Venganza

CompárteloShare on FacebookShare on Google+Tweet about this on TwitterPin on PinterestShare on LinkedInEmail this to someone
Palamedes, de Antonio Cánova
Estatua de Palamedes esculpida por Antonio Canova

Homero no recogió el suceso en sus dos célebres poemas, pero sí lo hicieron más tarde Filóstrato y Eurípides, entre otros.

Cuando las naves griegas comandadas por Agamenón alcanzaron las costas de Troya, se le encomendó a Odiseo que acudiera a Tracia en busca de víveres, pero Odiseo, quizá por desidia, volvió de la expedición con las manos vacías. Entonces Palamedes, el rey de la isla de Eubea, lo ridiculizó delante de todos acusándolo de cobardía, tal y como ya había hecho en una ocasión anterior, cuando, queriendo rehuir Odiseo el peligro que suponía partir hacia la guerra, fingió estar completamente loco y no reconocer a quienes habían ido a Ítaca para reclutarlo.

Agamenón, Menelao y Palamedes encontraron a Odiseo disfrazado de campesino, arando el campo con un asno y un buey. Consciente de que se trataba de un simple ardid, Palamedes ideó la forma de desenmascarar al impostor. Para hacerlo, arrebató al pequeño Telémaco de los brazos de Penélope y lo dejó en tierra delante de los animales que continuaban avanzando. Para salvar a su único hijo de una muerte segura, a Odiseo no le quedó otro remedio que descubrirse y mostrar a las claras que había tratado de engañarlos.

Desde ese mismo momento, Palamedes y Odiseo son enemigos irreconciliables. Homero no lo cuenta. Tal vez nunca lo supo. Pero con toda probabilidad su futuro héroe de la Odisea exhibió una sonrisa esquinada y trató de calmar los ánimos de los presentes, que no entendieron su comportamiento, tan poco valeroso. Tan indigno. También Palamedes lo ignoraba, pero no cabe duda de que aquel día firmó su sentencia de muerte.

La ocasión para la venganza se le presenta a Odiseo al regresar de Tracia con las manos vacías. Por segunda vez es humillado por alguien más valeroso pero menos astuto y,  consciente de lo que va a ocurrir, reta a Palamedes para que salga en busca del forraje que él no ha sabido traer.

-Si hubieras ido tú no habrías tenido más suerte –le dice.

Recogiendo el envite, cayendo en la trampa, Palamedes zarpa inmediatamente y vuelve al poco tiempo con una nave cargada de grano. Satisfecho y orgulloso, pero vencido sin saberlo, pues este es precisamente el triunfo que subraya la desgracia que va a acabar con su vida.

La pequeña victoria de Palamedes es la que lo condena a muerte. Sabiéndose de nuevo insultado, Odiseo tiene ahora dos razones para tramar la caída de aquel que se ha ido convirtiendo en un enemigo silencioso. Le bastarán dos días y dos noches para armar un plan infalible. A la mañana del tercer día se vale de la superstición para movilizar a todo el campamento. Y con certeras palabras envenena la mente de Agamenón.

-Esta noche –le dice-. Los dioses me han revelado en sueño que hay un traidor entre nosotros. Debemos movilizar a las tropas por un día para descubrirlo.

Así se hace. Al caer la noche, Odiseo aprovecha para esconder una bolsa llena de oro en el lugar en el que estuvo la tienda de su enemigo. Luego obliga a un prisionero frigio para que escriba una fingida carta de Príamo, el rey de los troyanos, a Palamedes, en la que deja constancia de las condiciones del acuerdo:

El oro que te envío es el pago por tu traición.

Una vez escrito el comunicado, Odiseo da muerte al prisionero y lo deja abandonado en mitad de la explanada, con la infame misiva entre sus ropas.

Al día siguiente las tropas de los aqueos vuelven a ocupar el lugar de su anterior emplazamiento, y es entonces cuando, no se sabe si por azar o por mandato, uno de los vigías haya el cadáver del prisionero frigio y entrega el mensaje a Agamenón.

Incapaz de comprender los motivos ocultos de una acusación tan grave, Palamedes se limita a negarlo todo. Hasta el último momento, quizás, no sabrá de dónde le viene el golpe. Para no delatarse, Odiseo trata de calmar los ánimos de todos intercediendo en favor de Palamedes.

-No es prudente acusar a un hombre sin las suficientes pruebas –dice.

Y así, con paciencia, con disimulo, con astucia, Odiseo sugiere sin decirlo que sea registrada la tienda en la que duerme Palamedes, donde hallarán el oro que lo condenará  a morir lapidado por traidor.

Entradas relacionadas

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *