Escher - I

Non serviam. La historia secreta

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Se busca editor
Obra: Non serviam
Autor: Agustín Celis Sánchez
Novela finalista del Premio Azorín 2016

Todo comenzó con una muerte. El 18 de octubre de 2003 murió Manuel Vázquez Montalbán en Bangkok y yo lo sentí como si se tratara de la muerte de un familiar o la de un amigo muy admirado. La de una persona cercana, en definitiva, pese a no haberlo visto en persona nunca ni haber cruzado con él dos palabras seguidas, una detrás de otra. Pero lo cierto es que me afectó y durante varios días no dejé de pensar en su muerte y en la curiosa casualidad de que esta le hubiese sobrevenido, de un ataque al corazón, precisamente en Bangkok, una ciudad de enorme importancia en su literatura.

No tardé en darme cuenta, en descubrir o imaginar, que ahí, en esa muerte, había una situación literaria con ciertas posibilidades. La muerte de Vázquez Montalbán fue una desgracia que nos ocurrió a todos sus lectores, pero el hecho de que hubiera ocurrido en Bangkok planteaba una situación interesante susceptible de ser contada si el que desea contarla es capaz de encontrar un cabo del hilo argumental para ello. “Escritor de éxito que muere de repente en su ciudad fetiche”, esa era la situación. Como es lógico, al pensar en todo esto yo ya no estaba pensando en Vázquez Montalbán, sino en un escritor posible, en un escritor imaginado por mí, en uno cualquiera, al que habría que dotar de personalidad para hacer creíble la historia. Eso sí, se imponía desde el principio una condición insoslayable, y es que debía ser un escritor de éxito, un escritor con muchos lectores.

Cuando uno se encuentra con una situación así, conviene someter el hallazgo cuanto antes a la prueba de las preguntas en condicional. Sobre todo para ver si se sostiene y si posee posibilidades; si oculta, en definitiva, alguna trama. ¿Y si la muerte del escritor en esa ciudad que él convirtió en literatura no fuese una simple broma del destino? ¿Y si el escritor de éxito hubiese acudido a esa ciudad apremiado por alguien, un desconocido, con el que hace tiempo que mantenía una misteriosa correspondencia? ¿Y si resulta que el escritor llevaba tiempo siendo víctima de una extorsión? ¿Y si la persona que lo extorsiona desde hace tanto no lo extorsiona solo a él, sino a otros muchos? ¿Y si no se trata solo de un único extorsionador sino de toda una red mundial de extorsionadores que está detrás de la muerte de otros muchos escritores, a escala internacional? Pero para qué ser tan ambiciosos. Acotemos el asunto. Quedémonos dentro de los estrechos límites de nuestro país. ¿Y si no se tratara de una red dedicada a la extorsión de escritores, sino solo de un asesino en serie de escritores que finge pertenecer a una red mundial de extorsionadores que ha encontrado el medio de convencer a sus víctimas de que esa red existe? Pero aún más, ¿por qué tendría que tratarse de un asesino en serie? ¿Y si no fuese un asesino, al menos aún no todavía? ¿Y si se tratase solo de un hombre aburrido, un lector compulsivo al que un día se le ocurre esta misma idea que ahora yo estoy exponiendo y tiene la osadía de dar el paso y mandar una primera carta a un escritor de éxito fingiendo que lo está extorsionando? ¿Y si la idea le excita y lo remueve por dentro y lo saca de su aburrimiento y decide continuar la trama? ¿Adónde lo llevará su entusiasmo? ¿Y si no sabe cómo pararlo o simplemente decide no pararlo y al final comete un crimen pasional y literario que de alguna manera dé sentido a su existencia? Era solo un punto de partida para una posible historia. Tan solo una semilla, ni siquiera un argumento. Solo una situación, ya digo.

Escher - I

Resultó inevitable que en esos primeros días después de la muerte de Vázquez Montalbán me acordara de las muertes de otros dos escritores admirados por mí, y que también murieron el mismo año. Me estoy refiriendo, por supuesto, a Terenci Moix y a Roberto Bolaño. Lo relevante del caso es que también murieron en el mismo año, al igual que otros que también lo hicieron en 2003, un año fatídico para la literatura en lengua española. Pienso en Dulce Chacón, por ejemplo. O en Gironella. O en Vizcaíno Casas. O en Augusto Monterroso.

¿Y si las muertes de muchos escritores de éxito, ocurridas en un mismo año, le dieran pie a un hombre aburrido, que es ante todo un lector apasionado y obsesivo, para montar una trama que hiciera verosímil que todas esas muertes (no la de los escritores mencionados, obviamente, sino la de otros inventados) no se han debido a causas naturales como todo el mundo cree, sino a asesinatos meditados con perfecta exactitud después de un largo proceso de extorsión? O aún mejor, ¿y si dejáramos a un lado el concepto de la verosimilitud? ¿Y si el modus operandi de nuestro protagonista fuese el disparate no creíble? ¿Y si el modo de plantear la extorsión fuese tan disparatado como para que la víctima no pudiese dar crédito a las exigencias del otro? Al menos hasta que la maraña de la coacción urdida por este lo haya asfixiado tanto que ya no quede más remedio que someterse a su capricho.

Más o menos, así fue como la situación que se me impuso tras la muerte de Vázquez Montalbán acabó convirtiéndose en un argumento de lo que sería, en un principio, un relato corto de unas cinco mil palabras, que es una cantidad con la que me siento cómodo y a gusto cuando me siendo a escribir una historia breve; la historia de un escritor de éxito que sufre el acoso de un lector compulsivo que crea una absurda trama de extorsión que sembrará en la mente del novelista el argumento de su última novela, donde él mismo es el protagonista de la historia. ¿El título de este relato? La danza de los vencidos.

Empecé a escribirlo el 25 de octubre de 2003, y le puse un punto y final no definitivo el 28 de diciembre de ese mismo año. Sí, bueno, ya lo sé. ¿Cinco mil palabras en dos meses? ¿No es mucho que se diga, no? Es verdad. Soy lento y tímido cuando escribo ficción y además vivo poseído por la duda. Carezco del arrojo que caracteriza a muchos escritores; también de la osadía necesaria para exhibir la mercancía. En ese sentido, esta página web es una dulce terapia. Pero en fin…, la cosa es que quise que, en mi relato, La danza de los vencidos fuese el título de la novela negra que Lorenzo Mercader estaba escribiendo y que dejó inconclusa. También él moriría en aquel año; según parece, y según dicen, en extrañas circunstancias.

Lorenzo Mercader. Ese es el nombre de uno de los dos protagonistas de la historia. Imagínenselo, no es difícil. Novelista de éxito, despreciado por la crítica y adorado por los lectores, escritor de best sellers de misterio o de suspense con alguna que otra incursión en la novela histórica de ambientación gótica con mezcla de varios géneros. Mucha sangre. Mucho crimen. Mucho recurso de novela negra. Mucho tópico. Por ejemplo, nunca falta en sus obras la femme fatale que hace que se pierdan los hombres. Tampoco el tipo duro y atormentado por un pasado abyecto que una y otra vez retorna obligándole a continuas bajadas a los infiernos de la desesperación. El propio Mercader cultiva también esa imagen cinematográfica. Se trata de un hombre que tiene o ha tenido la inmensa dicha de conocerse. Además es apuesto, orgulloso, extrovertido, endiabladamente sociable y peligrosamente reflexivo. Aún me quedan unos cuantos adjetivos que podrían servir para describirlo. También algún que otro adverbio que debería evitar y que no sé por qué no he evitado en la oración anterior. Pero dejémoslo aquí por ahora. Creo que con esto basta como acercamiento al personaje. ¿Se lo imaginan ya? ¿No? ¿Así, así? Bueno…

Imaginen ahora a Isabelo Argudo. No es su verdadero nombre, pero sí es el nombre que él mismo ha elegido para inventarse al personaje que ha de llevar a cabo su absurda extorsión. Si toda historia de misterio precisa del conflicto que enfrenta a dos deseos en disputa, Isabelo Argudo es el antagonista que se opone a la imagen que Mercader desea proyectar de sí mismo. También Mercader ha creado su propio personaje, el que exhibe ante su público. Por historia de misterio entiendo aquella que cifra una verdad secreta que pugna por ser revelada. La de Isabelo Argudo permanece oculta tras el argumento de un relato de Jack London que le dará la pauta para armar el juego que sostiene la historia. Obsesionado por las ficciones que la realidad nos depara, renuncia a su modesta condición de funcionario público, y a su propio nombre, para vivir entre las páginas de una novela de Lorenzo Mercader, a quien en secreto admira.

De eso iba La danza de los vencidos. Era básicamente la historia de una extorsión. Luego el título dejó de convencerme y aquel cuento comencé a verlo como un escrito fallido. No me convenció el resultado porque el argumento se había vuelto demasiado complejo y desbordaba los límites que suelo imponerle a un relato corto. Yo hubiese querido hacer un cuento redondo con ese asunto, y nada más, pero en sucesivas revisiones la trama se fue alargando y dos años después tenía escrita una novela que llevaba por título Bajo la sombra de Caín.

Me lo pasé muy bien escribiéndola. Se trataba de un juego literario. De un juego como los que solía urdir Lorenzo Mercader, pero esta vez tejido por la mente perversa de Isabelo Argudo, ahora empeñado en imponer un asunto leído en Jack London, que no revelaré, a una novela que debía escribir Mercader, pero con él como protagonista.

Era un libro excesivo. Doscientas mil palabras de juego literario son muchas palabras y aquello solo era la primera versión de la novela. Había que pulirla, limarla, someterla a criba y desbrozarla de excesos; la abundancia de descripción, por ejemplo, los tontos alardes estilísticos, esas innecesarias digresiones que entorpecen la continuidad de la historia, el odioso estilo preciosista destinado a epatar a pretenciosos y pusilánimes, la prosa de sonajero de la que nos habla Juan Marsé, la adjetivación abundante y la verbosidad retórica… La vanidad, en definitiva. Hay que dedicarle tiempo al ingrato deber de mirarse todos los días en el espejo para estudiarse las imperfecciones. Es una buena cura de humildad. Ayuda a luchar contra la presunción. Y lo mismo hay que hacer con la primera versión de un libro: someterlo a un proceso de lavado de cara, eliminar sus impurezas, reducir a escoria todo aquello que lo afecta. Que lo vuelve afectado.

Escher - II

Es mi parte preferida. Me encanta corregir. Quizá por deformación profesional. Pero sé que es un peligro, que corro el riesgo de quedarme ahí anclado, en la producción de sucesivas versiones de la historia, ad infinitum. Demasiadas veces he permanecido fondeado ahí, metido en un bucle de inseguridad y autoexigencia. Releyendo una y otra vez lo mismo, dedicando tardes enteras a cambiar una coma de sitio, a darle un giro a una oración, a buscar la forma de eliminar un puto pronombre que molesta, a comprobar si el diálogo resulta creíble…

Hay que dejarlo. Tenía que dejarlo en barbecho y encontré la excusa perfecta en la superabundancia de obligaciones, personales y literarias, a las que tenía que dar respuesta en esos años. De 2005 es el libro que escribí sobre las herejías; de 2006 la novela juvenil Malekín, que escribí mano a mano con mi mujer y que publicó poco después el sello Planeta&Oxford en la serie verde de la colección Camaleón; también en ese mismo año aprobé las oposiciones de secundaria y accedí por primera vez al ejercicio de la docencia; de 2007 es el libro sobre la Mafia; y después vinieron otras muchas colaboraciones, todas ellas de carácter infantil o juvenil, y también muchos de los relatos cortos que tengo escritos y dados por buenos. Me refiero a aceptados por mí mismo. Por aquel tiempo anteponía cualquier cosa a la novela que  tenía escrita desde 2005. Durante cinco años me olvidé completamente de ella.

Volví a releérmela en 2011, y bueno… Fue una experiencia extraña. Estaba claro que eso lo había escrito yo, me reconocía en aquel manuscrito, pero había demasiadas partes que no me gustaban. Y sobre todo había un flagrante error de concepción en el libro que me lo convertía una vez más en un escrito fallido, y es que la historia estaba como demasiado terminada. Trataré de explicarme.

Isabelo Argudo extorsiona a Lorenzo Mercader y, como fruto de esta extorsión, Mercader concibe una novela con él como protagonista. Es decir, Lorenzo Mercader escribe la historia de la extorsión que él mismo ha sufrido, pero puesto que esa va a ser su última novela, que dejará inédita, no tiene demasiado sentido que la obra esté tan acabada. La historia que la novela cuenta transcurre en apenas cuatro meses, un tiempo insuficiente como para que un escritor del perfil de Mercader dé como concluida una obra. Pero la novela que yo había escrito entre 2003 y 2005 sí era una novela de misterio completamente acabada, como si Mercader hubiese tenido tiempo de hacer un último libro, solo que esta vez con él como protagonista, exponiéndose abiertamente en su día a día, iniciando la historia en el preciso momento que recibe el primer escrito que lo va a obligar a actuar en una determinada dirección.

No me valía. Así que decidí empezar de nuevo y darle un nuevo enfoque a la historia, privilegiando en ella el importante papel jugado por Isabelo Argudo y con toda la energía puesta en la idea de la novela que ha de quedar inconclusa, al menos en lo que respecta a Lorenzo Mercader, pero no así en lo que se refiere a Isabelo Argudo. Al fin y al cabo es Isabelo el verdadero artífice de esa trama, el demiurgo que ha movido todos los hilos para hacerla posible. Es la novela de misterio concebida por Mercader la que no concluye, no la historia que ideó Isabelo Argudo, y por supuesto tampoco la mía.

A pesar de lo que pueda parecer en todo lo que llevo escrito hasta ahora, no creo haber descubierto gran cosa de lo que ocurre en la novela que finalmente he titulado Non serviam, y que tiene el subtítulo de Una novela inédita de Lorenzo Mercader, e incluso un breve apunte crítico que reza: Edición, presentación y notas de Arturo Avendaño, como si se tratara de una especie de edición crítica de la última obra, recién descubierta, de un autor que en realidad murió en el año 2003. Tampoco revelaré las razones que motivaron el cambio de título, y tampoco los motivos que hacen necesaria la presencia crítica de un personaje como Arturo Avendaño.

Escher - III

Como he leído a David Foster Wallace, estoy totalmente convencido de la necesidad de las múltiples versiones que precisa toda ficción. Entre cinco y ocho versiones, decía Foster Wallace. Yo me planté en la quinta. Como también he leído a Stephen King, porque yo soy un lector omnívoro que lee de todo con buen apetito y todo le parece provechoso, vivo fascinado y sorprendido por una de las teorías del genio del suspense, según la cual las historias de ficción son objetos encontrados como los fósiles del suelo, y la labor del escritor consiste en procurar sacar ese fósil lo más intacto posible, sin rotura o pérdida de los elementos que lo componen. Es más, estoy convencido de que el día de la muerte de Vázquez Montalbán yo localicé un fósil bien escondido y creo que en todos estos años he llevado a cabo una prudente excavación del mismo. Hasta que dejé de excavar en 2014, supongo que por hartazgo, porque si no la labor se vuelve interminable. En algún momento hay que decidir que ya está. Que se acabó. Fin. Así se queda. Punto. Esto es lo que he encontrado y esto es lo que he podido sacar de ello. Y a ver qué os parece…

En octubre de 2015 me topé con las bases del Premio Azorín de novela, y aunque no creo que un escritor de mis hechuras pueda ganar actualmente un premio como el Azorín de novela, por uno de esos impulsos que uno tiene de vez en cuando, decidí enviar la novela a concurso.

Non serviam
Una novela inédita de Lorenzo Mercader
(Edición, presentación y notas de Arturo Avendaño)

Y un poco más abajo y en negrita: Autor: Agustín Celis Sánchez, puesto que lo presenté con mi nombre. Preparé el manuscrito, fotocopié las trescientas treinta páginas que tiene el resultado de mi excavación, hice duplicado del mismo y a principios de noviembre lo deposité en correo y me olvidé del asunto.

A principios de marzo estaba yo en el despacho de dirección del instituto en el que trabajo cuando recibí por teléfono la noticia de que había quedado entre los diez finalistas del premio. Fue una agradable sorpresa. También una inesperada alegría. La chica con la que hablé me anunció que en unos minutos se haría pública la nota de prensa.

No me reconocí en ella, la verdad. Quiero decir que me sorprendió bastante el breve comentario que reseñaba o resumía el argumento de la novela. Non serviam, decía, de Agustín Celis Sánchez, “una reflexión sobre el panorama literario español y sobre la crítica literaria en España”.

La palabra reflexión me pilló bastante desprevenido, la verdad. Tuve que leerlo varias veces para convencerme de que estaban hablando de mi novela, porque juro que en la vida se me ha ocurrido a mí tener el atrevimiento de reflexionar sobre esos dos asuntos sobre los que poco o nada sé. Y lo digo en serio, sin el más mínimo alarde de falsa modestia. Ni idea. ¿“Una reflexión sobre el panorama literario español y sobre la crítica literaria en España”? Bueno… en fin… es verdad que es la historia de un escritor, y que sale también algún que otro crítico, y hasta algún editor ficticio pulula por las páginas del libro, pero de ahí a decir que se trata de “una reflexión sobre el panorama literario español y sobre la crítica literaria en España” hay un trecho bastante largo que recorrer. De modo que lo quiero negar rotundamente. Mi libro no es más que un artefacto lúdico, un juego de ficción alrededor de la muerte de un escritor de novelas de misterio que solo muy en los márgenes trata el espinoso asunto del panorama literario español y su crítica literaria. Como suele decirse en estos casos, lo escrito en ese libro es una pura invención y cualquier parecido con la realidad es mera coincidencia.

Más preocupado me dejaron aquel día las breves notas aparecidas en las ediciones digitales de otros periódicos que daban cuenta de la feliz noticia. La que más me aterró fue una que decía: “tres novelas negras, dos históricas, tres bélicas, un ensayo y una de ciencia ficción optan al Azorín 2016”. Joder, me dije, ¿un ensayo? Pero ¿a qué clase de imbécil se le puede ocurrir enviar un ensayo a un premio de novela como el Azorín? Pero inmediatamente, con un trago de saliva con el que casi me atoro por el sobresalto, pensé: ¿no lo dirán por la mía, no?, puesto que el término “reflexión” aplicado a mi novela me había dejado con la mosca detrás de la oreja y me tenía confundido.

No salía de mi asombro. Estaba perplejo. Acababa de descubrir una nueva situación narrativa casi tan potente como la que creí hallar en 2003 con la noticia de la muerte de Manuel Vázquez Montalbán: “escritor de ficción que hace una novela que es tomada por ensayo, pero que aún así posee los suficientes valores narrativos como para quedar finalista de un premio de novela”. Absurdo, pero cierto. Incluso podía mejorarse: “una novela tan extraña y misteriosa que parece un ensayo que parece una novela y que se alza con el galardón en un premio internacional de narrativa”. No estaba ya pensando en la realidad, por supuesto, sino en la ficción que hace posible un relato corto, de corte humorístico; una sátira, por ejemplo, una broma con socarronería y sarcasmo sobre el mundo de la literatura. Y, en definitiva, esta vez sí, “una reflexión sobre el panorama literario español y sobre la crítica literaria en España”. Lo mismo algún día profundizo, me pongo y la escribo.

Ahora, casi un año más tarde, ando a la busca y captura del editor/a que quiera publicar mi novela Non serviam, de ahí la necesidad de adelantar unas palabrillas sobre el asunto. Toc, toc… Es una forma como otra cualquiera de llamar a una puerta. ¿Hay alguien por ahí a quien le interese?


Imagen destacada: Drawing hands, de M.C. Escher , 1948.


Escher - IV


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