Señales exteriores de pobreza

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El chaval que llama a tu puerta, a la hora de la siesta, con un barco lleno de dulces y te cuenta que en la pastelería donde los hacen están dispuestos a darle 20 € por cada 60 que sea capaz de vender.

 La vecina del pueblo en el que trabajas, y a la que ves a diario, a eso de las once y media, durante el desayuno, salir de su casa y pasearse por las calles anunciando su labor: “Nuevo zapatero en Wada”, dice más o menos. “Se recogen y arreglan zapatos. De puerta en puerta voy recogiendo zapatos para arreglar… Nuevo zapatero en Wada…”

 La señora que llama a tu puerta ofreciendo “ropa usada, pero nueva, nueva, de este verano, a 1 € la prenda”. Por sacar algo pa’ comer, te dice.

 La visita de tu suegra al Instituto, en calidad de presidenta de SOJE (Solidaridad Jerezana), acompañada del secretario, que se te meten en el despacho para solicitar oficialmente la colaboración del Centro en la próxima campaña de recogida de alimentos para las familias sin recursos de la ciudad; cientos, al parecer; muchas de ellas de aquí, de Wada. Lógicamente dices que sí.

 El anciano al que te encuentras delante de la puerta con una bolsa del Mercadona pidiéndote no dinero, sino comida, en lo que insiste con algunos ejemplos que ilustren su petición: “una bolsa de macarrones, por ejemplo, un litro de leche aunque sea…”

 El listado que te ponen encima de la  mesa, con los nombres y apellidos de los alumnos cuyas familias se encuentran en situación de riesgo social, sin ninguna clase de ingresos desde hace meses, y que sobreviven gracias a las ayudas que ofrecen ONGs como Cáritas, Madre Coraje, SOJE o el comedor de El Salvador. “Para que lo tengáis en cuenta por si notáis que los chavales empiezan a flojear en los estudios”, me dicen.

 El cartel que viste pegado el viernes en la puerta del Instituto, según el cual el Ayuntamiento de Wada ha decidido ayudar, a toda aquella persona que lo desee, en la tramitación de la documentación necesaria para buscar trabajo en Francia, Bélgica y Holanda.

 La explosión de alegría con la que  S recibe la noticia de que J ha entrado a formar parte del listado de las 433 personas a las que el Ayuntamiento contratará durante tres meses dentro del Plan contra la Exclusión Social. “Ahora mismo es como si me hubiese tocado la lotería”, me dice.

 El escepticismo que una alumna del PDC muestra ante la posibilidad de que podamos recoger los frutos del huerto que venimos cultivando desde principios de curso en el Instituto. Ahora mismo tenemos plantadas habas, lechugas y rábanos. Y nada hace prever que se vaya a echar a perder la cosecha. Pero eso no es lo que a ella le preocupa. “Que no, Agustín”, me dice, como queriendo desengañarme, “si todo esto lo van a robar en cuanto esté bueno…” Y añade: “como no hay gente pasando hambre…”

 Luego uno escucha la radio o lee el periódico y resulta que hay quienes ven signos claros de recuperación económica en el país.

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