Página personal de Agustín Celis

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Rebabas


Hoy me siento Casandra. Está claro que han de venir tiempos peores. ¡Ay de aquella persona de educación media, cultura refinada y temperamento moderado que no aprenda a deshacerse de ellos, empequeñecerse, rebajarse, barbarizarse y sobrevivir!

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 Tres estrategias programáticas para tiempos oscuros: la mordacidad, la arrogancia, la indiferencia.

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 He enterrado en lugar inaccesible la más invalidante de mis debilidades: la esperanza.

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 Convencido de la inutilidad de todo argumento, asqueado de discutir, cansado ya de tanto buscar razones, opiniones y motivos, pero incapaz a la vez de quedarme en silencio, he optado finalmente por la boutade, el insulto y el gargajazo.

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 Piensa uno en la casta política de este país y deja de ser el tipo mesurado que siempre se preció de ser.

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 ¿Nuestra guerra civil dice usted, caballero? Sí, sí, es verdad… Se comprenden muchas cosas…

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Tengo un consejo que dar a quienes estén desesperados por la situación laboral: no desesperen. Siempre habrá profesiones con futuro: la de sicario, por ejemplo.

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Enciendes la televisión, consultas tu correo electrónico, lees el periódico, te abres el facebook, escuchas a alguno de nuestros representantes políticos… y añoras el paroxismo febril de una sociedad que haga posible otro Robespierre.

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 Ventajas de la infancia. ¡Qué suerte la del niño cabreado! ¡Cómo envidio esos momentos de desahogo en los que podíamos, con unos simples puños, descargar toda la rabia, la frustración, los desengaños y el fracaso que habíamos ido acumulando desde la última peleíta callejera! ¡Partirse de vez en cuando la cara con alguien, a puñetazo limpio, tener esa oportunidad, y que todo quede impune!

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Lo admito. La actual beligerancia de mi ánimo raya en ocasiones en lo ridículo. Es cierto. Tiene usted razón. Lo acepto sin esfuerzo. Pero ni siquiera los momentos más furibundos me avergüenzan tanto como el paparrucheo pacifista de mi juventud.

 

Lo que sé de política

Especialmente dedicada a mi amigo Manuel Couceiro, que tanto me hace pensar sobre política.

En ocasiones estoy tentado de echar el cierre a toda forma de pensamiento político y dejarme guiar por algunos viejos maestros de la amargura y el escepticismo que solventaron la cuestión con felices definiciones. Es el caso de Ambrose Bierce, por ejemplo, que en su Diccionario del Diablo nos dejó, en forma de aforismos, estas dos perlas para toda la vida:

Política: s. Lucha de intereses disfrazada de debate de principios. Gestión de los asuntos públicos con vistas al beneficio privado.

Política: s. Medio de ganarse la vida preferido por la parte más degradada de nuestras clases delictivas.

Pero como no poseo ni el talento sintético, ni el entusiasmo lexicográfico, ni la comicidad satírica de Bierce, y mucho menos he alcanzado aún, sin duda por escasa reflexión y no por falta de afinidad, su lúgubre nihilismo, hoy me ha dado por pasar a limpio algunas de las convicciones que he ido atesorando en los últimos años, no demasiadas, y que nada tienen que ver con enfoques ideológicos y, mucho menos, con posiciones partidistas. Son estas:

  •  No creo que se deba sacralizar ninguna forma de pensamiento político. Me niego a aceptar la idea, cada vez más extendida, de que en política pueda haber algo intocable, algo que esté por encima de la crítica, algo que pueda merecer tanto nuestro respeto, o nuestro temor, como para limitar nuestra libertad de sopesarlo, examinarlo, analizarlo y cuestionarlo.
  • Me parece peligrosa esa tendencia adolescente a buscar líderes con los que identificarse, para luego subirlos a un pedestal en el que puedan acomodarse convenientemente, deseando ser aclamados, y desde el que poder practicar la insultante arrogancia con que acompañan cada una de sus decisiones.
  • Relacionada con la anterior, pienso que no se debe descartar el juicio detenido y atento de las individualidades; del carácter, la personalidad y la trayectoria personal de los dirigentes, porque si bien los sistemas políticos se basan en programas y proyectos, quienes aplican estos suelen ser las personas.
  •  Desconfío de las tendencias ideológicas que precisan de pequeños gestos identificativos para definirse, y por medio de los cuales agrupar a sus seguidores. No importa la insignificancia de la mímica que traen aparejada, sea esta el alzamiento de un brazo a la romana, el levantamiento de un puño apretado, el simpático guiño de un dedo irónico que sube hasta una ceja o cualquier otra. Si algo nos ha enseñado la Historia es que dichas tendencias tienden peligrosamente a la segregación de la sociedad, a dividir a las personas, tras un juicio caprichoso y superficial, entre quienes acogen con entusiasmo tales gestos y quienes se niegan a ello, multiplicando así las injusticias sociales.
  • Sospecho de los extremismos fácilmente etiquetables, de derechas y de izquierdas, que escarban en la Historia en busca de absoluciones o venganzas extemporáneas por culpas o virtudes propias o ajenas.
  • Recelo de esa máxima, consejo o superstición que afirma, sin necesidad de mayores explicaciones o argumentos, que la unidad hace la fuerza. No necesariamente. En política hay alianzas que más que hacer avanzar, frenan. Hay coaliciones y ligas que tienden redes que envuelven, absorben y asfixian.
  • Pienso, y voy ya terminando de pensar, que la dialéctica política exige en todo momento y lugar, bajo cualquier circunstancia, el estudio comedido de la mayor paradoja que oculta en su seno mamá Libertad, porque si bien no todas las opiniones son respetables, sí debemos evitar la tentación malsana de tratar a quienes mantienen una posición contraria a la nuestra como a un enemigo, respetando su derecho a argumentar y exigiéndole, en debate civilizado, la responsabilidad de estar bien informado sobre aquello de lo que discute.
  • Y creo, por último y por ahora, que también debemos mantenernos alerta ante la perversa paradoja que encubre disimuladamente mamá Igualdad, porque a menudo, quienes ejercen el poder político esgrimiendo con un brillante halo de virtud ese delicado concepto, acaban practicando una curiosa forma de injusticia. Efectivamente, tratar a todos por igual equivale a ignorar ladinamente sus diferencias y, por tanto, a elevar al menos capaz y rebajar al más apto, de modo que cuando se impone la realidad y hay que redistribuir las recompensas, los privilegios y hasta los derechos, dicho reparto tiende a hacerse de modo caprichoso, al antojo de quienes ejercen en cada momento el poder. Y esto, sencillamente, es muy peligroso.

Todos los hombres, el hombre

Todos los hombres, el hombre

Jorge Luis Borges

Buscando documentación para otro escrito que ahora no viene al caso, me encontré el otro día con una afirmación de Borges que ya conocía, pero que tenía olvidada, y que, sin embargo, conviene recordar y tener presente. Borges solía repetir con bastante frecuencia que “cualquier hombre es todos los hombres”, frase que parece una tontería pero que no lo es, y que me dio para un rato de sana reflexión intrascendente en la terraza junto a mi sagrado narguile, por supuesto.

Como se podrán imaginar, el curso de mi pensamiento viró hacia lo más evidente; ya se imaginarán ustedes: los deseos, los miedos, las ambiciones y todo aquello que traza la imagen de un hombre y que, al fin y al cabo, es verdad que viene a ser en todos, más o menos, lo mismo. De hecho, algunos siglos antes de Borges, el eslogan que afirma que todos los hombres son el mismo hombre ya lo había utilizado el padre Bartolomé de las Casas para reivindicar la dignidad de los indios a quienes los españoles estábamos dándoles para el pelo en tierras americanas. Si se dan cuenta, la frase da para mucho y un estudio profundo de la misma nos conduce hacia un pacifismo redentorista.

Pero esto se me ha ocurrido a posteriori. En realidad, al recordar la frase yo me fui por Atapuerca. Y la verdad es que ambos temas están estrechamente relacionados. Como seguramente ya sabrán, en Atapuerca, provincia de Burgos, existe un importantísimo yacimiento paleontológico donde han descubierto, entre otras muchas cosas de enorme trascendencia para comprender la vida del hombre en este bajo suelo, los restos humanos más antiguos de Europa, datados en unos ochocientos mil años antes del día de hoy. Y resulta que a esos restos el equipo investigador de la Sierra de Atapuerca los ha descrito como una nueva especie de la que descendemos, y hasta le han puesto nombre y apellido; a saber: homo antecessor. Pues bien, siguiendo sus investigaciones y estudios, los tíos han llegado a reproducir, a partir del hallazgo de un cráneo casi completo, la cara del hombre que vivió en Atapuerca hace tantísimo tiempo. Y cuidado, que lo nombran así, con todas las letras y en mayúscula, el Hombre de Atapuerca, con un evidente olvido de la individualidad de aquel fulano, porque digo yo que aquel tipo también tendría, como nosotros, su colección de miedos y deseos, sus ambiciones y esperanzas, personales e intransferibles, antes de su día final y del ninguneo histórico que el destino le tenía reservado en una vitrina. Yo me imagino a aquel hombre primitivo filosofando sobre su esencial diferencia respecto a sus compañeros de gruta y siento lástima por él, y lo compadezco y me digo, finalmente: “no somos nadie”.

“Vanidad de vanidades, todo es vanidad”, que dirían los sabios del medievo, me dije. Y entonces el humo del narguile me transportó a miles de años hasta el futuro, en esta misma ciudad, habitada por terrícolas descendientes o extraterrestres invasores, y en un yacimiento encuentran arrumbada junto a otras muchas mi hermosa calavera difunta, y un equipo investigador la selecciona para formar parte de una exposición de mucha trascendencia, y hasta me colocan una plaquita que reza: “he aquí el Hombre del siglo XXI”, ignorando mis caprichos y deseos, mis temores y querencias y hasta mis más profundas convicciones.

Y entonces concluyo diciéndome que no sé si todos los hombres somos el mismo hombre, pero parece indudable que todos seremos la misma calavera.

Calavera del Homo Antecessor de Atapuerca

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Publicado en el diario Información El Puerto el 15 de Octubre de 2004

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La Ironía Trágica

Como ocurre con los personajes de la literatura y del cine, también nosotros ignoramos las verdaderas dimensiones de lo que sucede a nuestro alrededor. Con el paso de los siglos nuestra impertinencia ha evolucionado tanto que creemos estar seguros de la posición que ocupamos en el mundo. La buscamos, la perseguimos, a veces la encontramos y hacemos nuestros pronósticos, y porque alguna vez tuvimos la fortuna de acertar creemos que existe un orden y que basta con respetarlo para ser también nosotros respetados. Creemos tener el control y con frecuencia nos mostramos soberbios.

Luego la vida se encarga de abrirnos con violencia los ojos para revelarnos la irrisoria pequeñez de nuestra existencia, a veces con ironía trágica, a menudo con evidente injusticia, casi siempre sin compasión. Nos movemos a ciegas por un intrincado laberinto buscando un destino que acecha donde nunca lo esperamos. Entonces nos coge por sorpresa, descubrimos que la decisión tomada se vuelve en nuestra contra y que todos nuestros cálculos se derrumban bajo la fuerza de un puño invisible.

Como muñecos patéticos, afrontamos a tientas una lucha para la que no contamos con armas eficaces. Desconocemos el poder de nuestro enemigo. Olvidamos que el azar es su aliado más poderoso. A menudo tomamos precauciones contra circunstancias que acaban pasando de largo sin preocuparse de nosotros y sin causarnos daño alguno, y sin embargo nos vapulea lo que no esperábamos, caemos derrotados ante acontecimientos que ni siquiera habíamos previsto.

La ironía trágica

Cupido con la Rueda de la Fortuna (Tiziano, 1520)

Ocurre todos los días y los ejemplos se cuentan por millares, pero solo nombraré uno que ha ocurrido esta misma semana. Un buen día una muchacha invidente sale como siempre con su perro a la calle. Se trata de un buen animal, adiestrado para ser sus ojos y su guardia, fiel a su dueña como solo pueden serlo algunos animales, capaz de dejarse matar con tal de permanecer a su lado.

Como todos los días, la chica ciega y su perro recorren las calles que ya conocen. Ella se siente segura porque confía en su rutina diaria. Como todos, cree estar avalada por la experiencia. De tanto como lo ha frecuentado, conoce el camino y no sospecha o no intuye que también por allí se aventura al acecho la fatalidad.

Al cruzar una esquina que conoce no repara en que otro animal ha sido elegido como instrumento de su desgracia. ¿De dónde ha salido ese otro perro y quién lo ha educado hasta convertirlo en una máquina asesina? Quizás alguien creyó que merecía la pena precaverse contra posibles peligros futuros y avivó en el animal un reflejo agresivo. Quizás fue un instinto ciego el que aguijoneó al otro perro y lo incitó hacia el ataque.

De repente, y sin que ella pueda hacer nada para impedirlo, su perro recibe la embestida, pero no se defiende. No lo educaron para eso y se deja morder por el otro, que lo destroza con maña y lo deja sangrando y tirado en el suelo. Probablemente la muchacha invidente no sepa dar una explicación a este capricho del destino. Con toda seguridad, no podrá entender qué ley no escrita condenó a muerte al mejor amigo que tuvo nunca.

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Publicado en el diario Información El Puerto el 6 de Febrero de 2004

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