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Las brujas: una orgía de destrucción

Las brujas: una orgía de destrucción


La caza de brujas llevada a cabo por la Iglesia a partir del siglo XIII, y hasta bien entrado el siglo XVIII, constituyó una verdadera traición al dogma cristiano.

Como actuación criminal solo es comparable al Holocausto judío que llevaron a cabo los nazis durante la Segunda Guerra Mundial. Papas como Gregorio IX, Juan XXII, Inocencio VIII, Alejandro VI, León X, Justo II, Adriano VI, Gregorio XVI y otros tantos, demostraron ser tan psicópatas como algunos jerarcas nazis y casi todos los oficiales de las SS.

Es a los pontífices de Roma a quines cabe hacer responsables de aquella orgía de destrucción. Uno tras otro, fueron fomentando los crímenes a mansalva, los alentaron y los impulsaron, y posteriormente, cuando quedó mitigada la superstición en las brujas y su satánica promiscuidad, ni siquiera hubo una disculpa con propósito de enmienda, no se formuló ni una sola palabra de repulsa por los viejos crímenes, cometidos para erradicar una herejía inventada. Simplemente se acabó el desconeje, pero la Iglesia no deploró sus crímenes contra la humanidad, ni calificó como criminales a los Sumos Pontífices que los habían procurado. Como mucho, en 1657, una directriz de la Inquisición romana reconocía que, desde hacía mucho tiempo, no se había llevado a cabo de forma correcta ni un solo proceso contra la brujería.

Nada más. No se señaló a nadie como culpable. No se entonó un mea culpa. Y, sobre todo, no se inició un camino de rectificación al emprendido por tantos papas que habían conculcado una tradición que venía de antiguo y que negaba la realidad de las brujas. Se diría que la Iglesia, en aquellos siglos oscuros, prefirió renunciar a su propia doctrina con tal de alimentar la creencia en Satanás como fuerza maligna en perpetua disputa contra Dios.

A la Iglesia le interesaba que los creyentes vivieran con un continuo terror al maligno. Para ello, nada mejor que lanzar el bulo de la existencia de sus perversos agentes, las brujas, a las que había que aniquilar. De esta manera, se aseguraba el control sobre el orden social y el respeto de los creyentes por medio del miedo, convertido en pavor y espanto gracias al celo de esos profesionales del crimen que fueron los inquisidores. Como ya señaló Lea:

“La Iglesia aplicó su irresistible autoridad para consolidar la creencia en el alma de los hombres. En las bulas papales, se aludió reiteradamente a los poderes maléficos de las brujas debido a la credulidad implícita de los creyentes”.

¿Por qué hemos dicho que la caza de brujas europea, patrocinada desde Roma, fue una nueva traición al dogma cristiano? Muy sencillo.

En los primeros tiempos del cristianismo, los cánones eclesiásticos enseñaban que los creyentes debían ser instruidos acerca de las falsedades y apartarse de toda superstición nigromántica. Lo que condenaron los padres de la Iglesia fue la creencia en supercherías de todo tipo.

El propio San Pablo se mostró escéptico en todo lo tocante a la hechicería: “rechaza las fábulas profanas y los cuentos de viejas”, le escribió a su discípulo Timoteo.

San Agustín, a quienes no se hartarían de traicionar los papas de la Edad Moderna, condenaba la creencia en las brujas, y se mostró riguroso con quienes aceptaban tales fantasías; a los actos brujeriles los consideraba “ensueños” populares de la gente ignorante.

Entre los teólogos medievales, hubo partidarios de la teoría del “ensueño” expuesta por Agustín de Hipona. Estos santos varones, en lo que se ha dado en llamar, con total injusticia, los siglos oscuros, se negaron a dar crédito a los excesos del ignorante vulgo.

Una autoridad como Santo Tomás, consideraba la Superstición como un “exceso” opuesto al “defecto” de la Irreligiosidad, contrarias ambas a la “virtud” de la Religión.

¿Por qué? Pues porque Cristo, según queda expuesto en los Evangelios, venció a Satán. Jesús enseñó que el maligno carece de poder sobre el hombre, salvo cuando puede tentarlo para que haga el mal.

La superstición y las supercherías, el oscurantismo, según la auténtica doctrina cristiana, vendría a ser una contaminación del diablo en la mente de los hombres. Paradójicamente, a partir del siglo XV, la Iglesia Católica fomentaría las supersticiones para dar rienda suelta a todas sus depravaciones.

Traicionando su propio credo, volvió a inventarse una nueva herejía, la de las brujas, para asentar aún más su poder como siempre lo hizo, por medio de la violencia.

 En 1486, el libro más atroz que se ha escrito, y por encargo de un papa, el Malleus Maleficarum, afirmaba:

“La mayor de las herejías es no creer en las brujas”


Las Brujas: una orgía de destrucción

Linda maestra (1798), de Francisco de Goya


Esta afirmación, tan alejada de lo enseñado por los padres de la Iglesia, sería la gran consigna de los inquisidores. Todo aquel que se negara a aceptarla sería igualmente depurado.

Rechazaban así las enseñanzas de los cánones de la Iglesia.

Aún en el siglo XI, en el Canon Episcopi, podemos leer estas palabras que niegan la realidad de las brujas, a la vez que explican por qué la creencia en ellas resulta anticristiana:

“De hecho, una innumerable cantidad de personas, engañadas por esta falsa creencia, considerando estas cosas como verdaderas, se desvía de la justa fe y cae en el error del paganismo porque termina afirmando la existencia de alguna otra divinidad o potencia sobrenatural además del único Dios. Por este motivo, los sacerdotes, en sus iglesias, deben predicarle al pueblo continuamente para hacerle saber que ese tipo de cosas son enormes mentiras, y que estas fantasías son introducidas en las mentes de hombres sin fe no por el espíritu divino, sino por el espíritu del  mal”.

Es decir, que no solo se negaba la existencia de las brujas, sino que se desaconsejaba su creencia por ser este un modo de tentación para hacer caer a los hombres en el pecado y, en definitiva, para alejarlos de Dios.

Con la perspectiva que nos conceden los siglos, hoy sabemos perfectamente lo alejada que estaba de Cristo la Iglesia Católica en los siglos en que defendió, a sangre y fuego, la existencia de las brujas para, posteriormente, aniquilarlas.

Curiosamente, no fue la Edad Media, pese a su injustificada fama de época oscura, una era de persecución de la brujería. Hubo casos, por supuesto. La creación de la Inquisición medieval en 1231 no presagiaba nada bueno.

Pero esta fue instituida, en un principio, para erradicar la herejía cátara, aunque muy pronto se extendieran sus competencias a cualquier forma de disidencia. Ya en tiempos de Gregorio IX actuó en tierras alemanas Conrado de Marburgo. Fue este hombre un esforzado luchador contra la hechicería, perseguidor de una supuesta secta de luciferinos que, según se decía, estaban haciendo estragos entre la población. Solo en Estrasburgo llegó a quemar a ochenta personas. No obstante, se trató de un caso aislado. Su campaña criminal duró solo seis años. Murió asesinado en extrañas circunstancias.

En realidad, la Iglesia prestó poca atención al tema de la magia hasta el siglo XIV. Todavía en 1257, el papa Alejandro IV les recordó a los inquisidores, mediante bula, que no debían distraerse de su deber esencial, que era la depuración de los herejes, no la persecución de las brujas, que era aún competencia de las autoridades civiles como cuestionadoras del ordenamiento social.

En tiempos de Alejandro IV, la brujería no era considerada una forma de herejía. Aún así, en la época de Clemente V, los templarios serían perseguidos por la Inquisición. La principal acusación que pesó sobre ellos sería la de adorar a un enorme ídolo en forma de macho cabrío llamado Bafomet. También en este caso, la autoridad civil del rey Felipe de Francia, llamado “el hermoso”, se aliaría con la autoridad religiosa para acabar con la poderosísima Orden del Temple,  que había sido fundada en 1118 para proteger el Santo Sepulcro, y a los peregrinos que acudían a Tierra Santa, de la amenaza sarracena.

Pero el caso de los templarios, aunque declarados herejes por el Pontífice, puede que sea un ejemplo de lucha política más que religiosa. Hubo demasiados intereses económicos de por medio. Por este motivo, no nos detendremos en su estudio. Aunque eso sí, la historia de la Iglesia es también la historia de sus intereses económicos y de su ambición política.

La situación comenzó a cambiar con el papa Juan XXII. En 1320 promulgó la bula Super illius specula, donde estimulaba a los inquisidores para que buscaran nuevos, y más radicales, métodos de represión.

Es a e este pontífice a quien debemos la abolición de toda distinción entre la herejía y la brujería. Fue Juan XXII quien determinó que fuese actividad inquisitorial la búsqueda, persecución y exterminio de las brujas. Por los mismos años, el famosísimo inquisidor Bernardo Gui daría a conocer su Práctica Inquisitionis Haereticae Pravitatis, libro para uso de inquisidores, y donde ya aparecía la hechicería como crimen que debía atajarse de raíz.

En 1376, Nicolás Eymerich escribiría el no menos célebre Directorium inquisitorum, el más renombrado Manual de Inquisidores de la época, que no dejaría de reeditarse hasta el siglo XVII, y donde se daban por ciertas todas las fantasías y elucubraciones mentales, de una perversidad sin parangón, que se decían de las brujas.

No obstante, no eran más que los prolegómenos. La Iglesia Católica solo estaba calentando motores. Tal y como nos confirma Lea en su fundamental libro La Inquisición en la Edad Media, la persecución que se llevó a cabo entre los siglos XIII y XV no fue más que un preludio a “las ciegas y disparatadas orgías de destrucción que infamaron el siglo y medio siguiente. Parecía como si la cristiandad hubiera echado raíces en el delirio”.

El paso definitivo lo daría el Papa Inocencio VIII. Con él acabaría siendo traicionada la tradición de la Iglesia que condenaba la superstición.

Las palabras de San Pablo fueron olvidadas.

A las condenas de San Agustín les darían un nuevo uso.

A partir de Inocencio VIII, a la Iglesia de Roma le convino que los fieles creyeran en las supersticiones.

En diciembre de 1484 se promulgó la bula Summis desiderantes affectibus. Con ella, la brujería comenzó a ser una realidad temible.

Dos años más tarde, en 1486, el Sumo Pontífice le otorgó su suprema autoridad a dos dominicos psicópatas y sanguinarios: Heinrich Kramer y James Sprenger. Por orden del Papa escribieron el Malleus Maleficarum, el Martillo de las brujas, e iniciaron el verdadero desconeje en Alemania, que se extendería por toda Europa.

Este libro fue un auténtico éxito en su época. Durante tres siglos fue lectura obligatoria de inquisidores y jueces. Como bien dejó dicho el teólogo Peter de Rosa en su fundamental y heterodoxo libro Vicarios de Cristo:

“En la actualidad, es un libro de cabecera para informarse acerca de las penalidades impuestas a las brujas. Contiene un corpus teológico completo sobre hechicería que resulta insuperable por las insensateces presentadas como análisis científicos. Durante tres siglos se halló en el estrado de todo juez, sobre la mesa de todo magistrado. El prefacio de las numerosas ediciones de esta obra repleta de perdición era la bula de Inocencio VIII”.


En Las Brujas: una orgía de destrucción

Malleus Maleficarum, Lyon, 1669


Como curiosidad, quiero dejar dicho que en España, y pese a la justa fama que tuvo nuestra Inquisición como institución depravada, la caza de brujas fue mucho menor que en el resto de Europa.

Aunque también hubo casos, la Inquisición española estuvo siempre más interesada en reprimir otro tipo de manifestaciones heterodoxas, como el criptojudaísmo o el protestantismo.

Hasta 1582, la nigromancia y la astrología fueron materias que se impartían en las universidades españolas. Aquí, la brujería y la hechicería, salvo algunos casos muy puntuales, no acabaron de ser consideradas como formalmente heréticas, pues se consideraba que su práctica no cuestionaba el dogma religioso imperante ni el poder de la Iglesia.

Un ejemplo muy significativo de esto es La Celestina de Fernando de Rojas, de finales del siglo XV, donde la vieja alcahueta que protagoniza la obra practica la brujería sin sufrir persecución por ello, y donde estos conocimientos son tenidos como cosa habitual, incluso cotidiana, propios de la época y de la sabiduría popular.

En definitiva, los inquisidores españoles consideraron la brujería un mal menor. Hasta tal punto fue así que en 1614 la Inquisición española publicó unas celebres Instrucciones para tales casos, cuyos treinta y dos artículos recomendaban mantener la cautela y practicar la benevolencia en todo lo referente a estos delitos.

En Europa, pero sobre todo en Alemania y Francia, los siglos XV, XVI y XVII, con su Reforma y su Contrarreforma, conforman la Edad de Oro de la Brujería.

El mundo se llenó de íncubos y de súcubos.

Las posesiones diabólicas estuvieron al orden del día.

Los conventos vivieron bajo sospecha continua, pues los hombres y las mujeres de Dios fueron, al parecer, los más tentados por el maligno.

Fueron frecuentes los pactos con el Demonio.

Se celebraron los aquelarres, se practicaron toda clase de maleficios, de embrujamientos, de asesinatos mágicos.

Se pusieron de moda los bebedizos, los filtros de amor, los envenenamientos y los brebajes a base de plantas mágicas, y cualquiera que anduvo coqueteando con dichas pócimas fue considerado sospechoso, pues de ellos se valía Satanás para perder a los hombres y a las mujeres. Todo ello supuestamente, por supuesto.

En una época en la que impera la creencia de que todo en el mundo significa algo, de que todo tiene un sentido distinto del que aparenta, cualquiera que pretendiese alcanzar algún elevado significado espiritual corría el peligro de ser acusado de brujería, y su destino sería la hoguera.

La nigromancia, la astrología, la quiromancia, las diferentes clases de conjeturas obtenidas de mil y un elementos, los augurios sacados de los fenómenos atmosféricos, las suertes echadas de mil maneras y todo lo que sonara a esotérico, mágico o alquímico, todo fue escrutado por las instituciones que velaban por el mantenimiento de la ortodoxia, y todo fue razón y motivo para encender la hoguera.

  Los demonólogos de la época difundieron la creencia de que los brujos y las brujas estaban poseídos y habían hecho pactos con el Diablo, a quien adoraban en la ceremonia del Sabat o Aquelarre, y que todos ellos formaban una secta herética que pretendía constituir una Iglesia contraria a la Iglesia de Dios, es decir, una Anti-Iglesia de Satanás.

El famoso erudito del siglo XVI, Jean Bodin, autor de una obra titulada De la demoniomanía de las hechiceras, llegó a establecer los quince crímenes que con más frecuencia cometían las brujas, a saber:

  1. Renegar de Dios
  2. Blasfemar contra Dios
  3. Adorar al Diablo
  4. Entregar sus hijos al Diablo
  5. Sacrificar a los niños al Diablo antes de ser bautizados
  6. Consagrar los niños a Satanás desde el vientre de su madre
  7. Prometer al Diablo atraer a su servicio a otros muchos
  8. Jurar en nombre del Diablo
  9. No respetar ninguna ley natural y cometer incesto
  10. Matar a las personas
  11. Cocerlas y comérselas luego
  12. Alimentarse de carne humana y aun de la de los ahorcados
  13. Asesinar a otras personas por medio de sortilegios y venenos
  14. Acabar con el ganado, secar los frutos y causar la esterilidad de las gentes de bien
  15. Y, por último, pero es mandamiento que los agrupa a todos: hacerse esclavos del Diablo y obedecer sus órdenes.

Por todo ello hubo persecuciones, delaciones, seguimientos, juicios, causas abiertas y hombres, mujeres y niños llevados a la hoguera acusados de brujería, tratos con Satanás o posesión diabólica, frecuentemente de forma epidémica.

La acción de la justicia no tardaba en actuar. Se abría una investigación, se personaban los santos inquisidores en los lugares malditos, iniciaban sus diligencias, interrogaban a mansalva, torturaban con piedad, sentenciaban con rigor y, con cínica clemencia, entregaban a los reos al brazo secular para que fuesen ejecutados piadosamente. Y todo ello en nombre de Dios.

Durante estos siglos oscurísimos, la Iglesia renegó de las palabras de Cristo y acogió con entusiasmo estas otras del Éxodo:

“A la hechicera no dejarás que viva”.


Las Brujas: una orgía de destrucción

Las Brujas y sus encantamientos (1646), de Salvatore Rosa


Desde finales del siglo XV, en Europa hubo, o se inventaron, las siguientes epidemias de posesión y brujería, según un catálogo realizado por  L.F. Calmeil, y que Vicente Risco reprodujo en su extraordinario libro sobre Satanás. Algunas son  de sobra conocidas:

  • 1491-1494: En un convento de monjas de Cambrai (Condado de la Marche).
  • 1551: En Uvertet (Condado de Hoorn).
  • 1552: En Kintorp, cerca de Estrasburgo.
  • 1554: En Roma, con 84 personas afectadas.
  • 1555: En Roma, con 80 niños de un orfanato.
  • 1560-1564: En el convento de Nazareth, en Colonia.
  • 1566: En Findlingsteim, en Amsterdam, entre 30 y 70 niños.
  • 1590: En Milán, con 30 monjas.
  • 1593: En Friedeberg, Neumark.
  • 1594: En la marca de Brandeburgo, con 80 casos.
  • 1609-1611: El caso de las ursulinas de Aix.
  • 1613: En Santa Brígida de Lille.
  • 1628: Varias monjas de Madrid.
  • 1632-1638: El caso de las ursulinas de Loudun, con otros similares en Chinon, Nimes y Aviñón.
  • 1642: El caso de las monjas de Louviers, con 18 posesas.
  • 1652-1662: El caso de las monjas de Auxonne.
  • 1670: En Mora, Suecia, y en un orfanato de Hoorn (Holanda).
  • 1681: En Toulouse.
  • 1687-1690: En Lyon, con 50 personas.
  • 1732: En Bayeaux; una epidemia de posesos que duró diez años.
  • 1740: Diez casos entre las monjas de Unterzell, en la Baja Franconia.
  • 1857-1862: En Morzine, en la Alta Saboya, con 120 personas endemoniadas.
  • 1878: En Pledrau, cerca de Saint-Brieuc, y en Jaca (España).

Por último, y como conclusión, podríamos decir que las brujas existieron mientras hubo personas que creyeron firmemente en la existencia de su poder.

Nunca hubo tantas brujas como en los siglos en los que la Iglesia difundió el bulo de su realidad como herejía, contradiciendo su propio credo.

A partir del siglo XVIII, la cabeza mejor organizada del hombre ilustrado dejó de creer en los efectos de la brujería. Curiosamente, el setecientos es también la época en que comienza a cuestionarse el poder temporal de la Iglesia, la era de la progresiva aconfesionalidad de los estados, el siglo en que se inicia la laicización de las costumbres.

Pero asimismo, y para ser justos, también los hombres del clero iniciaron poco a poco un proceso de rectificación. A este respecto, debemos recordar una curiosa décima del padre Feijoo, benedictino, donde abomina, de modo evangélico, de las creencias de la masa, del ignorante vulgo. Valga como ejemplo de lo dicho:

“Por más que el vulgo dé
En que es visión portentosa
Una apariencia engañosa,
Y en ello obstinado esté;
Yo en ningún tiempo creeré
Que una tema es devoción,
Que es milagro una ilusión,
Que la sombra es realidad,
Que la ceguera es piedad
Y el error es Religión”.


Imagen destacada: El aquelarre, o El gran Cabrón (1819-1823), de Francisco de Goya


De Herejes y Malditos en la Historia, Agustín Celis Sánchez, Ed. Alba Libros, Madrid, 2006.


 

Estatua de Giordano Bruno, de Ettore Ferrari

Impenitente, pertinaz y obstinado


Comencemos por el final de la historia. En la sentencia que le fue leída a Giordano Bruno el 8 de febrero del año 1600 nos encontramos con lo siguiente:

“Invocado el nombre de Nuestro Señor Jesucristo y de su muy gloriosa Madre siempre virgen María, en la presente causa y causas llegadas a este Santo Oficio y que oponen al reverendo Giulio Monterentii, doctor en leyes, procurador fiscal de dicho Santo Oficio, por una parte, y a ti hermano Giordano Bruno, reo interrogado, procesado, hallado culpable, impenitente, obstinado y pertinaz por la otra: por esto nuestra definitiva sentencia, según consejo y parecer de los reverendos padres maestros de sacra teología y doctores de una y otra ley, nuestros consultores, proferimos en estos escritos, decimos, pronunciamos, sentimos y declaramos que tú, hermano Giordano Bruno, eres hereje impenitente, pertinaz y obstinado”.

Y un poco más adelante concluye:

Debes ser entregado a la Corte secular, y por eso te entregamos a la Corte de vos monseñor Gobernador de Roma aquí presente, para castigarte con las debidas penas, rogándole eficazmente que quiera mitigar el rigor de la ley en la pena de tu persona, que sea sin peligro de muerte o mutilación de miembro”. 


Hipocresía Inquisitorial

He aquí un perfecto ejemplo de la santa hipocresía inquisitorial. El reo, procesado, interrogado, torturado y sentenciado por el Santo Oficio era finalmente entregado a la autoridad civil, al poder secular, para que fuese ejecutado sin demora. Pero en la sentencia condenatoria se incluía una petición de clemencia para que su relajación se llevara a cabo “sin peligro de muerte o mutilación de miembro”, aun a sabiendas de que tal cosa es imposible. Como sin duda intuirán nuestros perspicaces lectores, nadie puede ser arrojado al quemadero “sin peligro de muerte”. Pero esta era la forma que el tribunal inquisitorial tenía de lavarse las manos. Con total hipocresía, como hemos dicho. Aún así, algún que otro historiador con puntas de capellán reivindicativo se acoge a dicha petición para afirmar, muy resuelto, que no pueden ser atribuidas a la Iglesia de Roma las ejecuciones de los reos, pues estas eran verificadas por la autoridad civil. Lo que no añaden es que el poder secular carecía de potestad para revocar tales sentencias. Y aún más, ¿se atrevería un juez seglar a indultar a un condenado, afirmando, con riesgo de incurrir en herejía, que el hereje no es hereje?

Pero entremos ya en harina para ver cómo un filósofo se convierte en hereje y es llevado a la hoguera por un exceso de pensamiento.


Giordano Bruno

Giordano Bruno nació en Nola, cerca de Nápoles, en 1548. Su verdadero nombre era Filippo, pero lo cambió por el de Giordano a los diecisiete años, cuando vistió el hábito de novicio de la Orden de los Hermanos Predicadores en el Monasterio de San Doménico Maggiore, sito en la ciudad de Nápoles. Allí se ordenó sacerdote en 1573, y dos años más tarde se graduó en teología.

Ahora bien, a este personaje no se le puede considerar un religioso en sentido estricto. A diferencia de otros teólogos que se deslizaron hacia la herejía por su heterodoxia en materia de fe, Giordano se desvincula muy pronto de sus pretensiones teológicas, derivando hacia un pensamiento puramente filosófico. Pero por aquel entonces la filosofía era una senda paralela a la de la religión, con la que en muchos momentos se cruza de modo inevitable. Y así, ya en 1576 va a entrar en disputas con sus compañeros dominicos por ciertas dudas doctrinales que le suscitaron las doctrinas protestantes, motivo por el cual abandona la vida monástica e inicia una verdadera peregrinación por Europa.

Desde este año, y hasta 1592, en que será encarcelado en una prisión inquisitorial, Giordano Bruno viaja por Roma, Lyon, Ginebra, Toulouse, París, Londres y finalmente Frankfurt. Son los años en que desarrolla toda su actividad como filósofo. Así se convierte en un pensador libre con ciertas preocupaciones en materia de fe, en el autentico iniciador del racionalismo moderno. Por toda Europa va dejando las huellas de su pensamiento, que publica aquí y allá en forma de libro. Los títulos de sus más importantes obras son éstos: De umbris idearum, Cantus circaeus, Sigillus sigillorum, Il candelaio, Cena delle ceneri, De la causa, Principio e Uno, De l’infinito, universo e modi, Spaccio della bestia trionfante, Cabala del Cavallo Pegaso e del Asino Cillenico, De gli eroici furori, De minimo, De monade, De inmenso et innumerabilibus y De imaginum compositione, que giran alrededor de cuestiones como el arte de la memoria artificial, el monismo panteísta, la negación de la autoridad filosófica del clero, las dudas sobre la Trinidad y la Encarnación del Verbo, la existencia de un alma universal, la infinitud del universo en contraposición a las tesis aristotélicas, la defensa del sistema copernicano o la exaltación de las virtudes civiles.


La filosofía de Giordano Bruno

La filosofía de Bruno es compleja y sobrepasa las pretensiones de esta crónica, por lo que me limitaré a decir que su conflicto con la iglesia de Roma, e incluso con la protestante, va a surgir de su planteamiento panteísta y de la valoración que él hace de la “religión natural” y de la “ética racional”. Para Bruno el universo es concebido como un todo unitario pero infinito, donde Dios coincide con la naturaleza, que va a ser considerada como un gran ser animado del que todos formamos parte. Así concebido, el universo no tiene centro, lo infinitamente grande coincide con lo infinitamente pequeño, pues es la expresión más acabada del infinito poder de Dios. En cuanto a la religión, Giordano Bruno parece entenderla como una herramienta necesaria para organizar la vida cívica de las masas que son incapaces de regirse por la razón, pero subordinada siempre al ámbito de lo racional, de la filosofía, de la que forma parte. Esta idea resulta ya totalmente revolucionaria, pues niega los postulados de Santo Tomás de Aquino, que consideraba a la filosofía como “esclava de la religión”.

Giordano Bruno, desde su absoluto racionalismo, venía a proponer una especie de pacto social entre los dos grupos de individuos capaces de hacer un uso adecuado de la racionalidad; al otorgarle a la religión una función cívica, los filósofos no debían implicarse en el gobierno de las masas populares, competencia que le dejaba a la teología, y los teólogos no debían entrometerse ni en la labor ni  en la vida de los filósofos, destinados a ampliar el ámbito de conocimiento del ser humano. Establecía de este modo una distinción entre la dimensión de la duda filosófica y la dimensión de la fe. Por supuesto que una persona puede tener dudas teológicas sobre los dogmas de la Iglesia, venía a decir Giordano, pero este es un problema individual de un ser pensante, y en nada perjudica ni al poder de la Iglesia ni a la gloria de Dios. Mucho antes que Galileo, ya el filósofo Bruno había planteado la saludable necesidad de distinguir entre esas dos esferas. Y ya entonces se encontró con la incomprensión de las autoridades eclesiásticas. Varias décadas después, Galileo Galilei, desde su absoluto cientifismo, intentará inútilmente proponer lo mismo, planteando la distinción entre la investigación científica de la naturaleza y la verdad de la fe.

En una Europa en guerra y dividida por las cuestiones religiosas, Giordano Bruno viajó a Ginebra en 1579 para estudiar en profundidad el calvinismo, pues sentía curiosidad por esta reforma opuesta al dogmatismo de Roma. Pero allí, en Ginebra, en la ciudad de Calvino, vivió su primer proceso y fue obligado a una retractación pública. No tuvo tan mala suerte como Miguel Servet, pero comprendió que la reforma protestante era tan autoritaria y fanática en sus fundamentos como la Iglesia Católica. De Suiza pasó a Francia; en Toulouse dio clases de filosofía durante dos años, y de allí viajó a París, donde se le concedió una cátedra de lector en el Collége de France. Comienza a ser reconocido como filósofo, pero también como “mago” interesado en las cuestiones astrológicas. Los estudios de mnemotecnia que había realizado Bruno desde su más temprana juventud lo relacionaban con ciertas tendencias esotéricas de mucho predicamento en la época. Según parece, su memoria era prodigiosa, y esto va a despertar interés en los círculos relacionados con el esoterismo y la magia, lo que le proporciona igual número de elogios que de censuras. Y posteriormente, cuando se complique la situación con las autoridades, preocupadísimas por el mantenimiento del orden establecido, se verá obligado a viajar a Inglaterra, donde escribe algunas de sus obras más famosas y donde permanece bajo el mecenazgo y la protección de Michel de Castelnau, el embajador del rey de Francia en Londres.


Giovanni Mocenigo

No se sabe con seguridad el motivo por el cual Giordano Bruno abandona Inglaterra, pero lo cierto es que en 1590 nos lo encontramos en la ciudad de Frankfurt, que ya entonces era lo que es hoy, el mayor mercado de libros de toda Europa. Puede ser que lo hubiese llevado hasta allí el deseo de buscar un editor para sus obras futuras. Pero son simples especulaciones. Lo único cierto es que Bruno se encuentra en Frankfurt cuando conoce a Giovanni Mocenigo, el hombre que precipitará su caída delatándolo por herejía ante el Santo Oficio.

El tal Mocenigo era un patricio veneciano de gran fortuna. Se había leído algún que otro libro de Giordano y había quedado asombrado por su portentosa sabiduría, pero sobre todo por el curioso aprovechamiento del arte de la memoria artificial. Giordano había escrito varios libros de mnemotecnia donde explicaba las maneras de potenciar la memoria, complejísimas, por otra parte, y que relacionaban esta difícil habilidad con la astrología y la magia. El tal Mocenigo debió de creer que la inteligencia de Bruno se debía a algún arcano misterioso que podía ser aprendido en varias lecciones. Sin duda, no tuvo en cuenta ni los años de esfuerzo ni los años de estudio. Creyó en el atractivo encanto del secreto, y pensó que cualquier secreto se puede comprar con dinero. Y él, claro, estaba en inmejorables condiciones como comprador. Decidió, por tanto, contratar a Giordano Bruno como maestro.

Desde agosto de 1591 hasta mayo de 1592, Giordano vive instalado en la casa de Mocenigo, en San Samuele, Venecia, donde se dedica a enseñarle a su discípulo las técnicas que se deben utilizar para potenciar la memoria, para convertirse en un verdadero memorión. Pero el otro es impaciente, desea poseer la cultura de Bruno, pero ya mismo, en pocos meses, por arte de magia. Y claro, como es lógico, no lo consigue. Por tanto, se siente engañado. Enseguida adopta la pose del que ha pagado por una mercancía que no posee. En una carta escrita de su puño y letra, comenta:

“Tengo aquí quien a mis expensas me ha prometido enseñarme muchas cosas, y ha tenido trajes y dinero en cantidad por esto; no puedo llegar a una conclusión; dudo si es un hombre de bien”.

Mocenigo es el paradigma del alumno que todo profesor debe evitar. Como es un hombre rico, no posee la rendida humildad que el que aprende debe mostrar ante quien enseña. Tampoco siente ningún respeto por Giordano. Por el contrario, Mocenigo se siente superior por ser el otro quien está a su servicio. La sabiduría la considera un trueque, una mera transacción comercial. Él es el que paga, y además ha pagado por adelantado; cree merecer una satisfacción. A todo esto se añade la envidia; siente el dolor por el bien ajeno. Giordano posee algo que él no posee, pero se siente con derecho a poseerlo. Los dos han contraído un compromiso, los términos del contrato están claros: dinero a cambio de sabiduría. Pero en los nueve meses de enseñanza la sabiduría no ha entrado en él. Mocenigo se siente engañado. Sólo falta que Bruno le dé una excusa y precipitará su caída. En esos nueve meses no se habrá convertido en un sabio, pero ha escuchado tantas cosas de boca de su profesor, tantas reflexiones alarmantes, que la Santa Inquisición estaría encantada de conocer a quien tales ideas propaga y defiende.


La denuncia

En mayo de 1592 Giordano manifiesta su deseo de volver a Frankfurt; quiere publicar una nueva obra, y así se lo dice a Mocenigo. Según el filósofo, no hay motivo para continuar con las clases. Mocenigo guarda silencio. No dice nada. Pero el 22 de mayo, por la noche, entra en la alcoba de su profesor con un criado y cinco gondoleros, y allí mismo lo atan para luego encerrarlo en un granero. A la mañana siguiente lo denunciará ante el Tribunal de la Inquisición de Venecia, y ese mismo día empapelan a Giordano en la Cárcel de San Doménico di Castello. Nunca más volverá a ser libre.


El largo proceso

Comienza así su largo proceso, que finalizará el 17 de febrero de 1600 con la relajación en la hoguera.  Durante estos ocho años la actitud de Giordano va a ser variable, o más bien voluble, aunque quizá fuese solo prudente, en un intento frustrado de salvar la vida hasta que llegó al convencimiento de que sería imposible hacerlo. Podríamos, incluso, establecer distintos periodos en su proceso a partir de la manera que tuvo de estar ante el tribunal. Entre mayo de 1592 y febrero de 1593 se halla en Venecia, interrogado por el tribunal veneciano, que tiene fama de clemente y compasivo, templado en el rigor hacia el reo, en comparación con el Santo Oficio romano. Pero eso sí, los métodos inquisitoriales son los mismos. Al haber sido denunciado por herejía se le presupone culpable. En ningún momento se le carea con su acusador, Giovanni Mocenigo. Y cuando por fin da inicio el primero de los interrogatorios, a Bruno, como reo, antes de leérsele las acusaciones, se le invita a exponerse, se le pregunta si sabe por qué ha sido arrestado. Esta era la primera de las trampas de la inquisición. Una respuesta afirmativa del reo echaba por tierra cualquier posible defensa posterior. Que una persona acusada de herejía conociera o sospechara los terribles cargos que se le imputaban, constituía, para los inquisidores, una indudable prueba de culpabilidad.

No hay que olvidar, además, que el delator había sido un rico patricio veneciano, Giovanni Mocenigo, quien lo había tenido hospedado en su casa durante muchos meses, y que por tanto había tenido ocasión de oír, en boca del propio Bruno, afirmaciones tan heréticas como las siguientes. Siempre, por supuesto, según la interpretación del propio Mocenigo:

“que es un gran error por parte de los católicos afirmar que el pan se transustancie en carne, que él es enemigo de la misa; que ninguna religión le gusta; que Cristo fue un pérfido que como hacía sus tristes obras para seducir a los pueblos, podía predecir que sería detenido; que en Dios no hay distinción de personas, porque esto sería imperfección de Dios; que el mundo es eterno, y que hay infinitos mundos, y que Dios los crea continuamente, porque dice que quiere tantos como pueda; que Cristo hacía milagros aparentes y que era un mago, al igual que los apóstoles y que él mismo podría hacer tanto y más que ellos; que Cristo no murió de buena gana y que escapó en cuanto pudo; que no hay un castigo de los pecados, etc., que las almas creadas por obra de la naturaleza pasan de un animal a otro.”

Y un poco más adelante:

“que no tenemos prueba de que nuestra fe agrade a Dios; y que no hacer a los otros lo que no queremos que nos hagan a nosotros no basta para vivir bien y que se ríe de todos los otros pecados; y que se maravilla de que Dios soporte tantas herejías de los católicos”.

Son sólo algunas de las acusaciones que Mocenigo pronunció contra Giordano. Y ya estas bastaban para abrirle una severa causa. Pero además de la denuncia del patricio, sobre Bruno pesaban dos manchones imborrables.


Manchas en el expediente

Primero: en su juventud se había ordenado dominico, había disputado con sus hermanos de orden y, para colmo de osadías, había protagonizado una espantada escandalosa del monasterio en que se hallaba; no solo renunció al hábito de los hermanos predicadores, sino que lo hizo de modo ofensivo, por su propia cuenta y riesgo. Lógicamente, era inadmisible. Para los inquisidores venecianos Giordano Bruno no era simplemente un hereje que se las daba de filósofo, escritor y poeta. Era ante todo un dominico disidente que había deshonrado el hábito que había vestido y que ahora, además, incurría en herejía de forma escandalosa.

Y segundo: el tal Giordano Bruno había estado viviendo durante muchos años en tierra de herejes. Había residido en la Alemania de Lutero y en la Ginebra de Calvino. Se había granjeado fama imperecedera en la Inglaterra anglicana, en la herética Londres, y sin duda estaba contaminado. ¿O es acaso posible salir sin mancha de tal fango? ¿Se puede vivir en tan heréticos territorios y no adherirse a sus prácticas religiosas? No. Giordano Bruno era sin duda culpable. O ese al menos debía de ser el parecer de los inquisidores. Y hacia una sentencia de culpabilidad encaminaron todos sus esfuerzos.


La contrición

Ahora bien. Durante esta primera fase, Giordano mantuvo una actitud de humilde contrición. Conocía de sobra los métodos inquisitoriales y el final que le estaba reservado si no se andaba con mucho ojo. Cualquiera diría que buscaba, consciente y astutamente, la reconciliación. Ante los inquisidores de Venecia se muestra sinceramente arrepentido de los posibles errores que hubiera podido cometer. Pero eso sí, niega firmemente las acusaciones más vulgares (todas aquellas que rozan la blasfemia), a la vez que reconoce haber tenido dudas de carácter teológico.

Su defensa, en esta primera fase, es muy hábil. Comienza declarándose arrepentido de cualquier error, niega las más burdas acusaciones, se humilla ante los inquisidores, incluso se arrodilla ante ellos, los llama “Vuestras Señorías ilustrísimas”, y promete, después de haber reconocido sus dudas, una completa rectificación:

“Y si de la misericordia de Dios y de Vuestras Señorías ilustrísimas me es concedida la vida, prometo hacer una reforma notable de mi vida, recompensar el escándalo que he dado con otros tantos hechos edificantes”.

En esta primera fase de su proceso Bruno confía en poder ser rehabilitado en su antigua orden. Quiere salvar la vida, y nada le cuesta pedir disculpas. Puede que crea que el tribunal que lo está juzgando lo va a condenar a unos cuantos años de clausura en un monasterio dominico. Pero a la vez se ha mostrado como teólogo y filósofo. Ha expresado sus dudas teológicas abiertamente, ha expuesto sus teorías filosóficas ante un tribunal de la inquisición, aclarando que se trata de las dudas de un filósofo. Establece así una clara distinción entre el pensamiento racional y la fe. Sutilmente, está invitando a los inquisidores a sumarse al debate. Les propone unos argumentos, y les está pidiendo veladamente que los rebatan. Es más, en un momento de los interrogatorios, sugiere la posibilidad de ir a Roma para entrevistarse con el nuevo Papa, Clemente VIII, en cuya sensibilidad cultural confiará Bruno hasta el final de su vida. Sencillamente, los inquisidores venecianos se encuentran sobrepasados. No están juzgando a un vulgar hereje. Están ante un pensador profundo que posee vastísimos conocimientos de teología, que conoce la patrística, que nombra con soltura a Santo Tomás y a San Agustín, y que conoce a la perfección las Sagradas Escrituras. El proceso a Bruno sobrepasa al Tribunal de Venecia. Los inquisidores venecianos no se sienten capacitados para señalar dónde se encuentran los errores heréticos dentro de las tesis defendidas por Giordano. Así que deciden remitir la causa al Santo Oficio de Roma.


El Santo Oficio de Roma

En Roma se abre para Bruno una esperanza que acabará finalmente frustrada. Ingresa en el Palacio de la Inquisición el día 27 de febrero de 1593, y en otoño de ese mismo año un nuevo acusador se añade a la acusación de Mocenigo. Se trata de Celestino de Verona, un monje capuchino que estuvo con él preso en las cárceles venecianas y ahora se encuentra preso en Roma. Esta nueva denuncia complica su proceso. Hasta entonces solo había un testigo de las supuestas blasfemias heréticas del filósofo. A partir de ahora hay dos, y muy pronto se suman otros cuatro, que delatan a Bruno alegando que también ellos han oído de su boca afirmaciones injuriosas contra la religión. Sus nombres son éstos: Giulio da Saló, Francesco Vaia, Mateo de Silvestris y Francesco Graziano.

Entre las nuevas acusaciones hay algunas realmente originales. Según los nuevos testigos, en la celda le han oído afirmar cosas tales como que Moisés fue un mago muy astuto, que mintió al decir que había hablado con Dios y que las leyes que entregó al pueblo de Israel se las había inventado él solito; o que Caín hizo muy bien en matar a Abel, que era un simple carnicero de animales; o que es ridículo encomendarse a los santos; y otras blasfemias por el estilo. Encontramos en ello una buena muestra de la neurosis que se vivía en la prisión inquisitorial. Es la típica cadena de testimonios injuriosos que propiciaban los interrogatorios de los tribunales de la Fe. Creo conveniente incluir aquí una reflexión de Benazzi y D’Amico:

“este incidente revela el clima que se desarrolla entre las víctimas de la Inquisición: la sospecha recíproca, el abatimiento físico y espiritual, doblegan finalmente las conciencias de los menos fuertes, creando un clima que es el caldo de cultivo ideal para la delación, el engaño, la mentira, donde cualquier medio puede usarse para mejorar la posición, aun a costa de empeorar la de los otros”.


El juicio de Giordano Bruno

El juicio de Giordano Bruno. Relieve en bronce de Ettore Ferrari

El juicio

A partir de aquí comienza el juicio propiamente dicho. Una y otra vez, y durante meses, se sucede el cruce de acusaciones y defensas. Se interroga a los testigos, se toma nota de cuanto dicen, se hacen copias de las actas procesales y se le entrega a Bruno un ejemplar para que prepare su defensa. Giordano se dedica a la tarea con verdadera pasión de estudioso. Por primera vez desde que lo encerraron tiene derecho a papel y tinta. Al menos puede entregarse al estudio, aunque sea al estudio de los veintitrés cargos que se le imputan. Y el 20 de diciembre de 1594 entrega una memoria de ochenta páginas rebatiendo todas las acusaciones.

Ha terminado la causa. Solo queda esperar la sentencia. Si en Venecia se mostró arrepentido y suplicante, en esta segunda fase se revela animoso y dispuesto a rebatir dialécticamente a sus enemigos. Es el hombre pensante, el orador que se cree capaz de convencer a sus jueces. Le ha dedicado seis meses a su defensa y cree haber hecho un buen trabajo. Uno a uno, los cargos contra él han quedado en nada, puro humo. Giordano confía en la sentencia del tribunal, en la justicia de los inquisidores.

Pero la sentencia no llega. El 16 de febrero de 1595, el Papa Clemente VIII, en quien tanto había confiado Bruno, declara que no es posible sentenciar al reo sin conocer cabalmente toda su filosofía, de modo que solicita a los inquisidores que realicen una investigación exhaustiva de sus obras, para que éstas sean evaluadas.


Hereje impenitente, pertinaz y obstinado

Comienza así la última fase del proceso, la más rabiosamente disputada. Y es entonces cuando surge el hereje impenitente, pertinaz y obstinado. A partir de ahora ya no se trata de defenderse de las calumnias de unos testigos miserables. Ahora es su pensamiento lo que va a juzgar la Inquisición.

En el mes de diciembre de 1596, se le entregan a Bruno las tesis que han sido consideradas heréticas, y se le pide que prepare su defensa. Los inquisidores han hecho bien su trabajo. Allí están sus argumentaciones filosóficas, puestas en entredicho, sobre todo su teoría del universo infinito con infinidad de mundos, la tesis central de toda su obra. Y Giordano Bruno se defiende, no acepta las censuras del tribunal. Tres meses dedica al estudio de las nuevas acusaciones, y el 24 de marzo de 1597 entra en la sala de audiencia del Colegio de Jueces dispuesto a mantener sus posturas, distinguiendo entre los dos planos de los que ya hemos hablado aquí: el plano de la razón, destinado a la comprensión de la naturaleza; y el plano de la fe, mediante el cual se puede vislumbrar la palabra revelada por Dios.

Pero los jueces no aceptan sus argumentos. Ya no están dispuestos a tolerar lo que llaman las “vanidades” del filósofo. Pero tampoco Bruno está dispuesto a retractarse. Quien siete años antes había pedido perdón de rodillas por supuestos errores que no habían quedado definidos por los jueces, se empecina ahora en seguir manteniendo sus tesis filosóficas, ya declaradas oficialmente heréticas. Giordano se obstina. Los jueces le amenazan con el tormento. Giordano persiste. Después de siete años de prisión durísima, y a las puertas de la cámara de tortura, el filósofo se niega a aceptar que su filosofía sea errónea.

A finales de marzo de 1597 llega el tormento por vez primera. La sesión de tortura queda reflejada en el acta procesal con la fórmula “Interrogatur stricte”. Pero tampoco así se alcanza la retractación del procesado.

Lo que resta hasta el día de su muerte es más de lo mismo, pese a los tres años que hay entre la fecha de la primera tortura y el día de su ejecución. La evaluación de la defensa escrita por Giordano Bruno duró varios meses, y después quedó interrumpido el proceso debido a un viaje de toda la Corte Pontificia a Ferrara. En 1599 se retoma la causa. En el último año se repiten las torturas y se le conmina repetidas veces a abjurar de sus proposiciones heréticas. Los inquisidores dan muestras de paciencia y buena voluntad. Se diría que quieren privarle del tormento en la hoguera. Saben que será condenado, no puede ser de otro modo, pero preferirían que el castigo no fuese la máxima pena. El asunto es tan complejo que debe intervenir, en persona, el célebre cardenal y teólogo Roberto Bellarmino, quien, diplomáticamente, propone una solución intermedia. De todo el sumario se extraen ocho aseveraciones principales y se le invita a que abjure de ellas. Se trata de una especie de trueque: la abjuración a cambio de la vida. Si reniega de su filosofía no será condenado a la pena capital.

La respuesta de Giordano resulta asombrosa. En su penosa circunstancia aún se permite el lujo de plantear una negociación: abjurará de las ocho aseveraciones, las considerará como errores, pero con la condición de que tales errores sean considerados ex nunc, es decir, “por ahora”, ya que se trata de posturas que nunca antes se había planteado la Iglesia Católica y que aún tendrá que valorar cuidadosamente. Pero los jueces no aceptan. Aún continuarán las idas y venidas de Bruno ante ellos. Hasta que por fin toma una decisión: se rinde, aceptará las condiciones, se retractará por fin.

Pero tampoco esta vez lo hace de modo definitivo. Es el 5 de abril de 1599. Bruno entrega un memorial a los Inquisidores donde expresa sus reservas sobre dos de las proposiciones que han considerado heréticas. Su entrega no es definitiva. El tribunal se exaspera. Le están dando demasiadas oportunidades y no las aprovecha. El 16 de septiembre vuelve a las andadas. Entrega un nuevo memorial, esta vez dirigido al Papa. No sólo no se retracta de las dos últimas aseveraciones, sino que vuelve a manifestar su simpatía por las otras tesis ya condenadas. La situación es insostenible. La paciencia de los inquisidores se agota. A finales de noviembre le exigen la abjuración definitiva de toda su filosofía y Giordano se niega. Le dan un plazo de cuarenta días y lo ignora. Giordano considera que los jueces ni siquiera han intentado comprender sus tesis. Se niega a abjurar porque no hay nada de lo que retractarse. Todo es un gran malentendido. Sencillamente, Giordano Bruno estaba postulando una filosofía que sólo sería entendida dos siglos más tarde.

Cuando ya la causa está más que concluida y lista para sentencia, aún hay dos tentativas de que se retracte. La primera por parte de los propios inquisidores; la segunda por dos autoridades de la Orden de los dominicos. Pero la obstinación de Bruno es irreductible.

El 20 de enero de 1600 el Papa ordena que se emita su sentencia de muerte. El 8 de febrero se le lee a Bruno el dictamen definitivo. Entregado al brazo secular, el 17 del mismo mes sale hacia la plaza Campo de Fiori. Se le somete a la humillación pública del sambenito y al paseo a la vista del pueblo vociferante y ruidoso. Ya en la plaza, Bruno es atado al poste alzado en medio de la leña. El verdugo le colocará la mordaza y le prenderá fuego a la pira.

Dice la leyenda, y yo me la creo, que el día que se leyó el temible veredicto, Giordano Bruno escuchó en silencio las palabras que lo condenaban, arrodillado ante sus jueces. Y que sus únicas palabras fueron estas:

“Tal vez tenéis más temor vosotros al pronunciar mi sentencia, que yo al recibirla”.


De Herejes y Malditos en la Historia, Agustín Celis Sánchez, Ed. Albor Libros, Madrid, 2006.


 Imagen destacada: Estatua de Giordano Bruno en bronce, por Ettore Ferrari (1845-1929), Campo de Fiori, Roma


La invención de la herejía

La invención de la herejía


Introducción

Resulta curioso e instructivo saber que, etimológicamente, la palabra herejía deriva del griego hairesis (αἵρεσις), que significa doctrina o creencia. Así entendido, el hereje sería, por tanto, un simple creyente, un doctrinario que hace uso de su libertad de conciencia para acoger o aceptar una determinada confesión religiosa. En cambio, lo que aquí vamos a tratar de estudiar es el sentido histórico que la Iglesia Católica le dio a la palabra herejía, entendiéndola como una disidencia en materia de fe, como un desvío del dogma. El hereje será el disidente, el rebelde que acepta pero no acepta del todo la verdad revelada; aquel que se sale del tiesto, quien no reconoce la autoridad; el disolvente individuo que se atreve a negar los principios formulados desde Roma; el heterodoxo por cuenta propia, impenitente y obstinado, que sostiene sus posturas a pesar de las amonestaciones o amenazas; el cuestionador de lo establecido; ese molesto y pertinaz sujeto que interpreta a su modo las Sagradas Escrituras; el que, ignorando la tan repetida infalibilidad del pontífice como vicario de Cristo, osa proponer un desvío del credo dogmático, canónico y oficial; quien incurre en un error de carácter doctrinal según el parecer de la siempre Santa, Católica, Apostólica y Romana Iglesia nacida de las predicaciones de Jesús de Nazaret.

Ahora bien, este ensayo está planteado como una serie de sucesivas aproximaciones al tema de la herejía. No pretende ser ni exhaustivo ni concluyente. Podría considerarse por mi parte, más bien, como una primera, y pequeñísima, introducción a una ambiciosa Historia Universal de la Herejía que examinara con más detalle el apasionante asunto de los disidentes. Pero tal empresa la dejaremos para otra ocasión. Poco importan las ausencias conscientes que pueda haber en este libro, por muy importantes que parezcan. Como la Historia es una materia flotante y elástica, creemos que su estudio es una prisión perpetua, condenada a la inevitable adición o corrección de lo dicho, y lo que aquí hay escrito es tan solo lo dicho hasta ahora, y con eso basta por el momento.


Herejes y malditos

¿Por qué he colocado en el título, junto a la palabra herejes, el vocablo malditos? Muy sencillo. He llegado a la caprichosa conclusión de que el perfil de un hereje es el de un hombre en inútil pero reconfortante rebeldía. Su disidencia, considerada históricamente como destructiva, no es más, pero tampoco menos, que una fuerza disolvente con camino de ida y vuelta que ni destruye ni rasga aquello que amenaza, sino que, por el contrario, se vuelve del revés destruyendo a quien disiente. Hasta el más superficial repaso a las actuaciones de los más famosos herejes nos revela que su actuación es un suicidio diferido. El hereje, como el maldito, es un suicida que acaba destruyéndose a sí mismo al no encontrar asiento en el orden social impuesto. Lógicamente, el concepto decimonónico del malditismo, de raigambre romántica, no es más que una revisión literaria, adaptada a una época y a unos fines, de la vieja actitud del heterodoxo en materia de fe. Los poetas malditos del XIX comparten con los herejes algunas importantes señas de identidad; por supuesto la rebeldía, pero también la insolencia, la disparidad ideológica, la negación de lo establecido, la inadaptación social, el desahucio y, finalmente, el final trágico y casi baldío. Y digo casi porque siempre, o casi siempre, dejaron algo para el recuerdo o el estudio. Los poetas malditos, antes del suicidio, solían dejarnos una obra. Los herejes, antes de su relajación, con hoguera o sin hoguera, nos legaron una sombra de duda, unas actitudes, una filosofía que ensancha nuestro norte ético, una teología que abre nuevos horizontes, otra manera de estar en el mismo sitio y, en ocasiones, algunas verdades como puños que, tarde o temprano, acaban siendo aceptadas.

Por tanto, la invención de la herejía es también la invención del malditismo. Herejes y malditos van cogidos de la mano. De cara a la Iglesia de Roma, los herejes fueron, en tantos casos, disidentes tentados por el mal, e incluso por el maligno, y, paradójicamente, la historia de su invención corre pareja a la historia de la violencia en el seno del credo católico.


Aquella religión de Cristo

La última cena, de Da Vinci

La Última Cena, Leonardo Da Vinci, 1495-1497

Érase que se era la religión de la paz y el amor, fundada por Cristo, quien sufrió tormento en la cruz por causa del fanatismo de los hombres. Los cristianos santificaban la vida y abominaban de la violencia. Para ellos, el derramamiento de sangre era un pecado atroz. Por este mismo motivo se negaron a luchar en los circos de Roma. Sin temor a equivocarnos, podemos afirmar que no hubo gladiadores entre los primeros cristianos. Los emperadores romanos exaltaban la lucha en los campos de batalla y los cristianos ignoraban la ley. Por ello, fueron perseguidos. En su huida para salvar la vida, llevaron la buena nueva a todos los confines del Imperio. Sus continuos ejercicios de proselitismo extendieron el salvífico credo por todo el mundo conocido y, al cabo, lograrían ser aceptados. Ocurrió a principios del siglo IV. Mientras fueron una piedra de disidencia en las entrañas de Roma, sufrieron idéntico tormento que el fundador de la doctrina que ellos practicaban. En cambio, cuando se convirtieron en una fuerza que amenazaba con destruir la gloria de Roma, fueron acogidos con entusiasmo.

La actitud de las autoridades de la época resulta razonable en todo momento desde una perspectiva política. ¿Cómo no iban los romanos a hostigar a la minoría cristiana que se negaba a luchar por la gloria de Roma? Pero cuando la minoría se convirtió en mayoría, ¿cómo podían no ser bien recibidos esos súbditos del Imperio?

Cuando el emperador Constantino, en el año 313, abjuró de su paganismo y aceptó la fe de Cristo, introdujo en la Iglesia una novedad de gravísimas consecuencias futuras. Cuando Roma se hizo cristiana, la Iglesia de Cristo se convirtió en Imperio Romano, y al hacerlo heredó también, a modo de perverso milagro, todo su legado represor. Esto, que en el siglo II era inconcebible, se volvió una realidad en el siglo IV. El apologista y teólogo romano Tertuliano lo dejó dicho en una de sus obras. Al valorar la inconciliable diferencia entre el cristianismo y los valores tradicionales de Roma, afirmó:

“El mundo puede que requiera de césares, pero el emperador nunca puede ser cristiano, ni un cristiano puede ser emperador”.


La Iglesia de Roma

Lo que resultaba tan incontestable hacia el año 197, no lo fue sin embargo en el año 313. Con olvido de toda obviedad, el emperador se hizo cristiano, pero el mundo siguió necesitando de los césares. Poco a poco, en la religión de Cristo se fue introduciendo la violencia de Roma. Si en la época de Tertuliano no había ni un solo soldado cristiano, hacia el año 416 el emperador de oriente Teodosio II decretaría, mediante edicto, que solo los cristianos tenían derecho a alistarse en el ejército. Si los primeros cristianos estaban dispuestos a morir antes que matar, después de Constantino estarán dispuestos a matar ad maiorem Dei Gloriam. Desde entonces, la historia de la Iglesia Católica es también la historia de sus crímenes. El relato de esos crímenes constituye lo que habremos de llamar la Historia Universal de la Herejía.

La cristiandad experimentó una transformación radical. En el mismo momento en que dejó de estar perseguida, se convirtió en perseguidora.

Se podría decir, incluso, que a partir de ese momento fue ya otra Iglesia, una Iglesia más preocupada en seguir existiendo que en la santidad de la existencia. Se podría decir, también, que su preocupación máxima no fue ya la predicación del sermón de la montaña, el mensaje de los Evangelios o la Gloria de Dios, sino el mantenimiento de la gloria de la propia Iglesia. Y así, todo aquel que amenazara con desestabilizarla sería condenado, represaliado, torturado y, finalmente, aniquilado. Cualquier clase de desavenencia sería declarada herética. Su ambición de universalidad sería su peor consejera. Y en nombre de esa universalidad irá traicionando, con el paso de los siglos, sus iniciales propuestas hasta convertirse, a partir de la Edad Media, con la triste iniciativa de la Inquisición, en la mayor organización represiva que ha conocido el mundo.

Todavía en el siglo IV existía la aversión por el derramamiento de sangre. San Agustín, que fue un enérgico luchador contra las primeras herejías que socavaban los cimientos de la Iglesia, abominaba de las ejecuciones, y se enfrentó a donatistas y pelagianos con la fuerza de la palabra y la razón. Las primeras herejías, anatematizadas en diferentes concilios, fueron depuradas sin violencia, pero no así las que siguieron. De algunas de ellas hablaremos en sucesivos capítulos.

Ahora bien, la exaltación de la violencia no fue lo único que heredó del Imperio Romano la cristiandad. Resulta de lo más sarcástico comprobar el camino que ha seguido la Iglesia de Cristo desde el Calvario hasta el Vaticano.

Si su fundador sólo ostentó el burlesco título que le otorgó Pilatos como “Rey de los judíos”, su principal representante en la Tierra lucirá títulos tan fastuosos y solemnes como Vicario de Cristo, Sucesor de los Apóstoles, Sumo Pontífice, Patriarca, Primado de Italia y hasta Soberano de la Ciudad del Vaticano. Pero sin duda el más irónico de todos, por lo difícil que le ha sido llevarlo con dignidad a tantos papas como ha habido, es el de Siervo de los siervos de Dios. Ocasión tendremos de apreciar lo poco servidores de sus siervos que fueron tantos pontífices a lo largo de la Historia, si es que alguna vez hubo alguno.

¿Y qué decir del clero de todos los tiempos hasta nuestros días? Nada más alejado de las predicaciones de Jesús de Nazaret que los títulos que engolosinan y engolosinaron a sus representantes: eminencia, ilustrísimo, señoría, reverendísimo, excelencia, y tantos otros. La Historia de las disidencias nos confirma que todo aquel que hizo notar estos excesos de la clerigalla, sería declarado herético.


La pobreza de Cristo

Y así llegamos a uno de los puntos más sensibles de la Iglesia Católica, y que tuvo su momento más álgido en plena Edad Media, la época que está considerada como una auténtica corrala de herejes que reivindicaban la tan discutida como traicionada pobreza de Cristo. Todo el que puso el dedo en la llaga sería considerado hereje. Motivo de herejía fue vivir conforme a las palabras del maestro:

“Atesorad para vosotros bienes en el cielo, donde nada se corrompe ni hay polilla que los deteriore”.

Así ocurrió con Gioacchino de Fiore, Gherardo Segalelli, Dulcino de Novara, Pedro Valdo de Lyon y hasta con el campeón de la pobreza, San Francisco de Asís, a quien debemos considerar un cuasi hereje por las continuas sospechas que sufrió ya en vida. La orden por él creada, la de los Franciscanos, no tardaría en dividirse por la distinta interpretación que hicieron los hermanos menores del capítulo sexto de la Regla de San Francisco, que determinaba que debía quedar excluida tanto la posesión privada como la posesión comunitaria de bienes, y que sólo está permitido el simple usufructo de las cosas.

Los llamados hermanos “conventuales”, quienes admitían la propiedad de bienes comunitarios, la aceptación de rentas fijas y la posesión de bienes raíces, serán los aceptados por la Iglesia de Roma. En cambio, los hermanos “espirituales”, que rechazaban absolutamente la posesión de cualquier bien, serían condenados como herejes. Más tarde, de los espirituales surgiría una sección aún más controvertida y combativa, los llamados “Ermitaños pobres”, también conocidos popularmente como Fraticelli, quienes serían considerados oficialmente como “hijos de la temeridad y de la impiedad”.

Estos últimos tuvieron la osadía de equiparar la regla del capítulo sexto de su fundador con el mismísimo Evangelio y, tras ser condenados por el Papa Juan XXII, afirmaron, en consecuencia, que el pontífice había perdido definitivamente su potestad de jurisdicción y de orden. Por ello, serían relajados en la hoguera. Irónicamente, hoy día, los parciales ejercicios de rectificación llevados a cabo desde Roma, han deplorado la actuación del Papa Juan XXII.

Es una triste burla que la Iglesia creada por quien afirmó, palabras más, palabras menos, que antes entraría un camello por el ojal de una aguja que un rico en el reino de los cielos, se convirtiera en una de las mayores empresas económicas del mundo. Lo fue siempre y lo sigue siendo aún hoy. Podríamos lamentarnos de todo ello con estas palabras de Petrarca, quien debió decirlo en voz baja para no despertar susceptibilidades:

“Me sorprendo cuando recuerdo a los predecesores del papa, contemplando a estos hombres cargados de oro y vestidos de púrpura. Parece que nos encontremos entre los reyes de Persia y Partia, ante los cuales hemos de inclinarnos y rendirles culto. ¡Oh, apóstoles y primeros papas!, toscos y demacrados como erais, ¿es para esto por lo que os afanasteis?”


La invención de la herejía

Pero la Iglesia de Roma no alzó su látigo justiciero únicamente entre sus adeptos alborotadores. Enemigos fueron los judíos y los musulmanes, a quienes, obviamente, no se les puede considerar como herejes, pero de los que conviene hablar aquí, no obstante, ya que jugarían un importantísimo papel en la represión de la herejía, tal y como iremos viendo. El odio desplegado por los cristianos contra los judíos a lo largo de la historia es de sobra conocido, y por eso no me detendré ahora en estudiarlo. Algo diremos cuando llegue el momento. Más interesante, y de más terribles consecuencias para el progresivo deterioro de la Iglesia, me parece el caso musulmán.

A partir del siglo VII un nuevo, e imparable credo, ensombrece el horizonte cristiano. El Islam, la religión predicada por Mahoma, se extiende como la pólvora de modo milagroso. África, Asia, y la Hispania visigoda caen bajo su influjo rápidamente. Desde los tiempos del Imperio romano, ninguna otra fuerza militar había amenazado a la cristiandad con tan belicosa acometida. Ni siquiera los hunos de Atila habían supuesto un peligro semejante. Solo Carlos Martel, el abuelo del emperador Carlomagno, conseguirá detenerlos en Poitiers. Occidente estaba a salvo, pero medio mundo había caído bajo el poder del Islam.

Resultaba comprensible. La fe predicada por Mahoma exaltaba la violencia y prometía un cielo sensual para todo aquel que luchara y muriera en nombre de Alá.  Para los musulmanes, la espada era la llave que abría las puertas del séptimo cielo, donde aguardaban las huríes, dulces doncellas virginales de mirada de gacela y exquisita sensibilidad que harían las delicias de todo aquel que muriera en el fragor de la batalla.

Era una tentación irresistible, una promesa sin parangón, una oferta inmejorable. Frente a ella, el ideal cristiano sólo anunciaba un cielo casto, angelical, de difícil acceso y donde quedaba reservado el derecho de admisión. No había color. Su expansión fue extraordinaria. En el año 637, Jerusalén fue conquistada por el Califa Omar I. A partir de entonces, la situación de los cristianos en Tierra Santa se fue volviendo cada vez más precaria, y cuando en 1071 la ciudad sea conquistada por los turcos selyúcidas, que destruyeron el Santo Sepulcro, se pondrá la primera piedra sobre la que se alzará otra Iglesia, nuevamente renovada, y cuya transformación será aún más perversa que la experimentada a partir del siglo IV.


La Jihad cristiana

Prédica de la Primera Cruzada por Urbano II en el Concilio de Clermont, de Gustavo Doré

Prédica de la Primera Cruzada por Urbano II en el Concilio de Clermont, de Gustavo Doré

En el año 1095, el papa Urbano II, en la ciudad francesa de Clermont-Ferrand, predicó la primera cruzada contra el infiel frente a un numeroso grupo de seglares y clérigos. Por arte de paradoja, el cristianismo heredará del Islam el concepto de la Jihad, la guerra santa, la aniquilación del enemigo en nombre de Dios. A imitación de las promesas eternas de Mahoma a sus creyentes, el papa de Roma otorgaría indulgencias plenarias al guerrero que muriera por la causa. El cielo estaba garantizado. La espada de líneas cruciformes se llenará de sangre por la gloria del Cristo que murió en la cruz. Los cruzados se convirtieron así en los muyaidines del cristianismo. Se exaltará la violencia. Todo estará permitido. De camino a Tierra Santa, los cruzados dejaron un reguero de sangre. A todo aquel que no comulgaba con la fe del Señor, se le ofrecía el bautismo o la muerte.

Los judíos fueron una presa fácil. En el año 1096, todos los judíos de la ciudad de Worms fueron masacrados. En 1099 fue reconquistada Jerusalén. La victoria fue gloriosa. ¿Qué duda podía caber después de esto? Dios debía de estar de parte del papa. Aunque Jesucristo solo predicó la paz y la mansedumbre, el papa de Roma prefirió ser, como Mahoma, un comandante de ejércitos, un administrador de justicia. No puede imaginarse mayor traición a las promesas que Jesús hizo en su sermón de la montaña:


“Bienaventurados los pobres de espíritu, 
porque de ellos es el Reino de los Cielos.
Bienaventurados los mansos, 
porque ellos poseerán en herencia la tierra.
Bienaventurados los que lloran, 
porque ellos serán consolados.
Bienaventurados los que tienen hambre y sed de la justicia, 
porque ellos serán saciados.
Bienaventurados los misericordiosos, 
porque ellos alcanzarán misericordia.
Bienaventurados los limpios de corazón, 
porque ellos verán a Dios.
Bienaventurados los que trabajan por la paz, 
porque ellos serán llamados los hijos de Dios.
Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia, 
porque de ellos es el Reino de los Cielos.
Bienaventurados seréis cuando os injurien, y os persigan
y digan con mentira toda clase de mal contra vosotros por mi causa”.

Disidencia y represión

Inocencio III

¿Qué terrible influencia tuvieron las cruzadas de cara al tema de la herejía? Se creó un precedente. La Iglesia de Cristo dejó, definitivamente, de santificar la vida. Los ministros de Cristo proclamaron el derramamiento de sangre. La violencia fue exaltada. Se dio un paso decisivo. A partir de entonces, no habría misericordia para el enemigo. Todo aquel que amenazara, de palabra o acción, con destruir esta nueva Iglesia, tan alejada ya de su fundador, sería depurado. Al hereje, que siempre había estado condenado, se le otorgó la categoría de enemigo y, como tal, debía ser aniquilado.

Después de mil años de existencia, la Iglesia estaba corrompida desde su raíz romana. Las disidencias eran inevitables. Los grupúsculos que proponían un retorno a una espiritualidad más auténtica, más cercana a la primitiva Iglesia, comenzaron a multiplicarse. Como abominaban de lo impuesto desde Roma, serían declarados heréticos.

Es la época del movimiento patarino, del bogomilismo y del catarismo. Pero también de las hermandades pietistas como las beguinas y los begardos, condenados por su exaltación de una espiritualidad exacerbada. El poder del papa comienza a estar en entredicho. El clero, considerado corrupto por su tendencia a la simonía y el nicolaísmo, pierde puntos en favor de quienes predican una fe más indulgente, menos severa. Poco a poco, en el mundo cristiano, se van creando nuevas alternativas. La disidencia se hace fuerte. En el sur de Francia y norte de Italia, los cátaros hacen estragos. La autoridad de Roma se tambalea. Las herejías amenazan por vez primera con destruir el orden impuesto por los papas. A partir de principios del siglo XIII, se da otro paso decisivo. La Iglesia se aleja definitivamente de Cristo.

En 1209, el papa Inocencio III predica la cruzada contra el hereje. Ahora ya no serán los infieles quienes mueran a manos de la espada cruciforme, sino los propios cristianos. En poco menos de medio siglo, la herejía cátara es aniquilada por la fuerza de las armas. En 1231, otro papa, Gregorio IX, instituye la Inquisición. Todo sea por el mantenimiento del orden social. Con ella, comienza el verdadero desconeje.


El desconeje

Sesión de tortura, La Santa Inquisición

En alianza con la autoridad civil, será condenado a la hoguera o asesinado en la horca toda persona que se oponga a los enunciados pontificios o simplemente moleste. En 1252, el papa Inocencio IV instaura oficialmente el uso de la tortura en su bula Ad extirpanda. Los herejes carecen de derechos. En los manuales para uso de inquisidores que se escribieron en la época, podemos leer preceptivas como ésta:

“Mejor que mueran cien personas inocentes que un solo hereje quede en libertad”.

Comienza la era del terror. Todo les está permitido a los inquisidores, quienes, en tantos casos, se comportarían como auténticos psicópatas. Pareciera que ellos no podían equivocarse. Se diría que nada podían hacer que fuera reprensible. Quienes se atrevieron a cuestionar su autoridad, fueron declarados herejes. Intelectuales católicos como Siger de Brabante, Meister Eckhart, Guillermo de Ockham o Marsilio de Padua, entre otros muchos, estuvieron bajo sospecha o fueron condenados, y sus obras declaradas heréticas. En muchos casos, la herejía adopta la forma de protesta social. Muy poco hemos dicho de ellas en nuestro libro. Son las herejías nacionales. En Inglaterra estuvieron los lolardistas de John Wicliff; en Bohemia, los husitas al abrigo de la memoria de Jan Huss; en España, los herejes de Durango con Alonso de Mella a la cabeza.

Es también la era de las brujas. Europa vivió una auténtica orgía de destrucción. Lo veremos en el capítulo que hemos titulado “Las grandes herejías”. El 1 de noviembre de 1478 nace la famosísima Inquisición española, que estaría vigente hasta el 15 de julio de 1834. Sus víctimas predilectas fueron los conversos de judíos y moros, los judaizantes y moriscos. Y cuando faltaron estos grandes herejes, fueron perseguidos los protestantes, los alumbrados y quietistas, los fornicadores simples, los sodomitas, los bígamos y, en general, todo aquel que fuera tenido como diferente, amenazara el orden social establecido o adoptara una actitud heterodoxa en el plano social o en la vida religiosa. Hasta los místicos estuvieron en el punto de mira de los inquisidores.

Poco a poco, Europa fue preparándose para vivir una reforma espiritual. Era inevitable y fatal que ocurriera. Reformadores como Lutero, Calvino o Zuinglio serían condenados como herejes. No obstante, ya estos no pueden ser tenidos como tales. Comparten con los verdaderos herejes el anatema, la persecución, pero son ya cismáticos, representantes de una Iglesia paralela, de una auténtica alternativa a Roma. Ocasión tendremos, al estudiar el caso de Miguel Servet, de comprobar que dicha alternativa supuso un cambio de perspectiva, pero un cambio igualmente represivo para la libertad de conciencia del individuo.


La Congregación para la Doctrina de la Fe

Sede de la Congregación, en Roma

Sede de la Congregación, en Roma

Por último, en 1542 se creó la Inquisición romana, el Santo Oficio, la única que pervive aún hoy bajo el amable distintivo de Congregación para la Doctrina de la Fe. A partir del siglo XVIII, el concepto de herejía quedará bastante mitigado, e incluso llegará a desaparecer. En nuestra “Galería de Penitenciados” estudiaremos dos casos importantes, el de Melchor de Macanaz y el de Pablo de Olavide. Pero son ya casos tardíos. Poco a poco se va dejando de hablar de herejes. El siglo XIX traerá nuevas condenas, pero ya no se les da el título de herejes a los condenados, o sólo como excepción. Algunas de las más famosas condenas recaen sobre el naturalismo, el marxismo, el socialismo, el anarquismo o la masonería. Con la definitiva pérdida del poder temporal de la Iglesia Católica en 1870, se quiebra la vieja alianza entre Roma y la autoridad secular de los Estados europeos. ¡Bendita quiebra! Con ella, y por fin, a una condena del Pontífice no tendrá por qué suceder una persecución civil, y mucho menos una ejecución secular.


De Herejes y Malditos en la Historia, Agustín Celis Sánchez, Ed. Alba Libros, Madrid, 2006.


 Imagen destacada: Detalle de Auto de Fe presidido por Santo Domingo de Guzmán, de Pedro Berruguete.


La Razón Humillada

La razón humillada


Cuenta una piadosa leyenda que Galileo Galilei, en 1633, después de abjurar públicamente de sus ideas ante el tribunal de la Inquisición, pronunció en voz baja, ya cuando se iba: eppur si muove, es decir: y sin embargo, se mueve, en relación al movimiento de traslación de la Tierra alrededor del Sol, por cuya demostración fue procesado, humillado y obligado a una pública retractación ya en su vejez. Pero tan solo es eso, una leyenda compasiva de la que debemos dudar. A la luz de cómo ocurrieron los hechos resulta imposible creer en ella. Sin duda la abjuración de Galileo no fue sincera. Se desdijo solo para salvar la vida, y hasta el final de sus días siguió, en secreto y con arresto domiciliario, investigando sobre el asunto. Pero su proceso fue tan grave y humillante, el asedio a su conciencia tan feroz, y su declaración ante los inquisidores tan explícita, que no podemos confiar en que el viejo sabio tuviese aquel día ni el humor ni el coraje suficientes para proferir, aun en voz baja, tal osadía. Veamos cómo ocurrió todo.

Galileo Galilei

Retrato de Galileo Galilei, realizado por Justus Sustermans

En 1543 Nicolás Copérnico publicó su obra De revolutionibus orbium celestium, libro al que debemos considerar como el punto de arranque de una nueva manera de acercarse a los fenómenos naturales. En ella Copérnico aventuraba, como hipótesis de trabajo, la tesis de que la Tierra no era el centro del Universo y que se movía alrededor del Sol, estrella que permanecía inmóvil y a la que había que considerar como centro del Universo. Nacía así la nueva Astronomía. Con posterioridad, otros tres grandes astrónomos continuaron la concepción copernicana y llegaron a construir el nuevo modelo cosmológico heliocéntrico, que no solo tendría gran repercusión en el campo científico, sino también en el teológico y metafísico. Fueron Ticho Brahe (1546-1601), Johannes Kepler (1571-1630), y sobre todo Galileo Galilei (1564-1642).

Ticho Brahe, todavía en el siglo XVI, ya había cuestionado la visión del mundo de inspiración aristotélica, recogida de su Física, la canónica y aceptada por la Iglesia, que distinguía entre el mundo sublunar y el mundo celeste, considerado este último como incorruptible. Lo que demostró Brahe en 1572 fue que también en el universo las cosas nacen y se destruyen, que las estrellas aparecen y desaparecen. Pero no será hasta 1609 cuando se inicie el camino hacia la comprensión del universo tal y como hoy lo concebimos, incluida la idea de que la Tierra gira alrededor del Sol, es decir, que no es un objeto inmóvil tal y como postulaba el sistema astronómico tolemaico; y mucho menos el centro del universo como insinúa el Génesis bíblico y aceptaba la Iglesia de Roma como verdad incuestionable.

La razón humilladaEn ese año llega a conocimiento de Galileo un nuevo objeto óptico, especie de catalejo, creado por un artesano holandés, que es capaz de agrandar los objetos por muy alejados que estos se encuentren. Enseguida se interesa por él y comienzan sus investigaciones. Basándose en la teoría de la refracción, Galileo perfecciona el instrumento y crea el primer telescopio. Por aquel entonces es profesor de matemáticas en la ciudad de Padua, y el primer uso que le da al objeto inventado es puramente militar. Durante una ceremonia a la que fue invitado, entregó su telescopio al Dogo de Venecia, que quedó maravillado ante el hecho de que los navíos enemigos pudieran ser avistados desde tan lejos, lo que daría enormes ventajas a su armada. El telescopio fue presentado ante el senado, y Galileo obtuvo notoriedad inmediata. Desde ese momento se convirtió en una de las máximas autoridades del momento.

Ahora bien, solo era un primer paso hacia su revolución científica. Galileo no tardaría demasiado Galileo Galilei - la razón humilladatiempo en volver su telescopio hacia el cielo y comprobar con sus propios ojos cómo la humanidad había estado equivocada durante miles de años. Ya en 1601 nuestro hombre había escrito un folleto en el que simpatizaba con las ideas de Copérnico, y en una carta dirigida a Kepler le había manifestado su propósito de encaminar sus estudios hacia la demostración de la hipótesis copernicana. Cuando en 1610 descubra cómo los satélites de Júpiter giran alrededor de ese planeta, obtendrá la primera prueba del error que mora en la astronomía tolemaica, que afirmaba que todos los cuerpos celestes giran alrededor de la Tierra. Evidentemente no era cierto, pues no cabía duda de que los satélites de Júpiter mantenían un movimiento celeste cuyo centro era el planeta Júpiter y no la Tierra. La duda de Galileo fue inmediata, ¿y si Copérnico estaba en lo cierto? Y aún más, ¿no se podría llegar a una demostración científica del heliocentrismo por medio de su telescopio, con la simple observación de las estrellas?

A partir de este momento comienza a publicar una serie de obras que van sucesivamente argumentando a favor del sistema copernicano. En su libro Sidereus Nuncius explora la relación entre la Tierra y la Luna, y en Cartas sobre las manchas solares amplía el conocimiento que se tiene del sol, que permanece inmóvil, y cuya superficie no es lisa ni pulida, lo que también contradecía las aceptadas posturas de la Física de Aristóteles sobre la incorruptibilidad de los cielos.

Llegamos así a una situación delicada. Los descubrimientos de Galileo no afectaban únicamente al ámbito de la ciencia, sino que perturbaban también la concepción teológica que se tenía del mundo en aquella época. Por decirlo de otro modo, sus estudios sobrepasaban el terreno científico e interferían, quebraban o conmovían los cimientos de las convicciones teológicas. Lógicamente, enseguida se metió la Iglesia por medio.

La primera amonestación le llegó en 1613. El padre dominico Niccolo Lorini ataca por escrito a Galileo. Pero el científico cuenta con apoyos importantes. Otro sacerdote, el padre Castelli, sale en su defensa y previene a Galileo del peligro latente que se cierne sobre su obra, y nuestro hombre, que se considera un buen católico y no alberga la menor duda en materia de fe, se adelanta a dejar claras sus posturas. Por primera vez, argumenta a favor de la necesidad de distinguir entre el plano científico y el teológico. Para Galileo no existe maldad alguna en esta diferenciación; las demostraciones científicas no tienen por qué afectar a las cuestiones de la fe. Es más, la ciencia puede ampliar el conocimiento de la obra de Dios. La buena voluntad del científico, cuya fe es sincera, resulta evidente. Pero claro, quizá ignora o no prevé que al hacer tales afirmaciones se está deslizando por una pendiente resbaladiza. ¿Acaso no está abandonando el ámbito de lo puramente científico para entrometerse en cuestiones teológicas que no le competen? Y sobre todo, ¿no está anteponiendo lo que dicta la ciencia a lo que impone la exégesis teológica? ¿Acaso está insinuando que la Iglesia está equivocada en la concepción que tiene del universo?

Peligrosísima postura esta de Galileo, quien en una carta a Castelli se muestra así de seguro o radical:

“Si bien la Escritura no puede equivocarse, pueden equivocarse sus intérpretes y comentaristas de varios modos: entre estos uno sería muy grave y muy frecuente, cuando quieren detenerse en el puro sentido literal, porque así aparecen no solo varias contradicciones, sino graves herejías y blasfemias; ya que sería necesario dar a Dios pies, manos y ojos, al igual que afectos corpóreos y humanos, como ira, arrepentimiento, odio y también a veces olvido de las cosas pasadas y la ignorancia de las futuras. Como en las Escrituras se encuentran muchas proposiciones falsas  si se toma el desnudo sentido de las palabras, pero sucede así porque se acomodan a la incapacidad del numeroso vulgo, y es necesario que para los pocos que merecen ser separados de la estólida plebe los sabios expositores produzcan los verdaderos sentidos, e indiquen las razones especiales por las cuales esas palabras se han proferido”. 

Intentemos razonar con la perversa lógica de los inquisidores: ¡Qué está diciendo este hombre, Dios mío! ¿Será posible que esté insinuando que nosotros, los humildes siervos de Dios, incurrimos en herejía y blasfemia por tomar en sentido literal las Sagradas Escrituras? ¿Acaso se nos puede comparar a nosotros, meros intérpretes de la gloria divina, con la “estólida plebe” y el “numeroso vulgo”, por aceptar como ciertas las verdades leídas en Tolomeo y Aristóteles, universalmente reconocidas por la verdadera Iglesia de Dios? Porque si es así, por muy sabio que sea nuestro hermano en Cristo Galileo Galilei, es un hereje impertinente al que hay que llamar al orden sin demora, no ya solo para mantener el buen nombre de la muy Santa, Católica, Apostólica y Romana Iglesia, sino sobre todo por la salvación de su pobre y desdichada alma.

Y así se hizo. En 1614 interviene el fraile dominico Tommaso Caccini con una violenta prédica contra las tesis de Copérnico y Galileo, y al año siguiente, en el mes de febrero, el ya nombrado Niccolo Lorini envía una delatora carta-denuncia al prefecto del Santo Oficio en la que además adjuntaba una copia de la misiva del científico a Castelli. De inmediato, la Santa Inquisición abre un proceso y ordena investigar las obras de Galileo. Ya está el lío montado.

Nuestro hombre, anticipándose a lo que le puede caer encima, decide viajar a Roma para aclarar el asunto. Aquí hay que tener en cuenta la enorme fama de la que disfruta ya Galileo. Además, mantiene magníficas relaciones con altas personalidad de la vida política y eclesial, sobre todo con el cardenal Maffeo Barberini, del que se considera amigo personal. Al igual que Giordano Bruno unos años antes, Galileo cree poder hacer entrar en razón a las autoridades de la Iglesia. En febrero de 1616 hay ya una primera censura formal a la principal tesis del científico, aquella que afirma que el Sol es el centro del mundo y que la Tierra no permanece inmóvil, sino que gira a su alrededor.

Roberto Bellarmino

Roberto Bellarmino

El de 1616 es un año especialmente importante en el proceso de Galileo. En este año tuvo dos encuentros que van a ser fundamentales en su vida, y que explican el excepcional trato que recibió y lo rápido que se resolvió este primer escollo en su causa. La primera entrevista la tuvo con el famoso cardenal Bellarmino, al que ya conocemos por su intervención en el proceso de Giordano Bruno. Por mandato del papa Pablo V, Bellarmino llama a Galileo y le invita a abandonar sus opiniones sobre el Sol y la Tierra y la novedosa relación existente entre ellos. Bellarmino le ordena a Galileo que ni enseñe ni defienda las tesis de Copérnico como si fuesen ciertas, y ante esto, Galileo se somete y promete obedecer. Ahora bien, Bellarmino dejó a la vista, en su admonición, una zona de sombra, a la que posteriormente se acogerá Galileo con astucia: ¿le estaría permitido plantear tales tesis, especular sobre ellas, defenderlas o enseñarlas, como hipótesis? Más adelante lo veremos.

La segunda entrevista la mantiene con el mismísimo papa, Pablo V. El pontífice recibe en Roma a Galileo y pasea durante una hora con él amigablemente. Se muestra cordial con el científico. Es más, incluso llega a tranquilizarlo. Mientras él viva, le dice Pablo V a Galileo, ni la Congregación del Santo Oficio ni él mismo prestarán oído a los calumniadores. Galileo puede estar seguro. Mientras el actual papa esté sentado en la silla de Roma, Galileo estará a salvo.

Este encuentro ha despertado diversas interpretaciones por parte de los estudiosos de la vida y milagros de Galileo Galilei. Efectivamente, Pablo V murió en 1623, y en todo ese tiempo Galileo no fue molestado. Es más, ni siquiera se incluyeron sus obras en el Índice de libros prohibidos. Por tanto, son muchos los estudiosos que sostienen que la actitud del papa fue ejemplar y sincera. No obstante, me parece interesante incluir aquí la interpretación que de ese encuentro y de las amables palabras del papa, dan Benazzi y D’Amico:

“Palabras curiosamente tranquilizadoras, que en realidad forman parte de una estrategia bien conocida por los mismos inquisidores: alternativamente amenazar y tranquilizar, mostrarse protectores con quien está en su poder”.

Por nuestra parte, preferimos no adherirnos a ninguna tesis. Quizá desconfiar de la buena voluntad del pontífice resulte excesivo, pero sin duda conviene recordar que en los documentos del proceso de Galileo Galilei, cuando Pablo V ordena a Bellarmino que llame ante él al científico, dictamina que:

“lo conmine a abandonar dichas opiniones; y si se niega a obedecer, el Padre Comisario, ante un notario y dos testigos, lo intimará con la orden de abstenerse del todo y de todas las maneras a enseñar o defender esta doctrina y opinión, o a tratar sobre esta; si no lo aceptara será encarcelado”. 

Ya hemos visto que no hizo falta llegar a métodos tan drásticos. Galileo aceptó la propuesta de Bellarmino, lo que significa que no hizo falta intimidarlo con “la orden de abstenerse del todo y de todas las maneras”.

Nuestro hombre contaba por aquel entonces con cincuenta y dos años. Estaba en plena posesión de sus facultades mentales. Se siente con la razón y sabe que no está todo perdido. A partir de este momento pondrá todos sus esfuerzos en continuar con sus investigaciones, pero sin ofender a Roma. No abandonará sus tesis copernicanas heliocéntricas, pero el modo de exponerlas será mucho más sutil que antes. No las dará abiertamente, pero las dará igualmente. Confía en poder ganarse, poco a poco, a la Iglesia Católica para su causa. Aún cree que podrá convencerla de la necesidad de distinguir entre la investigación científica y la verdad de la Iglesia, dos polos que no tienen por qué estar enfrentados. Una vez más, como Giordano Bruno, cree en la posible concordia entre razón y fe.

Galileo - Il SaggiatoreEn 1623, Galileo publica su ensayo Il Saggiatore, una obra en la que reivindica el método científico para alcanzar las verdades ocultas en la naturaleza. La verdad, viene a decir en su tratado, sólo se obtiene de la unión de la experiencia y la comprobación racional de los hechos, de las demostraciones palpables. Ese mismo año muere el papa Pablo V. Y lo va a suceder el cardenal Maffeo Barberini, de quien dijimos que era amigo personal Galileo, que le dedica su obra. El nuevo pontífice se hará llamar Urbano VIII.

Entre 1624 y 1629, Galileo escribe la que será su obra maestra, I Dialoghi sopra i due massimi Galileo Galilei - Diálogo...sistemi del mondo, tolemaico e copernicano. Y esta sí es ya una obra atrevida. Se trata de un diálogo lucianesco en el que hablan y polemizan tres personajes de nombres simbólicos: Salviati, Simplicio y Sagredo, que en cuatro jornadas discuten sobre astronomía, manteniendo las dos posturas en disputa; la tolemaica, que defiende Simplicio; y la copernicana, que defiende Salviati; en cuanto a Sagredo, es el moderador en el diálogo, pero también quien aviva la disputa y va planteando las diferentes cuestiones en las que los otros dos se enzarzan. La estrategia de Galileo salta a la vista. Como se entenderá con facilidad, ni defiende ni enseña las tesis de Copérnico, pero las expone en su obra magistralmente, se diría que pertinazmente. ¿Ha desobedecido el mandato de la Iglesia? ¿Ha traicionado su promesa a Bellarmino? Parece que no. Pero las autoridades eclesiásticas no entienden lo mismo. El libro tardará en publicarse. No es para menos: bajo el sutil aspecto de una interesante disputa, el personaje de Salviati hace una encendida exposición y defensa del heliocentrismo. Hasta 1631 no recibe el imprimatur eclesiástico, y hasta 1632 no se distribuye.

Enseguida causó revuelo. La comunidad científica de Europa lo acogió con entusiasmo, pero la Iglesia de Roma volvió a abrir su proceso. Ahora será sospechoso de herejía y contumacia. Para colmo, algunos quisieron ver en la figura del Simplicio que defendía las tesis tolemaicas, quien es presentado como bobo y corto de miras, un trasunto del papa Urbano VIII, conocido defensor a ultranza de esta postura. Galileo no solo había vuelto a las andadas, sino que se atrevía a insultar al pontífice, que se dio por insultado. Y lo que era quizá peor si cabe: Galileo se había atrevido a despreciar la admonición que le había hecho el Santo Oficio en 1616 por medio de Bellarmino. Era intolerable. Desde ese momento, tanto la Santa Inquisición como el papa Urbano VIII fueron inflexibles. En septiembre de 1632 fue llamado a Roma. Por aquel entonces, nuestro hombre se encuentra enfermo y así lo alega para no presentarse. Incluso envía al inquisidor tres certificados médicos que confirman su débil estado de salud, pero la Inquisición es implacable. Galileo es culpable y debe presentarse en Roma para asistir a su juicio. Por aquel entonces es ya un hombre de sesenta y ocho años, un anciano que, según el informe médico, se está quedando ciego y sufre vértigos frecuentes, melancolía hipocondríaca, debilidad de estómago, insomnio y dolores imprecisos por todo el cuerpo.

URBANO VIII, PINTADO POR GIAN LORENZO BERNINI - 1625

Urbano VIII, por Lorenzo Bernini, 1625

Aún así, parte hacia Roma el 20 de enero de 1633, a donde llega el 13 de febrero. El primer interrogatorio tiene lugar el 12 de abril. Ese mismo día es encerrado en la prisión del Santo Oficio, donde permanecerá durante todo el tiempo que duran los interrogatorios, en realidad hasta su abjuración a finales de junio de ese mismo año. Resulta un misterio irresoluble saber si Galileo fue o no torturado por sus inquisidores. Hay opiniones para todos los gustos. Quienes lo niegan, alegan que la vejez del procesado impediría tales métodos o, por decirlo con el lenguaje utilizado en los manuales para uso de inquisidores: tales “medicinas para el alma”. Pero no es un argumento convincente. Es cierto que en los ancianos no se utilizaba la tortura habitual de la cuerda, que habría destrozado los miembros, pero había otras soluciones eficaces: las quemaduras en las plantas de los pies, la aplicación del torno en los tobillos y otras semejantes. Quienes sí creen que fue torturado, ofrecen una prueba difícil de rebatir. Acudiendo a los documentos de su proceso, y cuando aún no había aceptado la retractación, podemos leer este párrafo tan revelador:

“Y pareciéndonos que no has dicho toda la verdad sobre tus intenciones, juzgamos necesario aplicar contra ti el examen riguroso; en el cual, sin prejuicio alguno de las cosas que has confesado y contra ti usadas como antes acerca de tu intención, respondiste católicamente”. 

El “examen riguroso” al que se hace alusión, por supuesto, era la tortura. Queda, no obstante, una duda última. Quizá aceptó retractarse a las puertas del tormento. Sea como fuere, Galileo Galilei abjuró de la razón que le asistía el 22 de junio de 1633. La Inquisición obtuvo aquel día el fin que se había propuesto. La retractación forzada de Galileo supone despojar al hombre de sí mismo, de sus más íntimas convicciones. Socavar su alma, exponerla como un nervio al aire. Quebrantar al hereje, asediar su conciencia, infligirle una herida incurable, despojarlo de sí mismo. Y despojarlo con recochineo e hipocresía:

“Por lo cual estamos contentos de que seas absuelto, aunque antes, con corazón sincero y fe no fingida, nos abjures, maldigas y detestes dichos errores y herejías y cualquier otro error y herejía contraria a la católica y apostólica Iglesia, en el modo y forma que por nosotros te será dado”. 

Eso dice un párrafo de la sentencia que le fue leída poco antes de que él se retractara. El suyo es el más claro paradigma de la verdad aplastada por el poder, del genio silenciado por la ignorancia. La razón humillada, así hemos subtitulado este capítulo. Resulta imposible creer en la veracidad del famoso eppur si muove de la leyenda después de conocer la humillante retractación que él tuvo que leer de rodillas:

“Yo, Galileo Galilei, hijo del difunto Vincenzo Galilei, de Florencia, de setenta años de edad, siendo citado personalmente a juicio y arrodillado ante vosotros, los eminentes y reverendos cardenales, inquisidores generales de la República universal cristiana contra la depravación herética, teniendo ante mí los Sagrados Evangelios, que toco con mis propias manos, juro que siempre he creído y, con la ayuda de Dios, creeré en lo futuro, todos los artículos que la Sagrada Iglesia católica y apostólica de Roma sostiene, enseña y predica. Por haber recibido orden de este Santo Oficio de abandonar para siempre la opinión falsa que sostiene que el Sol es el centro e inmóvil, siendo prohibido el mantener, defender o enseñar de ningún modo dicha falsa doctrina; y puesto que después de habérseme indicado que dicha doctrina es repugnante a la Sagrada Escritura, he escrito y publicado un libro en el que trato de la misma y condenada doctrina y aduzco razones con gran fuerza en apoyo de la misma, sin dar ninguna solución; por eso he sido juzgado como sospechoso de herejía, esto es, que yo sostengo y creo que el Sol es el centro del mundo e inmóvil, y que la Tierra no es el centro y es móvil, deseo apartar de las mentes de vuestras eminencias y de todo católico cristiano esta vehemente sospecha, justamente abrigada contra mí; por eso, con un corazón sincero y fe verdadera, yo abjuro, maldigo y detesto los errores y herejías mencionados, y en general, todo error y sectarismo contrario a la Sagrada Iglesia; y juro que nunca más en el porvenir diré o afirmaré nada, verbalmente o por escrito, que pueda dar lugar a una sospecha similar contra mí; asimismo, si supiese de algún hereje o de alguien sospechoso de herejía, lo denunciaré a este Santo Oficio o al inquisidor y ordinario del lugar en que pueda encontrarme. Juro, además, y prometo que cumpliré y observaré fielmente todas las penitencias que me han sido o me sean impuestas por este Santo Oficio. Pero si sucediese que yo violase algunas de mis promesas dichas, juramentos y protestas (¡qué Dios no quiera!), me someto a todas las penas y castigos que han sido decretados y promulgados por los sagrados cánones y otras constituciones generales y particulares contra delincuentes de este tipo. Así, con la ayuda de Dios y de sus Sagrados Evangelios, que toco con mis manos, yo, el antes nombrado Galileo Galilei, he abjurado, prometido y me he ligado a lo antes dicho; y en testimonio de ello, con mi propia mano he suscrito este presente escrito de mi abjuración, que he recitado palabra por palabra.

En Roma, en el convento de la Minera, 22 de junio de 1633; yo, Galileo Galilei, he abjurado conforme se ha dicho antes con mi propia mano”.

Galileo es acusado de herejía


De Herejes y Malditos en la Historia, Agustín Celis Sánchez, Ed. Albor Libros, Madrid, 2006.


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