Página personal de Agustín Celis

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Billete con la cara de Al Capone

Al Capone, el enemigo público nº1


Introducción:

Alrededor de la figura de Al Capone existe un malentendido que conviene aclarar cuanto antes. Hay quienes mantienen la teoría de que Al Capone no puede ser considerado un miembro de la mafia americana, ya que, según ellos, en realidad pertenecería a lo que se conoce como Camorra, un grupo criminal de Nápoles con un origen más antiguo que la Cosa Nostra, la estructurada organización siciliana, hermana mayor de la estadounidense. Sin embargo, como en más de una ocasión se encargaría de aclararles el propio mafioso de Chicago a los periodistas que tenía en nómina, Al Capone no era italiano. Fueron sus padres los que nacieron en Nápoles y posteriormente emigraron a Estados Unidos, pero ni siquiera ellos tuvieron vínculo alguno con la Camorra.


Al Capone

Al Capone - Chicago

Alphonse Capone nació el 17 de enero de 1899 en Brooklyn, Nueva York, en el barrio de Williamsburg, y más exactamente en una casa que hacía esquina con las calles Tillary y Lawrence. Pertenecía, por tanto, a la primera generación de italoamericanos que tenían en muy alta consideración el ser estadounidenses, condición que a nuestro hombre lo llenaba de orgullo patrio. Y fue en su ciudad natal donde Capone inició su carrera delictiva dentro de la banda de gánsteres que Johnny Torrio dirigía. Fue el cerebro privilegiado de Torrio el primero en advertir las especiales aptitudes que el joven Capone mostraba para el crimen organizado, razón por la cual, cuando años más tarde trasladara sus negocios a Chicago para formar parte de la familia de Jim Colosimo, llamaría al discípulo de Nueva York a sus filas en la nueva organización. Más tarde, ante el atentado sufrido el 24 de enero de 1925, Torrio decidiría dejarle todo su imperio a Capone, quien se convirtió de esta manera en el tercer jefe de la poderosa familia de Chicago, más conocida como El Equipo dentro de la compleja estructura jerarquizada de la Cosa Nostra.

Solo un año más tarde, en 1926, Al Capone era ya el todopoderoso emperador del Crimen Organizado de la ciudad de Chicago, cuyo destino dirigía desde la planta 22 del Hotel Hawthorne de Cicero, su cuartel general y la guarida del peligroso grupo de asesinos fieles que lideraba: Jack McGurn, James DeAmato, Claude Maddox, Jake Guzik, Dan Seritella, Tony Capezio, Shorty Campagna, Charles Fischetti, Frank Nitti y Tony Accardo. Estos dos últimos serían, al cabo, los herederos de la familia. El caso de Tony Accardo es especialmente relevante, pues con el paso del tiempo se convertiría en uno de los hombres con más influencia dentro de la Cosa Nostra. Accardo sería, también, el Padrino que en 1946 concedería una última oportunidad a Bugsy Siegel.

Aunque Al Capone ha pasado a la historia, justamente, como un hombre violento y megalómano, no debemos considerarlo como un vulgar asesino, pues dentro del crimen organizado fue un cráneo privilegiado que, en Chicago, alcanzó los mismos niveles de organización que Lucky Luciano en la ciudad de Nueva York. De hecho, el 11 de enero de 1927, cuando la célebre Comisión de Luciano no era todavía ni siquiera un sueño en su cabeza, Al Capone convocó la primera gran cumbre de la Mafia de Chicago con el fin de conseguir una paz entre las distintas bandas de criminales. La idea de establecer una “paz en los negocios” regida por normas internas, ya la tuvo Capone varios años antes que Lucky Luciano. De aquella primera reunión en el Hotel Sherman de Chicago saldría el documento que se conoce con el nombre de “Las Cinco Reglas”, y que no es más que un estatuto de cinco normas básicas que todos debían aceptar para evitar los alborotos en las calles. Al Capone sabía, por Johnny Torrio, que “solo con la paz se hacen buenos negocios”.


El enemigo público número uno

Al Capone - wanted

Desde el principio de su reinado demostró una especial habilidad para sobornar policías, jueces y jurados, además de a unos doscientos periodistas a los que tenía en nómina y que le montaban espectaculares campañas de propaganda. Algunos de los célebres títulos que obtuvo en vida, como “El Rey del Hampa” o “El enemigo público número uno”, responden en parte al propósito exhibicionista de Capone, al que le encantaba verse en los papeles como protagonista de lo que él consideraba “buenas historias”. Quizá este rasgo sea lo que en verdad lo diferencia del genio criminal de Luciano, que siempre quiso pasar desapercibido, como un hombre en la sombra que maneja el destino del crimen organizado en Estados Unidos. Por el contrario, Al Capone buscó ser una estrella del crimen que actúa a plena luz del día, un burlador de la justicia que a la vez que controlaba el contrabando de licores, el negocio de la prostitución o los espléndidos beneficios obtenidos del juego, era capaz de concederle una entrevista a un periodista tras haber dado un importante donativo a la beneficencia. No deja de resultar significativo que la primera cumbre de la Mafia de Chicago se celebrara en el hotel más cercano al Ayuntamiento de la ciudad y al cuartel de la Policía.

No obstante, el reinado de Al Capone solo duraría seis años. Pero en esos seis años protagonizó algunos de los episodios más célebres y conocidos de la historia de la Cosa Nostra estadounidense: el asesinato de Frankie Yale, el exterminio de las bandas de irlandeses, la muerte de Earl Weiss y, sobre todo, la “Matanza del Día de San Valentín”.

Ahora bien, la Casa Blanca orquestó el acoso y derribó a la organización de Capone y en 1931 llegó su ansiado final. Todo comenzó cuando el presidente Calvin Coolidge nombró fiscal del Distrito Norte de Illinois a George Johnson, quien formó equipo y aunó esfuerzos con Eliott Ness, del Departamento de Justicia, y Arthur Madden, del IRS, el servicio interno de recaudación de impuestos, que acabarían revelándose como sus peores enemigos. En 1929 se complicarían aún más las cosas. El nuevo presidente de Estados Unidos, Herbert Hoover, llegó dispuesto a acabar con Al Capone y con la “Ley Seca”. Y así fue. El 12 de enero de 1931, gracias a las pruebas aportadas por Eliott Ness y sus hombres, Al Capone fue condenado a once años de prisión por impago de impuestos entre 1924 y 1929. Se le recluyó en la prisión federal de Atlanta y posteriormente en Alcatraz, donde años después, ante los evidentes signos de demencia que mostraba, le diagnosticaron como enfermo de sífilis, dolencia que le había ido consumiendo el cerebro. Cuando en 1939, convertido apenas en una sombra de lo que había sido, salió finalmente de la cárcel, se retiró a Palm Beach, donde moriría el 25 de enero de 1947 con tan solo 48 años.


El asesinato de Frankie Yale

Frankie Yale

Frankie Yale había sido, durante las dos primeras décadas del siglo XX, uno de los más importantes dirigentes de la organización de Giuseppe Battista Balsamo. Pero después de la guerra entre La Mano Negra de Balsamo y La Mano Blanca irlandesa de Wild Bill Lovett, el panorama de las bandas criminales de la ciudad de Nueva York había cambiado y ahora Yale controlaba sus propios negocios junto a otros nombres que empezaban a descollar, como Joe Masseria y los hermanos Mangano, que habían heredado la organización de Balsamo.

Los problemas de Frankie Yale con Al Capone comenzaron en 1928, cuando el mafioso neoyorquino inició dos medidas que disgustaron al mafioso de Chicago. La primera de ellas fue tratar de introducir en los negocios de Chicago a los miembros de la Unión Siciliana, grupo surgido tras el desmoronamiento de La Mano Negra en dos clanes. La segunda medida, aún más arriesgada, fue comenzar a fabricar alcohol para su distribución y venta, negocio que estaba controlado por la organización de Capone. La noticia de esta última osadía le llegó a Capone seguida de la muerte de uno de sus hombres, James DeAmato, a quien el Rey del Hampa había mandado a Nueva York para que se enterara de los negocios que se traía entre manos su viejo amigo Yale.

Después de la muerte de DeAmato, Al Capone decidió acabar con la vida del neoyorquino. Para ello envió a Brooklyn a tres de sus hombres más eficaces: Jake Guzik, Dan Seritella y Charles Fischetti, quienes el 1 de julio de 1928, a bordo de un sedán negro, empujaron al vehículo que conducía Frankie Yale fuera de la carretera cerca de la calle 44. Yale, sorprendido por la embestida, apenas pudo reaccionar ni sacar el arma mientras veía cómo los otros bajaban del coche dispuestos a vaciar sobre su cuerpo los cargadores de sus ametralladoras Thompson.


Las “Cinco Reglas” de la Mafia de Chicago

  1. “Todos los miembros de bandas que hayan sido heridos en altercados con otras bandas y que hayan provocado muertes, quedan amnistiados a partir de este mismo momento. Nadie podrá levantar la mano contra ninguno de ellos, sea de la banda que sea.
  2. Todas las bandas aquí representadas renuncian a la violencia en sus disputas con otras bandas. Se establecerá un arbitrio formado por los jefes del resto de bandas no implicadas en la disputa.
  3. Se establece el fin de los “raspados”. Si B desea destruir a A, dirá a C que B está preparando un ataque a A. En un caso como este se establecerá un arbitrio formado por los jefes del resto de bandas no implicadas en la disputa.
  4. No sucederán más invasiones de territorios. En el anexo de este documento quedará bien explícito las zonas de influencia de cada banda.
  5. La violación de alguna de estas normas por parte de un miembro de una banda es la violación de todos sus miembros y de su jefe. Para el resto de jefes la violación cometida por algún miembro de una banda es la violación cometida por el jefe”.

    Nota: Con el nombre de “raspado” se conocía a la acción que realizaba un gángster en beneficio de su banda cuando quería enfrentar a otras bandas rivales entre sí.

La muerte de Earl Weiss

Earl Weiss

Earl Weiss fue, junto a Bugs Moran, uno de los principales rivales que Capone tuvo en Chicago. A pesar de carecer de la suficiente fuerza logística como para enfrentarse a él, Earl Weiss estuvo empeñado durante varios años en invadir los territorios de Capone. Pero sin duda su mayor osadía la cometió el 11 de agosto de 1926 acribillando a tiros el coche del Rey del Hampa, que tuvo suerte aquel día de no ir en él. Este intento de asesinato, con la colaboración de Moran, lo llegó a repetir hasta en dos ocasiones, de las que también salió ileso el mafioso de Chicago. Una de ellas tuvo lugar en el Landerback, uno de los locales de juego de Capone; la otra ocurrió en el mismísimo Hotel Hawthorne.

Después de aquello, Capone decidió contestar. El lugar elegido fue el cuartel general de Earl Weiss, que estaba situado en el 738 de la calle State, curiosamente justo encima de la que había sido la tienda de flores de Dinie O’Banion. Ocurrió en la tarde del 11 de octubre de 1926. Tras bajarse de su coche, de camino hacia su cuartel general, Earl Weiss fue acribillado a tiros por los hombres de Capone. Murió en el mismo sitio exacto en el que lo había hecho dos años antes Charles Dion O’Banion.


La Matanza del Día de San Valentín

La llamada “Matanza del Día de San Valentín” es uno de los acontecimientos más espectaculares del gangsterismo de los años 20 en Chicago, y fue la respuesta de Capone a la banda de Bugs Moran, que en los meses anteriores a la masacre había decidido violar varias de las “Cinco Reglas” instituidas en el Hotel Sherman el 11 de enero de 1927. Al parecer, Bugs Moran había asaltado varios camiones de Capone, había operado en territorios que no eran los suyos y había intentado acabar con la vida del jefe de una banda rival.

Los hechos tuvieron lugar en la mañana del 14 de febrero de 1929 en el garaje del número 2122 de la calle North Clark, cuartel general de Bugs Moran.

Aquella mañana, dentro del garaje, se encontraban siete hombres: Frank y Peter Gusemberg, pistoleros de la banda; James Clark, cuñado de Moran; John May, un especialista en robos; Alfred Weishank, asesino; Adam Hyers, contable; y Reinhard Schwimmer, un oftalmólogo que no pertenecía a la banda de Moran, pero que era amigo personal de los Gusemberg y aquel día había decidido pasarse por allí. En aquellos momentos se encontraban esperando al jefe y ultimando los detalles de una operación de contrabando de whisky con cinco camiones que se dirigían hacia Detroit para cargar.

A las diez de la mañana de aquel día un Cadillac negro aparcó junto a la puerta y de él bajaron cuatro hombres, tres de ellos con uniformes del Departamento de la Policía de Chicago, pese a que el Cadillac no llevaba los distintivos habituales de los coches de la policía, aunque sí las sirenas y los altavoces del exterior.

Al ver entrar a quienes creían agentes de la policía, los hombres de Moran no se alteraron; estaban acostumbrados a este tipo de visitas. Al fin y al cabo, a los miembros de las fuerzas del orden también les gustaba echar un trago de vez en cuando.

Sin entrar en detalles sobre las razones de la visita, el que no llevaba uniforme les enseñó la placa y les ordenó que se colocaran frente a la pared, cosa que todos hicieron de mala gana, pero en todo caso sin oponer resistencia.

A continuación, y sin previo aviso, los cuatro hombres desabrocharon sus abrigos y dejaron ver las ametralladoras Thompson que ocultaban. Pocos segundos después, abrieron fuego hasta vaciar los cargadores sobre los siete cuerpos.

La matanza del día de San Valentín


Nota: Después de aquella exhibición de fuerza, la banda de Moran se dispersó y su jefe se dedicó a robar bancos en solitario, lo que le llevaría a la penitenciaria de Leavenworth, donde cumpliría dos condenas de diez años cada una por reincidir en el mismo delito.

Elliot Ness

Dentro de la historia de la Cosa Nostra, Elliot Ness (1902-1957) es en realidad un personaje muy secundario, a pesar de la popularidad de la que goza por ser el responsable del encarcelamiento de Al Capone y por la indiscutible contribución del cine americano en la exaltación de su figura. Con tan sólo veintiséis años, Eliott Ness ocupó la jefatura de una unidad especial en la lucha contra el contrabando de bebidas alcohólicas. En colaboración con un grupo de veinte hombres a los que la prensa denominó Los Intocables, se convirtió en el principal quebradero de cabeza del mafioso de Chicago, al que acabó llevando ante los tribunales en 1931.

Eliot Ness

Tras la abolición de la “Ley Seca”, ocuparía el cargo de director de Salud Pública de la ciudad de Cleveland, y más tarde, durante la II Guerra Mundial, se haría cargo de la dirección de la División de Protección Social de la Oficina de Defensa. Finalizada la contienda, Eliot Ness trabajó en un negocio privado de seguridad hasta que falleció con cincuenta y cuatro años.


Los intocables de Eliot Ness

En 1987, el director de cine Brian de Palma dirigió la película Los Intocables de Elliot Ness, donde Kevin Costner y Robert de Niro dieron vida a los dos personajes principales de la historia; Elliot Ness y Al Capone, respectivamente.


De La Historia del crimen organizado, Agustín Celis Sánchez, Ed. Libsa, 2009


 

La Razón Humillada

La razón humillada


Cuenta una piadosa leyenda que Galileo Galilei, en 1633, después de abjurar públicamente de sus ideas ante el tribunal de la Inquisición, pronunció en voz baja, ya cuando se iba: eppur si muove, es decir: y sin embargo, se mueve, en relación al movimiento de traslación de la Tierra alrededor del Sol, por cuya demostración fue procesado, humillado y obligado a una pública retractación ya en su vejez. Pero tan solo es eso, una leyenda compasiva de la que debemos dudar. A la luz de cómo ocurrieron los hechos resulta imposible creer en ella. Sin duda la abjuración de Galileo no fue sincera. Se desdijo solo para salvar la vida, y hasta el final de sus días siguió, en secreto y con arresto domiciliario, investigando sobre el asunto. Pero su proceso fue tan grave y humillante, el asedio a su conciencia tan feroz, y su declaración ante los inquisidores tan explícita, que no podemos confiar en que el viejo sabio tuviese aquel día ni el humor ni el coraje suficientes para proferir, aun en voz baja, tal osadía. Veamos cómo ocurrió todo.

Galileo Galilei

Retrato de Galileo Galilei, realizado por Justus Sustermans

En 1543 Nicolás Copérnico publicó su obra De revolutionibus orbium celestium, libro al que debemos considerar como el punto de arranque de una nueva manera de acercarse a los fenómenos naturales. En ella Copérnico aventuraba, como hipótesis de trabajo, la tesis de que la Tierra no era el centro del Universo y que se movía alrededor del Sol, estrella que permanecía inmóvil y a la que había que considerar como centro del Universo. Nacía así la nueva Astronomía. Con posterioridad, otros tres grandes astrónomos continuaron la concepción copernicana y llegaron a construir el nuevo modelo cosmológico heliocéntrico, que no solo tendría gran repercusión en el campo científico, sino también en el teológico y metafísico. Fueron Ticho Brahe (1546-1601), Johannes Kepler (1571-1630), y sobre todo Galileo Galilei (1564-1642).

Ticho Brahe, todavía en el siglo XVI, ya había cuestionado la visión del mundo de inspiración aristotélica, recogida de su Física, la canónica y aceptada por la Iglesia, que distinguía entre el mundo sublunar y el mundo celeste, considerado este último como incorruptible. Lo que demostró Brahe en 1572 fue que también en el universo las cosas nacen y se destruyen, que las estrellas aparecen y desaparecen. Pero no será hasta 1609 cuando se inicie el camino hacia la comprensión del universo tal y como hoy lo concebimos, incluida la idea de que la Tierra gira alrededor del Sol, es decir, que no es un objeto inmóvil tal y como postulaba el sistema astronómico tolemaico; y mucho menos el centro del universo como insinúa el Génesis bíblico y aceptaba la Iglesia de Roma como verdad incuestionable.

La razón humilladaEn ese año llega a conocimiento de Galileo un nuevo objeto óptico, especie de catalejo, creado por un artesano holandés, que es capaz de agrandar los objetos por muy alejados que estos se encuentren. Enseguida se interesa por él y comienzan sus investigaciones. Basándose en la teoría de la refracción, Galileo perfecciona el instrumento y crea el primer telescopio. Por aquel entonces es profesor de matemáticas en la ciudad de Padua, y el primer uso que le da al objeto inventado es puramente militar. Durante una ceremonia a la que fue invitado, entregó su telescopio al Dogo de Venecia, que quedó maravillado ante el hecho de que los navíos enemigos pudieran ser avistados desde tan lejos, lo que daría enormes ventajas a su armada. El telescopio fue presentado ante el senado, y Galileo obtuvo notoriedad inmediata. Desde ese momento se convirtió en una de las máximas autoridades del momento.

Ahora bien, solo era un primer paso hacia su revolución científica. Galileo no tardaría demasiado Galileo Galilei - la razón humilladatiempo en volver su telescopio hacia el cielo y comprobar con sus propios ojos cómo la humanidad había estado equivocada durante miles de años. Ya en 1601 nuestro hombre había escrito un folleto en el que simpatizaba con las ideas de Copérnico, y en una carta dirigida a Kepler le había manifestado su propósito de encaminar sus estudios hacia la demostración de la hipótesis copernicana. Cuando en 1610 descubra cómo los satélites de Júpiter giran alrededor de ese planeta, obtendrá la primera prueba del error que mora en la astronomía tolemaica, que afirmaba que todos los cuerpos celestes giran alrededor de la Tierra. Evidentemente no era cierto, pues no cabía duda de que los satélites de Júpiter mantenían un movimiento celeste cuyo centro era el planeta Júpiter y no la Tierra. La duda de Galileo fue inmediata, ¿y si Copérnico estaba en lo cierto? Y aún más, ¿no se podría llegar a una demostración científica del heliocentrismo por medio de su telescopio, con la simple observación de las estrellas?

A partir de este momento comienza a publicar una serie de obras que van sucesivamente argumentando a favor del sistema copernicano. En su libro Sidereus Nuncius explora la relación entre la Tierra y la Luna, y en Cartas sobre las manchas solares amplía el conocimiento que se tiene del sol, que permanece inmóvil, y cuya superficie no es lisa ni pulida, lo que también contradecía las aceptadas posturas de la Física de Aristóteles sobre la incorruptibilidad de los cielos.

Llegamos así a una situación delicada. Los descubrimientos de Galileo no afectaban únicamente al ámbito de la ciencia, sino que perturbaban también la concepción teológica que se tenía del mundo en aquella época. Por decirlo de otro modo, sus estudios sobrepasaban el terreno científico e interferían, quebraban o conmovían los cimientos de las convicciones teológicas. Lógicamente, enseguida se metió la Iglesia por medio.

La primera amonestación le llegó en 1613. El padre dominico Niccolo Lorini ataca por escrito a Galileo. Pero el científico cuenta con apoyos importantes. Otro sacerdote, el padre Castelli, sale en su defensa y previene a Galileo del peligro latente que se cierne sobre su obra, y nuestro hombre, que se considera un buen católico y no alberga la menor duda en materia de fe, se adelanta a dejar claras sus posturas. Por primera vez, argumenta a favor de la necesidad de distinguir entre el plano científico y el teológico. Para Galileo no existe maldad alguna en esta diferenciación; las demostraciones científicas no tienen por qué afectar a las cuestiones de la fe. Es más, la ciencia puede ampliar el conocimiento de la obra de Dios. La buena voluntad del científico, cuya fe es sincera, resulta evidente. Pero claro, quizá ignora o no prevé que al hacer tales afirmaciones se está deslizando por una pendiente resbaladiza. ¿Acaso no está abandonando el ámbito de lo puramente científico para entrometerse en cuestiones teológicas que no le competen? Y sobre todo, ¿no está anteponiendo lo que dicta la ciencia a lo que impone la exégesis teológica? ¿Acaso está insinuando que la Iglesia está equivocada en la concepción que tiene del universo?

Peligrosísima postura esta de Galileo, quien en una carta a Castelli se muestra así de seguro o radical:

“Si bien la Escritura no puede equivocarse, pueden equivocarse sus intérpretes y comentaristas de varios modos: entre estos uno sería muy grave y muy frecuente, cuando quieren detenerse en el puro sentido literal, porque así aparecen no solo varias contradicciones, sino graves herejías y blasfemias; ya que sería necesario dar a Dios pies, manos y ojos, al igual que afectos corpóreos y humanos, como ira, arrepentimiento, odio y también a veces olvido de las cosas pasadas y la ignorancia de las futuras. Como en las Escrituras se encuentran muchas proposiciones falsas  si se toma el desnudo sentido de las palabras, pero sucede así porque se acomodan a la incapacidad del numeroso vulgo, y es necesario que para los pocos que merecen ser separados de la estólida plebe los sabios expositores produzcan los verdaderos sentidos, e indiquen las razones especiales por las cuales esas palabras se han proferido”. 

Intentemos razonar con la perversa lógica de los inquisidores: ¡Qué está diciendo este hombre, Dios mío! ¿Será posible que esté insinuando que nosotros, los humildes siervos de Dios, incurrimos en herejía y blasfemia por tomar en sentido literal las Sagradas Escrituras? ¿Acaso se nos puede comparar a nosotros, meros intérpretes de la gloria divina, con la “estólida plebe” y el “numeroso vulgo”, por aceptar como ciertas las verdades leídas en Tolomeo y Aristóteles, universalmente reconocidas por la verdadera Iglesia de Dios? Porque si es así, por muy sabio que sea nuestro hermano en Cristo Galileo Galilei, es un hereje impertinente al que hay que llamar al orden sin demora, no ya solo para mantener el buen nombre de la muy Santa, Católica, Apostólica y Romana Iglesia, sino sobre todo por la salvación de su pobre y desdichada alma.

Y así se hizo. En 1614 interviene el fraile dominico Tommaso Caccini con una violenta prédica contra las tesis de Copérnico y Galileo, y al año siguiente, en el mes de febrero, el ya nombrado Niccolo Lorini envía una delatora carta-denuncia al prefecto del Santo Oficio en la que además adjuntaba una copia de la misiva del científico a Castelli. De inmediato, la Santa Inquisición abre un proceso y ordena investigar las obras de Galileo. Ya está el lío montado.

Nuestro hombre, anticipándose a lo que le puede caer encima, decide viajar a Roma para aclarar el asunto. Aquí hay que tener en cuenta la enorme fama de la que disfruta ya Galileo. Además, mantiene magníficas relaciones con altas personalidad de la vida política y eclesial, sobre todo con el cardenal Maffeo Barberini, del que se considera amigo personal. Al igual que Giordano Bruno unos años antes, Galileo cree poder hacer entrar en razón a las autoridades de la Iglesia. En febrero de 1616 hay ya una primera censura formal a la principal tesis del científico, aquella que afirma que el Sol es el centro del mundo y que la Tierra no permanece inmóvil, sino que gira a su alrededor.

Roberto Bellarmino

Roberto Bellarmino

El de 1616 es un año especialmente importante en el proceso de Galileo. En este año tuvo dos encuentros que van a ser fundamentales en su vida, y que explican el excepcional trato que recibió y lo rápido que se resolvió este primer escollo en su causa. La primera entrevista la tuvo con el famoso cardenal Bellarmino, al que ya conocemos por su intervención en el proceso de Giordano Bruno. Por mandato del papa Pablo V, Bellarmino llama a Galileo y le invita a abandonar sus opiniones sobre el Sol y la Tierra y la novedosa relación existente entre ellos. Bellarmino le ordena a Galileo que ni enseñe ni defienda las tesis de Copérnico como si fuesen ciertas, y ante esto, Galileo se somete y promete obedecer. Ahora bien, Bellarmino dejó a la vista, en su admonición, una zona de sombra, a la que posteriormente se acogerá Galileo con astucia: ¿le estaría permitido plantear tales tesis, especular sobre ellas, defenderlas o enseñarlas, como hipótesis? Más adelante lo veremos.

La segunda entrevista la mantiene con el mismísimo papa, Pablo V. El pontífice recibe en Roma a Galileo y pasea durante una hora con él amigablemente. Se muestra cordial con el científico. Es más, incluso llega a tranquilizarlo. Mientras él viva, le dice Pablo V a Galileo, ni la Congregación del Santo Oficio ni él mismo prestarán oído a los calumniadores. Galileo puede estar seguro. Mientras el actual papa esté sentado en la silla de Roma, Galileo estará a salvo.

Este encuentro ha despertado diversas interpretaciones por parte de los estudiosos de la vida y milagros de Galileo Galilei. Efectivamente, Pablo V murió en 1623, y en todo ese tiempo Galileo no fue molestado. Es más, ni siquiera se incluyeron sus obras en el Índice de libros prohibidos. Por tanto, son muchos los estudiosos que sostienen que la actitud del papa fue ejemplar y sincera. No obstante, me parece interesante incluir aquí la interpretación que de ese encuentro y de las amables palabras del papa, dan Benazzi y D’Amico:

“Palabras curiosamente tranquilizadoras, que en realidad forman parte de una estrategia bien conocida por los mismos inquisidores: alternativamente amenazar y tranquilizar, mostrarse protectores con quien está en su poder”.

Por nuestra parte, preferimos no adherirnos a ninguna tesis. Quizá desconfiar de la buena voluntad del pontífice resulte excesivo, pero sin duda conviene recordar que en los documentos del proceso de Galileo Galilei, cuando Pablo V ordena a Bellarmino que llame ante él al científico, dictamina que:

“lo conmine a abandonar dichas opiniones; y si se niega a obedecer, el Padre Comisario, ante un notario y dos testigos, lo intimará con la orden de abstenerse del todo y de todas las maneras a enseñar o defender esta doctrina y opinión, o a tratar sobre esta; si no lo aceptara será encarcelado”. 

Ya hemos visto que no hizo falta llegar a métodos tan drásticos. Galileo aceptó la propuesta de Bellarmino, lo que significa que no hizo falta intimidarlo con “la orden de abstenerse del todo y de todas las maneras”.

Nuestro hombre contaba por aquel entonces con cincuenta y dos años. Estaba en plena posesión de sus facultades mentales. Se siente con la razón y sabe que no está todo perdido. A partir de este momento pondrá todos sus esfuerzos en continuar con sus investigaciones, pero sin ofender a Roma. No abandonará sus tesis copernicanas heliocéntricas, pero el modo de exponerlas será mucho más sutil que antes. No las dará abiertamente, pero las dará igualmente. Confía en poder ganarse, poco a poco, a la Iglesia Católica para su causa. Aún cree que podrá convencerla de la necesidad de distinguir entre la investigación científica y la verdad de la Iglesia, dos polos que no tienen por qué estar enfrentados. Una vez más, como Giordano Bruno, cree en la posible concordia entre razón y fe.

Galileo - Il SaggiatoreEn 1623, Galileo publica su ensayo Il Saggiatore, una obra en la que reivindica el método científico para alcanzar las verdades ocultas en la naturaleza. La verdad, viene a decir en su tratado, sólo se obtiene de la unión de la experiencia y la comprobación racional de los hechos, de las demostraciones palpables. Ese mismo año muere el papa Pablo V. Y lo va a suceder el cardenal Maffeo Barberini, de quien dijimos que era amigo personal Galileo, que le dedica su obra. El nuevo pontífice se hará llamar Urbano VIII.

Entre 1624 y 1629, Galileo escribe la que será su obra maestra, I Dialoghi sopra i due massimi Galileo Galilei - Diálogo...sistemi del mondo, tolemaico e copernicano. Y esta sí es ya una obra atrevida. Se trata de un diálogo lucianesco en el que hablan y polemizan tres personajes de nombres simbólicos: Salviati, Simplicio y Sagredo, que en cuatro jornadas discuten sobre astronomía, manteniendo las dos posturas en disputa; la tolemaica, que defiende Simplicio; y la copernicana, que defiende Salviati; en cuanto a Sagredo, es el moderador en el diálogo, pero también quien aviva la disputa y va planteando las diferentes cuestiones en las que los otros dos se enzarzan. La estrategia de Galileo salta a la vista. Como se entenderá con facilidad, ni defiende ni enseña las tesis de Copérnico, pero las expone en su obra magistralmente, se diría que pertinazmente. ¿Ha desobedecido el mandato de la Iglesia? ¿Ha traicionado su promesa a Bellarmino? Parece que no. Pero las autoridades eclesiásticas no entienden lo mismo. El libro tardará en publicarse. No es para menos: bajo el sutil aspecto de una interesante disputa, el personaje de Salviati hace una encendida exposición y defensa del heliocentrismo. Hasta 1631 no recibe el imprimatur eclesiástico, y hasta 1632 no se distribuye.

Enseguida causó revuelo. La comunidad científica de Europa lo acogió con entusiasmo, pero la Iglesia de Roma volvió a abrir su proceso. Ahora será sospechoso de herejía y contumacia. Para colmo, algunos quisieron ver en la figura del Simplicio que defendía las tesis tolemaicas, quien es presentado como bobo y corto de miras, un trasunto del papa Urbano VIII, conocido defensor a ultranza de esta postura. Galileo no solo había vuelto a las andadas, sino que se atrevía a insultar al pontífice, que se dio por insultado. Y lo que era quizá peor si cabe: Galileo se había atrevido a despreciar la admonición que le había hecho el Santo Oficio en 1616 por medio de Bellarmino. Era intolerable. Desde ese momento, tanto la Santa Inquisición como el papa Urbano VIII fueron inflexibles. En septiembre de 1632 fue llamado a Roma. Por aquel entonces, nuestro hombre se encuentra enfermo y así lo alega para no presentarse. Incluso envía al inquisidor tres certificados médicos que confirman su débil estado de salud, pero la Inquisición es implacable. Galileo es culpable y debe presentarse en Roma para asistir a su juicio. Por aquel entonces es ya un hombre de sesenta y ocho años, un anciano que, según el informe médico, se está quedando ciego y sufre vértigos frecuentes, melancolía hipocondríaca, debilidad de estómago, insomnio y dolores imprecisos por todo el cuerpo.

URBANO VIII, PINTADO POR GIAN LORENZO BERNINI - 1625

Urbano VIII, por Lorenzo Bernini, 1625

Aún así, parte hacia Roma el 20 de enero de 1633, a donde llega el 13 de febrero. El primer interrogatorio tiene lugar el 12 de abril. Ese mismo día es encerrado en la prisión del Santo Oficio, donde permanecerá durante todo el tiempo que duran los interrogatorios, en realidad hasta su abjuración a finales de junio de ese mismo año. Resulta un misterio irresoluble saber si Galileo fue o no torturado por sus inquisidores. Hay opiniones para todos los gustos. Quienes lo niegan, alegan que la vejez del procesado impediría tales métodos o, por decirlo con el lenguaje utilizado en los manuales para uso de inquisidores: tales “medicinas para el alma”. Pero no es un argumento convincente. Es cierto que en los ancianos no se utilizaba la tortura habitual de la cuerda, que habría destrozado los miembros, pero había otras soluciones eficaces: las quemaduras en las plantas de los pies, la aplicación del torno en los tobillos y otras semejantes. Quienes sí creen que fue torturado, ofrecen una prueba difícil de rebatir. Acudiendo a los documentos de su proceso, y cuando aún no había aceptado la retractación, podemos leer este párrafo tan revelador:

“Y pareciéndonos que no has dicho toda la verdad sobre tus intenciones, juzgamos necesario aplicar contra ti el examen riguroso; en el cual, sin prejuicio alguno de las cosas que has confesado y contra ti usadas como antes acerca de tu intención, respondiste católicamente”. 

El “examen riguroso” al que se hace alusión, por supuesto, era la tortura. Queda, no obstante, una duda última. Quizá aceptó retractarse a las puertas del tormento. Sea como fuere, Galileo Galilei abjuró de la razón que le asistía el 22 de junio de 1633. La Inquisición obtuvo aquel día el fin que se había propuesto. La retractación forzada de Galileo supone despojar al hombre de sí mismo, de sus más íntimas convicciones. Socavar su alma, exponerla como un nervio al aire. Quebrantar al hereje, asediar su conciencia, infligirle una herida incurable, despojarlo de sí mismo. Y despojarlo con recochineo e hipocresía:

“Por lo cual estamos contentos de que seas absuelto, aunque antes, con corazón sincero y fe no fingida, nos abjures, maldigas y detestes dichos errores y herejías y cualquier otro error y herejía contraria a la católica y apostólica Iglesia, en el modo y forma que por nosotros te será dado”. 

Eso dice un párrafo de la sentencia que le fue leída poco antes de que él se retractara. El suyo es el más claro paradigma de la verdad aplastada por el poder, del genio silenciado por la ignorancia. La razón humillada, así hemos subtitulado este capítulo. Resulta imposible creer en la veracidad del famoso eppur si muove de la leyenda después de conocer la humillante retractación que él tuvo que leer de rodillas:

“Yo, Galileo Galilei, hijo del difunto Vincenzo Galilei, de Florencia, de setenta años de edad, siendo citado personalmente a juicio y arrodillado ante vosotros, los eminentes y reverendos cardenales, inquisidores generales de la República universal cristiana contra la depravación herética, teniendo ante mí los Sagrados Evangelios, que toco con mis propias manos, juro que siempre he creído y, con la ayuda de Dios, creeré en lo futuro, todos los artículos que la Sagrada Iglesia católica y apostólica de Roma sostiene, enseña y predica. Por haber recibido orden de este Santo Oficio de abandonar para siempre la opinión falsa que sostiene que el Sol es el centro e inmóvil, siendo prohibido el mantener, defender o enseñar de ningún modo dicha falsa doctrina; y puesto que después de habérseme indicado que dicha doctrina es repugnante a la Sagrada Escritura, he escrito y publicado un libro en el que trato de la misma y condenada doctrina y aduzco razones con gran fuerza en apoyo de la misma, sin dar ninguna solución; por eso he sido juzgado como sospechoso de herejía, esto es, que yo sostengo y creo que el Sol es el centro del mundo e inmóvil, y que la Tierra no es el centro y es móvil, deseo apartar de las mentes de vuestras eminencias y de todo católico cristiano esta vehemente sospecha, justamente abrigada contra mí; por eso, con un corazón sincero y fe verdadera, yo abjuro, maldigo y detesto los errores y herejías mencionados, y en general, todo error y sectarismo contrario a la Sagrada Iglesia; y juro que nunca más en el porvenir diré o afirmaré nada, verbalmente o por escrito, que pueda dar lugar a una sospecha similar contra mí; asimismo, si supiese de algún hereje o de alguien sospechoso de herejía, lo denunciaré a este Santo Oficio o al inquisidor y ordinario del lugar en que pueda encontrarme. Juro, además, y prometo que cumpliré y observaré fielmente todas las penitencias que me han sido o me sean impuestas por este Santo Oficio. Pero si sucediese que yo violase algunas de mis promesas dichas, juramentos y protestas (¡qué Dios no quiera!), me someto a todas las penas y castigos que han sido decretados y promulgados por los sagrados cánones y otras constituciones generales y particulares contra delincuentes de este tipo. Así, con la ayuda de Dios y de sus Sagrados Evangelios, que toco con mis manos, yo, el antes nombrado Galileo Galilei, he abjurado, prometido y me he ligado a lo antes dicho; y en testimonio de ello, con mi propia mano he suscrito este presente escrito de mi abjuración, que he recitado palabra por palabra.

En Roma, en el convento de la Minera, 22 de junio de 1633; yo, Galileo Galilei, he abjurado conforme se ha dicho antes con mi propia mano”.

Galileo es acusado de herejía


De Herejes y Malditos en la Historia, Agustín Celis Sánchez, Ed. Albor Libros, Madrid, 2006.


Francisco Ferrer i Guardia. Masón y libertario


El de Francisco Ferrer i Guardia (1859-1909) es un caso cerrado pero no resuelto. No cabe duda de que se inició en la masonería siendo todavía bastante joven, con menos de veinticinco años, y que trabajó algún tiempo para el líder republicano Manuel Ruiz Zorrilla, también masón y posible introductor del joven Ferrer en la doctrina masónica.

Sin embargo, nos llama la atención que en el Diccionario enciclopédico de la masonería, de Frau-Arus-Almeida, no haya ninguna mención a Ferrer i Guardia. Aunque su primera publicación se remonta a 1883, con posterioridad Luis Almeida introdujo un buen número de añadidos, incluido Azaña, de una generación posterior al famoso libertario. No deja de ser una curiosidad reseñable. ¿Por qué no aparece Ferrer i Guardia en una de las más importantes fuentes de información sobre la masonería? Es sólo una de las tantísimas preguntas que quedan sin respuesta al tratar sobre la obra y milagros de este curioso individuo, de vida ajetreada y final trágico.

Como en muchos otros casos, se trata de una figura que provoca controversias apasionadas entre polos opuestos, quedando el enfrentamiento entre sus amantísimos abogados y sus furibundos difamadores en un cero a cero que nada aclara y que los pone en una evidencia vergonzosa. Por supuesto, ambas posturas nos parecen igualmente risibles, por exageradas y radicales, pues colocan al personaje en cuestión en el infierno de los perversos demoníacos o en el paraíso de los humildes ungidos de santidad.

Llevado por la curiosidad,  y después de leer bastante sobre el sujeto en cuestión, yo me he preocupado en buscar algunas fotos de Ferrer i Guardia para comprobar por mí mismo qué clase de cara puede tener un tipo que, según nos cuenta don Ricardo de la Cierva con su habitual y fanática contundencia: “era realmente un lunático que había establecido en Barcelona la llamada Escuela Moderna, que consistía realmente en una escuela de anarquía en la que tenía cabida toda clase de aberraciones”. Por su parte, Pío Moa, siempre amigo de la tergiversación histórica, en un reciente artículo en el que aprovechaba para atacar a los socialistas, decía del masón y libertario lo siguiente: “fue un exaltado, de ideas realmente simples, por no decir simplonas”, y justifica su comentario añadiendo unas frases de Ferrer para que no quepa duda de la verdad de su aserto: “Vivamos en República, tengamos al frente de los municipios a hermanos nuestros que organicen la administración, nos eduquen y repartan los impuestos de modo que todo el mundo tenga qué comer”. El propio Moa añade en su artículo una serie de referencias culturalistas, ahora referidas a la famosa Escuela de Ferrer, a la que él denomina “talibanesca” con simpático anacronismo. Veamos sólo una de ellas, la de don Miguel de Unamuno, que se muestra exigente: “la obra de incultura y barbarización de aquel frío energúmeno, de aquel fanático ignorante”.


Ferrer i Guardia. Fundador de la Escuela Moderna


Por la otra parte, en una bonita hagiografía muy documentada de un pedagogo malagueño llamado Antonio Nadales Masegosa, se repasan los postulados de la propuesta educativa de un Ferrer i Guardia preocupadísimo por cuestiones tan hermosas y chorreantes como: “El desarrollo natural de la infancia, la solidaridad, el apoyo mutuo, el trabajo ‘por gusto’ y no por explotación, la libertad, el amor, la felicidad”. El final de la ponencia del malagueño no tiene desperdicio, y supone una apasionada reivindicación de la memoria de Ferrer i Guardia. Dice así: “Eso es lo mejor que podemos hacer por Ferrer Guardia, y por todas aquellas personas que han dejado su vida por nosotros, no lo olvidemos nunca o seremos ignorantes”. Sin duda, el autor sabrá disculparnos si nos quedamos tan solo en el intento.

Pero es en un interesante libro de Francisco José Cuevas Noa, titulado Anarquismo y Educación, donde nos hemos encontrado, muy bien expuesto, el planteamiento educativo que Ferrer i Guardia llevó a cabo en su Escuela Moderna de Barcelona, que funcionó entre 1901 y 1906. Me limito a seleccionar los siguientes párrafos. Juzguen ustedes:

“…el principal cometido de la escuela debe ser el de que el niño conozca el origen de la desigualdad económica, la falsedad de las religiones a la luz de la ciencia, el error del patriotismo y del militarismo y la esclavitud que supone la sumisión a la autoridad. El ideario pedagógico de Ferrer se decanta claramente por el papel de creación de conciencia sociopolítica de la escuela, aunque como sostiene acertadamente B. Delgado en su obra sobre la Escuela Moderna, Ferrer y Guardia hacía ‘pública confesión de que había que respetar la inteligencia y la libertad del niño declarando que el buen maestro era capaz de prescindir de sus propias ideas de adulto’.

Ferrer se decanta en sus escritos por el naturalismo pedagógico o educación natural, pero la aparente contradicción que señala Delgado con su acusada orientación política (que queda patente en textos escolares y consejos dados a los profesores de la Escuela Moderna) se resuelve teniendo en cuenta la diferencia del naturalismo pedagógico de nuestro autor con el resto de su marcada dimensión social. Se trata, pues, de dejar que la naturaleza opere en el niño, que se desarrolle libremente sin represiones, pero con el objetivo último de que este respeto por la evolución del niño lleve a formar personas  que se comprometan con la revolución social”. 

En cuanto a las influencias que había recibido el fundador de la Escuela Moderna, y que sostenían su propuesta pedagógica, nos dice Cuevas Noa:

“Para comprender el ideario educativo de Ferrer y Guardia es necesario comprender que deriva de su propia experiencia e ideas revolucionarias previas. Este educador procedía de las filas revolucionarias del partido republicano de Ruiz Zorrilla, y durante su largo exilio en París fue comprendiendo que la acción revolucionaria necesitaba apoyarse en un trabajo educativo previo que creara nuevas mentalidades dispuestas a llevar a cabo el cambio social. Así, nuestro personaje va pasando de una visión “insurreccional” a una visión “pedagogista”, en la que entiende que es necesario poner en marcha nuevas instituciones donde se formen las nuevas mentalidades. Esas instituciones son la escuela racionalista y el sindicato revolucionario (cuyo papel es organizar a los trabajadores para acabar derrocando al capitalismo mediante una huelga general revolucionaria).

Las influencias ideológicas que Ferrer recibe son las del anarquismo, el positivismo y el librepensamiento laicista de la nueva modernidad de fines del siglo XIX y principios del XX, en el que pesa decididamente su pertenencia a la masonería. En el plano pedagógico influyen ampliamente las ideas de educación integral que Paul Robin ensayó en Cempuis, y los planteamientos educativos de autores como Rousseau, Tolstoi y Sébastien Faure”. 


Ferrer i guardia, pensamiento


Como verán, nos encontramos ante uno de esos librepensadores que tanto abundaron y abultaron a finales del siglo XIX, un anarquista de salón, un libertario a la moda revolucionaria de los tiempos. En los retratos de la época, daguerrotipos gastados por el tiempo, nos encontramos ante un hombre envejecido prematuramente, un setentón de cuarenta y tantos años, de gesto grave y mirada profunda, de esas que no se olvidan con facilidad. En una de las más famosas tiene pinta de burgués acomodado, robusto y soñador, una importante frente y una barba canosa muy cuidada, en la que contrasta el bigote negrísimo. Debió de ser un hombre apuesto en su juventud, irresistible para las mujeres, con las que debía de sentirse poderoso. Si hiciéramos una etopeya del personaje a partir de esas fotos y sin conocer nada de su vida, afirmaríamos con rotundidad, pero sencillamente, que se trata de un hombre al que le gusta la buena vida, los placeres sencillos; un aspirante a pequeño burgués sin vocación de héroe, y mucho menos de mártir. Y probablemente acertaríamos.

Resulta divertido saber que se divorció de su mujer, Teresa Sanmartí, por discrepancias religiosas. Yo me imagino a la pareja en la salita de su casa, tomando el café con toda la ociosidad del mundo y leyendo el periódico; él, la crónica política de los últimos días, indignadísimo por lo que sucede en el mundo; ella, repasando las necrológicas en busca de algún nombre conocido y santiguándose todo el rato, a escondidas del marido, que no ve con buenos ojos las costumbres de su devota señora. En fin.

Más tarde vivió en libertad libertaria con Leopoldina Bonal, y finalmente con una discípula aventajada, Ernestine Mounier, que al morir le dejó una interesante herencia con la que creó la famosa Escuela Moderna de la que hemos hablado anteriormente. Esto ocurrió en 1901. Pero en 1906, al bibliotecario de su escuela, Mateo Morral, se le ocurrió atentar contra la vida de los reyes Alfonso XIII y Victoria Eugenia el mismo día de su boda. El atentado ocurrió en Madrid, al final de la calle Mayor. El magnicida lanzó una bomba al paso de la comitiva del rey, que provocó la muerte de varias personas. Pero tanto el rey como la reina salvaron la vida.

¿Estuvo implicado en este atentado el famoso educador catalán? Es una de las preguntas lógicas que podríamos hacernos. Por supuesto, su escuela fue clausurada de inmediato, y Ferrer i Guardia detenido como promotor del suceso. Fue encarcelado y juzgado, y meses después declarado inocente y puesto en libertad. Al parecer, su detención se había llevado a cabo gracias a la colaboración de otro anarquista, un tal Nakens de apellido. ¿El método utilizado? Un clásico de todos los tiempos: la simple y siempre sospechosa delación. A pesar de haber quedado libre de cargos, muchos especuladores del caso piensan que era realmente culpable, pero no aportan ni una sola prueba que sirva para esclarecer los hechos. Se limitan a decir, una vez más, que la maquinaria masónica movió sus hilos y el reo quedó libre.

Pero no acaba aquí la historia. Tres años más tarde, en 1909, Ferrer i Guardia se encuentra en su pueblo natal, Alella, cuando estalla en Barcelona, durante la última semana de julio, las revueltas revolucionarias que luego se conocerían con el nombre de “Semana Trágica”.

Como todo el mundo sabe, esta insurrección de carácter popular produjo una gran conmoción social durante el reinado de Alfonso XIII, además de alcanzar una notable repercusión en la política gubernamental del país. La Barcelona de principios del siglo XX era una ciudad en la que se habían alcanzado unos niveles de organización obrera y concienciación social muy considerables. El anarquismo estaba en auge; comenzaban a formarse los primeros grupos entre la clase trabajadora, ya fuera con carácter sindical o como simples ateneos o círculos de difusión doctrinal. Pocos años después, de estos primeros embriones sindicales anarquistas surgirían dos potentísimas organizaciones: la Federación Anarquista Ibérica (FAI) y la Confederación Nacional del Trabajo (CNT), que llegaría a tener más de un millón de afiliados en toda España.


Ferrer i Guardia. Llega a Montjuich

Ferrer i Guadia, en su llegada a Montjuich


Pero, ¿qué fue lo que provocó la revuelta de los ciudadanos? Para responder a esta pregunta conviene tener en cuenta que España venía manteniendo, desde hacía años, una guerra abierta contra las tropas norteafricanas del territorio marroquí, la famosa Guerra de África. Pues bien, ante el cariz que estaban adoptando los acontecimientos, al gobierno que presidía don Antonio Maura se le ocurrió reclutar a ciudadanos de la reserva y mandarlos como soldados a Marruecos, en su mayoría padres de familia con puestos de trabajo estables. El embarque del contingente de Barcelona se produjo el 11 de julio de 1909 y, pocos días después, las organizaciones obreras convocaron una huelga general para el 26 de julio, que tuvo gran seguimiento popular en Barcelona y alrededores, siendo duramente reprimida por el ejército. Pero fue al día siguiente, el 27 de julio, cuando las primeras noticias llegadas de África exasperaron los ánimos. El conocimiento de lo que había ocurrido en el Barranco del Lobo, donde más de mil barceloneses civiles perdieron la vida ante las tropas de Abd-el-Krim, desencadenó un auténtico motín popular, improvisado y espontáneo, de un furor y una rabia inútiles, sin una dirección clara, con un desarrollo caótico, que durante el 28 y el 31 de julio incendió un centenar de edificios y provocó más de cien muertos. La represión del ejército fue bestial, declarándose en Barcelona el estado de Guerra. Durante los primeros días del mes de agosto volvió la calma a los territorios sublevados.

¿Quiénes fueron los culpables de la Semana Trágica de Barcelona?, se preguntan todavía algunos eruditos de la pamplina histórica. Y siguen buscando los nombres y apellidos de los culpables en una revuelta tan deslavazada como ésa, donde el odio y el rencor acumulado del pueblo mostró su cara más ofendida. Por supuesto, no faltan quienes afirman que fueron los masones los instigadores de la revuelta.


Consejo de guerra a Ferrer i Guardia

Consejo de guerra contra Ferrer i Guardia


Más de mil personas fueron arrestadas y, de entre ellas, cinco fueron ejecutadas como cabecillas de aquellos acontecimientos. Francisco Ferrer i Guardia, que ni siquiera estaba en Barcelona por aquellos días, sino en su pueblo natal, fue uno de ellos. Fue arrestado, juzgado por la vía militar y fusilado el 13 de octubre en los fosos del castillo de Montjuich, ante la indignación de la opinión internacional, que lo consideraba inocente de tales cargos. Las protestas fueron unánimes, y su muerte considerada un crimen de Estado, que al final provocó la caída del gobierno de Antonio Maura.

Hoy por hoy, nadie con sentido común puede mantener la teoría de que el pedagogo libertario participó como instigador en los acontecimientos de la Semana Trágica. Hasta la manipulación de los hechos históricos tiene sus límites. Por ejemplo, no deja de ser divertido contemplar el caso de don César Vidal en su libro Los Masones, para quien la Historia de la Humanidad es un simple enfrentamiento entre buenos buenísimos y malos malísimos, y donde, al reseñar la trayectoria vital del masonazo en cuestión, se queda en 1906 y oculta toda información sobre la trágica semana de Barcelona y el fusilamiento criminal de Francisco Ferrer i Guardia, quien con toda probabilidad hubiese pasado a la historia como un educador mediocre, un masón olvidado y un anarquista de salón con ínfulas de pequeño burgués, si no hubiese sido la víctima inocente de este grotesco crimen de Estado.


Noticia del fusilamiento de Ferrer i Guardia


De Los Masones, Agustín Celis Sánchez, Ed.. Albor libros, Madrid, 2005


 Imagen destacada: Foto de Francisco Ferrer i Guardia


Juan Prim y Prats

Juan Prim y Prats. Omnipotente y masón


En la tarde del 27 de diciembre de 1870, Juan Prim y Prats salió del Congreso y subió a la berlina que lo esperaba en la puerta. Con él subieron dos de sus más estrechos colaboradores, Práxedes Mateo Sagasta y Herrero de Tejada, pero antes de que el coche se pusiera en marcha se bajaron del mismo y fueron sustituidos por otros dos, González Nandín y Moya. El cochero puso en marcha la berlina y enfiló la calle del Turco. Esto ocurría entre las 18:30 h. y las 19:00 h., afuera nevaba débilmente, la noche estaba oscura y las calles desiertas. Uno de sus ayudantes vio desde su asiento cómo un hombre encendía un fósforo y, al poco, pero un poco más adelante, otro desconocido, como si de una contraseña se tratara, vuelve a repetir el mismo sospechoso acto y la berlina se detiene; la calle está obstruida por un coche allí parado. Entonces ven cómo otro coche se dirige hacia ellos en sentido contrario, para en frente de la berlina de Prim y salen ocho hombres embozados que rodean su vehículo. Los tres hombres y el cochero se alarman, pero no tienen tiempo de reaccionar. Los embozados rompen los cristales con sus trabucos y una voz grita: “Prepárate, que vas a morir”, y poco después ordena: “¡Fuego!”


Asesinato de Prim


La reacción del cochero es inmediata, arranca la berlina, consigue sortear su obstáculo y tira por la calle de Alcalá hasta la entrada de la calle del Barquillo. A las 19:30 h. llegan al palacio de Prim, en el Ministerio de la Guerra. El general baja por sí mismo del coche y se dirige hacia sus habitaciones, donde van a hacerle la primera cura los médicos militares, pues viene herido. Según ha quedado constancia en el sumario del caso Prim y encontramos en el magnífico libro realizado por El círculo de amigos de la Historia, El magnicidio en España:

“Tiene herida la mano derecha, con pérdida del dedo anular y fractura de los metacarpianos segundo y tercero; el hombro izquierdo está destrozado por varias heridas de bala que ocasionan fractura de la cabeza del húmero y de la cavidad glenoidea de la escápula. En el codo izquierdo presenta otra herida de bala que origina fractura de cabeza del radio. Las heridas son graves, pero no parecen mortales de necesidad”.

Dejémoslo ahí por ahora, y hagámonos esta pregunta fundamental: ¿Quién fue el general Prim y por qué atentaron contra su vida el 27 de diciembre de 1870?


Juan Prim y Prats


Juan Prim y Prats ha quedado para la historia de España como uno de los hombres más competentes de su tiempo, pero también como una figura controvertida y un conspirador incansable contra la monarquía de los borbones y sus dos líneas dinásticas, la isabelina y la carlista, a las que se opuso con saña hasta sus últimos días. Fue él quien forjó la revolución de 1868 y quien postuló la primera monarquía constitucional para España en la figura de Amadeo I de Saboya, con la que se ganó la animadversión de borbónicos y republicanos, que no veían con buenos ojos las reformas radicales que estaba llevando a cabo en el país. Muchos historiadores lo consideran el gran estadista capaz de encauzar el futuro de España en la segunda mitad del siglo XIX. De esta opinión era Ángel María de Lera, que llegó a decir de Prim lo siguiente:

“Él hubiera podido poner fin a la inestabilidad política que venía turbando la vida nacional desde Fernando VII, de no haberse cruzado en su camino la conspiración de la envidia y el despecho, siempre pronta en nuestro país para derribar a los hombres que hacen sombra”.

Nació el 6 de diciembre de 1814 en la villa de Reus, en Tarragona, y muy pronto se enroló como militar en el batallón de Tiradores de Isabel II con motivo de la primera guerra carlista. En 1839 fue ascendido a coronel, y en 1841 salió elegido diputado a Cortes por la provincia de Tarragona. En 1842 comienza su oposición a la política de Espartero, que en aquel tiempo era el jefe de Gobierno. A partir de este momento, comienza una imparable carrera como conspirador, a la vez que se suceden sus innumerables logros como militar.

Con Serrano en el poder, Prim recibe el cargo de Gobernador militar de Barcelona y es nombrado mariscal de campo, además de conde de Reus y Vizconde de Bruch.

Con Narváez, es Gobernador de Ceuta y ascendido a General, pero en 1844 es acusado de conspirar contra el gobierno y condenado a seis años de cárcel. Consigue el indulto de la reina y marcha al extranjero, donde permanece entre 1845 y 1847. En este mismo año es nombrado Gobernador de Puerto Rico, pero es rápidamente sustituido un año después.

De regreso a España, sale elegido como diputado a Cortes por Barcelona en 1851, pero de nuevo se enfrenta al poder con motivo del polémico concordato con la Santa Sede. De nuevo sufre el exilio y en 1853 lucha en la guerra de Crimea. Vuelve a España en 1854 y es nombrado capitán general de Granada en 1855. En 1860, debido a los méritos obtenidos durante la batalla de Castillejos, se le concede el título de Marqués de Castillejos. Un año después, con O’Donnell en el poder, marcha a México y allí se opone a los planes de Napoleón III de Francia, que pretendía, y finalmente consiguió, poner en el trono de México a Maximiliano José de Austria.

En 1864, otra vez en España, vuelve a conspirar contra el nuevo gobierno de Narváez y es desterrado, en principio a Oviedo, pero poco después es expulsado del país tras probarse su vínculo en una manifestación de estudiantes el 10 de abril de 1865. Pasará tres años en el exilio, donde prepara el asalto al poder que acabará en la revolución de 1868, llamada por muchos La Gloriosa.

El 19 de septiembre de 1868, después de proclamar el manifiesto España con honra, Prim desembarca en Cádiz con el brigadier Topete, consiguiendo la adhesión de las ciudades más importantes de Andalucía, Cataluña y Levante, donde se ganó una enorme popularidad. El 7 de octubre entra en Madrid y es acogido con entusiasmo por el pueblo. Ha triunfado la revolución del 68 y Prim recibe el máximo poder político.


La Gloriosa, 1868


Ahora bien, ¿cuáles eran las ideas reformistas que traía Prim? Para la Historia de España han quedado algunas de sus frases memorables, que dicen mucho del talante de este hombre que algunos historiadores han definido como contradictorio. De entre ellas, quizás las más famosas sean éstas:

“Más liberal hoy que ayer, más liberal mañana que hoy”, (pronunciado en el parlamento con motivo del polémico Concordato con la Santa Sede)

“¡Los Borbones, jamás, jamás, jamás!” (En Barcelona, a 3 de octubre de 1868)

“Es difícil hacer un rey, pero algo más difícil es hacer la República en un país donde no hay republicanos”. (Con motivo de lo promulgado por la Constitución de 1869, donde quedó establecido que la forma de gobierno de España sería la Monarquía parlamentaria).

“Mientras yo viva no habrá República en España”. (Declaración de Prim al embajador Kératry, al ser preguntado por la opinión que le merecían los republicanos españoles)

“Cuando el rey venga, se acabó todo, aquí no habrá más grito que el de ‘Viva el Rey’. Ya haremos entrar en caja a todos esos insensatos que sueñan con planes liberticidas y que confunden la palabra progreso con la palabra desorden, y la libertad con la licencia”. (Pronunciado el 24 de noviembre de 1870, al despedir a la comisión encargada de informar a Amadeo de Saboya de su elección como nuevo rey del trono vacante en España)

De todo esto colegimos lo siguiente: Juan Prim y Prats era un liberal reformista, antirrepublicano y antiborbónico, lo que no le impedía ser, a la vez, partidario de una Monarquía constitucional. Postuló para España, en pleno siglo XIX, un régimen democrático similar al que tenemos hoy, donde el rey carecería de toda función política, quedando limitada su actividad a la de ser el jefe del Estado. Quienes consideran que el general Prim carecía de fijeza en sus opiniones políticas, quizás olviden que para llegar a estas conclusiones debió de reflexionar mucho sobre las desgracias que había sufrido el país en el XIX con la dinastía incapaz de los Borbones, desde Carlos IV a Isabel II, las regencias de por medio y los carlistas pugnando por hacerse con el poder.

Ahora bien, ¿dónde estaban los problemas? Muy sencillo. Aunque todos los revolucionarios del 68 estaban de acuerdo en la expulsión de Isabel II, existían profundas desavenencias políticas; por una parte estaban los monárquicos, entre los que se encontraba Prim; y por otra los republicanos, divididos a su vez entre unitarios y federalistas, cuyos distintos puntos de vista eran irreconciliables, de ahí que Prim desconfiara de ellos como opción política seria. Si a todo esto le unimos el papel que para sí reclamaban los militares, acostumbrados en España a ejercer de árbitros en el poder político, el cóctel de fuerzas antagónicas que existía en el país era altamente explosivo.

En una situación como esta, la figura de Prim era la única que podía conciliar todas y cada una de estas fuerzas en pugna. Prim era militar, político y monárquico, y además había sido el impulsor de la Constitución del 69 que satisfacía, en parte, las querencias de muchos republicanos. Dio estabilidad al estado como jefe de gobierno, y el 16 de noviembre de 1870 se votó en las Cortes la designación del rey de España, saliendo elegido el candidato de Prim, el duque de Aosta, futuro Amadeo I de Saboya, con 191 votos de entre los 344 diputados en las Cortes, aunque ese día sólo se presentaron para la votación 311. El resto de candidatos para el nuevo orden que se iba a implantar en España eran la República, que obtuvo 63 votos; el duque de Montpensier, con 27 votos; el general Espartero, que obtuvo 8; Alfonso de Borbón, con 2; y la infanta Luisa Fernanda, esposa del duque de Montpensier, con 1. Los restantes 19 fueron votos en blanco.

En días posteriores se designó la comisión que debía viajar a Italia para recoger al futuro rey de España, presidida por Manuel Ruiz Zorrilla, quedando fijada la llegada de Amadeo I para el 30 de diciembre de ese mismo año.


Amadeo I de Saboya ante el féretro de Prim

Amadeo I de Saboya ante el féretro de Prim


¿Qué pasó en la vida política del país entre el 16 de noviembre y el 27 de diciembre, fecha del atentado contra Prim? Según se supo luego, durante la larga investigación policial llevada a cabo tras el atentado, hubo continuos rumores de conjura que el propio Prim desoyó imprudentemente. Al parecer, cuando se le hablaba de los disturbios que se avecinaban, se limitaba a contestar: “Aquí nunca pasa nada”, o bien: “Que haya juicio, porque, llegado el caso, tendré la mano dura”. E incluso la misma tarde del atentado y justo antes de salir del Congreso, uno de los diputados, García López, se acercó a Prim para prevenirle del peligro que corría su vida, a lo que éste respondió: “Lo que usted debiera hacer es venirse a Cartagena conmigo a recibir al rey”. Y el diputado republicano Paul y Angulo murmuró: “Mi general, a cada uno le llega su San Martín”. No solo se comportó con una absoluta imprudencia, sino que durante ese mes y medio en el que hubo continuos rumores de conspiración contra él, se condujo con verdadera temeridad, llegando a prohibir a sus ayudantes que llevaran armas para que nadie pudiera pensar que tenían miedo.

Y dicho todo esto, vuelvo a retomar la historia donde la dejé para comentar que Juan Prim murió de las heridas mencionadas tres días después, el 30 de diciembre de 1870. Según los testigos presenciales que estuvieron con él durante la agonía de las última horas, en el delirio de la muerte, el general Prim dijo algunas frases que serían tenidas muy en cuenta por el juez durante todo el juicio posterior. Son estas:

“Oí bien su voz…”

“No me matan los republicanos…”

“El rey ha llegado y yo… Me muero…¡Canallas!”

Y lo cierto es que el rey llegó en su día y Juan Prim no pudo recibirlo. Lo hizo en su lugar el ministro de Marina, brigadier Topete, pese a haberse mostrado partidario del duque de Montpensier durante las votaciones. Pero qué duda cabe, con la muerte del General Prim el reinado de Amadeo de Saboya estaba destinado al fracaso.

A estas alturas de la historia, quizás el lector curioso se esté preguntando: ¿qué papel jugó en todo esto la masonería? A lo que no tengo otra cosa que responder que lo que ya he venido diciendo a lo largo de todo el libro cada vez que he estudiado un hecho histórico; es decir, que la influencia de la masonería es indirecta y nunca activa. Por supuesto, sé de sobra que no faltan los estudiosos que también aquí echan mano de la lista de masones para sostener sus endebles argumentos y contemplar cada uno de estos acontecimientos como una conspiración masónica. Probablemente, en esa lista vean: “Juan Prim y Prats, masón”, y sólo por este motivo no dudarán ni un segundo en considerar a este enérgico hombre como un pelele en manos de la masonería. Si a eso añaden que Amadeo de Saboya, Manuel Ruiz Zorrilla y Práxedes Mateo Sagasta, que estuvieron en el mismo bando, fueron también masones, ya creen tener sus endebles argumentos para engordar la leyenda negra que afirma que la Gloriosa fue un parto masónico. Como en todas las otras ocasiones.

Efectivamente, Juan Prim, como tantos otros liberales de la época, fue masón. El diccionario enciclopédico de la masonería no aclara cuándo se produjo su iniciación en la orden, pero por otras fuentes hemos sabido que se barajan dos fechas, o bien 1839 ó 1854, y que su nombre simbólico era Washington o Rosa Cruz. Tampoco han faltado quienes afirman que el general nunca se tomó en serio su condición masónica, afirmación que queda desmentida si tenemos en cuenta estas palabras del propio Prim sobre la masonería:

“Siempre he sido un entusiasta adepto de la Augusta Institución masónica, porque en su seno se templan los corazones para la lucha por la libertad, y se educan los caracteres heroicos que todo lo sacrifican por el bien y felicidad de la Humanidad. En mi vida de luchador por la patria y por la libertad, la calidad de masón me ha librado de graves peligros y me ha allanado el camino en muchas circunstancias verdaderamente peligrosas. Todos los hombres bien nacidos que continuamente ofrendan su vida en holocausto de la libertad de los pueblos se han hecho buenos, puros, generosos y abnegados por las lecciones que recibieron en el seno de las logias.

Si todos los hombres de la Tierra conociesen los postulados masónicos, los hombres se amarían más, los pueblos no se destruirían por egoísmos infernales, y mayor felicidad imperaría en el mundo.

¡Que todos los hombres lo comprendan así!

¡Que los postulados masónicos sean la doctrina de la Humanidad, la religión que dirija los destinos del mundo!

¡Mi mayor timbre de gloria es ser masón, no precisamente por los beneficios personales que he disfrutado, sino por el alimento espiritual que ha recibido mi alma!”

A pesar de estas palabras entusiastas sobre la masonería, que perfectamente podríamos pasar por alto, tampoco han faltado los historiadores que, reconociendo el innegable mérito del general Prim en la Historia de España, han querido atribuir su muerte a la masonería. Sin embargo, esta teoría pertenece al capítulo de la especulación y de la pamplina histórica. La misma noche del 27 de diciembre tenía una cena masónica en el Hotel de las Cuatro Naciones en la calle del Arenal.

Ni siquiera el novelista Benito Pérez Galdós, que nunca comulgó con las ideas de la masonería y, en ocasiones, se opuso terminantemente a ella, creyó que los masones tuvieran parte en la muerte de Prim. De hecho, Galdós le dedicó uno de sus Episodios Nacionales a la figura del General, y en ese libro especula sobre la reunión a la que debió haber asistido Prim si no hubiera sido asesinado. En mitad de la cena imaginada por el novelista, un militar masón llegó demudado y habló al oído del venerable presidente, que al conocer la noticia se levantó solemnemente y dijo:

“Hermanos, imposible callar, no puedo ni debo ocultaros la verdad terrible. El hermano Prim ha sido asesinado”.

Y ahí se acabó la cena.

Sin embargo, hay un detalle que nos inquieta. No deja de ser curioso que el atentado de Prim se produjera un 27 de diciembre, cuando se celebra una de las grandes fiestas de los masones, su San Juan de Invierno. ¿Casualidad?

En cuanto a la autoría del crimen, ciento treinta y cinco años después de ocurrido, sigue estando velada. Es uno de los mayores misterios sin resolver de la Historia política de España. Los errores de la policía fueron continuos. La negligencia de los jueces, alarmante. El caso estuvo abierto hasta 1893. Cuando en 1877 Alfonso XII se casó con la famosa Merceditas de la canción popular, que era hija del duque de Montpensier, las altas esferas de la política nacional exigieron que se enterrara el caso. No se hizo y varios jueces fueron destituidos. La instrucción del sumario reúne más de 18.000 folios y 2.621 anexos. Fueron procesadas ciento cinco personas. De entre los autores materiales, tres fueron asesinados y varios desaparecieron sin dejar huellas. Entre los sospechosos de planear su muerte, se encuentran el duque de Montpensier y el propio general Serrano, en connivencia con el republicano Paul y Angulo, de quien se cree que fue la voz que oyó Prim aquel día, y que salió del país inmediatamente para no volver durante veinte años. Sin embargo, jamás se ha llegado a identificar al verdadero responsable.


Berlina de Prim

Berlina en la que iba Prim el día del atentado


Al lector interesado en la cuestión, le vuelvo a recomendar el libro El magnicidio en España del Círculo de Amigos de la Historia, donde también encontrarán, desde el más absoluto rigor histórico y dejando al margen la rumorología, noticias interesantes sobre otros crímenes cometidos contra jefes de Estado, como los de Cánovas del Castillo, José Canalejas, Eduardo Dato y Luis Carrero Blanco. Allí se hace, entre otras muchas inteligentes reflexiones, esta:

“El asesinato de Prim es el prototipo del atentado político decimonónico, producto de turbias maquinaciones llevadas a efecto en largos conciliábulos subrepticios”.

En 1872, uno de los biógrafos de Prim, Orellana, comentó en su libro:

“Todos los partidos políticos condenaron el crimen; y, sin embargo, este no pudo ser obra de una venganza personal ni menos un asesinato pagado. No se ejecuta una venganza recurriendo a diez, o doce, o veinte o más hombres, que fue el número de los que probablemente intervinieron en aquel acto. No hay nadie que pudiendo pagar tantos criminales pueda comprar su secreto y se exponga de ese modo a la eventualidad de un arrepentimiento o de una indiscreción. No; el asesinato de Prim fue obra de muchos, concertado en algún conciliábulo político, en alguna sociedad secreta o en algún centro de malvados enemigos de España”.

Después de todo lo dicho, ahí dejo esas sugerentes palabras para la reflexión.


De Los Masones, Agustín Celis Sánchez, Ed. Albor Libros, Madrid, 2005


Imagen destacada: El general Prim; óleo de Luis Madrazo


 

La pasión de un suicida

Mariano José de Larra. La pasión de un suicida


Según parece Mariano José de Larra fue un hombre cargado de frustraciones. Desde muy joven se presenta como un niño reflexivo, dado a la introspección, disolvente, solitario. Parece que Larra fue un hombre sin amigos, o con pocos amigos. Para quien lee toda su obra y hojea su correspondencia someramente tratando de buscar al hombre, se encuentra con un tipo empeñado en preparar durante toda su vida la pistola que le iba a levantar la tapa de los sesos.


Pistola de Mariano José de Larra

La pistola de Larra


Su primera y su última frustración fueron amorosas. Resulta curioso encontrar en un talento literario de tal magnitud un comportamiento sentimental tan bisoño, una inestabilidad emocional tan desmedida. Todo esto le cargó de frustraciones. Pero no solo fueron amorosas. La lista es copiosa. Larra es el hombre que intentó mil cosas y solo acertó en una. “En cada artículo entierro una esperanza o una ilusión”, nos dice en uno de ellos. Solo en esto acertó.

A los 20 años se casa con Josefina Wetoret, una joven de la burguesía madrileña, una joven sin sustancia, superficial, aniñada y ridícula, una mujer que poco o nada iba a aportar en la vida de un hombre con inquietudes literarias que todavía entonces no tenía asegurada su situación económica. Sin duda este fue el gran error sentimental de Larra, pero no su primera decepción. Esta le sobrevino pronto. En los años de estudiante en Valladolid Larra se enamoró de una mujer bastante mayor que él. Nos imaginamos a ese Larra todavía estudiante, apasionado, practicando los obligados rituales masculinos y enamorado, con la ilusión puesta en una mujer que finalmente se revelaría como la amante de su propio padre, el señor de Larra. No hay que darle mayor importancia a este incidente, es solo un capítulo más en una desordenada serie de fracasos de un pisaverde cínico, de un escéptico con ilusiones, de un descreído con creencias muy arraigadas que no pudo sustraerse nunca a sus propias dudas.

Todos los iniciados en la corta vida de Larra parecen estar de acuerdo en que hubo varias mujeres en su vida. Dicen que tuvo amores con una conocida actriz de la época, la señorita Grisi, e incluso se sospecha que fue una mujer la causa de un discutido duelo en la época mundana de este escritor, probablemente en los meses que participó en la célebre “Partida del Trueno” de Espronceda. Una calaverada más en la vida escéptica de un pensador con mucho de dandy. Poco más se sabe de este incidente, mera anécdota, pero sin duda debió de ser por razones de amoríos, único móvil capaz de hacer mella en la voluntad de un desengañado como Larra.


Mariano José de Larra


La pasión de un suicida

Pero entremos ya en el gran amor de su vida, excusa  y razón de ser de este artículo. Se llamaba Dolores Armijo y estaba casada con el hijo de un conocido abogado afrancesado, Manuel María Cambronero. Relación adúltera por tanto entre ambas partes. Pertenecía Dolores a ese tipo de mujer elegante que interesa y rinde, cultivada, discreta, graciosa, atrevida, eterna añorante de una gran pasión que nunca termina de llegar y que cuando llega, ni pronto ni tarde, viene siempre acompañada de inconvenientes que ella prefiere evitar refugiándose en el sereno aburrimiento de su vida conyugal. La mujer que, en fin, rigiéndose por las leyes de previsión y economía, termina prefiriendo la seguridad del funcionario al pálpito dudoso del genio que la puede hacer inmortal. La mujer que primero se revela ambiciosa y vehemente en su pasión para luego negar el desafío y exigirle a su amante la tranquilidad de un amor discreto y duradero.

Resumimos así el drama amoroso de Larra con Dolores Armijo.

La conoce en un salón madrileño y pronto se reconoce trastornado. Corre el año de 1830. Solo hace uno de su boda con Pepita Wetoret, como la llamaría todo el mundo, incluso sus hijos. Dolores es la Elvira de su novela El Doncel de Don Enrique el Doliente.


Retrato de Dolores Armijo

Dolores Armijo


En 1834 Larra se separa de su mujer, y otro tanto ocurre entre Dolores y su marido, el Cambronero, tras obligado numerito de descubrimiento y sorpresa. Pepita sospechaba de las continuas infidelidades de su marido, así que un día decidió aclarar sus dudas abriendo el pupitre en el que Larra había guardado una carta que acababa de recibir por la mañana, descubriendo así la cita para ese día entre los dos amantes. Despechada y celosa, decidió vengarse. Remitió la carta al marido de Dolores, José María Cambronero, que se fue con ella a consultar a una querida a la que finalmente desoyó  para protagonizar la escena que desembocó en ruptura. Ambas parejas se separan, Cambronero se va a Manila para ocupar un alto cargo y su mujer se retira de los chismes de Madrid, primero en Extremadura, y luego en Ávila, donde se establece en casa de un tío suyo.

Todo el año de 1835 lo pasa Larra fuera de España, viajando por Europa. Según la chismografía madrileña de la época nuestro escritor siguió a Dolores hasta Extremadura, invitado por su amigo el conde de Campo Alange, que tenía allí unas tierras. Pero lo cierto es que no se encontraron, pese a coincidir en Badajoz. De allí partió hacia Lisboa, donde se embarcó hacia Londres tras una estancia de 20 días.

¿Reanudaron Dolores y Larra su relación al regreso de éste en diciembre de 1835? Todo parece indicar que sí. Pese a la euforia de Larra tras su regreso de París, donde se había codeado con toda la crema romántica del momento, el año de 1836 fue desastroso para nuestro escritor. Así lo dejan ver al menos sus artículos. La penúltima gran decepción sobreviene en agosto. En el Boletín Oficial de la provincia de Ávila del día 21 de Junio se presentaba la candidatura de Larra por aquella provincia para las elecciones de diputados a Cortes convocadas por el ministerio de Istúriz. Precisamente por Ávila, donde por aquel entonces vivía Dolores.

Son tiempos difíciles en la política española: regencia de María Cristina, exacerbación del carlismo, inestabilidad ministerial. Larra sale elegido el 6 de Agosto diputado por Ávila. ¿Hubiese sido una solución en su turbulenta vida emocional la entrada de Larra en la política activa junto a Dolores en Ávila? Nunca lo sabremos. El 12 de Agosto un motín de sargentos en La Granja exige a la reina la proclamación de la Constitución de 1812 y la caída del gabinete de Istúriz, con la inmediata anulación de aquellos resultados. Larra deja de ser diputado sin haber llegado a serlo.

Cabe preguntarse, ¿qué llevó a Dolores en Febrero de 1837 a tomar la decisión de volver junto a su marido en Manila, tras dos años de separación? ¿Barruntaba ya desde antes esta posibilidad?, y sobre todo, ¿habría tomado esta decisión de no haberse producido la sargentada de La Granja?

Es inútil especular con esa posibilidad, como con otras. Por ejemplo: ¿Buscó Larra tras su fracaso político una última razón de ser en su inestable relación con Dolores?

El 13 de Febrero de 1837, por la tarde, y acompañada de una de sus cuñadas, Dolores Armijo visita a Larra en su casa de la calle de Santa Clara, cerca de la plaza de Oriente, esquina a la calle de la Amnistía, para pedirle unos documentos privados, probablemente cartas que pudieran comprometerla. Es la tarde de la ruptura. Dolores tiene decidido ya viajar a Filipinas.

Es inútil preguntarse por las razones del suicidio de Larra. Desde meses atrás venían repitiéndose en sus artículos (auténticas confesiones de un hombre desesperado) alusiones veladas a un posible deseo de quitarse la vida. Por decirlo con un tópico, la visita de Dolores fue la gota que colmó el vaso de su desesperación. Poco después de la despedida Larra se descerrajó un tiro en la cabeza. La bala penetró entre la oreja y la sien derecha, salió por encima de la  sien izquierda, atravesó una puerta vidriera y se instaló en la pared.


Tumba de Mariano José de Larra

La tumba de Larra


Dolores Armijo

¿Qué ocurrió con Dolores? ¿Llegó a escuchar el disparo? ¿Acaso  se detuvo un instante en la calle de Santa Clara a preguntarse por las razones de esa detonación que no ofrecía mayores dudas? ¿Precipitó su viaje a Manila para huir de las murmuraciones de un Madrid donde su amante era una figura de sobra conocida? ¿Jugó el azar algún papel en el desenlace de toda esta historia?

Qué duda cabe, Dolores Armijo no imaginaba que tan solo unos meses después sería víctima de un desastre inesperado. No sabía que el viejo mercante en el que se embarcó para iniciar una nueva vida no llegaría a Filipinas. No sabía que aquel barco se hundiría a la altura de la costa de Buena Esperanza. Ignoraba que no habría supervivientes.


Recomendación Web: Mariano José de Larra en la Biblioteca virtual Miguel de Cervantes.

Web Mariano José de Larra


De Historias Curiosas, Agustín Celis Sánchez, Ed. Añil, Madrid, 2001.


 

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