Página personal de Agustín Celis

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La Educación a debate

Durante varias semanas me han estado rondando desde una emisora de radio local para que participara en un coloquio sobre Educación. “La Educación a debate”. Interesante y sugerente título. Trillada fórmula. Por saturación, por exceso de trabajo, por motivos de huelga, por imposibilidad, les he venido diciendo que no podía ser, que quizá más adelante, que puede que en otra ocasión, en otra semana. Pretendían que fuera con dos o tres compañeros más a hablar sobre la enseñanza, ese tema que preocupa a todos, del que todo el mundo tiene formada una opinión, sobre todo los intelectuales, que nunca dejan escapar la ocasión para aportar sencillas soluciones nunca antes vislumbradas; sobre todo los políticos, tan aficionados a legislar sobre enseñanza que cada seis o siete años se sacan una nueva ley orgánica con toda su parafernalia de decretos, órdenes, circulares e instrucciones precisas.

 Ayer me volvieron a insistir y pronuncié el definitivo no. Sencillamente no es posible. Y así lo expuse,  explicando la situación con argumentos incontestables, los de verdad: un centro que ahora mismo tiene dos profesores de baja sin sustitución no se puede permitir la ausencia de tres o cuatro profesores más, ni siquiera durante un par de horas. Sería una locura.

 Aunque he notado cierta exasperación en el tono de mi interlocutor a medida que se desarrollaba la conversación por teléfono, en todo momento se ha mostrado correcto. Digamos que lo comprendía. Cómo no… Pero aún así he creído notar un deje de descrédito en la seriedad con que ha pronunciado las últimas frases, ya despidiéndose; no sé… cierto desdén, cierto desprecio, que se ha vuelto casi insulto en la urgencia con que se ha precipitado hacia el adiós, en la prisa que se ha dado en colgar. Quizá ultrajado por mi negativa, seguramente ofendido o decepcionado. Él, que quizá pretendía avivar el debate sobre educación a nivel local. Él, que solo trataba de aportar su granito de arena, buscar soluciones, arrimar el hombro, hacer que se entienda la gente. Pero no hay nada que hacer, se habrá dicho. Y fantaseo e imagino que por un momento, como todos alguna vez, se habrá dejado vencer por el desánimo. ¡Bienvenido!

 

Principio de incompetencia

Sin temor a caer en el desánimo, y mucho menos en la auto indulgencia, sin gloria ni vanidad me atrevo a decir que todos los días corro el riesgo de convertirme en ejemplo paradigmático de aquello que enunció, tan brillantemente, Laurence J. Peter:

“En una jerarquía, todo empleado tiende a ascender hasta su nivel de incompetencia” .

Que el tipo fuera, además, catedrático de ciencias de la educación no me tranquiliza nada.

Preocupaciones

Me cuenta una amiga que anda muy preocupada con el expolio al que están sometiendo a la sanidad pública. Enseguida supongo que lo dice porque ella es médico y además vive en Madrid, donde el asunto parece que está tomando proporciones delictivas. Luego me pregunta si no me ocurre lo mismo con la educación y me recuerda que dentro de unos días vuelve a haber huelga en la enseñanza, indagando en mis silencios si pienso adherirme a ella o no. Sospecho que me interroga sin palabras porque soy profesor. Me la quedo mirando sin responderle y al cabo de un rato me sobresalto al descubrir que no lo decía en silencio, que había palabras más allá de su mirada, que una pregunta había quedado a la espera a la vez que mi pensamiento viraba hacia otros asuntos radicalmente sin importancia, pero que últimamente me preocupan y me tomo muy en serio, como el hecho insignificante para el mundo de que haga demasiado tiempo desde la última vez que me apeteció de veras defender una opinión.

Solo para docentes

NAGINI DE HARRY POTTER

Hastiada ante la persistente tendencia a enseñar de sus compañeros del Centro Selvático de Reeducación Ética y Social, le dijo la ultrapedagógica serpiente al sabio mandril:

-¡Aprende ya de una puta vez a sisear! ¡Y a arrastrarte!

Y a eso lo llamó “Formación permanente del profesorado”.

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