Muerte de César, de Jean-Léon Gérôme, 1867

O César, o nada

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Ignoremos la versión oficial sobre la muerte de Julio César.

¿En qué cabeza cabe que un personaje como César pudiera ignorar la torpe confabulación que Gayo Casio Longino y Marco Junio Bruto orquestaron junto con otros sesenta senadores para darle muerte en pleno Senado? No deja de sorprender que hasta una mente preclara como la de Stefan Zweig incurriera en tal error de interpretación.

Mucho antes de que Cicerón lo dejara dicho por escrito; incluso mucho antes de que Cicerón llegara siquiera a concebir la idea, Julio César ya sabía que “el dominio ejercido por la fuerza viola cualquier derecho”, de ahí su notoria magnanimidad hacia el enemigo vencido en la lucha. De ahí también su decisión última de acudir a la reunión convocada por el Senado de Roma en la mañana del 15 de Marzo del año 44 a. de C., aun sabiendo que ese día iba a ser asesinado.

A mí no me cabe la menor duda de que sus últimos días con vida Julio César los dedicó al diseño minucioso de su legado y al ensayo de la representación de su propia muerte.

Más que cualquier otra persona en aquellos días, César era consciente de que el camino hacia un Imperio cosmopolita que enterrara definitivamente a la corrupta República romana pasaba de manera inevitable por su retiro de la res publica. Lo que no podía aceptar César, porque se lo prohibía el alto concepto que tenía de sí mismo, era un retiro pasivo que lo condenara a interpretar un papel secundario en la Historia.

Ese es el momento en el que César rememora aquel entusiasta grito de guerra elevado por sus tropas ante el río Rubicón, cuando, de la decisión de avanzar o retroceder, dependían las vidas de tantos, y, probablemente, la suerte de Roma: aut Caesar, aut nihil.

“O César, o nada”. Y ese es precisamente el instante en el que Julio César toma la decisión más importante de su vida. Decidido a no convertirse en un vulgar dictador a la manera de Sila, acepta el sacrificio con tal de protagonizar el momento clave de la Humanidad que supone su propia muerte.

Que Julio César iba a ser asesinado aquel día era, por otra parte, público y notorio. Así nos lo dan a entender dos anécdotas que, quienes no creen en el poder evocador de la Literatura para descubrir la verdad ocultada por la Historia, encierran en el ámbito discutible de la leyenda.

Por supuesto que su mujer Calpurnia advirtió a César de que tuviera cuidado. Es más, esto es precisamente lo que han convertido en leyenda. Con toda probabilidad, Calpurnia le suplicaría que no fuera; intentaría evitar su sacrificio; incluso apelaría al posible temor a la muerte que atenazaría a su marido en aquellos momentos. Pero reparemos en la meditada frase con que César la consuela y advirtamos que esa sentencia no puede deberse a una improvisación: “solo se debe temer al miedo”.

Por supuesto que alguien, probablemente un vidente ciego, le previno contra los Idus de Marzo. Y por supuesto que César le recordó con humor, en las escaleras del Senado, que aún seguía con vida. Pero la cuestión clave aquí, porque César llegaba dispuesto a inmolar su cuerpo en sacrificio, es si le recordó que “aún seguía vivo” o si “aún seguiría vivo” después de aquello. Vivo e inquebrantable. Vivo y recordado. Vivo y no vencido tras aquel encuentro. Esto es lo que nos ha querido ocultar la Historia.

Observemos ahora la escena del crimen y convenzámonos de que nada en ella es casual y de que César no dejó nada a la improvisación.

César llega al Senado, se entrega al grupo de conspiradores y recoge el escrito de ellos en el que le piden que les devuelva el poder arrebatado. Pero en vez de leer lo que ya sabe que hay en aquella petición, César observa a sus acosadores y aguarda el momento preciso para exponer sobre el tablero de la Historia la cuestión estelar de aquel momento. Y justo cuando Tulio Cimber tira de su túnica para atraerlo hacia sí, sin esperar a que le asesten la primera de las puñaladas, César expone para la posteridad la verdadera situación de la Roma de su época: Ista quidem vis est.

“¿Qué clase de violencia es esta?”, pregunta César. Es decir: ¿quiénes son los que se valen de la violencia para imponer sus criterios? ¿Quiénes están violando el verdadero espíritu del Senado al recurrir a la violencia en aquel foro público? ¿Quiénes, en definitiva, han perdido toda autoridad al violar todo derecho mediante el dominio que se ejerce por medio de la fuerza?

Con la exposición de esta sencilla pregunta mil veces ensayada en soledad, César acusa y denuncia al Senado del pueblo de Roma y destruye toda la autoridad futura que pudiera llegar a poseer. Después de eso, se suceden una a una las 23 puñaladas que Suetonio dejó consignadas.

En medio de aquel baño de sangre, a César aún le daría tiempo de escenificar dos momentos rigurosamente ensayados. Sabedor de que su querido Bruto está entre los conjurados, le espetará aquellas palabras que más tarde inmortalizarán Suetonio y Shakespeare, cada uno de ellos a su modo: Tu quoque, Brute, filii mei. “¿Tú también, Bruto, hijo mío?” Y viendo próxima la llegada de la muerte, aún le dio tiempo de cubrir su cabeza con la toga en un último intento de preservar su dignidad. “Moriré”, se dice, “pero no deshonraré mi rostro a la vista de la muerte”.

Con el paso de los años, y a lo largo de los siglos, los emperadores romanos asumirían el nombre de César como título imperial.


Imagen destacada: Muerte de César, de Jean-Léon Gérôme, 1867.


 

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