Un juego de niños

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Escrito en agosto de 2002, Un juego de niños fue publicado en la revista digital ficticia.com, cuando Ficticia era aún una Ciudad de Cuentos.

Un juego de niños


Un juego de niños

Tienes miedo.

Últimamente ocurren cosas que te inquietan. Estás confundido. Sales a la calle y desde que abres la puerta de tu casa adviertes miradas que te observan con intriga, recelo o desdén. Tienes la vaga sospecha de que los vecinos hablan a tus espaldas y comentan en voz baja algo sobre ti cada vez que sales del portal. Sabes lo que ocurre cuando uno se aleja de la norma, de lo establecido, de lo que los otros reconocen como correcto. Sabes lo que puede ocurrir. Alguna vez estudiaste casos de personas desaparecidas buscando argumentos para algunos de tus libros. Argentina es una mina. Chile también. Has hablado con algunas de las madres y conoces los métodos que siguieron los asesinos. Cualquiera puede ser un delator. Tú no has hecho nada, pero sabes que no importa, que eso no te hace inocente. Has tenido acceso a los diarios de gente que murió en el Holocausto. Leíste los testimonios de hombres y mujeres que fueron víctimas de la persecución en la era de Stalin. Nunca te sorprendieron ni la perversidad ni el terror de los ejecutores. Solo te dio miedo.  Has leído y releído diez veces El Proceso de Kafka y sabes que cualquiera puede ser condenado a muerte como un perro.

Lo que te está pasando en las últimas semanas te inquieta. Descubres a cada paso las huellas que dejaron tus perseguidores. Nadie se da cuenta pero eso ha ocurrido siempre. Son muy pocos los llamados a advertir las señales del crimen y por eso tienes miedo. No has querido ir a la policía por el temor a que también ellos formen parte de esta trama.

Ayer por la noche ibas a salir y al final decidiste con prisa y sin remedio quedarte en casa. Mera precaución. Oíste pasos en el rellano y ya no fuiste capaz de alejar de ti la idea de una conjura. No es la primera vez que tus enemigos traman tu caída, pero esta vez han ido demasiado lejos. Incluso te sorprende que ninguno de tus amigos te llamara al móvil para interesarse por tu ausencia. ¿Será posible que también ellos puedan estar implicados en esta trampa? ¡Hijos de perra!

Quién sabe si en este mismo momento no hay alguien en un hotel de la ciudad armando el revólver que te ha de abrir esta noche la tapa de los sesos. Quién sabe si no sonó ya el teléfono negro de tu fortuna y de una voz limada por el aguardiente no salió ya la orden que decidió por ti. Quién sabe si en el periódico para el que trabajas desde hace ya diez años no tienen preparada tu esquela y en este mismo momento alguien escribe el obituario para el día de mañana. Solo ahora reparas en que todavía hoy no has dado señales de vida a nadie.

Quizás tu nombre figura desde hace años en una lista de enemigos que han de ir cayendo poco a poco. Hombres y mujeres que sufrieron la misma suerte y que todavía nadie ha sabido relacionar para rehacer de otro modo inverso la misma lista y buscar una explicación para cada una de esas muertes. Quizás el nombre que figura encima del tuyo ya fue tachado con un bolígrafo y al tuyo le espera hoy, o mañana, o pasado, un destino idéntico. Lo malo es no saber cuándo.

De repente has tenido una intuición y un escalofrío te ha recorrido de arriba abajo siguiendo el curso de tu espina dorsal. Te has atrevido a bajar las escaleras del bloque de pisos donde vives y te has abalanzado hacia el buzón en busca de una respuesta. De nuevo las llaves te han temblado en las manos. Has visto lo que esperabas ver. Allí mismo, sobre la bandeja metálica del buzón, encontraste el trozo de papel donde una mano anónima dejó escrito su veredicto: “ESTÁS MUERTO”.

Otra vez, como todas estas semanas, recuerdas y estudias cada una de las llamadas de teléfono que has ido recibiendo a diario. El procedimiento seguido es el que tú conoces desde hace tanto tiempo. La misma forma perversa de actuar. Primero, y durante varios días, un ring que suena en la casa y deja de sonar. Más tarde ya, y a la misma hora siempre, una llamada que tú atiendes pero en la que nadie responde. Solo un silencio al otro lado de la línea o un aliento contenido, alguien que te oye hablar y decir “diga”. Después, la misma llamada insistente a la misma hora, pero alguien cuelga cuando oye tu pregunta. “¿Quién es, quién es?” Al fin, y después de varios días de acoso, cuando han empezado las dudas y ya esperas impaciente y a la misma hora la llamada de teléfono, suena de nuevo el ring y tu voz en el auricular dice “diga” y alguien te responde “vamos a por ti”.

No tuviste tiempo de preguntar nada. Oíste el click de algo que cuelga y el sonido intermitente de la línea cuando solo hay vacío al otro lado. Un día y otro se repite el mismo rito y solo ahora vislumbras esa posibilidad. ¿Será posible que hoy seas tú la víctima? La sonrisa se te tuerce en la boca y la mueca te devuelve un recuerdo antiguo, ya mejorado.

Solo entonces te viene a la mente un bloque de pisos con muchas puertas y un portal donde hay una pared llena de buzones con los nombres de los propietarios. Y te ves a ti mismo jugando con tu amigo Poli, buscando el nombre completo, nombre y apellidos del viejo loco del octavo del que dicen que fue aviador y estuvo en la guerra que tu abuela recuerda todos los días.

Y entonces reparas en cómo fuisteis al bar Pepe a por la guía de teléfonos y buscasteis aquel nombre. Allí estaba el número, esperando ser encontrado para llevar a cabo el plan que llevabais semanas madurando. Y entiendes por fin que tu comportamiento no ha sido muy distinto del que tuvo el viejo, que les decía a los vecinos que para él no había acabado la guerra, que querían matarlo y que nadie podría protegerlo.

Sabes que es solo una posibilidad igual de perversa que la otra, la que acabó con la vida de tanta gente en tantos países distintos, en épocas tan diferentes.

Todavía dudas. Tienes miedo. No puedes estar seguro. Sabes que nadie te ha de creer si das la voz de alarma. Te parece increíble que tanto terror y tanta muerte pueda alcanzar la inocencia de un juego de niños.


Imagen destacada: Fotografía de Cristopher McKenney


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