La Santa María de Onetti, de Alberto Tenorio

Tres cuentos de Onetti

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Onetti en mi vida

Tardé muchísimo tiempo en pillarle el punto a Juan Carlos Onetti. Creo que lo primero que me llamó la atención fue ese apellido que parece italiano pero que en realidad es de origen irlandés. Estoy hablando de lo que me ocurría hace veinte años. Me atraía el apellido y me gustaba su sonoridad vocálica. Lo conocía, por supuesto, pero no lo había leído. Entre los conocimientos de cultureta fino que poseemos todos los que hemos estudiado filología en una facultad de Filosofía y Letras, se encuentra el interminable listado de autores a los que conviene leer. Mucho antes de leerlos a todos ya conocemos sus nombres porque aparecen en los manuales de literatura y en los horrorosos apuntes que nos dan en la facultad y que, más que como invitación a adentrarnos en sus obras, sirven para disuadirnos de cualquier intentona de profundizar en sus escritos. Onetti figuraba en la nómina de los autores del boom, lo que no es exacto; por la sencilla razón de que Onetti en muy anterior al boom. En realidad es una fuente de agua pura de la que beben los autores de ese inaudito big bang que se dio entre las décadas del sesenta y setenta del siglo XX. Casi se podría decir que Onetti es el átomo que explota y origina y hace posible lo que luego serían las novelas del llamado boom. Uno de los átomos, al menos. Hay por ahí incluso quien afirmó en su día que Onetti es el “padrino oculto de la literatura latinoamericana”. Me parece una definición perfecta.

El caso es que, pese a la atracción que me provocaba el personaje, tardé bastante en decidirme a leerlo y, cuando por fin lo hice (comencé por Juntacadáveres), no terminé de entenderlo. No fue un amor a primera página, la verdad. Valoré la pulcritud de su prosa, la perfección de su escritura, el lirismo y la ternura de las imágenes, la crueldad de esa lucidez que no se amilana ante la fiera realidad y el humor de desollado vivo que encontraba en muchas de sus páginas, pero me faltó ese clic que le suena a uno en la cabeza cuando queda subyugado por una obra literaria. Una especie de interruptor que se enciende en el cerebro e ilumina las neuronas aportando una nueva visión del mundo.

Cuando leí por primera vez El astillero me pasó lo mismo, pero esta vez comprendí que había algo en mi manera de leer a Onetti que no estaba en armonía con su obra. El libro que tenía entre las manos y la forma de leerlo no concordaban, no iban de la mano. Y me di cuenta de que a Onetti no se le puede leer como a la mayoría de los autores. Ocurre a veces. Hay escritores que exigen una atención y un esmero especiales. Pienso, por ejemplo, en António Lobo Antunes, con el que me pasó lo mismo. Son como cajas fuertes que solo se pueden abrir dedicándoles un mimo muy personal, olvidándose del mundo, a base de concentración exclusiva en la ruedecilla que hay que hacer girar de un lado a otro, buscándoles la combinatoria, hasta que por fin oímos el clic y basta una última vuelta de tuerca para que la puerta se abra y podamos acceder al tesoro que la caja contiene.

Fue un cuento que para mí es muy especial el que me descubrió la manera de leer a Onetti. El que me hizo merecedor de su obra. Y lo digo sin recurrir a ninguna forma de exageración. Tú puedes hacer lo que quieras, pero la obra de Onetti hay que merecerla, y la única forma de merecerla es la que te digo; entregarse a ella con una atención total y exclusiva, sin imponerle esas tontas condiciones del lector pasivo que se cree que le está haciendo un favor al autor por leerlo. Eso no sirve. Porque leer a Onetti en condiciones es un honor y un privilegio del que uno debe hacerse merecedor con absoluta humildad; “con las rodillas de la mente dobladas”.

Hay muy pocos autores de los que uno pueda decir que ha leído y releído toda su obra. En mi caso, Onetti es uno de ellos. Vuelvo a Onetti continuamente. No pasa un año sin que no relea algo de él, y cada nueva lectura es un nuevo descubrimiento. Su obra es inagotable; no por amplia o abundante, sino por lo intensa que resulta, por lo sabia, por las múltiples posibilidades que ofrece de ampliar nuestro horizonte mental.

Por eso me he decidido a escribir esta entrada en el blog. Me apetecía recomendarte algo de Onetti. No una cualquiera de sus novelas, sino algún cuento que ofrezca las claves de su lectura, que te enseñe a leer a Onetti y te convierta en lector suyo. En lector de verdad, me refiero.

Como no quiero incurrir en el tópico del Top Ten, he pensado solo en tres de sus mejores cuentos. ¿Son mis tres cuentos preferidos de Onetti? No sabría decirte. Seguramente no. Pero en cualquier caso son tres cuentos perfectos, lo que no es decir poco. Repito: son tres cuentos perfectos, de la primera a la última palabra. No hay manera de encontrarles un pero, una falla, una zona de sombra…

Y un último apunte para terminar. Esto es una invitación, no una crítica literaria. No te alarmes, no voy a reseñarlos ni a comentar de qué van. Solo voy a procurar despertar tu interés. Me daré por satisfecho si logro que abras el google y hagas una búsqueda rápida de cada uno de ellos. Ignoro si están o no en Internet completos, pero tampoco me extrañaría. Tú mismo…

Bienvenido, Bob

¿Alguna vez te sentiste humillado por alguien? ¿En alguna ocasión viviste el drama de ser herido por alguien que estaba completamente equivocado y que aún no lo sabía? ¿Padeciste el dolor y la tragedia de una pérdida por culpa de la intervención caprichosa de un prejuicio que se encarna en un enemigo que no mereces? Si resulta que sí, seguro que sentiste el impulso de la rabia y la venganza. Es lo más normal del mundo, no te sientas mal por ello. Pero como a lo mejor resulta que eres una persona pacífica y comprensiva incapaz de actuar con violencia, pero con la suficiente crueldad en tu mente como para querer devolver el daño, quizás aprendas en este cuento la perversa forma que puede adoptar el desagravio sin perjudicar tu moralidad.

El infierno tan temido

Ya solo el título es envidiable. El infierno tan temido, ojalá se me hubiera ocurrido a mí. Y no solo el título. También la estructura, la forma de narrar, el escondido juego de voces que oculta la narración. Un cuento para gente engañada. Es decir, un cuento para todos. Fue El infierno tan temido el relato que me enseñó a leer a Onetti.

Presencia

Probablemente el último gran cuento que escribió Onetti, ya en su exilio madrileño, cuando tuvo que huir de los horrores en masa de la América Latina de los últimos años setenta del siglo XX. Algo de eso hay también en este relato. Mucho en realidad. Más bien en los márgenes, pero está presente, como una presencia invisible que nutriera la obra de significados ocultos. Se trata, con toda probabilidad, de su última obra maestra dentro del género de la narración breve. No es en absoluto un cuento de fantasmas, pero a mí me encanta considerarlo un cuento de fantasmas. Los fantasmas de los sueños y las mentiras a los que nos aferramos para mantener la ilusión y la cordura.

Juro que algún día escribiré un pequeño ensayo sobre esta maravilla del relato corto. Estoy convencido de que si hiciera un Top Ten con los títulos de los mejores relatos que me he leído en mi vida, de cualquier autor y de cualquier época, entre esas diez obras maestras estaría esta. Sin su existencia, sin su lectura obsesiva, sin su ejemplo nutritivo,  estoy seguro de que nunca hubiese escrito mi relato Mujer de terciopelo negro, que me sigue gustando bastante y que tanto le debe.

Onetti


Imagen destacada: La Santa María de Onetti, de Alberto Tenorio


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5 comentarios en “Tres cuentos de Onetti

  1. Muy buen artículo, compartible en su totalidad. Yo tengo una especie de manía por la cual, a pesar de tener toda su obra, me he permitido no leer algunos de sus cuentos, dado que lamentablemente no tendremos más de su prosa. Es así que, en una suerte de tesoro encontrado pero no disfrutado los mantengo allí, a la espera de un momento mágico y se hagan realidad. Saludos.

    1. Es una opción, Moro, esa de esperar el momento oportuno para leer lo que nos falta por descubrir de un autor al que admiramos. De todas formas, siempre está la posibilidad de la relectura, que en el caso de Onetti creo que es obligatoria. A Onetti hay que releerlo, una y otra vez, y comprobar luego el efecto que hace en nosotros esas nuevas experiencias lectoras a medida que hemos ido ampliando nuestro norte ético.

      Gracias por tu comentario.

      1. Ni hablar!!!, comparto plenamente lo que planteás de la relectura, y sobre todo en Onetti, por eso comentaba que es una manía nomás, (ya se me pasará) bue, eso espero, aunque el libro lo tengo hace como 15 años :). De todas formas si me leí toda la obra de SantaMaría y sus novelas. Saludos.

  2. En general de acuerdo en cuanto a los cuentos y a el proceso de atracción q se da entre el lector y Onetti. Una sola cosa agregaría y es el hecho de q Onetti no ed ecactamente un escritor latinoamericano sino rioplatense. Como no sé de donde sos hago esta salvedad xq vivir en Buenos Aires y en Montevideo, como es su caso, incluye una serie de factores sociales q son diferentes al resto de América. Solo habiendo conocido los prostíbulos de estas ciudades se pueden captar la profundidad de personajes como Juntacadaveres o los de Tierra de nadie. Y sólo conociendo los procesos politicos -sobre todo de Uruguay- se alcanza la inmensidad del mundo de El Astillero. De ahí viene la creación de Santa María- una semisuma de Montevideo y Buenos Aires- donde Onetti ubica a su mundo y a sus personajes. Una inevitable mención a su novela La vida breve -aunque comprendo q acá se trata de cuentos_ su mejor obra en mi opinión, con la que bastaría para considerarlo el faro literario de estas comarcas.

    1. Yo también creo que La vida breve es su mejor obra, Hugo, pero por los cuentos de Onetti siento una especial debilidad; y también por Para una tumba sin nombre; en ese libro hay tanto juego narrativo que pienso que toda persona que quiera aprender a escribir ficción está obligado a leerlo y estudiarlo.

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