder. Y esto, sencillamente, es muy peligroso.

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