Todos los hombres, el hombre

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Todos los hombres, el hombre
Jorge Luis Borges

Buscando documentación para otro escrito que ahora no viene al caso, me encontré el otro día con una afirmación de Borges que ya conocía, pero que tenía olvidada, y que, sin embargo, conviene recordar y tener presente. Borges solía repetir con bastante frecuencia que “cualquier hombre es todos los hombres”, frase que parece una tontería pero que no lo es, y que me dio para un rato de sana reflexión intrascendente en la terraza junto a mi sagrado narguile, por supuesto.

Como se podrán imaginar, el curso de mi pensamiento viró hacia lo más evidente; ya se imaginarán ustedes: los deseos, los miedos, las ambiciones y todo aquello que traza la imagen de un hombre y que, al fin y al cabo, es verdad que viene a ser en todos, más o menos, lo mismo. De hecho, algunos siglos antes de Borges, el eslogan que afirma que todos los hombres son el mismo hombre ya lo había utilizado el padre Bartolomé de las Casas para reivindicar la dignidad de los indios a quienes los españoles estábamos dándoles para el pelo en tierras americanas. Si se dan cuenta, la frase da para mucho y un estudio profundo de la misma nos conduce hacia un pacifismo redentorista.

Pero esto se me ha ocurrido a posteriori. En realidad, al recordar la frase yo me fui por Atapuerca. Y la verdad es que ambos temas están estrechamente relacionados. Como seguramente ya sabrán, en Atapuerca, provincia de Burgos, existe un importantísimo yacimiento paleontológico donde han descubierto, entre otras muchas cosas de enorme trascendencia para comprender la vida del hombre en este bajo suelo, los restos humanos más antiguos de Europa, datados en unos ochocientos mil años antes del día de hoy. Y resulta que a esos restos el equipo investigador de la Sierra de Atapuerca los ha descrito como una nueva especie de la que descendemos, y hasta le han puesto nombre y apellido; a saber: homo antecessor. Pues bien, siguiendo sus investigaciones y estudios, los tíos han llegado a reproducir, a partir del hallazgo de un cráneo casi completo, la cara del hombre que vivió en Atapuerca hace tantísimo tiempo. Y cuidado, que lo nombran así, con todas las letras y en mayúscula, el Hombre de Atapuerca, con un evidente olvido de la individualidad de aquel fulano, porque digo yo que aquel tipo también tendría, como nosotros, su colección de miedos y deseos, sus ambiciones y esperanzas, personales e intransferibles, antes de su día final y del ninguneo histórico que el destino le tenía reservado en una vitrina. Yo me imagino a aquel hombre primitivo filosofando sobre su esencial diferencia respecto a sus compañeros de gruta y siento lástima por él, y lo compadezco y me digo, finalmente: “no somos nadie”.

“Vanidad de vanidades, todo es vanidad”, que dirían los sabios del medievo, me dije. Y entonces el humo del narguile me transportó a miles de años hasta el futuro, en esta misma ciudad, habitada por terrícolas descendientes o extraterrestres invasores, y en un yacimiento encuentran arrumbada junto a otras muchas mi hermosa calavera difunta, y un equipo investigador la selecciona para formar parte de una exposición de mucha trascendencia, y hasta me colocan una plaquita que reza: “he aquí el Hombre del siglo XXI”, ignorando mis caprichos y deseos, mis temores y querencias y hasta mis más profundas convicciones.

Y entonces concluyo diciéndome que no sé si todos los hombres somos el mismo hombre, pero parece indudable que todos seremos la misma calavera.

Calavera del Homo Antecessor de Atapuerca

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Publicado en el diario Información El Puerto el 15 de Octubre de 2004

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