Una anécdota austeriana

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Destino: Sixty-Three, de Salvador Dalí, 1947
Destino: Sixty-Three, de Salvador Dalí, 1947. Serigrafía para el corto de animación “Destino” – Dalí, Walt Disney

Para Eduardo Suomi

¿Quién es Eduardo Suomi? Digamos que un conocido mío, aunque nunca lo he visto, alguien del que sé algo, poco en realidad, pero que según parece a veces merodea por este blog. ¿De qué lo conozco? De la página web de Antonio Muñoz Molina, donde ambos somos contertulios, un lugar apacible dentro de la Galaxia Internet frecuentado por un grupo de personas a las que les interesa la literatura, el cine, la música, la política, y en general cualquier tema que despierte la curiosidad de los allí congregados, un sitio de encuentro que va pareciéndose cada vez más a una peña cultural y recreativa y que perfectamente podría llamarse Muñoz Molina Social Club, pero que por deseo expreso de quien lo tutela se llama Escrito en un instante.

¿Por qué se me ha ocurrido dedicarle esta entrada a Eduardo? Muy sencillo. Hoy me ha dado por echarle un vistazo a las estadísticas del blog y he comprobado que en los tres meses que lleva abierto ha recibido un total de 1625 visitas. Ignoro si son muchas o pocas, no tengo nada con qué compararlo, pero lo cierto es que las 17 entradas que he publicado hasta ahora han merecido 13 comentarios, de los cuales 3 son míos, en respuesta agradecida, por diversos motivos, a quienes tuvieron a bien dejar aquí un testimonio de su paso, en total 7 personas. Una de ellas es Eduardo, que comentó el post titulado El Otro, el Mismo, una especie de microcuento que escribí acordándome de Borges pero que a Eduardo le recordó a Paul Auster, y más concretamente “al primer Paul Auster”, según dice él.

Pues bien, hoy he vuelto a leer su comentario y me he dicho que sin duda tiene razón. Supongo que se refiere al arranque de Ciudad de Cristal, aunque también puede que se refiera al último de los relatos que figuran en su Cuaderno Rojo, una plaquette de textos sobre el azar a los que tan aficionado es el neoyorquino, un hombre en permanente estado de alerta ante los imponderables del destino, esas rarezas fortuitas con las que a menudo nos sorprende la realidad. Y pensando en todo esto que digo he pasado la tarde hasta que me ha venido a la memoria una anécdota personal que me ha hecho coger el cuaderno donde a veces escribo algunas ideas y empezar a redactar esta historia, ignorando el ataque de presunción intolerable que me hace emular, una vez más, a uno de los autores a los que más admiro.

Hará unos quince años, la que ahora es mi mujer y yo estábamos tirados en el césped de la piscina de la urbanización Valdemar de Valdelagrana, una zona residencial de El Puerto de Santa María en la que solemos pasar las vacaciones de verano. Recuerdo perfectamente el libro que cada uno estaba leyendo en ese momento; ella, el Tres tristes tigres de Cabrera Infante, que la tenía entusiasmada; yo, El metro de platino iridiado de Álvaro Pombo, que en realidad no me estaba gustando.

Fue entonces cuando Sandra levantó la cabeza del libro y me hizo una de esas preguntas que lo cogen a uno desprevenido y a la que no se sabe bien qué responder. Ignoro si fue la lectura de Cabrera Infante lo que le sugirió la pregunta, pero supongo que sí. Algo relacionado con eso debía de estar leyendo para que de pronto se le ocurriera hacerme la pregunta que me hizo. ¿Cuál era el recuerdo más antiguo del que yo guardaba memoria?

Tardé un buen rato en contestarle. La verdad es que nunca me lo había planteado. Así que urgué en mi cabeza y al cabo de unos minutos le dije que recordaba una mañana en la guardería en la que jugamos al juego de las manzanas. Eran apenas unas cuantas imágenes dispersas, no un recuerdo definido. Una de las monitoras me tapó los ojos con un pañuelo, me ató las manos con una cuerda y me colocó delante de una manzana que yo debía comerme a mordiscos.

Cuando se lo conté, Sandra se incorporó sorprendida, me miró con los ojos muy abiertos y me aseguró que su recuerdo más lejano era exactamente el mismo, el del parvulario al que asistió siendo niña, aunque ella llegó a concretar que fue en la fiesta de fin de curso donde uno de los juegos que más divirtieron a los críos era ese de las manzanas.

Fue una agradable coincidencia, un capricho del azar que nos unía, pero poco más, eso no significaba nada, era imposible que se tratara del mismo centro y ni siquiera del mismo año, puesto que Sandra es dos años mayor que yo, y aunque ambos nacimos en la misma ciudad, Jerez de la Frontera, cada uno era de un barrio distinto; yo, de la Barriada de la Granja, una zona obrera completamente rodeada de campo, en el extrarradio; ella, de la Barriada de Las Torres, en la otra punta de la ciudad, donde el Ministerio de la Vivienda había construido en los años setenta unos bloques de pisos de protección oficial destinados a funcionarios del Estado, sobre todo militares y maestros.

Cuando llegó la hora de comer, Sandra y yo recogimos nuestros bártulos y nos subimos al piso de mi suegra en Valdelagrana, y entonces fue cuando comenzó el interrogatorio a su madre. ¿En qué año estuvo en la guardería de la señorita Loli? ¿Dónde estaba esa guardería? Y sobre todo, ¿por qué fue a esa guardería y no a otra?

El curso en cuestión fue el de 1977 / 1978, y la guardería la única que había por aquel entonces en la Barriada de la Granja, en una plazoleta situada a escasos metros del colegio Elio Antonio de Nebrija, donde la madre de Sandra y su marido eran maestros de la antigua EGB.

En octubre de 1977 murió el padre de Sandra, y la que después sería mi suegra decidió, con muy buen criterio, matricular a sus tres hijos, que habían nacido de manera escalonada en tres años consecutivos, en el jardín de infancia que tenía más cerca de su lugar de trabajo, con el fin de poderlos recoger al final de la jornada. De modo que sí, se trataba del mismo lugar en el que yo estuve, pero seguía sin estar clara la coincidencia de fechas.

Entre las muchas cosas que Sandra y yo compartimos, se encuentra el hecho casual de tener cada uno una hermana con problemas cardiacos; la de Sandra, lo que llaman una transposición de los grandes vasos y las grandes arterias, naturalmente corregida, que según tengo entendido la convierte en un caso excepcional, no sé si único, dentro de la medicina española; la mía, una cardiopatía congénita denominada Tetralogía de Fallot, que le fue corregida siendo niña en una operación a corazón abierto que tuvo a mis padres en vilo durante muchos años. Si ahora cuento todo esto lo hago únicamente para dejar constancia de los enredos del azar, pues precisamente es mi hermana Lourdes la pieza clave que ha de desvelar la imagen que oculta este curioso puzzle.

Una vez que la madre de Sandra nos confirmó el curso en cuestión, agarré el teléfono y llamé a mi hermana, quien me puso al día del tinglado familiar que procuró mi ingreso en aquella misma guardería.

A finales de abril de 1977 nació mi hermano Antonio. Luego, en 1981, llegaría mi hermana Ani, convirtiendo la casa de los Celis en una familia numerosa de cinco hermanos que contribuía generosamente con el boom de natalidad de la época. Pues bien, aquel curso 77 / 78 debió de ser especialmente duro para mis padres, al fin y al cabo dos treintañeros con cuatro hijos en el mundo y, para más inri, uno recién nacido. Los dos mayores, David y Lourdes, estaban ya en edad escolar, así que el primero entró en el colegio de Nebrija y la segunda lo hizo en la clase de parvulitos de la guardería del barrio.

Ahora bien, a principios de 1978 los médicos que seguían el complejo caso de Lourdes decidieron que había llegado el momento de operarla. Gracias a la memoria familiar sé que fueron meses de preocupación constante y de miedo, con muchos viajes de mis padres a Madrid, donde en el Hospital de la Paz mantuvieron ingresada y en observación a mi hermana, haciéndole toda clase de pruebas. Por suerte, en casa contábamos con la ayuda y la presencia permanente de mi abuela María, que cuidaba de nosotros durante la ausencia de mis padres. Pero háganse cargo de la situación. Era una mujer de setenta y dos años la encargada de llevar cada mañana al colegio a un niño de siete años, y de hacerlo además en compañía de otro a punto de cumplir cuatro, que imagino iría de la mano, pasito a pasito,  y de otro más que aún no había cumplido uno, que lo haría en un carrito o en una sillita. Así que supongo que resulta comprensible que mi abuela María moviera cielo y tierra, hablando con quien hubiera que hablar, para conseguir que el niño de tres años, que era yo, ocupara la plaza de su hermana en aquel jardín de infancia, aprovechando así, de paso, la matrícula ya pagada.

Por fin, en la primavera de 1978 operaron a Lourdes, y aunque la intervención fue todo un éxito, debido a la convalecencia posterior no pudo acudir a aquella fiesta de fin de curso en la que también estuvo Sandra. En su lugar asistí yo, y fui también yo quien se comió su manzana. Pero lo curioso y sorprendente de todo este asunto, lo que lo convierte en una anécdota austeriana, es que ninguno de los dos deberíamos haber estado allí, y solo por una serie de contingencias del azar así fue como ocurrió. Solo porque se dio la coincidencia de que en el mismo curso escolar murió el padre de Sandra y a mi hermana la operaron del corazón, se dio la casualidad de que los dos estuvimos juntos en el mismo sitio durante unos meses, siendo aún muy niños.

Esta es la historia que el comentario de Eduardo Suomi me ha hecho hoy recordar. Y de ahí que merezca la dedicatoria que encabeza este escrito.

Muchos años más tarde, en 1993, Sandra y yo volveríamos a coincidir en la Facultad de Filosofía y Letras de Cádiz. Ella en segundo de carrera, yo en primero.

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