Berliner Mauer - 1961-1989 - Peón al paso

Peón al paso

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Escribí el relato titulado Peón al paso en abril de 2011. En febrero de ese mismo año volví a leer el Sefarad de Antonio Muñoz Molina, que es, de entre los suyos, el libro que a mí más me gusta. Lo había leído ya antes, a principios de 2002, a los pocos meses de su publicación, y también, en ratos perdidos, durante varios meses del año 2006, robándole tiempo al escaso tiempo que me dejaba la preparación de unas oposiciones inhumanas. Sin embargo, creo que hasta esa tercera lectura no reparé cabalmente en una de las reflexiones que hay en la obra y que, de alguna manera, viene a resumir el proceso de despojamiento de la identidad al que fueron sometidas todas las víctimas de los totalitarismos, que es, creo yo, uno de los temas fundamentales del libro, y al que el autor dedica muy especialmente uno de los capítulos de la novela, el titulado “Eres”. 

No sé cuántas veces releí en 2011 ese capítulo, pero sin duda fueron muchas, lo que al cabo hizo que me entraran unas tremendas ganas de escribir un relato recogiendo esa misma idea sobre la identidad individual viciada por la mirada de los otros, pero situándola en un contexto diferente.


Peón al paso

Al salir del aeropuerto y subir al taxi que lo ha de llevar al hotel no ha podido evitar sentir una corazonada de alarma y temor. Ha sido un acto reflejo involuntario, una sacudida violenta de la memoria que lo ha obligado a mirar atrás para comprobar si alguien lo seguía. Luego, cuando el coche ha arrancado y ha tomado la primera curva y se ha adentrado en la autovía que circunvala la ciudad irreconocible, ha tratado de contener los nervios diciéndose que está a salvo, que más de veinte años lo separan de aquel día en que se vio obligado a huir de un mundo que comenzó a hundirse y desaparecer a la vez que se destruía un muro.

Durante veinte años no ha hecho otra cosa que ocultarse. Ahora, protegido por el anonimato y la vejez, ha resuelto saldar cuentas con su pasado y regresar al lugar en el que sus superiores, con la inhumana eficacia de la que siempre hicieron gala, habían previsto que debía morir tras la entrega de los documentos que le habían sido confiados. Aturdido y agotado por el largo viaje en avión, se ha dejado caer en el respaldo del asiento de atrás del taxi y ha cerrado los ojos abandonándose por fin al descanso, pero sin renunciar todavía al maletín que sostiene en una mano desde hace más de diez horas y que se le ha ido convirtiendo en una especie de cadáver putrefacto que le recuerda la clase de hombre que ha sido.

Siempre fue una sombra oculta destinada a borrar las huellas que otros iban dejando en el camino. Siempre fue lo que otros quisieron que fuera, lo que los demás percibían cuando lo miraban, nunca lo que hubiera sido si en lugar de cumplir estrictamente las órdenes recibidas se hubiera dejado llevar por lo que alguna vez le dictaron los ensueños de la imaginación en esas raras ocasiones en las que llegó a vislumbrar un principio de traición o abandono en mitad de una situación de peligro, cuando el mundo que él había contribuido a fortalecer comenzaba a desintegrarse con los aires del cambio.

Este anciano que acaba de pagar la carrera del taxi y que ahora cruza las puertas giratorias de un hotel de Berlín, es el mismo hombre que en la noche del 9 de noviembre de 1989 logró escapar de una muerte segura dejando sobre la cama de la habitación en la que se había hospedado el cadáver del sicario que debía matarlo a él, y de cuya falsa identidad se adueñó para desaparecer en medio de la confusión de aquellos días, llevando consigo los mismos informes secretos que debía entregar para que otros los hicieran desaparecer.

Durante veinte años los ha tenido ocultos. Releídos una y mil veces, ajados y deshechos por el paso del tiempo, estos que una vez fueron documentos comprometedores hoy son solo reliquias curiosas, un testimonio más de una época oscura, apenas un legajo perdido que poco puede añadir a los miles de informes desclasificados que hoy se amontonan en el museo de la Stasi para el general regocijo de los cientos de fisgones que lo visitan cada semana, con la misma distraída atención de quienes contemplan, fascinados, las pirámides de Egipto. Pero para el hombre enfermo  que los ha custodiado todo este tiempo son parte indisociable de su vida, como lo son también los nombres de los agentes que figuran en sus páginas y los secretos ahora olvidados que solo él podría ayudar a desvelar.

Aunque podría haber utilizado su lengua materna, ha preferido dirigirse a la chica de la recepción en un inglés perfecto que sin embargo deja entrever los quiebros fonéticos de la gente de Florida. Consciente de que esa ya no es su ciudad, finge ser un turista recién llegado cuando pide la habitación de la que sabe que no ha de volver a salir. A estas alturas, se dice, no merece la pena abandonar ciertos hábitos. Solo somos lo que los demás se empeñan en ver en nosotros, lo que su mirada desea o decide que seamos cuando nos miran, solo un viejo afable y educado que recoge de manos de una chica sonriente la tarjeta con que abrirá la puerta de su habitación una sola vez, un cliente más del hotel en el que ella trabaja, un extranjero del que se olvidará en unos instantes y al que se verá impelida a recordar al día siguiente cuando el compañero del turno de la mañana le cuente que el caballero de la trescientos treinta amaneció cadáver.

Nadie sabe quién es. Ni siquiera la mujer y los hijos que dejó abandonados en una ciudad perdida de Estados Unidos hace apenas unas horas pueden saber quién es este hombre al que la inminencia de la muerte ha hecho regresar a Berlín para reencontrarse con un pasado del que se ha estado ocultando durante demasiado tiempo. Nunca somos del todo quienes decimos ser, y por esa misma razón tampoco seremos nunca quienes querríamos. Con estas ideas golpeándole muy dentro ha dejado el maletín encima de la cama y se ha dirigido al aseo con la intención de darse un baño. Mientras deja correr el agua caliente, se detiene unos segundos en la contemplación del rostro que le devuelve el espejo y piensa con un sobresalto de orgullo o presunción que, al fin y al cabo, ha sabido sobrevivirlos a todos.

No es la misma habitación pero podría serlo. Tampoco es ya la misma ciudad aunque se le parece. Hace tiempo que pasaron los años del desafío y el desconcierto y él es ahora, o podría serlo, uno de sus escasos intérpretes. Pero para qué, se dice. ¿Quién recuerda ya el nombre en clave de Michel Storm, la eminencia gris de la que recibía salvoconductos y órdenes cuando fue adiestrado en los primeros años sesenta para formar parte del comando invisible que ahora los libros de historia designan con el nombre literario de Espías Romeo? ¿Quién recuerda ya aquellos años de mensajes cifrados y consignas secretas? Cuando él desaparezca, ¿quién habrá qué recuerde aún aquel empeño loco de enamorar a las funcionarias del gobierno federal de la otra Alemania con el propósito de convertirlas en informantes de primera mano? ¿Qué fue de aquel tiempo en el que creyó ser alguien y no fue nadie, apenas un burlador burlado, un peón al paso al que había que sacrificar para que continuara, sin él, la partida de ajedrez cuyo final no pudo prever y mucho menos evitar?

El vapor de agua ha empañado ya el cristal del espejo en el que se mira mientras se afeita. La niebla que ahora lo envuelve le ayuda a templar los nervios y a conjurar aquella otra noche en la que se quebró la quietud de su vida siempre en suspenso. Ahora sabe, pero también lo supo entonces, que en realidad siempre lo estuvo esperando. Quienes han vivido de la traición y el soborno, del disfraz del engaño y la mentira, son quienes mejor conocen la fragilidad de las cosas y quienes antes advierten que en cualquier momento pueden sobrevenirles el desastre y la caída. No solo somos aquel que nos empañamos en ser, el que día a día vamos inventando para los demás; también somos lo que otros inventan o imaginan que podemos ser, lo que cualquiera que nos conoce le cuenta a un desconocido que somos, y también lo que la imaginación de ese extraño concibe a partir de lo que supieron. Él sabe mejor que nadie que cualquiera puede caer en desgracia y que todos estamos bajo sospecha.

Al introducir su cuerpo desnudo en el baño de agua caliente, con la navaja de afeitar aún en la mano, ha vuelto a recordar aquella llamada de última hora que le trajo el anuncio del cambio de planes. Con un humor de desollado vivo, ha sonreído al recordar las palabras que utilizaron para comunicarle que debía permanecer en aquel mismo hotel, que alguien iría a recoger los documentos, que ese colaborador de confianza, ese mensajero, sería también el encargado de proporcionarle la posibilidad de una huida segura en medio del caos. Mientras percibe cómo todos los músculos de su cuerpo comienzan a ceder ante la oleada de calor que ahora lo envuelve, ha vuelto a percibir, como entonces, el hormigueo de la desconfianza y la inquietud. Y no puede evitar sorprenderse al comprobar cómo esta forzada tranquilidad de hoy va despertando poco a poco el instinto animal de aquella noche en la que, creyéndose acorralado, desconfió de todo, hasta de la quietud y el silencio. Con ese instinto ciego de animal perseguido, piensa ahora, ha estado viviendo desde entonces.

Veinte años lo separan de aquel día en el que supo que había sido engañado y aún no ha logrado borrar de su memoria el enjambre de rencor y de odio que sintió hacia el hombre que cortó los hilos que lo sostenían. Michel Storm o Markus Wolf, el superior inteligente y políglota, el genio de las maquinaciones de la RDA, el hombre sin rostro que durante cuarenta años logró introducir a sus agentes en todos los estamentos alemanes, fue quien dio la orden que lo condenó, como a tantos, después de haber utilizado sus servicios para ponerse a salvo.

La primera incisión en el muslo, de unos quince centímetros, ha dejado salir un reguero de sangre expulsada a borbotones. La segunda, en el antebrazo, profunda y letal, tiñe de rojo el borde del baño antes de que el miembro herido caiga con un chapoteo sordo en el agua caliente. Las siguientes, innecesarias pero eficaces, le proporcionarán una muerte dulce en medio de sus recuerdos. Dos golpes secos en la puerta, oídos a través de una distancia de veinte años, le advierten ahora de que por fin ha llegado el momento. Pero ya no es el hombre marcado que aquella noche abrió con decisión la puerta y sin mediar palabra le destrozó la cara de un solo disparo, con silenciador, al esbirro que vino para matarlo. Cumplía órdenes. Ahora es él quien llama a esa misma puerta pero también es el hombre que la abre. Se ve a sí mismo en la entrada de la habitación y también en medio de ella, armado y a la vez indefenso. Sobre la cama sin deshacer aguarda el mismo maletín negro que hace apenas media hora dejó allí abandonado. Y aún le da tiempo a advertir cómo levanta el brazo y cómo a la vez amaga un último gesto inútil para defenderse, y cómo su cuerpo inerte cae al suelo como el de una marioneta a la que su dueño abandona una vez acabada la función. Con esta última imagen fija en la retina ha cerrado los ojos y se ha abandonado al sueño mientras su cabeza reposa, plácidamente, sobre la loza blanca de la bañera.


PEÓN AL PASO


Este relato fue publicado en la página web de Antonio Muñoz Molina el 5 de Mayo de 2013


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