Página personal de Agustín Celis

Categoría: Delirios y flaquezas

El secreto drama de don Juan

El secreto drama de don Juan


Don Juan observa en la cama a su última amante y espera con impaciencia sus palabras. Aún no hace ni un minuto que la ha tenido sobre él, penetrada y moviéndose con compases rítmicos, a horcajadas, con las manos en su pecho y cabeceando como una loca durante el momento de máximo placer. La chica, una mujer casada a la que conquistó anoche, está ahora tratando de recuperar el aliento perdido, y don Juan, con el corazón desbocado por los nervios, aguarda con ansiedad sus primeras palabras.

-Ufff – dice por fin ella –. Me encanta cómo follas.

Don Juan cierra decepcionado los ojos y luego se queda, con la mirada perdida, pensando en la dramática realidad de su vida.

“Siempre lo mismo”, se dice don Juan. “¿Por qué me querrán solo por el sexo? ¿Por qué no verán en mí un verdadero amor? ¿Por qué ninguna mujer aprecia el valioso caudal que mi alma atesora?”

Lo que ninguna mujer sabe es que don Juan vive desesperado. Desesperado ante la espera del verdadero amor. Y por eso cada noche sale de caza en busca de una nueva conquista.

Hay quienes lo creen un adicto al sexo. Gente que solo presta atención a las apariencias, que no ven más allá de lo evidente. Se equivocan, por supuesto. Don Juan es un adicto, es verdad. Pero un adicto al amor, al que espera encontrar algún día desesperadamente.

Cansado de los desleales amores de las mujeres adúlteras, y de alguna que otra deseosa de encontrar marido, a don Juan se le ocurre la idea de entregarse en brazos de una novicia, de una monja, y no tarda en dar con la candidata perfecta, de nombre doña Inés, una chica dulce y virginal, sin duda más acostumbrada al amor divino que al humano.

“¿Será esta?”, se pregunta ilusionado nuestro héroe. “¿Y si fuera ella, por fin, la mujer a quien tanto he esperado?”, se dice.

Tal y como suele ocurrirle, don Juan se rinde pronto, y obnubilado, ante los encantos de doña Inés. Y antes de que pueda darse cuenta de cómo ha podido ocurrir, descubre que ya ella se lo ha llevado a la cama.

Aún así, creyéndola ideal, don Juan se entrega sin condiciones a ella. Se trata de una entrega total y absoluta, sin paradas en estaciones intermedias.

Esta vez hasta don Juan ha quedado sin resuello porque lo ha dado todo. Así que se recuesta boca arriba en la cama y observa encantado cómo doña Inés apoya la cabeza en su hombro. “¿Será por fin ella?”, vuelve a preguntarse don Juan, mientras la chica traza caracolillos jugueteando con los dedos entre el cabello de él. “Ojalá dibujara con su dedo índice un corazón en mi pecho”, se dice don Juan.

De pronto, doña Inés lanza un suspiro profundo al aire. Es consciente de que ese suspiro ha sido un eco diferido del arrebatado orgasmo que tuvo hace un momento debajo de él. Don Juan sabe que doña Inés va a hablar. Es imposible que no hable. ¿Acaso oirá por primera vez las palabras que lleva toda la vida esperando oír?

-Ufff – dice por fin ella, relamiéndose de gusto el placer obtenido –. Me encanta cómo follas.


Imagen destacada: Don Juan Tenorio, de Salvador Dalí, 1949.


 

Ejemplo de amor kafkiano

Ejemplo de amor kafkiano


Enero de 1921. Milena Jesenská vive fascinada por Franz Kafka y así se lo hace saber, por carta, al amigo que tienen en común, Max Brod.

Pese a ser consciente de que se trata de un hombre enfermo, de un tipo débil e insociable en muchos sentidos, de un individuo triste y rígido, con tendencias a la autoaniquilación y casi desprovisto de toda esperanza futura, a la joven Milena Jesenská le fascina la personalidad neurótica y delirante de Kafka.

Ella no puede saberlo, pero sin darse cuenta ha caído en la habitual trampa amorosa, milimétricamente calculada, que Frank tiende a todas sus amantes. Ya leyó todos sus relatos. Ya quedó rendida por su talento. Ya trató de entender la torturada naturaleza del escritor. Ya trató de conocerlo. Ya recibió, en tropel, sus numerosas cartas. Ya lo invitó a su cama en Viena durante cuatro días y ya empezó a creer que, quizás, pero solo quizás, su entrega total podría salvar a ese tipo al que los fantasmas del miedo acechan más que a cualquier otro hombre al que ella haya podido conocer antes.

En ese momento de nuestra breve reflexión, en el invierno de 1921, la joven Milena Jesenská, al igual que les ocurrió a otras tantas, aún no acaba de comprender qué es lo que ha podido ocurrir para que Frank quiera alejarse de ella.

“No escribas e impide todo encuentro entre nosotros, cumple en silencio este único deseo mío, sólo eso puede darme la posibilidad de seguir viviendo de alguna manera, todo lo demás sigue destruyéndome”.

Son las palabras que ese hombre admirable le ha hecho llegar en una de sus últimas misivas.

¿Por qué?, se pregunta la joven Milena. ¿Por qué, si aquellos cuatro días fueron maravillosos? ¿Por qué, si yo había conseguido que un alma tan torturada conociese por unos días en qué consiste la felicidad?

Y efectivamente. Aquellos cuatro días que Frank pasó con Milena en Viena fueron de lo más apacibles. Tanto que hasta ella quedó muy sorprendida del efecto que tuvieron en él sus solícitas atenciones.

“Caminaba todo el día, subía, bajaba, marchaba a pleno sol, no tosió una sola vez, comía muchísimo y dormía como un lirón, gozaba simplemente de buena salud, y su enfermedad fue para nosotros durante esos días como un pequeño resfriado”.

¿Por qué entonces se aleja?, se pregunta una y otra vez Milena. ¿Por qué sigue destruyéndose? Y lo que resulta aún más torturante: ¿Qué es lo que ha pasado entre nosotros? ¿Qué es lo que yo he hecho? Porque sin duda debe ser culpa mía, no de él, tan bueno, tan dócil, tan sin malicia, tan imposibilitado para mentir y buscar el refugio que todos encontramos en las pequeñas mentiras con que llenamos nuestras vidas. Algo hay en  mí o he hecho yo para que esta breve historia nuestra haya tenido este final tan precipitado y tan imprevisto. ¿Ha sido acaso por no haber querido abandonar a mi marido?

Pero no, se dice casi a continuación. No puede ser eso. Bien sé que una mujer y un matrimonio es lo último que Frank necesita para ser feliz. Pero qué entonces.

Y durante más de veinte años, hasta su muerte acaecida en el campo de concentración de Ravensbrück, Alemania, el 17 de mayo de 1944, se seguirá haciendo esa misma pregunta para la que no es posible hallar respuesta. ¿Qué fue lo que ocurrió?


 

Los Quijotes de Cervantes

Los Quijotes de Cervantes


En el siglo XVI, en plena época del Renacimiento literario español, un interesante debate perturba la paz de todos los círculos de intelectuales del país, nación, estado, territorio nacional o enclave común de culturas análogas, aunque en aquel tiempo no se llamaran intelectuales los intelectuales. Enunciémoslo como corresponde: Hombres de armas Vs. Hombres de letras.

La gloria era eso. Así se alcanzaba la gloria. Todo gran hombre deseaba ser una cosa o la otra: o un buen soldado o un buen poeta. Si, por voluntad o destino, alcanzabas la dicha de llegar a ser poeta y soldado, entonces te convertías en todo un ejemplo a seguir. Y así las cosas, un buen día, un jovencísimo don Miguel de Cervantes Saavedra entra en una posada de Madrid y se entera por vez primera de la existencia de esta singular disputa, e inmediatamente decide intervenir como si ya intuyese o sospechase su futura gloria. Tras unos minutos de reflexión, se decanta por el oficio de las armas y se hace militar. Poco después lucha en Lepanto y sale vencedor pero vencido. Se ha cubierto de esplendor patrio, pero sale manco y hacia el cautiverio. Varios años lo retendrán en Argel y, cuando por fin consigue la condicional o la preventiva, descubre espantado que nada le espera ya en el oficio de soldado.

No importa, se dice; me entregaré a las musas. Don Miguel de Cervantes escribe versos sin garbo ni destreza, y más tarde lamentará que el cielo no le concediera tan alta gracia. Mientras otros, como esos cabrones de los góngoras, los quevedos y los lopes, disfrutan del honor que a él no quiso concederle el cielo.

¿Cuál es el más grande?, se pregunta un día don Miguel. ¿Quién es el de mayor gloria? ¿Quién se deleita con lo que a mí se me niega? ¿A quién le conceden las mercedes que a mí todavía me adeudan?, se pregunta el manco rojo de ira, enfurecido al fin, a punto de estallar de frustración y fracaso. Y se responde que Lope, por supuesto. Quién si no. El aplaudido autor de comedias. Qué otro podría ser. Él y solo él. El Fénix de los Ingenios. Ese monstruo de la Naturaleza.

Cervantes se hace dramaturgo, autor de teatro, hijo del drama atrapado de tragedia. Pretende superar a Lope. Ambiciona ser como él, robarle el cetro. Quiere incluso ser Lope, pero sin dejar de ser él mismo, don Miguel de Cervantes Saavedra. Quiere ser el Fénix. Quiere la gloria. Pronto descubrirá que tampoco.

¿Qué más hace Lope de Vega?, se pregunta entonces el recién llegado, el iniciado, el aspirante, el aficionado. ¿Cantos bucólicos, amorosas églogas, entretenimientos pastoriles en un dulce vergel de paz, armonía y amor? Sin problemas. Yo haré una novela pastoril que será el espanto de su siglo. Y al poco saca La Galatea y la da al mundo. Ahí la tienen, La Galatea, al alcance de cualquiera. Ahí la tenéis, miradla y admiradla. ¿No era eso lo que queríais? Pues ahí la tenéis, de don Miguel de Cervantes, se dice.

¿Cuál es entonces la reacción del público, del gentío, de la plebe? Nada. Indiferencia. Desinterés. Displicencia y diría que hasta desprecio. E incluso un poco del cachondeíto fino de unos cuantos, para quienes la obra de Cervantes no se aproxima, ni por asomo, a las Dianas de Montemayor y Gil Polo, a quienes toma como modelo.

Cervantes se retira cansado. Decepcionado. Contrariado. Despechado lleno de despecho. Vencido pero entero, casi entero si no fuera por el brazo. El brazo que entregué, el brazo que perdí en Lepanto, en la más alta ocasión que vieran los siglos presentes y han de ver los venideros. O que  han de no ver.

Durante veinte años guarda silencio. Se traga el orgullo. No deja de escribir, pero apenas publica nada. Se cubre de nostalgia y conoce a los hombres. Los conoce muy bien, a los pobres y a los ricos, a los viles, a los miserables, a los cobardes, a los pusilánimes, a los mezquinos, a los envidiosos, a los muy hijos de puta. A todos los hombres. Y un día lo meten en la cárcel, otra vez, ya agotado, ya viejo, ya mermado por la existencia. Y se dice: heme aquí, en estas soledades, yo que me iba a cubrir de gloria. Y ya ves…

Es entonces cuando se ríe. Se ha sentido ridículo. Se ha avergonzado de sí mismo ante su ocurrencia, ante su amargura, ante su miseria. Sí, sí, se dice, ante mi miseria, ante mi rencor, ante mi envidia. Ha sido apenas una mueca. Un gesto breve que se parece al sarcasmo, pero que no lo es, y que le hace gracia. ¿Será esto la gracia? ¿Será al fin la Gracia? Y se ríe de nuevo. Más que una sonrisa. Casi un retozo socarrón  Y se dice: ¡Qué cojones me importará a mí ya que sea la Gracia! Y se vuelve a reír y esta vez es que se descojona. Se da cuenta de que se está riendo de sí mismo, pero también de los otros, de su sombra y de la de ellos, y hasta del lucero del alba. Y la risa es como un reconstituyente, un tónico, una medicina, un ansiolítico, un antidepresivo.

¿Cómo dice usted?, pregunta. Y se le responde: la panacea. ¿Será la risa la panacea? Y toda su antigua miseria se le vuelve piedad e ironía, hacia sí mismo y hacia los otros. Y se siente en paz. Más hombre. Menos vil. Más humano con menos rencor. Y decide tomar la pluma y dar testimonio de este hecho.

Pero no se le ocurre nada. No se me ocurre nada, se dice para sus adentros. Qué curioso que precisamente ahora me ocurra esto. Porque conozco a los hombres. Ahora soy más viejo que ayer, pero a la vez más sabio. Y sin embargo no se me ocurre nada. ¡Qué curioso!, se dice.

¿Qué estará escribiendo Lope ahora?, se pregunta de repente. ¿Con qué andará metido ahora el cabroncete? Cualquiera sabe, se responde. ¿En qué no ha estado metido ese? ¿De qué no es capaz, y de qué manera? ¿Qué es lo que no habrá hecho él? ¿Qué no habrá escrito ese monstruo de la naturaleza? Y se lo pregunta con admiración, sin amargura, sin odio, pero aún con un poco de rencor hacia Lope. ¿Será esto envidia? Y sí, se dice, es eso, lo sé, es la vieja envidia, mi vieja envidia. Pero está conforme. Es inevitable. ¿Quién que sea y quiera ser no envidiaría hoy a Lope?

Un libro de caballerías, se le ocurre de pronto. ¿Ha escrito Lope algún libro de caballerías? Y no, se dice, no ha escrito ninguno. De repente sorprendido. ¡Lope no ha escrito ninguno!, se alegra. Y al instante, envuelto en una extraña solemnidad rijosa, sentencia: ¡Mejor! ¡Perfecto! ¡Lo escribiré yo! Y entonces se pone. Y él cuando se pone, se pone.

Su héroe se llama Don Quijote y el libro le sale tocho. Pero no importa. Es igualmente inevitable. A ver, el libro tiene hondura y tiene historia, así que ustedes me dirán. Y acaba el libro y le complace. Se ha divertido escribiéndolo. Se lo ha pasado bien, ha hecho lo que ha querido, ha hecho lo que le ha dado la gana y ahí están los resultados, señores, ahí lo tienen vuesas mercedes, al aire, en libertad eterna, imperecedero, por don Miguel de Cervantes Saavedra, El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, libro inmortal y raro. Y ahí está todo. Pasen y vean, señores. Háganme ese honor. Háganme la merced.

Pasan los años y ahora el manco es menos manco. Ha vuelto al mundo, pero vive en soledad, ahora descreído, escéptico, heterodoxo. Del viejo ímpetu solo queda el recuerdo. Ya no le duele nada. Ahora lo soporta todo. Se apiada de los hombres. La aflicción se le ha convertido en socarronería, la amargura en sátira. Lo que alguna vez le dolía es ahora irónico, casi cómico. Ahora ríe más que nunca, todo le hace gracia, la vieja Gracia.

Y vuelve a las andadas, al autoplagio que dirán luego algunos, a repetirse, al más de lo mismo pero diferente, incluso a la autoficción, a las segundas partes a veces son muy buenas, y retoma a don Quijote y a Sancho, sin escrúpulos, sin complejos, porque sí, porque me da la gana. Y lo hace con más brío y con más fuerza. Y juega todo lo que quiere y más. Y se divierte. Tres cabalgan juntos. Comienza la segunda parte.

Pero ah! de la vida, nadie me responde, que diría angustiado el señor de Quevedo. Un mal día pasa por una calle y observa cómo algunos hombres se lo quedan mirando. Los conoce desde antiguo, pero ni los saluda al pasar. Los otros le vuelven la cara. Cabrones, se dice. Y añade: envidiosos…

Ahí va el manco, se ríen los otros en voz baja; ahí va Cervantes, el que quiso ser poeta, el que quiso ser el Fénix sin ser Lope; aquel, el de La Galatea, el recaudador para la Armada, el preso y el fugado, el de la hermana puta, quien tanto deseó partir hacia las Indias, ese del Quijote y su escudero, el del libro de caballerías que ahora lee la plebe, el pueblo, la masa ignorante. ¡Pobre hombre!, se lamentan algunos, pero lo hacen con cierto regocijo. No da para más, sentencian.

Cervantes llega a su casa y piensa en lo que ha oído sin quererlo oír, algo dolido, pero no mucho. Y al poco se descubre riendo, riéndose de sí mismo y de los otros. Y piensa en don Quijote y en Sancho y se ríe también de ellos. Y por primera vez desde hace muchos años relee todo lo que ha escrito sobre su ingenioso caballero y se ríe más que nunca. Se ríe tanto que se mea de la risa, y piensa en lo que un día fue y un día quiso, y piensa también en lo que es ahora, no muy distinto, pero sí bastante. Y piensa en sus viejas ambiciones y en sus viejos enemigos, y siente lástima.

Entonces se acuerda de Lope y recuerda su admiración por él, su envidia, el asombro que le siguen produciendo sus comedias. Y se dice que Lope no es el adversario. No es el enemigo. No sabe lo que es pero no es eso. Elude pronunciar un veredicto. Mejor que una verdad, una duda, se dice, y a continuación pregunta: ¿qué pensará Lope de don Quijote y de Sancho? ¿Qué pensará Lope de mi libro, de mi novela, yo que he sido el primero en novelar en lengua castellana? Y se responde: le ha gustado. Sé que le ha gustado, pero no me lo dice. Lo ha dado a entender, pero no lo ha dicho. ¿Por qué?, se pregunta. ¿Acaso por orgullo? ¿Acaso por envidia? Y si es por envidia, envidia por envidia.

Sigue todavía así un buen rato: ¿qué hará Lope ahora con su envidia?, se pregunta de manera absurda. Sé lo que yo he hecho con la mía, pero no puedo saber qué hará él con la suya. Pero seguramente nada. Sus comedias y sus problemas familiares lo han alejado de las rencillas literarias. Se ha vuelto hacia sí mismo. Se ha hecho religioso.

Y un poco después no puede evitar preguntarse: ¿qué hubiera hecho Lope con su envidia hace unos años? ¿Cómo habría combatido mi osadía? ¿Cómo habría enturbiado mi sombra que se alza implacable sobre su obra? Y se responde: habría ido a por mí. A su manera, con su pluma, con sus escritos. Y sonríe pensando en ellos dos, viejos geniales, y entonces se le ocurre la broma, una broma genial, igualmente imperecedera, una broma para él y para Lope, casi un juego más que una broma.

Entonces deja aparcado el libro que está escribiendo, su segunda parte, y empieza a escribir otro pensando también en don Quijote y Sancho, convertidos ahora en personajes pasados por Lope, por un Lope que no es Lope, que no es exactamente Lope. Hasta que se da cuenta de que no, de que no podría ser Lope, de que nunca podrá imitar a Lope. A Lope no, pero sí a algunos de esos de la escuela de Lope, esos mismos que unas horas antes se han reído de él. Y se dice: ahora voy a vengarme, voy a reírme de la envidia. Y comienza a escribir sobre otro don Quijote tal y como lo escribiría un admirador de Lope, del círculo de sus íntimos. Y piensa en ellos y repara en uno, en uno concreto, cuyo nombre conoce pero oculta, exactamente el que dijo aquello de: “ese del Quijote y su escudero, el del libro de caballerías que ahora lee la plebe, el pueblo, la masa ignorante”. Y escribe el nuevo libro como si lo escribiera el otro, al que ha decidido llamar Avellaneda. Y unos meses más tarde lo da a la imprenta con ese nombre, Alonso Fernández de Avellaneda, no con el suyo, y nadie sabe quién ha sido pero se barajan varios autores. Y Cervantes se ríe por lo bajo. Y luego tose.

Estoy enfermo, se dice un día Cervantes. Se acerca el fin. Adiós risas y adiós agravios. No me queda tiempo. No os veré más ni me veréis vosotros. Pero debo completar mi obra. Debo cumplir mi venganza, mi segunda parte. Y en un último esfuerzo retoma su libro por donde lo dejó y por fin lo termina, El ingenioso Caballero don Quijote de la Mancha. Yo me muero, pero tú te vienes conmigo, dice. Y aquí, entre los dos, entre tú y yo y nuestra amistad mutua se acaba todo. Y adiós ardor, adiós recuerdos.


Imagen destacada: Portada de la versión ilustrada de El Quijote, por  Gustave Doré, 1863.


 

Muerte de César, de Jean-Léon Gérôme, 1867

O César, o nada


Ignoremos la versión oficial sobre la muerte de Julio César.

¿En qué cabeza cabe que un personaje como César pudiera ignorar la torpe confabulación que Gayo Casio Longino y Marco Junio Bruto orquestaron junto con otros sesenta senadores para darle muerte en pleno Senado? No deja de sorprender que hasta una mente preclara como la de Stefan Zweig incurriera en tal error de interpretación.

Mucho antes de que Cicerón lo dejara dicho por escrito; incluso mucho antes de que Cicerón llegara siquiera a concebir la idea, Julio César ya sabía que «el dominio ejercido por la fuerza viola cualquier derecho», de ahí su notoria magnanimidad hacia el enemigo vencido en la lucha. De ahí también su decisión última de acudir a la reunión convocada por el Senado de Roma en la mañana del 15 de Marzo del año 44 a. de C., aun sabiendo que ese día iba a ser asesinado.

A mí no me cabe la menor duda de que sus últimos días con vida Julio César los dedicó al diseño minucioso de su legado y al ensayo de la representación de su propia muerte.

Más que cualquier otra persona en aquellos días, César era consciente de que el camino hacia un Imperio cosmopolita que enterrara definitivamente a la corrupta República romana pasaba de manera inevitable por su retiro de la res publica. Lo que no podía aceptar César, porque se lo prohibía el alto concepto que tenía de sí mismo, era un retiro pasivo que lo condenara a interpretar un papel secundario en la Historia.

Ese es el momento en el que César rememora aquel entusiasta grito de guerra elevado por sus tropas ante el río Rubicón, cuando, de la decisión de avanzar o retroceder, dependían las vidas de tantos, y, probablemente, la suerte de Roma: aut Caesar, aut nihil.

“O César, o nada”. Y ese es precisamente el instante en el que Julio César toma la decisión más importante de su vida. Decidido a no convertirse en un vulgar dictador a la manera de Sila, acepta el sacrificio con tal de protagonizar el momento clave de la Humanidad que supone su propia muerte.

Que Julio César iba a ser asesinado aquel día era, por otra parte, público y notorio. Así nos lo dan a entender dos anécdotas que, quienes no creen en el poder evocador de la Literatura para descubrir la verdad ocultada por la Historia, encierran en el ámbito discutible de la leyenda.

Por supuesto que su mujer Calpurnia advirtió a César de que tuviera cuidado. Es más, esto es precisamente lo que han convertido en leyenda. Con toda probabilidad, Calpurnia le suplicaría que no fuera; intentaría evitar su sacrificio; incluso apelaría al posible temor a la muerte que atenazaría a su marido en aquellos momentos. Pero reparemos en la meditada frase con que César la consuela y advirtamos que esa sentencia no puede deberse a una improvisación: “solo se debe temer al miedo”.

Por supuesto que alguien, probablemente un vidente ciego, le previno contra los Idus de Marzo. Y por supuesto que César le recordó con humor, en las escaleras del Senado, que aún seguía con vida. Pero la cuestión clave aquí, porque César llegaba dispuesto a inmolar su cuerpo en sacrificio, es si le recordó que “aún seguía vivo” o si “aún seguiría vivo” después de aquello. Vivo e inquebrantable. Vivo y recordado. Vivo y no vencido tras aquel encuentro. Esto es lo que nos ha querido ocultar la Historia.

Observemos ahora la escena del crimen y convenzámonos de que nada en ella es casual y de que César no dejó nada a la improvisación.

César llega al Senado, se entrega al grupo de conspiradores y recoge el escrito de ellos en el que le piden que les devuelva el poder arrebatado. Pero en vez de leer lo que ya sabe que hay en aquella petición, César observa a sus acosadores y aguarda el momento preciso para exponer sobre el tablero de la Historia la cuestión estelar de aquel momento. Y justo cuando Tulio Cimber tira de su túnica para atraerlo hacia sí, sin esperar a que le asesten la primera de las puñaladas, César expone para la posteridad la verdadera situación de la Roma de su época: Ista quidem vis est.

“¿Qué clase de violencia es esta?”, pregunta César. Es decir: ¿quiénes son los que se valen de la violencia para imponer sus criterios? ¿Quiénes están violando el verdadero espíritu del Senado al recurrir a la violencia en aquel foro público? ¿Quiénes, en definitiva, han perdido toda autoridad al violar todo derecho mediante el dominio que se ejerce por medio de la fuerza?

Con la exposición de esta sencilla pregunta mil veces ensayada en soledad, César acusa y denuncia al Senado del pueblo de Roma y destruye toda la autoridad futura que pudiera llegar a poseer. Después de eso, se suceden una a una las 23 puñaladas que Suetonio dejó consignadas.

En medio de aquel baño de sangre, a César aún le daría tiempo de escenificar dos momentos rigurosamente ensayados. Sabedor de que su querido Bruto está entre los conjurados, le espetará aquellas palabras que más tarde inmortalizarán Suetonio y Shakespeare, cada uno de ellos a su modo: Tu quoque, Brute, filii mei. “¿Tú también, Bruto, hijo mío?” Y viendo próxima la llegada de la muerte, aún le dio tiempo de cubrir su cabeza con la toga en un último intento de preservar su dignidad. “Moriré”, se dice, “pero no deshonraré mi rostro a la vista de la muerte”.

Con el paso de los años, y a lo largo de los siglos, los emperadores romanos asumirían el nombre de César como título imperial.


Imagen destacada: Muerte de César, de Jean-Léon Gérôme, 1867.


 

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