Página personal de Agustín Celis

Categoría: Ficciones Página 2 de 3

Rob Gonsalves

Memoria de la Huestia


Unas palabras previas

Escribí el cuento titulado Memoria de la Huestia en abril de 2001, mientras preparaba un libro de leyendas españolas que me habían encargado y que nunca se publicó, entre otras cosas porque no llegué a terminarlo. Ya no sé muy bien por qué; digamos que lo he olvidado. Pero la cuestión es que durante varios meses leí infinidad de historias legendarias y algunas de ellas me inspiraron este relato corto sobre la Santa Compaña.

Más de quince años después de haberlo escrito, me sigue gustando mucho. Qué quieren… me parece un buen cuento. También se lo pareció a los editores del Proyecto Sherezade, un espacio virtual dedicado a la difusión de narrativa breve entre hispanohablantes, y que se encuentra instalado en un servidor de la Universidad de Manitoba, Winnipeg, Canadá. Son profesores entusiastas que llevan desde 1996 dedicados a la publicación electrónica de cuentos de autores de más 34 países donde se habla español. Lo publicaron en febrero de 2002. Un privilegio y un honor para mí. Al año siguiente formó parte de la antología Cuentos de los muertos, una colección de 10 relatos sobre el hispánico tema de la convivencia con los difuntos.


 Basado en algunas leyendas asturianas

La Santa Compaña

La abuela nos contaba viejas leyendas de la Santa Compaña y mamá se reía de ella y de sus historias. Papá le decía que no nos asustara con las viejas supersticiones del pueblo, que nos iba a convertir en hombres temerosos y cobardes a mis hermanos y a mí, que todo aquello eran patrañas de viejas aburridas, que lo que algunos llamaban la Huestia y otros la Compaña, no existía, y que aunque la muerte nos iba a llegar a todos algún día, no iba a venir primero a prevenirnos con campanillas y teas encendidas y toda una procesión de muertos acompañando a la Muerte.

La abuela la llamaba la Estadea, y contaba que iba envuelta en un hábito negro y no tenía cara, olía a la humedad de los sepulcros y mostraba su presencia sólo a quienes se iba a llevar, y sólo en ese instante, pero que algunas personas especialmente sensibles podían percibirla por una brisa húmeda que entraba en la habitación del moribundo unos segundos antes de morir. Sin embargo a la Huestia sí la conocían muchos, incluso la abuela la había visto, cuando joven, el día que murió su hermano Juan, y le habían hablado algunos de la procesión, y hasta le habían revelado un secreto.

Yo ya sé lo que es la Huestia, y sé el lugar que cada uno ocupa en la comitiva y sé el lugar que ocupo yo. Conozco a diario el cometido de cada noche y adónde se dirige el personaje que nos precede, y sé cómo es Ella y cuál es su olor, porque he andado a su lado demasiadas veces cada vez que he servido de aviso a uno de los míos.

Cuando la abuela murió ya nadie habló de la Huestia, y aunque al año siguiente le siguió la Tata Mamen y después el tío Luis, nadie volvió a recordar aquel secreto que nos contó ella tantas veces, y que debía permanecer vivo en nuestra familia, y recordado por todos, y creído, para que algún día dejara de obrar la condena que rige el destino de toda mi estirpe, que cada mujer de la familia ha de penar el castigo de sobrevivir al menos a uno de sus hijos, como escarmiento por una antigua ofensa de un antepasado demasiado soberbio.La abuela vivió tantos años sólo para que supiéramos de la Huestia y nunca nos olvidáramos de su existencia. Estaba destinada a devolver el recuerdo a nuestra familia, que lo había perdido hacía tanto tiempo. Cada vez que en nuestra casa había duelo por un familiar la abuela rememoraba viejas historias de aparecidos y siempre, sin excepción, decía haber visto la noche anterior a todo el coro de sus antepasados velando en las cercanías por el alma del moribundo.

Yo debía haber advertido a mis padres la noche antes de mi Primera Comunión, cuando vi a la abuela en el jardín de la casa con todos sus antepasados, velando por nadie y sin embargo llorando. Tuve miedo entonces y callé para que nadie pensara que estaba nervioso por la celebración del día siguiente. Nada dije entonces de lo que había visto y nadie pudo saber que mi muerte estaba destinada a servir de recordatorio de la vieja condena que pesa aún sobre las madres de mi familia.

Todo el pueblo celebró aquel día junto al río una enorme merienda para festejar la Comunión de todos los niños. Había de todo y cuando ya nos habíamos saciado nos metimos en el agua y comenzamos a echar carreras de una orilla a la otra para comprobar nuestra resistencia. Ocurrió a mitad de camino de las dos orillas, se me enfriaron los pies y me quedé sin fuerzas y allí parado. Los brazos no me respondieron y noté un frío extraño en todo el cuerpo. Me fui hundiendo poco a poco y allí en el fondo me esperaba Ella, sin rostro como siempre la he visto y sin embargo tan acogedora.

Me encontraron a los tres días, inflado como un globo, y me enterraron en el panteón familiar junto a la abuela, a quien acompaño con mi tea encendida cada noche, hace ya tantos años, cuando hacemos la ronda que avisa al mundo de que alguien va a morir. Y algunas veces son los míos.

He sabido que la hija de mi hermana está enferma y que los médicos que la han visitado no dan con su mal. He sabido que su mal ya no tiene remedio. Y he sabido también, por mi abuela, que está escrito que esta noche yo acompañe a la Estadea hasta el cuarto de la hija de mi hermana, donde ella la estará cuidando. Ya está escrito que mi hermana me verá y juntos lloraremos la pérdida, mientras la muerte le arrebata a su hija en la cama sin que ella pueda verlo. Luego yo me llevaré a la niña de la mano al lugar donde esperamos todos.

Ojalá que mi hermana comprenda.


La Huestia


 Memória da Huestia
 Baseado em lendas asturianas
 Traducción al portugués de Claudio Justo

Vovó nos contava velhas lendas da Santa Compaña e mamãe ria dela e de suas histórias. Papai lhe dizia que não nos assustasse com velhas superstições do povo, que iria transformar em homens medrosos e covardes a mim e a meus irmãos; e que tudo aquilo era mito de velhas desocupadas. Dizia também que o que alguns chamavam de a Huestia e outros A Compaña não existia e que, ainda que que a morte fosse chegar a todos um dia, não iria vir primeiro nos prevenir com sinos e tochas acesas e toda uma procissão de mortos acompanhando a Morte.

Vovó a chamava de Estádea e contava que ia envolta em um hábito negro e não tinha rosto, cheirava à umidade das sepulturas e mostrava sua presença somente a quem fosse levar – e só nesse instante. Porém algumas pessoas especialmente sensíveis poderiam percebê-la por uma brisa úmida que entrava no quarto do moribundo segundos antes de morrer. No entanto a Huestia era conhecida de muitos, inclusive vovó já a havia visto quando jovem, no dia em que morreu seu irmão Juan, e lhe falaram da procissão e até lhe contaram um segredo.

Eu já sei o que é a Huestia, e sei o lugar que cada um ocupa na comitiva; e sei também o lugar que eu ocupo. Conheço diariamente o trabalho de cada noite e onde vai a personagem que nos precede. Sei como ela é e seu cheiro, porque tenho andado ao seu lado muitas vezes cada vez que sirvo de aviso a cada um dos meus.

Vovó viveu tantos anos somente para que soubéssemos da Huestia e nunca duvidássemos de sua existência. Estava destinada a devolver a lembrança à nossa família que a tinha perdido há tanto tempo. Cada vez que havia algum luto por um familiar em nossa casa, vovó rememorava velhas histórias de aparições e sempre, sem exceção, dizia ter visto, na noite anterior, todo o coro dos seus antepassados velando nas redondezas pela alma do moribundo.

Quando vovó morreu ninguém falou da Huestia. E ainda que no ano seguinte a seguiu a tata Manen e depois o tio Luis, ninguém voltou a lembrar do segredo que ela nos contou tantas vezes e que deveria permanecer vivo na nossa família, e lembrado por todos para que algum dia se quebrasse a maldição que rege o destino de toda minha linhagem: que cada mulher da família deve penar o castigo de ver morrer ao menos um dos seus filhos, como lição por uma antiga ofensa de um antepassado muito soberbo.

Eu devia ter avisado aos meus país na noite antes de minha Primeira Comunhão, quando vi vovó no jardim da casa, com todos seus antepassados, velando por ninguém e, no entanto, chorando. Tive medo, então me calei para que ninguém pensasse que estava nervoso pela celebração do dia seguinte. Assim não disse nada do que tinha visto e ninguém pôde saber que minha morte estava destinada a servir de lembranças da velha maldição que ainda pesa sobre as mães de minha família.

Todo o povo celebrou aquele dia junto ao rio com um enorme pic-nic para festejar a Comunhão de todos os meninos. Tinha de tudo e quando ficamos satisfeitos nos metemos na água e começamos a fazer corridas de uma margem à outra para comprovar nossa resistência. Aconteceu na metade do caminho: meus pés esfriaram e fiquei sem forças e parado ali. Os braços não responderam e senti um frio estranho em todo o corpo. Fui afundando pouco a pouco e lá no fundo ela me esperava sem rosto, como sempre a tenho visto, e ainda assim tão acolhedora.

Encontraram-me três dias depois, inchado com uma bola e me enterraram no túmulo da família junto à vovó, a quem acompanho com minha tocha acesa todas as noites, já faz tantos anos, quando fazemos a ronda que avisa ao mundo que alguém vai morrer. Algumas vezes são os meus.

Soube que a filha de minha irmã está doente e que os médicos que a têm visto não sabem o que ela tem. Soube que sua doença não tem remédio. E soube também, por minha avó, que está escrito que nesta noite eu acompanharei a Estadea até o quarto da filha de minha irmã, onde ela a estará cuidando. E está escrito que minha irmã me verá e junto choraremos a perda, enquanto a morte arrebata sua filha na cama sem que ela possa ver. Após isso levarei a menina ao lugar onde todos esperamos.

Espero que minha irmã compreenda.


Imagen destacada: Ladies of the Lake, de Rob Gonsalves.


Berliner Mauer - 1961-1989 - Peón al paso

Peón al paso


Escribí el relato titulado Peón al paso en abril de 2011. En febrero de ese mismo año volví a leer el Sefarad de Antonio Muñoz Molina, que es, de entre los suyos, el libro que a mí más me gusta. Lo había leído ya antes, a principios de 2002, a los pocos meses de su publicación, y también, en ratos perdidos, durante varios meses del año 2006, robándole tiempo al escaso tiempo que me dejaba la preparación de unas oposiciones inhumanas. Sin embargo, creo que hasta esa tercera lectura no reparé cabalmente en una de las reflexiones que hay en la obra y que, de alguna manera, viene a resumir el proceso de despojamiento de la identidad al que fueron sometidas todas las víctimas de los totalitarismos, que es, creo yo, uno de los temas fundamentales del libro, y al que el autor dedica muy especialmente uno de los capítulos de la novela, el titulado “Eres”. 

No sé cuántas veces releí en 2011 ese capítulo, pero sin duda fueron muchas, lo que al cabo hizo que me entraran unas tremendas ganas de escribir un relato recogiendo esa misma idea sobre la identidad individual viciada por la mirada de los otros, pero situándola en un contexto diferente.


Peón al paso

Al salir del aeropuerto y subir al taxi que lo ha de llevar al hotel no ha podido evitar sentir una corazonada de alarma y temor. Ha sido un acto reflejo involuntario, una sacudida violenta de la memoria que lo ha obligado a mirar atrás para comprobar si alguien lo seguía. Luego, cuando el coche ha arrancado y ha tomado la primera curva y se ha adentrado en la autovía que circunvala la ciudad irreconocible, ha tratado de contener los nervios diciéndose que está a salvo, que más de veinte años lo separan de aquel día en que se vio obligado a huir de un mundo que comenzó a hundirse y desaparecer a la vez que se destruía un muro.

Durante veinte años no ha hecho otra cosa que ocultarse. Ahora, protegido por el anonimato y la vejez, ha resuelto saldar cuentas con su pasado y regresar al lugar en el que sus superiores, con la inhumana eficacia de la que siempre hicieron gala, habían previsto que debía morir tras la entrega de los documentos que le habían sido confiados. Aturdido y agotado por el largo viaje en avión, se ha dejado caer en el respaldo del asiento de atrás del taxi y ha cerrado los ojos abandonándose por fin al descanso, pero sin renunciar todavía al maletín que sostiene en una mano desde hace más de diez horas y que se le ha ido convirtiendo en una especie de cadáver putrefacto que le recuerda la clase de hombre que ha sido.

Siempre fue una sombra oculta destinada a borrar las huellas que otros iban dejando en el camino. Siempre fue lo que otros quisieron que fuera, lo que los demás percibían cuando lo miraban, nunca lo que hubiera sido si en lugar de cumplir estrictamente las órdenes recibidas se hubiera dejado llevar por lo que alguna vez le dictaron los ensueños de la imaginación en esas raras ocasiones en las que llegó a vislumbrar un principio de traición o abandono en mitad de una situación de peligro, cuando el mundo que él había contribuido a fortalecer comenzaba a desintegrarse con los aires del cambio.

Este anciano que acaba de pagar la carrera del taxi y que ahora cruza las puertas giratorias de un hotel de Berlín, es el mismo hombre que en la noche del 9 de noviembre de 1989 logró escapar de una muerte segura dejando sobre la cama de la habitación en la que se había hospedado el cadáver del sicario que debía matarlo a él, y de cuya falsa identidad se adueñó para desaparecer en medio de la confusión de aquellos días, llevando consigo los mismos informes secretos que debía entregar para que otros los hicieran desaparecer.

Durante veinte años los ha tenido ocultos. Releídos una y mil veces, ajados y deshechos por el paso del tiempo, estos que una vez fueron documentos comprometedores hoy son solo reliquias curiosas, un testimonio más de una época oscura, apenas un legajo perdido que poco puede añadir a los miles de informes desclasificados que hoy se amontonan en el museo de la Stasi para el general regocijo de los cientos de fisgones que lo visitan cada semana, con la misma distraída atención de quienes contemplan, fascinados, las pirámides de Egipto. Pero para el hombre enfermo  que los ha custodiado todo este tiempo son parte indisociable de su vida, como lo son también los nombres de los agentes que figuran en sus páginas y los secretos ahora olvidados que solo él podría ayudar a desvelar.

Aunque podría haber utilizado su lengua materna, ha preferido dirigirse a la chica de la recepción en un inglés perfecto que sin embargo deja entrever los quiebros fonéticos de la gente de Florida. Consciente de que esa ya no es su ciudad, finge ser un turista recién llegado cuando pide la habitación de la que sabe que no ha de volver a salir. A estas alturas, se dice, no merece la pena abandonar ciertos hábitos. Solo somos lo que los demás se empeñan en ver en nosotros, lo que su mirada desea o decide que seamos cuando nos miran, solo un viejo afable y educado que recoge de manos de una chica sonriente la tarjeta con que abrirá la puerta de su habitación una sola vez, un cliente más del hotel en el que ella trabaja, un extranjero del que se olvidará en unos instantes y al que se verá impelida a recordar al día siguiente cuando el compañero del turno de la mañana le cuente que el caballero de la trescientos treinta amaneció cadáver.

Nadie sabe quién es. Ni siquiera la mujer y los hijos que dejó abandonados en una ciudad perdida de Estados Unidos hace apenas unas horas pueden saber quién es este hombre al que la inminencia de la muerte ha hecho regresar a Berlín para reencontrarse con un pasado del que se ha estado ocultando durante demasiado tiempo. Nunca somos del todo quienes decimos ser, y por esa misma razón tampoco seremos nunca quienes querríamos. Con estas ideas golpeándole muy dentro ha dejado el maletín encima de la cama y se ha dirigido al aseo con la intención de darse un baño. Mientras deja correr el agua caliente, se detiene unos segundos en la contemplación del rostro que le devuelve el espejo y piensa con un sobresalto de orgullo o presunción que, al fin y al cabo, ha sabido sobrevivirlos a todos.

No es la misma habitación pero podría serlo. Tampoco es ya la misma ciudad aunque se le parece. Hace tiempo que pasaron los años del desafío y el desconcierto y él es ahora, o podría serlo, uno de sus escasos intérpretes. Pero para qué, se dice. ¿Quién recuerda ya el nombre en clave de Michel Storm, la eminencia gris de la que recibía salvoconductos y órdenes cuando fue adiestrado en los primeros años sesenta para formar parte del comando invisible que ahora los libros de historia designan con el nombre literario de Espías Romeo? ¿Quién recuerda ya aquellos años de mensajes cifrados y consignas secretas? Cuando él desaparezca, ¿quién habrá qué recuerde aún aquel empeño loco de enamorar a las funcionarias del gobierno federal de la otra Alemania con el propósito de convertirlas en informantes de primera mano? ¿Qué fue de aquel tiempo en el que creyó ser alguien y no fue nadie, apenas un burlador burlado, un peón al paso al que había que sacrificar para que continuara, sin él, la partida de ajedrez cuyo final no pudo prever y mucho menos evitar?

El vapor de agua ha empañado ya el cristal del espejo en el que se mira mientras se afeita. La niebla que ahora lo envuelve le ayuda a templar los nervios y a conjurar aquella otra noche en la que se quebró la quietud de su vida siempre en suspenso. Ahora sabe, pero también lo supo entonces, que en realidad siempre lo estuvo esperando. Quienes han vivido de la traición y el soborno, del disfraz del engaño y la mentira, son quienes mejor conocen la fragilidad de las cosas y quienes antes advierten que en cualquier momento pueden sobrevenirles el desastre y la caída. No solo somos aquel que nos empañamos en ser, el que día a día vamos inventando para los demás; también somos lo que otros inventan o imaginan que podemos ser, lo que cualquiera que nos conoce le cuenta a un desconocido que somos, y también lo que la imaginación de ese extraño concibe a partir de lo que supieron. Él sabe mejor que nadie que cualquiera puede caer en desgracia y que todos estamos bajo sospecha.

Al introducir su cuerpo desnudo en el baño de agua caliente, con la navaja de afeitar aún en la mano, ha vuelto a recordar aquella llamada de última hora que le trajo el anuncio del cambio de planes. Con un humor de desollado vivo, ha sonreído al recordar las palabras que utilizaron para comunicarle que debía permanecer en aquel mismo hotel, que alguien iría a recoger los documentos, que ese colaborador de confianza, ese mensajero, sería también el encargado de proporcionarle la posibilidad de una huida segura en medio del caos. Mientras percibe cómo todos los músculos de su cuerpo comienzan a ceder ante la oleada de calor que ahora lo envuelve, ha vuelto a percibir, como entonces, el hormigueo de la desconfianza y la inquietud. Y no puede evitar sorprenderse al comprobar cómo esta forzada tranquilidad de hoy va despertando poco a poco el instinto animal de aquella noche en la que, creyéndose acorralado, desconfió de todo, hasta de la quietud y el silencio. Con ese instinto ciego de animal perseguido, piensa ahora, ha estado viviendo desde entonces.

Veinte años lo separan de aquel día en el que supo que había sido engañado y aún no ha logrado borrar de su memoria el enjambre de rencor y de odio que sintió hacia el hombre que cortó los hilos que lo sostenían. Michel Storm o Markus Wolf, el superior inteligente y políglota, el genio de las maquinaciones de la RDA, el hombre sin rostro que durante cuarenta años logró introducir a sus agentes en todos los estamentos alemanes, fue quien dio la orden que lo condenó, como a tantos, después de haber utilizado sus servicios para ponerse a salvo.

La primera incisión en el muslo, de unos quince centímetros, ha dejado salir un reguero de sangre expulsada a borbotones. La segunda, en el antebrazo, profunda y letal, tiñe de rojo el borde del baño antes de que el miembro herido caiga con un chapoteo sordo en el agua caliente. Las siguientes, innecesarias pero eficaces, le proporcionarán una muerte dulce en medio de sus recuerdos. Dos golpes secos en la puerta, oídos a través de una distancia de veinte años, le advierten ahora de que por fin ha llegado el momento. Pero ya no es el hombre marcado que aquella noche abrió con decisión la puerta y sin mediar palabra le destrozó la cara de un solo disparo, con silenciador, al esbirro que vino para matarlo. Cumplía órdenes. Ahora es él quien llama a esa misma puerta pero también es el hombre que la abre. Se ve a sí mismo en la entrada de la habitación y también en medio de ella, armado y a la vez indefenso. Sobre la cama sin deshacer aguarda el mismo maletín negro que hace apenas media hora dejó allí abandonado. Y aún le da tiempo a advertir cómo levanta el brazo y cómo a la vez amaga un último gesto inútil para defenderse, y cómo su cuerpo inerte cae al suelo como el de una marioneta a la que su dueño abandona una vez acabada la función. Con esta última imagen fija en la retina ha cerrado los ojos y se ha abandonado al sueño mientras su cabeza reposa, plácidamente, sobre la loza blanca de la bañera.


PEÓN AL PASO


Este relato fue publicado en la página web de Antonio Muñoz Molina el 5 de Mayo de 2013


Un acto de justicia

La primera bala le rompió el cuello y durante unos segundos me estuvo mirando con sorpresa y pesar. El segundo disparo dejó un punto negro en su frente y una mancha de sangre en la pared. Su rostro exhibió una mueca patética. Con saña, vacié el resto del cargador en su cuerpo tal y como me lo habían ordenado. Querían confundir a las autoridades haciéndoles creer que se trataba de un ajuste de cuentas. Algunas deudas de juego, algún marido despechado, algún asunto de drogas. Hay quienes solo conciben el asesinato como un acto de justicia. Se equivocan.

Durante unos minutos me quedé mirando su cuerpo derrumbado, inerte, chorreante. Tenía ya cincuenta años, mi misma edad, una edad en la que ya no se emprenden muchas cosas. No era una gran pérdida.

Hasta entonces se había desenvuelto en la vida según la estética del triunfador. Se dejó corromper por los halagos de una vida cómoda sin reparar en las constantes humillaciones que esa actitud implicaba. Como yo, como todos nosotros, entendió pronto que hay ocasiones en las que a un hombre le conviene dejarse insultar. Siguiendo este método había llegado a hacerse con una considerable fortuna. Ahora estaba muerto y a nadie le iba a importar demasiado los motivos que tuvo el criminal para hacer lo que hizo.

Me dijeron solo que debía matarlo en su casa, por la noche, con silenciador. No pregunté de dónde venía la orden, ni cuáles eran sus culpas, ni qué razones había para todo esto. Al fin y al cabo, pensé, Dios y la Muerte actúan de igual modo y todos se resignan.

Unas horas antes habíamos estado tomando unas copas con los amigos, como tantas veces, riéndonos de un mundo al que habíamos sabido burlar y del que habíamos sacado partido. Éramos tan parecidos que casi parecíamos una misma persona. Los otros nos confundían muchas veces. Yo mismo creía haberlo visto más de una vez en el espejo por las mañanas, mientras me afeitaba, cuando me hacía el nudo de la corbata o me lavaba los dientes. Nos parecíamos tanto que en ocasiones me daba miedo mirarle a los ojos. Al igual que yo, ya no esperaba nada de nadie.

En otro tiempo habíamos compartido a las mismas mujeres. Tuvimos idénticos deseos y conseguimos juntos todo lo que poseíamos. La ambición velaba nuestros sueños. Todo nos iba bien y llegamos a pensar que no nos necesitábamos.

Imperceptiblemente, sin que nos diéramos cuenta, en los últimos meses nos habíamos ido alejando el uno del otro. Ahora, a veces, tenía miedo de seguir siendo quien era. Me reprochaba que siguiera inventándome pasiones para sobrevivir. Se desesperaba ante la idea de tener que envejecer.

Me acompañó hasta casa borracho, amargado, tratando de convencerme de que su vida no había sido un absoluto fracaso. Me estuvo hablando de pérdidas y ganancias, haciendo repaso de nuestras vidas paralelas, ejercitándose inútilmente en recuperar una memoria que era común, o casi.

La casa estaba vacía y a oscuras. Me sirvió el último whisky y dejó que le advirtiera que no era sano ni prudente hacer demasiadas preguntas. Sacudió la cabeza como queriendo ahuyentar alguna idea funesta o simplemente contradictoria. Supe que era la incertidumbre. Aun con dudas, fingió mostrarse resuelto para hacer lo que hizo. Yo no podía impedirlo.

Cuando sacó la pistola vi que estaba llorando. Con desesperación, con rabia, con el orgullo herido, me apuntó y dejó que el dedo resbalara por el gatillo. No pude oír la detonación. Tampoco pude decir nada. La primera bala me rompió el cuello y la sangre me empapó la camisa y la corbata. Me sorprendió saber que tampoco él sabía de dónde había venido la orden. Me pesó que todo acabara de esta manera. Volvió a disparar una y otra vez hasta que el arma quedó hecha un juguete.

Derrumbado sobre el suelo del salón, muerto como nunca antes había estado, reparé en que las autoridades nunca encontrarían a mi asesino. Fue un crimen perfecto. A lo mejor es verdad que fue un acto de justicia.

El suicida, de Edouard Manet, 1877.

El suicida, de Edouard Manet (1877)

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Escrito en Enero de 2003, este texto fue publicado en la web del Proyecto Sherezade en junio de ese mismo año.

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Venganza

Palamedes, de Antonio Cánova

Estatua de Palamedes esculpida por Antonio Canova

Homero no recogió el suceso en sus dos célebres poemas, pero sí lo hicieron más tarde Filóstrato y Eurípides, entre otros.

Cuando las naves griegas comandadas por Agamenón alcanzaron las costas de Troya, se le encomendó a Odiseo que acudiera a Tracia en busca de víveres, pero Odiseo, quizá por desidia, volvió de la expedición con las manos vacías. Entonces Palamedes, el rey de la isla de Eubea, lo ridiculizó delante de todos acusándolo de cobardía, tal y como ya había hecho en una ocasión anterior, cuando, queriendo rehuir Odiseo el peligro que suponía partir hacia la guerra, fingió estar completamente loco y no reconocer a quienes habían ido a Ítaca para reclutarlo.

Agamenón, Menelao y Palamedes encontraron a Odiseo disfrazado de campesino, arando el campo con un asno y un buey. Consciente de que se trataba de un simple ardid, Palamedes ideó la forma de desenmascarar al impostor. Para hacerlo, arrebató al pequeño Telémaco de los brazos de Penélope y lo dejó en tierra delante de los animales que continuaban avanzando. Para salvar a su único hijo de una muerte segura, a Odiseo no le quedó otro remedio que descubrirse y mostrar a las claras que había tratado de engañarlos.

Desde ese mismo momento, Palamedes y Odiseo son enemigos irreconciliables. Homero no lo cuenta. Tal vez nunca lo supo. Pero con toda probabilidad su futuro héroe de la Odisea exhibió una sonrisa esquinada y trató de calmar los ánimos de los presentes, que no entendieron su comportamiento, tan poco valeroso. Tan indigno. También Palamedes lo ignoraba, pero no cabe duda de que aquel día firmó su sentencia de muerte.

La ocasión para la venganza se le presenta a Odiseo al regresar de Tracia con las manos vacías. Por segunda vez es humillado por alguien más valeroso pero menos astuto y,  consciente de lo que va a ocurrir, reta a Palamedes para que salga en busca del forraje que él no ha sabido traer.

-Si hubieras ido tú no habrías tenido más suerte –le dice.

Recogiendo el envite, cayendo en la trampa, Palamedes zarpa inmediatamente y vuelve al poco tiempo con una nave cargada de grano. Satisfecho y orgulloso, pero vencido sin saberlo, pues este es precisamente el triunfo que subraya la desgracia que va a acabar con su vida.

La pequeña victoria de Palamedes es la que lo condena a muerte. Sabiéndose de nuevo insultado, Odiseo tiene ahora dos razones para tramar la caída de aquel que se ha ido convirtiendo en un enemigo silencioso. Le bastarán dos días y dos noches para armar un plan infalible. A la mañana del tercer día se vale de la superstición para movilizar a todo el campamento. Y con certeras palabras envenena la mente de Agamenón.

-Esta noche –le dice-. Los dioses me han revelado en sueño que hay un traidor entre nosotros. Debemos movilizar a las tropas por un día para descubrirlo.

Así se hace. Al caer la noche, Odiseo aprovecha para esconder una bolsa llena de oro en el lugar en el que estuvo la tienda de su enemigo. Luego obliga a un prisionero frigio para que escriba una fingida carta de Príamo, el rey de los troyanos, a Palamedes, en la que deja constancia de las condiciones del acuerdo:

El oro que te envío es el pago por tu traición.

Una vez escrito el comunicado, Odiseo da muerte al prisionero y lo deja abandonado en mitad de la explanada, con la infame misiva entre sus ropas.

Al día siguiente las tropas de los aqueos vuelven a ocupar el lugar de su anterior emplazamiento, y es entonces cuando, no se sabe si por azar o por mandato, uno de los vigías haya el cadáver del prisionero frigio y entrega el mensaje a Agamenón.

Incapaz de comprender los motivos ocultos de una acusación tan grave, Palamedes se limita a negarlo todo. Hasta el último momento, quizás, no sabrá de dónde le viene el golpe. Para no delatarse, Odiseo trata de calmar los ánimos de todos intercediendo en favor de Palamedes.

-No es prudente acusar a un hombre sin las suficientes pruebas –dice.

Y así, con paciencia, con disimulo, con astucia, Odiseo sugiere sin decirlo que sea registrada la tienda en la que duerme Palamedes, donde hallarán el oro que lo condenará  a morir lapidado por traidor.

Mi personal método de autoayuda

El Beso, de Edvard Munch, 1897

El Beso de Edvard Munch, 1897

A pesar de la edad, de ser tan joven, Lucía tiene ya un cuerpo en declive que sin embargo gusta mucho. A mí me gusta. Al portero del bloque donde tenemos nuestro nidito de amor sé que también le gusta, y he comprobado que cuando bajamos algunas tardes a la cafetería de la esquina los camareros la miran a ella con deseo y a mí con sospecha. Puede que me encuentre entonces entre el viejo verde y el padre superprotector, por la edad y seguro que también por el nudo de la corbata, ancho y perfecto como me enseñó mi tía a hacerlo antes de que tuvieran que ingresarla en un sanatorio para enfermos mentales. Y entonces, cuando el camarero trae la cuenta de mis dos cafés con leche y del sofisticado capuccino con moka y nata que se tomó Lucía, confirmo un deje de envidia en sus ojos, una huella de placer dudoso en el temblor de su mano, una sombra de amenaza frustrada en los labios juveniles que pronuncian sin asombro ni duda, pero con recelo,

su cuenta, señor.

Todos los lunes, miércoles y viernes nos vemos en el pisazo que le he puesto en pleno barrio de Salamanca, y allí nos contamos nuestros martes, jueves y sábados, nunca los domingos, el único día ajeno a mi vida con ella, independiente de ella, tal y como yo quise que fuera. Y allí, en nuestro nidito de amor, me entrego a la recuperación del tiempo que he ido perdiendo en mi impecable vida, sin tacha, de esposo y padre ejemplar. Tenemos ya establecido hasta nuestro ritual de apareamiento. Tres veces a la semana me arrullo en su pecho y le impongo el orden que precisan sus veinte años, su cultura de estilo cosmopólitan para la mujer diez, de opción política antiglobalizadora, formación preuniversitaria y futuro prometedor.

La chica promete. Desde que yo le compré el piso y dejó de vivir con sus padres no se imagina el cambio que ha dado. Con el dinero que le paso y que a ella le resbala amuebló toda la casa sin ostentación pero con personalidad. Yo no entiendo demasiado ese gusto suyo por los suelos rayados y las vigas vistas, pero como a ella le gustan no me meto. No sé ya ni cuántos catálogos lleva vistos para casi cualquier cosa; para el color de las paredes, para los pomos de las puertas, para la grifería del cuarto de baño, para que los estores de la salita estén a juego con la alfombra de sus sueños que encontró en una revista francesa para amantes de las superficies rugosas.

La veo feliz y me basta. Las cuatro horas que le robo los días impares son para mí un alivio reparador. Lo normal es que me reciba en ropa interior, con música étnica sonando desde la habitación del fondo, un montón de cojines por el suelo y unas tazas de té verde que ha preparado, en un instante, en el hornillo portátil que adquirió por un precio desorbitado en unas tiendas de estética oriental que destinan el cincuenta por ciento de sus beneficios, fíjese, a reparar el hambre de los niños hambrientos del tercer mundo.

Está viviendo una etapa receptiva. Según ella, en estos once meses conmigo ha descubierto el lado humano de los objetos. Está abierta a las múltiples influencias que le proporciona el mundo exterior. Ya no es más aquella niña asustada y suspicaz que, según me cuenta, un día fue. Ayer mismo se inscribió en un nuevo curso de esos que en quince días nos convierten en seres motivados capaces de enfrentar cualquier situación que se presente. Yo mismo le subí del buzón, la semana pasada, el folleto desplegable que anunciaba “la forma definitiva de ser usted mismo”. El reclamo no tiene desperdicio: “con el método astral de mentalismo en cinco fases AYUDÓN olvídese de sus complejos y sea el que siempre quiso ser”.

Eso es lo que yo hago con Lucía. Ella es mi personal método de autoayuda, desde casa y sin gastos extras de envío. Y por si fuera poco, por si no bastara con el encuentro de su piel contra la mía tres veces a la semana, para que no me venga abajo, para que confíe en el futuro y no me termine de convertir en el hombre envejecido y triste que voy siendo, para que confíe en mí y en ella y en los sucesivos cursos de mentalismo que tiene ya pensado hacer, cada día me lee el horóscopo en la cama después de haberla penetrado y de haber sentido nuevamente renovada esa juvenil efervescencia que a veces quiero encontrar en mi ánimo. Y el horóscopo, siempre condescendiente con el público lector, prevé para mí, piscis, el más sensible del zodiaco, “esa relación total con la persona de sus sueños”; y para ella, escorpio, la mejor amante, “un encuentro inesperado que te saque de la brutal rutina en la que te has instalado en los últimos meses”.

Ya ni siquiera intento hacer el amor con mi mujer. Ya ni siquiera me lo pide por las noches. No sé si se ha terminado de conformar con el beso sin ternura que le doy, con piedad y un poco por cumplir, justo antes de ponerme a leer en la cama, o si es que también ella se ha buscado un joven al que ponerle un piso, quizá en pleno barrio de Salamanca, y con el que practicar, previo pago, esa gimnasia adulta que recuerda nuestros encuentros de hace ya treinta años.

A mi mujer le dedico los cada vez más aburridos domingos de la semana. Los domingos de periódico, tele, sofá y espera. Los domingos de encontronazo con los familiares a quienes no conocemos. Los domingos cuyo único entretenimiento consiste en buscarle al cuerpo de mi mujer parecidos razonables. Imposible imaginarla ya encima de mí, penetrada, si no es como un grotesco animal de la era terciaria que apoya su barriga en mi barriga sosteniendo el peso de unos senos incapaces ya de endurecerse con el tirón de una caricia. Imposible concebir el desarrollo de una felación practicada por una boca que ha ido aumentando conforme el dentista ha ido corrigiendo las imperfecciones del tiempo, y cuya lengua tiene ya el tacto viscoso de un filete de hígado aún no cocinado. Y qué decir de los surcos de las patas de gallo disimuladas con potingues ecológicos de venta en farmacias. Y qué decir de las manos manchadas de años, del pelo ralo, de la piel enredada por los rastros de venas que han ido eliminando sus operaciones millonarias.

No me engaño. Tampoco yo poseo ya el entusiasmo idiota del veinteañero y a Lucía la encontré por primera vez en la hoja de anuncios breves de la edición madrileña de un periódico nacional, cuando todavía ella, según me ha confesado luego, no había descubierto sus verdaderas inquietudes. El anuncio iba dirigido a exquisitos sin límites y el reclamo era un lujo de mujer, sensible pero supermorbosa, penetración infinita, francés tragando y griego superprofundo. Nada que objetar. La chica dio lo que prometía y los encuentros se repitieron en semanas sucesivas hasta que la cosa se fue enredando y terminó convertida en mi puta por doce horas a la semana con un salario casi millonario.

No me engaño. Sé que los fines de semana de Lucía tienen los claroscuros de los de cualquier jovencita de su edad. Me lo dicen las ojeras de sus lunes. Me lo confirma cierto desorden en la casa que años atrás hubiera provocado el derrumbe de mi alma a los pies. Un día incluso encontré debajo de la cama, junto a la mesita de noche, un preservativo con nudo envuelto en un kleenex ya de cartón.

No se equivoque. No me importó. Aquel día, sin decir nada, yo mismo recogí la única prueba de su traición y sin mayores desvelos la tiré a la basura. ¿Qué quiere que le diga? Lucía está hecha a la medida de las ambiciones masculinas que desde hace cincuenta años llevo alimentando como cualquier macho de la era moderna. ¿Qué más puede desear un hombre de mi posición, con mi fortuna, que lo ha conseguido todo en la vida, que no se queja, que tiene una familia que lo quiere, una mujer y unos hijos, que tiene éxito y dos o tres amigos que lo respetan?

No, en serio, no se quede ahí callado, juzgándome. Dígame. ¿Qué otra cosa puede desear un hombre de mi edad que a una veinteañera sensible pero supermorbosa que cuando está a punto de correrse o de fingir que se corre me araña con las uñas y me susurra al oído, entre ahogos,

soy tu puta, soy tu puta,

a la vez que le sobrevienen los espasmos y mueve la cabeza de un lado a otro estremecida por el placer?

Venga, no se corte. Confiese que también a usted le gustaría ser un cornudo por un día a cambio de esa vanidad.

Entiéndame. No se equivoque con lo que le dije antes de mi mujer. Ella y Lucía son compatibles. No hay conflicto. A diferencia de otras, Lucía no le pide a mi dinero una credencial de posesión, no agobia con lo de ser mi amante, no me pide que deje a mi mujer. Y mi mujer, fíjese lo que le digo, no se mete demasiado en mi vida. ¿Qué más puede desear un hombre? La vida es más sencilla de lo que he tardado cincuenta años en entender. Este domingo, por ejemplo, hemos quedado con unos amigos para pasar la noche. Mi mujer va de estreno; un traje que se ha comprado esta semana según los patrones establecidos por la pasarela Cibeles para esta primavera verano, unos zapatos de ensueño y, cómo no, el bolso que va a ser la envidia de sus amigas, más el complemento de una o dos joyas que como a urracas que revolotean alrededor del brillo les dará para la única conversación de varias horas. Pero en casa yo veré lo de siempre. ¡Qué espectáculo presenciar cómo se pone la faja y los potingues encima de las correcciones y del colágeno inyectado! Y seguro que en el último minuto, mientras me avisa para que no se me olviden las llaves, se retocará una vez más, guapísima, el rímel y los enormes labios de silicona antes de salir para la Ópera.

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Este texto lo escribí en julio de 2001 como una especie de homenaje a António Lobo Antunes, a quien empecé a leer por aquel entonces. Pretendía ser un relato escrito según el patrón aprendido en sus crónicas.

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