mala leche - ajedrez

Mala leche

Nunca decía nada al vernos entrar. Solía esperarnos sentado, abstraído frente a las piezas, estudiando posiciones, en completo silencio.

—¿Qué os ha dicho don Alfredo? —preguntaba más tarde el director del colegio enseñándonos a mentir.

—Que debemos portarnos bien, don Juan —decíamos, temerosos.

Y el director, satisfecho, conforme, con la mano blanda sobre nuestras cabezas, pronunciaba el visto bueno con el que los déspotas invocan a su piedad:

—Muy bien. Muy bien.

A los chicos malos, a los que teníamos mala leche, nos mandaban con El Sapo en los recreos; al territorio olvidado y perdido de los batracios; al aula mal iluminada y casi vacía, sin sillas en las que sentarse ni mesas en las que trabajar; con las persianas siempre rotas, el aire asfixiante y aquel olor a cieno y agua estancada que nos llegaba a través del ventanuco que daba al canal en el que croaban las ranas. Croac. Croac.

Aún no había cumplido diez años, estaba en cuarto de EGB y ya me habían convencido de que tenía mala leche. Como allí no había nada que hacer y mucho menos que decir, los tres o cuatro chicos castigados, siempre los mismos, empezamos a acercarnos a la mesa donde El Sapo jugaba consigo mismo al ajedrez. Primero, con temor. Después, con curiosidad. Finalmente, interesados. Susurrábamos porque intuíamos que convenía estar en silencio, pero aun así comentábamos la jugada inventándonos el juego que, a fuerza de mirar, íbamos descubriendo.

La primera vez que El Sapo se dirigió a nosotros, después de varios días, fue para decirnos que a la pieza que nosotros llamábamos Reina era mucho mejor llamarla Dama. Nunca nos dijo el porqué.

Un día, al entrar en la sala de los batracios, nos encontramos varias mesas y sillas en el aula, y, en cada mesa, un tablero y una caja con piezas de ajedrez.

—¿Podemos jugar, don Alfredo?

Pero El Sapo, a lo suyo, solo levantó la cabeza, nos miró un instante, se encogió de hombros y acercó el dedo índice de su mano derecha a la boca.

A partir de ese día, de vez en cuando se levantaba de su mesa y se acercaba a la nuestra para observar también él nuestro juego.

—Así, no —decía—. Así.

O bien:

—El Alfil mueve en diagonal; la Torre, en horizontal y en vertical; el Caballo, en forma de L.

Pronunciaba el nombre de las piezas con mayúsculas.

—Al Rey se le debe hacer jaque —decía.

O bien:

—Al Rey de nuestro contrincante debemos acorralarlo, y si lo dejamos sin movimiento y sin protección, entonces ganamos.

—¿Ganamos qué?

—Nada. Solo la partida.

—¿Y entonces? —preguntábamos.

Y entonces El Sapo se volvía a quedar en silencio y regresaba a la partida interminable que jugaba consigo mismo en la esquina donde sonaban las ranas. Croac, croac.

Empezó a enseñarnos aperturas, tácticas y estrategias del ajedrez, gambitos y celadas. Y también a dar mate con la Dama, con dos Torres, con una Torre y el Rey, con dos Alfiles, con un Alfil y un Caballo. Y siempre que se acababa una partida nos decía:

—Daos la mano.

—¿Por qué?

—Porque sí.

Casi a final de curso nos anunció que iríamos a jugar con otros colegios un campeonato de ajedrez. En equipo. Con otros chicos de nuestra edad. Cuatro jugadores contra cuatro jugadores cada vez. Tú serás el primero; tú, el segundo; tú, el tercero; y tú, el cuarto.

Yo solía ser el segundo y, por tanto, jugar con el segundo de los otros equipos. O el número dos y jugar con el número dos del equipo contrario. Nunca pregunté por qué. En el fondo sabíamos cuál era el motivo. A veces, sin previo aviso, variaba nuestras posiciones y, según con quién nos tocara jugar, el tres dejaba de ser el tres para ser el cuatro. O yo me convertía en el tres o me convertía en el cuatro. El único que no variaba nunca era el primero.

No siempre ganábamos de manera individual, pero sí solíamos hacerlo en grupo. De regreso al colegio, comentábamos la jugada y luego repasábamos las partidas. Y, siempre que podíamos, dentro y fuera del colegio, jugábamos al ajedrez.

Aprendimos a anotar las partidas y aprendimos a jugar con reloj. Pero también aprendimos a observar al contrario y a admirar su juego. Y también a tenderle la mano cuando ganábamos y también cuando perdíamos.

Un día descubrimos, con sorpresa, que habían dejado de mandarnos a la sala de los batracios como castigo y que ahora íbamos para jugar. Y aunque las ranas seguían haciendo croac en la esquina de don Alfredo, hacía ya mucho que habíamos dejado de oírlas. Incluso nos dimos cuenta de que ya nunca nos referíamos a don Alfredo como El Sapo.

Cuando llegamos a la final de aquel primer campeonato de ajedrez, conocíamos muy bien a nuestros adversarios. Los habíamos visto jugar muchas veces. El número uno de su equipo era temible. No había perdido ni una sola partida y nuestro número uno se veía incapaz de ganarle. Sabía, porque habíamos empezado a saber esas cosas, que no sería capaz de vencerlo.

Y también recuerdo, porque me gustó, que, durante la final en el pabellón deportivo, fue el director de nuestro colegio el que preguntó por qué.

—¿Por qué enfrentas a nuestro segundo jugador con el primero de ellos?

—¿Y por qué no? —respondió don Alfredo—. Es el que más mala leche tiene jugando.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *