The Golden Rose, de Donato Giancola, 2007

Un mundo de seres fantásticos

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Al final de nuestro libro sobre criaturas fantásticas, Alejandra Ramírez y yo incluimos una especie de epílogo que titulamos Los seres fantásticos en nuestro mundo, donde pretendimos crear algo así como un aula de exposiciones en el que poder hacer un rápido repaso a las obras y autores más relevantes que, de un modo u otro, hubieran tratado el fabuloso mundo de los seres fantásticos.

Desde el principio lo concebimos como un mágico museo de grandes creaciones artísticas, dividido en cuatro salas o secciones: “en la literatura, en el cine, en la música y en otras artes”. Luego, cuando el libro fue publicado, nos dimos cuenta de que, por exigencias editoriales, esa parte de nuestro manual no contaba con el apoyo de ilustraciones que hubiera necesitado para ser visualmente más atractivo.

Aprovechando la ocasión que este blog me proporciona, y aun a riesgo de que la abundancia de imágenes pueda ralentizar la carga de la página, quiero subsanar esa omisión de nuestro Bestiario acompañando aquel texto con algunas de las ilustraciones que precisa.


Los seres fantásticos en la literatura

¿Qué sabemos de los más inconfesables intereses de los hombres de la prehistoria? En realidad no demasiado, aunque se hayan escrito tantos libros sobre ese tema. Pero de una cosa podemos estar seguros: ya en aquella época los hombres eran aficionados a manifestar lo que pensaban del mundo, lo que habían visto durante la jornada y hasta lo que creían saber de las generaciones que les habían precedido, y es bueno saber esto para tener una memoria común con muchos siglos de antigüedad.

Probablemente, las historias que hablan de seres fantásticos sean tan antiguas como el ser humano, y seguramente nacieron como nacen las canciones y los relatos populares; de la improvisación de un creador anónimo que se atreve a narrar lo que sabe, rodeado de un grupo que entiende su misma lengua, alrededor de un fuego, apoyado en el tronco de un árbol o contemplando el movimiento del agua a la orilla de un río. Los demás permanecerán en silencio, escucharán el relato y llegarán a aprendérselo, y desde ese instante pasará de generación en generación, modificándose en mil y una variantes hasta que alguien sea capaz de ponerlo por escrito. Pertenecerá a la tradición de los pueblos, y habrá innumerables versiones de la misma historia, quizá tantas como narradores haya tenido.

La literatura de todas las civilizaciones fue en un principio literatura oral, y no por carecer de testimonio escrito deja de ser literatura. También ahora, en nuestra época, existe una infinita cantidad de leyendas que podrían formar parte de la mejor literatura de todos los tiempos si fueran puestas sobre papel, y muchos de esos relatos hablan todavía de seres fantásticos, y puede que tengan siglos de antigüedad. A veces ocurre que un anciano nos cuenta una historia y al acabar comenta: “esta historia es muy antigua; me la contó mi madre cuando yo tenía diez años”. Pero obviamentete es mucho más vieja que la propia madre de ese anciano.

Hemos comenzado hablando de la literatura oral porque suele ser la gran olvidada. En un caso como el de los seres fantásticos es tan importante como la literatura escrita, o incluso más. Si no fuera por las leyendas que se cuentan en los pueblos no conoceríamos tan bien a estos personajes ni tendríamos tal cantidad de noticias sobre ellos, y por eso hemos incluido tantas historias en el libro, muchas de ellas pertenecientes a la memoria del pueblo, que ignora por completo quién pudo ser su creador. Y aún habría que decir más: muchos de los libros escritos sobre los seres fantásticos no son sino recreaciones artísticas de leyendas folclóricas. En estos casos, a sus autores les debemos el talento o la genialidad de haber construido verdaderas obras maestras a partir de la materia legendaria que llegó a sus manos y a la que supieron darle una forma literaria capaz de pervivir, pero no su invención. Así ocurre con casi toda la mitología clásica, incluidos Homero y Ovidio, pero también con los autores anónimos que dejaron por escrito los cuentos medievales, con Shakespeare, con Bram Stoker y con muchos otros.

Una de las obras que se disputan el honor de estar entre las primeras manifestaciones de literatura escrita es el Poema de Gilgamesh, y ya en él aparecen criaturas fantásticas, entre ellas el dragón y varias especies relacionadas con el inframundo. Fue escrito con caracteres cuneiformes y se conservan varias versiones distintas de diferentes periodos, aunque la más completa de todas data del segundo milenio a. de C. Estas criaturas fantásticas pertenecen a la mitología sumeria e influyeron en todo el oriente próximo, la mitología babilónica, la persa, la hitita e incluso la bíblica.

En realidad todas las mitologías de las antiguas civilizaciones abundan en seres que hoy pueden ser considerados como fantásticos, y por tanto la literatura que de ellas se deriva manifiesta su interés por ellos. Otro ejemplo destacado pueden ser los Upanisad hindúes, del siglo VI-IV a. de C., donde entre otros seres fabulosos aparecen las apsaras y los gandharvas, que guardan relación con las ninfas, las hadas y los duendes, aunque también con los íncubos, pues los gandharvas son espíritus capaces de poseer a mujeres mortales.


Seres fantásticos - Estatua de una apsará
Estatua de una apsará en Angkor Wat (Camboya). Fotografía de Manfred Werner

Mucho más cercana a nuestra cultura es, sin duda, la mitología griega, donde ya nos encontramos con abundantes obras que recrean las aventuras y desventuras de una multitud de criaturas inolvidables. Algunos de los autores más afamados son Homero, Hesíodo, Heródoto, Esquilo o Sófocles. Pero como en este repaso a la literatura nos hemos propuesto mencionar únicamente obras esenciales para el conocimiento de los seres fantásticos, recomendaremos solo dos: la Ilíada y la Odisea, ambas de Homero (s. IX a. de C.), donde aparecen un buen repertorio de personajes míticos. Tal vez haya que incluir una tercera: la Teogonía de Hesíodo (s. VIII a. de C.). Pero sigamos.

A menudo se ha dicho que la antigua Roma adoptó el Panteón griego y se adueñó de sus mitos. Y bueno, esto es verdad, pero no es totalmente cierto. Los romanos reorientaron los mitos y los adaptaron a sus intereses, pero no solo los de los griegos; a medida que fueron ampliando sus territorios fueron haciendo suyos los mitos de los pueblos conquistados. El resultado es una mezcolanza de mitología griega, egipcia, celta, etc. De este periodo histórico, sin duda el autor que mejor supo enriquecer su obra con seres fantásticos de leyenda fue Ovidio (43 a. de C.- 17 d. de C.); sus Metamorfosis son un compendio de narraciones mitológicas donde aparecen prácticamente todas las criaturas míticas conocidas en la época. De igual importancia, pero de distinto interés, es la Historia Natural de Plinio el Viejo, que murió en el año 79 d. de C. a consecuencia de la erupción del monte Vesubio. Su curiosidad y su ansia de conocimientos le hicieron acercarse demasiado al lugar de la catástrofe para dar posterior testimonio de este hecho. No podría hacerlo: los vapores de la erupción acabaron con su vida. En su inmensa obra, formada por 37 volúmenes, trata una enorme variedad de temas, entre ellos la zoología. Muchos de los seres fantásticos que nosotros estudiamos en nuestro Bestiario aparecen nombrados en la obra de este autor como animales reales. ¿Se equivocaba este sabio en sus conclusiones o desaparecieron dichas criaturas junto con la pérdida de la visión mágica del mundo?

Con posterioridad, quizás lo más relevante sean los muchos bestiarios que se escribieron debido al interés que la Iglesia mostró por este tema, que utilizó como instrucción moral y religiosa. Abundan los títulos, pero valgan como referencia el primero de ellos, el famoso Phisiologus, del siglo II d. de C., el De monstris, del siglo VI y el Liber monstruorum, ya en plena Edad Media. Autores como San Basilio, San Ambrosio o San Isidoro de Sevilla también incursionaron en este terreno. Criaturas como el ave Fénix, el basilisco, la rémora, el grifo, la anfisbena o el catoblepas son algunos de los clásicos en estos bestiarios, que inspiraron el simbolismo animal de arquitectos, pintores y escritores medievales.


Seres fantásticos - El Ave Fénix
El Ave Fénix en Las Crónicas de Nuremberg

También Dante Aliguieri (1265-1321) mostró interés por las criaturas fantásticas. En el Infierno que imaginó para la Divina Comedia aparecen como guardianes las furias, el can Cerbero, el Minotauro, los centauros, las harpías y los gigantes.

Mención aparte merecen las novelas de caballería y los libros de viajes fantásticos, más conocidos como novelas bizantinas, en los que, para mayor honra y fama de los protagonistas, figuran muchos monstruos con los que el héroe debe luchar y a los que siempre vence, siendo los dragones y los gigantes los más habituales.

Durante el Renacimiento y el Barroco, con la exaltación del hombre como medida de todas las cosas, se recuperó la cultura grecolatina, y con ella todos sus mitos y sus criaturas fantásticas. Pero nombraremos solo a dos autores: Luis de Góngora (1561-1627), con su Fábula de Polifemo y Galatea (1613), donde aparece recreada la ternura de un cíclope enamorado de una ninfa; y Shakespeare (1564-1616), que en muchas de sus obras demostró ser un hábil recreador de mitos y leyendas, no solo de la cultura clásica sino también de la tradición popular. El mejor ejemplo de esto último es El sueño de una noche de verano, escrita en 1595, donde la intriga corre a cargo de una serie de parejas y amores cruzados y no correspondidos, todo ello bajo el influjo de las hadas.


Desfile de Hadas, de Xavier Gordillo
Desfile de Hadas, de Xavier Gordillo

A partir del siglo XVIII se produce un curioso fenómeno. A pesar de que el escepticismo racionalista abolió la creencia en los seres fantásticos, hasta entonces muy arraigada en los países protestantes, propició su tratamiento literario. Será durante esta época cuando los relatos sobre criaturas imaginarias se conviertan en un subgénero claramente diferenciado; primero con intención satírica y moral, utilizando a las criaturas fantásticas para burlarse de la sociedad y del género humano, y posteriormente, ya cercano el Romanticismo, como historias de miedo gracias a la irrupción de la novela gótica. De la primera tendencia queremos nombrar Los Viajes de Gulliver (1726) de Jonathan Swift (1667-1745). Como el más acabado ejemplo de la novela gótica,  y fruto de la confianza en la ciencia que comenzaba a sentirse en la época, tenemos el Frankenstein (1818) de Mary Shelley (1797-1851).

Desde entonces, se multiplican las obras donde los seres fantásticos cobran un protagonismo cada vez más relevante. Se multiplican los títulos, pero nombraremos solo obras maestras de indudable trascendencia. Ahora serán los fantasmas, las brujas, los muertos vivientes, los vampiros, los ghouls o las hadas los protagonistas de muchas obras. Arthur Machen, Lovecraft, Poe, Conan Doyle o Charles Dickens son solo algunos de los cultivadores. Pero subrayamos la importancia de dos autores: Lewis Carroll (1832-1898) y Bram Stoker (1847-1912). Alicia en el País de las Maravillas (1865) es, sin duda, una de las creaciones que más han contribuido a ampliar el horizonte de la literatura fantástica, para niños y para adultos. En cuanto a Drácula (1897), sigue siendo una fuente de ficción que no se agota a pesar del abuso al que se ha visto sometido el vampiro por excelencia.

Como curiosidad, y como rareza, nombraremos una obra aparecida a principios del siglo XX y que consiguió una enorme popularidad por el tema que en ella se trata. Es El Golem (1915), de Gustav Meyrink (1868-1932).


El Golem, de Gustav Meyrink


El siglo XX fue muy fecundo en el tratamiento de los seres fantásticos. Son tantos los libros de los que habría que hablar, que no caben en esta breve exposición que solo pretende recomendar una serie de obras fundamentales. Por sí mismo, el siglo XX necesitaría un ensayo para él solo. Eso sí, son de lectura obligatoria para todos los interesados en las criaturas imaginarias estos tres autores, de los que hemos tenido ocasión de hablar en nuestro bestiario: J. R. R Tolkien (1892-1973), autor de El Hobbit (1937), El Señor de los Anillos (1954-1955) y El Silmarillion (1977); Michael Ende (1929-1995), autor de Momo (1973) y La Historia Interminable (1979); y J. K. Rowling (1965-), autora de la saga de Harry Potter.


Los seres fantásticos en el cine

La historia del cine está desde sus inicios ligada a la ficción. Su propio formato le permite al hombre soñar y plasmar en el celuloide todo lo que alguna vez ha imaginado. Solo en el cine podemos ver volar a Superman, o a King Kong escalando el Empire State o a Harry Potter a lomos del Hipogrifo. Los seres fantásticos encontraron su medio de expresión en el cine, sobre todo en los géneros de ciencia de ficción y de terror. Pero el cine necesita argumentos. Algunos surgen de la imaginación del director, los menos, pues la mayoría de estas películas son adaptaciones de novelas o de cómics.

Frankenstein - Boris KarloffLa preocupación del hombre por los seres imaginarios quedó plasmada en los primeros años del cine, cuando en apenas tres años vieron la luz películas míticas como Frankenstein (1931), Drácula (1931), La momia (1932), King Kong (1933) y El hombre invisible (1933). Estas producciones tuvieron tanto éxito que no tardaron muchos años en surgir nuevas secuelas. solo del mito de Frankenstein se rodó en poco tiempo La novia de Frankestein (1935), La sombra de Frankenstein (1939) y El fantasma de Frankenstein (1942). La misma suerte corrió el legendario vampiro, que tras el éxito del Drácula protagonizado por Bela Lugosi en 1931, aparecieron La hija de Drácula (1936), El hijo de Drácula (1943) y La mansión de Drácula (1945), sin olvidar el clásico Nosferatu, dirigida por el realizador alemán F.W. Murnau en 1922 y basada en el mismo mito.

En estos primeros años se puede hablar de una auténtica fiebre del cine. Su precio asequible para todos los públicos, Nosferatuel atractivo de las sesiones dobles, que incluían un serie antes de la película, y el encanto del propio medio, lo convirtieron en la principal opción de ocio. La consecuencia fue un innumerable número de producciones de baja calidad y escaso presupuesto que daban salida al ávido mercado que exigía un título cada noche. Habrá que esperar hasta los años 60, cuando la televisión se extienda y se amplíen los medios de entretenimiento, para que este sector se normalice y regresen las producciones de calidad.

En 1945 un hecho histórico, el lanzamiento de la bomba atómica sobre las ciudades de Hiroshima y Nagasaki, da un giro en las películas de ciencia ficción, que se ven influidas por el pánico a las radiaciones de la energía nuclear y los peligros de la bomba atómica. En los años 50 surgen una serie de películas de serie B que muestran las mutaciones y las consecuencias de la energía nuclear en los seres vivos, con títulos como El ataque de los monstruos cangrejos (1955), Tarántula (1955), El increíble hombre menguante (1957), El ataque de la mujer de 50 pies (1958) o El ataque de las sanguijuelas gigantes (1959). También de 1955, y dirigido por el director Bert I. Gordon, es el filme Cíclopes, que retrata la odisea de un científico que se ve convertido en un monstruo de quince metros por culpa de la radiactividad. Destacamos este título no por su interés para la historia del cine, sino porque el Cíclope es uno de los seres que hemos tratado en profundidad en nuestro bestiario.

La momia, 1999Como hemos visto hasta ahora, los seres fantásticos iniciaron su andadura en la gran pantalla en los géneros de terror y ciencia ficción, del que nunca se apartarán, pero con el transcurso del tiempo acabaron introduciéndose en otros géneros como la comedia y el cine de aventuras. Un claro ejemplo lo encontramos en la película La momia (The Mummy, 1999), en la que su director Stephen Sommers retoma todos los tópicos del personaje de terror para crear una entretenida película de aventuras. En vista del éxito obtenido, el director se atrevió dos años más tarde con su continuación en El regreso de la momia (The Mummy Returns, 2001). En la misma línea, Chuck Russel dirige El rey Escorpión (2002).

Unos años antes el director Ron Howard ya había estrenado la película Splash (1984), la historia de una sirena moderna contada en clave de comedia, mientras que en 1989 la fábrica Disney lanzó su éxito La sirenita, una adaptación bastante libre del cuento de Andersen.

Pero será gracias a las adaptaciones cinematográficas de El Señor de los Anillos y del jovencísimo Harry Potter, Basilisco, Harry Pottercuando tengamos ocasión de ver desfilar a un gran número de seres fantásticos por la pantalla. De la obra de J.R.R. Tolkien, profesor de literatura inglesa medieval y autor de El Señor de los Anillos, surgirán personajes como los elfos, idealizados en el papel de Légolas, los enanos, los orcos, los hobbits, los ents o los trasgos; llevados al cine de modo magistral por el director Peter Jackson. A la imaginación de J.K. Rowling le debemos la saga de Harry Potter, adaptada también al cine, en la que encontramos, entre otros, al mágico Hipogrifo, al elfo doméstico, a los Pixies de Cornualles, al mítico ave fénix y al peligroso basilisco, aquí convertido en una serpiente de tamaño gigantesco que mata con su mirada.

Muchos otros seres de nuestro bestiario han tenido también sus minutos de gloria en el cine, este es el caso del Ghoul, que ha estado en las carteleras en dos ocasiones: una dirigida por T. Hayes Hunter y con Boris Karloff en el papel de Ghoul (The Ghoul, 1933), y una segunda de manos del director Freddie Francis y con Don Henderson en el papel de la bestia (The Ghoul, 1975). Más antigua es la película alemana El Golem (Der Golem), dirigida por Paul Wegener y Carl Boese en 1920 y estrenada en 1926. Ésta era la tercera versión que realizaba Wegener sobre el mito del Golem, aunque de la primera no se conserva nada y de la segunda apenas cinco minutos en la cinemateca de Munich.

Otra bestia mítica que ha traspasado la pantalla ha sido el ave Garuda, película dirigida por Monthon Arayangkoon en el año 2004 y basada en una antigua leyenda Tailandesa.

Más suerte ha tenido un personaje malvado de los cuentos infantiles, el ogro, que ha visto alterada su historia para convertirse en el entrañable Shrek, un ogro verde y bondadoso de animación creado por los Estudios DreamWorks en el año 2001.

No hemos incluido en nuestro bestiario a seres fantásticos surgidos de la pantalla del cine por ser muy reciente su creación y no tener el suficiente peso en el folclore, aunque bien merecerían un lugar en un bestiario del año 3000. Pensamos en personajes tan entrañables como los Gremlins, Eduardo Manos Tijeras, cualquiera de la saga de La Guerra de las Galaxias, de El planeta de los Simios o de La Historia Interminable.


Seres fantásticos - La Historia Interminable


No queremos terminar nuestro repaso a los “monstruos” del cine sin nombrar las versiones más recientes de mitos como el Vampiro, Frankenstein o el Hombre Lobo. No enumeramos todas las películas en las que han aparecido porque su listado es muy extenso. Nos conformamos con que no queden en el olvido películas tan hermosas como el Drácula de Bram Stoker (1992), de Francis Ford Coppola, o La sombra del vampiro (2000), dirigida por Elias Merhige y protagonizada por John Malkovich; un homenaje al Nosferatu de Murnau. Menos fortuna tuvo el actor y director Kenneth Branagh con su película Frankenstein de Mary Shelley (1994), mientras que el director Anthony Waller se atrevió en 1997 con una comedia terrorífica en clave de humor del legendario licántropo en su película Un lobo hombre americano en París. Otras versiones de gran éxito fueron Entrevista con el vampiro (1994) y Hombre lobo americano en Londres (1981).


Los seres fantásticos en la música

El hombre es un ser contradictorio por naturaleza. Por un lado, siente un impulso natural que le invita a comunicarse con los seres que le rodean, propio de un animal social como él; pero, por otro, su historia está llena de malentendidos y de guerras, de odios y de ambiciones que se enfrentan a su tendencia natural de ser entendido y escuchado. El hombre espera y anhela, pero sigue sin saber qué es lo que está buscando. Así ha sido la historia de los hombres desde el principio de los tiempos, una eterna búsqueda que le ha hecho creer en dioses y crear mitos. El hombre intenta desesperadamente expresar su mundo interior y poner forma a todo lo que siente y piensa. Así surgieron las lenguas, y la música, y la pintura y cualquier manifestación de las inquietudes del hombre que han venido a llamarse “artes”.

La música siempre ha acompañado al hombre en su vida y todos los pueblos se han expresado con ella, aunque varíen las formas utilizadas. Tan música puede ser el sonido emitido por las piedras cuando las golpeas que la melodía que se escapa de una flauta.

Si la música es uno de los recursos que han encontrado los seres humanos para dar salida a su mundo interior, es lógico que incluyan sus temores y sus sueños.

Hemos indagado en la historia de la música hasta encontrar seres fantásticos de los que forman parte de nuestro bestiario. Obviamente nos hemos tenido que retrotraer a una época reciente, donde quedara constancia de las letras o de los motivos musicales que impulsaron esa composición.

La reina de las hadas - Henry PurcellEn nuestro periplo por la música nos detuvimos primero en la obra de Henry Purcell, uno de los compositores ingleses más destacados del siglo XVII y máximo exponente de la llamada “semi-ópera”, un género, o semigénero, derivado de la ópera, en el que el argumento y la acción se desarrollan de modo dialogado, mientras se intercalan en ella piezas de música instrumental. A este género corresponde The Fairy Queen (la Reina de las Hadas), compuesto por Henry Purcell en 1692, adaptación musical de la obra de William Shakespeare El sueño de una noche de verano. Un siglo antes, en 1595, el genial escritor William Shakespearse había escrito esta deliciosa comedia plagada de hadas y duendes, que vio la luz por primera vez el 19 de febrero de 1596.

No fue ésta la única vez que la inmortal obra de Shakespeare fue adaptada a una pieza musical. En 1843, y con solo 17 años, el compositor alemán Félix Mendelssohn compuso su Sueño de una noche de verano, y ya en el siglo XX Benjamín Britten compuso una ópera con el mismo título.


El sueño de una noche de verano
La reconciliación de Oberon y Titania, de Henry Fuseli

En 1791 Wofgang Amadeus Mozart tampoco pudo sustraerse al encanto de la fantasía y compuso su ópera La flauta mágica, un precioso cuento de hadas que se estrenó el 30 de septiembre de 1791 y en la que el propio Mozart dirigió el estreno. La flauta mágica nos narra la historia de un príncipe llamado Tamino que cae desmayado cuando huye de un dragón. Tres hadas, damas de la Reina de la Noche, salen a su encuentro, matan a la bestia y lo salvan. Al despertar el príncipe, es informado por las damas de que la hija de la Reina de la Noche ha sido secuestrada y le enseñan un retrato. Cuando el príncipe Tamino ve el rostro de la joven Pamina se enamora perdidamente de ella y se ofrece para ir a su rescate. La Reina de la Noche le promete entregársela en matrimonio si logra liberarla. Para hacer más fácil su viaje, las tres damas le entregan una flauta mágica de oro y tres pequeños duendes le acompañan en su viaje. Antes de lograrlo, el héroe tendrá que sortear una serie de pruebas. Finalmente, Tamino logrará su propósito y entrará en el templo acompañado por Pamina, mientras son recibidos con cantos de alegría.


La flauta mágica, de Mozart


En 1876, el compositor ruso Piotr Ilich Tchaikovsky compone por un encargo de los Teatros Imperiales de Moscú su ballet El lago de los cisnes, basado en una antigua leyenda que narra los amores entre un hombre y una mujer cisne. En este caso él se llama Siefrid y es un joven príncipe, y ella es la hermosa Odette, convertida en cisne por el malvado hechicero Rotbard. Este encargo le llena de entusiasmo, pues era el primer ballet que componía, pero su estreno en marzo de 1877 no tuvo muy buena acogida entre el público, lo que le sumió en una profunda depresión. Como suele ser habitual, a la muerte de Tchaikovsky en noviembre de 1893 le siguió un resurgir de su obra. En 1895 se reestrena este ballet obteniendo el éxito que le fue negado a su autor en vida.

Afortunadamente para la historia de la música, este fracaso no le hizo rendirse, y en 1889 compone su ballet La bella Durmiente y dos años después su famoso Cascanueces, continuando la línea fantástica iniciada con su primer ballet.

El cascanueces de Tchaikovsky desborda imaginación y fantasía, a la vez que envuelve el escenario con un cuento que nos hace soñar. En él se narra la historia de una niña llamada Clara que recibe como regalo de navidad un soldado de madera que sirve de cascanueces. La niña juega con sus primos que tratan de rompérselo, pero finalmente lo coge y se duerme en su salón, mientras sueña que el salón está tomado por unos ratones gigantes y que su soldado cascanueces es un soldado de verdad, así como los soldados de su primo, que se enfrentan en una dura batalla contra los ratones. En su imaginación, la niña recorre el reino de las nieves y el reino de las golosinas, y conoce a la reina de las nives y a la reina de las peladillas, hasta que despierta y descubre que todo ha sido un sueño. Una de las danzas del ballet de Tchaickovsky es la Danza del hada Peladilla.

Contemporáneo de Tchaickovsky es el compositor alemán Richard Wagner, que en 1833 compone su primera ópera, Las Hadas, con lugares y personajes mitológicos, aunque la obra que lo hará inmortal es su famosa tetralogía El anillo de los Nibelungos (integrada por las óperas El oro del Rin, La Valquiria, Sigfrido y El ocaso de los dioses), que compone entre 1853 y 1874. En esta dramática tetralogía, Wagner recrea la figura de las valquirias, las doncellas guerreras de Odín, en la segunda ópera de esta saga. El mito de las valquirias ha sido contado con mayor detenimiento en nuestro bestiario.

Por estas mismas fechas el compositor francés Charles Gounod compone su ópera Fausto (1859), basada en el famoso mito del hombre que hace un pacto con el diablo y le vende su alma a cambio de sabiduría. Este mito ha sido varias veces recreado musicalmente, como en 1846, cuando el compositor francés Héctor Berlioz se entrega a su cantata La condenación de Fausto, entre otros, aunque será el Fausto de Gounod el que tenga mayor prestigio.

Estamos en pleno siglo XIX, época en que la corriente del Romanticismo se extiende por toda Europa y abunda la temática fantástica. De principios del siglo XIX es el ballet La sílfide y el escocés, del compositor noruego Hermann von Lovenskjold, obra que estrenó en marzo de 1832 en la Ópera de París.

Y con este repaso entramos en el siglo XX, en el que se amplían las manifestaciones musicales que nos hablan de seres fantásticos, pasando por el rock, el heavy o la música de cantautor.

En 1976 el grupo musical Génesis le dedicó al Squonk uno de los temas de su disco A trick of the tail. En esta canción el mítico grupo británico de rock narra la leyenda de un cazador que se encuentra con el triste Squonk, al que trata de atrapar pero que acaba muerto disuelto en sus propias lágrimas.

El cantautor asturiano Víctor Manuel recoge en sus canciones las historias de muchos de los personajes de la mitología asturiana que hemos tratado en nuestro libro. Así, en 1976 canta en asturiano el tema la Danza del Cuélebre en su disco Canto para todos, que dos años después incluirá en castellano en su disco Soy un corazón tendido al sol. Siguiendo la temática fantástica le dedica a la Xana una canción del mismo nombre en su disco Luna, mientras que de la sirena y del Trasgo nos habla en su disco Ay, amor (1981).

No son los únicos cantautores que han recurrido a los seres fantásticos para sus canciones. En 1982 el cubano Silvio Rodríguez sorprendió a todos con su conocidísimo unicornio azul, mientras que Joaquín Sabina y Fito Páez invocan la vuelta de la fantasía en su canción Si volvieran los dragones (1998).

Y para que nuestro recorrido sea lo más amplio posible, no queremos terminar sin nombrar por lo menos al cantante alemán de heavy progresivo Hubi Meisel, que en el año 2003 sacó un disco llamado EmOcean, en el que incluye elementos de fantasía propios del mundo de las hadas, en su deseo de dejar de ser algo más que un cantante para ser un narrador de historias.

Probablemente el lector conoce muchísimos más nombres de grupos, composiciones y cantantes en los que han aparecido algunos de los personajes de nuestro bestiario. Enumerarlos todos sería una tarea casi imposible.


Los seres fantásticos en otras artes

Y es que el hombre no puede dejar de mirar en su interior y tratar de expresar todo lo que tiene en su mente o ve ante sus ojos. Gracias a esta “condena” nos sentimos más cercanos a los hombres que vivieron en otras épocas y que nos han dejado constancia de sus creencias a través de los cuadros, las construcciones arquitectónicas, la escultura, los tapices o cualquier otra manifestación artística.

Probablemente la primera incursión de los seres fantásticos en la cultura tuvo lugar en el periodo Paleolítico, cuando un unicornio aparece representado en las cuevas de Lascaux, en el valle del Vézère, al suroeste de Francia. Pronto comenzó su andadura el unicornio, que ha aparecido en cuentos, canciones, poemas, escudos heráldicos y tapices.


Seres fantásticos - Unicornio de Lascaux
Representación de un Unicornio en Lascaux

También muy antigua es la gran esfinge de Gizeh, construida por orden del faraón egipcio Kefrén en el tercer milenio a. de C. La esfinge es otro de los seres más representados en la historia de los hombres, como testimonian las avenidas de esfinges que los egipcios colocaban a la entrada de sus templos, que puede contemplarse en los templos egipcios de Karnak y Luxor, levantados entre el siglo XV y XVII a. de C. cerca de la ciudad de Tebas. Los griegos la utilizaban como motivo decorativo en su cerámica, como constatan algunas vasijas, mientras que los etruscos la esculpieron en bronce. En el arte mesopotámico aparece decorando los paneles del palacio real de Susa, junto al grifo, otro de los seres fantásticos más representados en la antigüedad y cada vez más olvidado.

El grifo, el animal fabuloso mitad león mitad águila, símbolo de poder y de grandeza de ánimo, ya aparecía en las pinturas murales de los palacios mesopotámicos, aunque la primera joya de la que tenemos constancia hecha con esta imagen es un brazalete de oro realizado en Persia durante la dinastía Aqueménida. Los romanos lo utilizaban con fines decorativos en frisos y candelabros y en la baja edad media era un motivo habitual en las gárgolas. Otra criatura fantástica que sirvió como adorno para los frisos romanos fue el centauro, que aparece en los frisos antiguos del palacio Espada de Roma. Y continuando con el recorrido del grifo a través de la historia del arte, nos detenemos en esta ocasión ante la Ermita de Nuestra Señora de Loreto, en la Higuera del Real, en Badajoz, para contemplar sorprendidos una enorme estatua de mármol blanco, conocida con el nombre de la “mamarracha” y que representa al mítico grifo. En las iglesias románicas estaba presente en los capiteles de puertas y ventanas, como guardián de los lugares sagrados.


SERES FANTÁSTICOS - GRIFO


Las representaciones de animales fabulosos fueron la fuente iconográfica principal de la escultura románica, así no debe sorprendernos el abundante número de animales y seres imaginarios que pueblan los capiteles de estas iglesias, como la anfisbena que adorna un capitel de la iglesia de Sarthe en Francia o la que se encuentra en otro en la iglesia de Valgañón, en La Rioja. Otros seres que también aparecen en motivos románicos son el basilisco, la harpía, los centauros, los dragones y las ninfas.

Al románico le sucedió el arte gótico, que destacó sobre todo por la arquitectura de sus inmensas catedrales. En esta época son frecuentes las gárgolas de piedra que controlan la ciudad desde las cornisas de muchos edificios de estilo gótico, muchas con forma de serpientes, leones o dragones.

Como su propio nombre indica, el renacimiento europeo supuso un renacimiento o redescubrimiento de la cultura clásica, introduciéndose en el arte los motivos mitológicos tan frecuentes en las manifestaciones del arte grecorromano, que continuarán en la época del barroco. En la pintura comenzaron a retratarse los mitos griegos, como encontramos en la obra de Rubens, Velázquez o Zurbarán.

Del pintor flamenco Petrus Paulus Rubens (1577–1640) destacamos los cuadros Hércules y el Cancerbero, Mercurio y Argos, Polifemo, Ninfas y sátiros, y Diana y sus ninfas sorprendidas por sátiros, que se encuentran todos ellos en el Museo del Prado de Madrid. También de temática mitológica es el cuadro Mercurio y Argos del universal pintor sevillano Diego de Silva Velázquez (1599-1660).


Diana y sus ninfas sorprendidas por sátiros
Diana y sus ninfas sorprendidas por sátiros, de Rubens

Una mención especial merece la serie de diez lienzos que el pintor religioso Francisco Zurbarán (1598-1664) dedicó a los Trabajos de Hércules. En el segundo de los cuadros de esta serie Zurbarán retrató la lucha de Hérculas con la Hidra de Lerna.

La época Barroca coincidió con el movimiento religioso de la Contrarreforma, lo que supuso un aumento de la temática religiosa en la pintura y un amplio número de cuadros que retrataban a vírgenes y ángeles. Ya en el Renacimiento los ángeles fueron representados como modelos grecolatinos; Miguel Ángel los imaginó como hermosos jóvenes y Tiziano difundió su imagen de “cupidos infantiles”. En la pintura abundan los cuadros que los retratan, aunque será el pintor sevillano Bartolomé Esteban Murillo (1617-1682)  quien los inmortalice como tiernos niños de gran dulzura que rodean a la Inmaculada Concepción.

En los últimos años del siglo XIX y en los primeros años del XX surge un nuevo movimiento artístico por toda Europa, que en España recibirá el nombre de modernismo, y que supondrá un gusto por lo exótico, un aumento de las formas sinuosas y la introducción, de nuevo, de elementos fantásticos que añadan colorido. En España el máximo representante del modernismo en arquitectura será Gaudí, aunque no será el único arquitecto modernista que haga las delicias de todo visitante que se adentra en la ciudad condal de Barcelona. Del año 1887 es el edificio conocido como el Castillo de los Tres Dragones (Castell dels Tres Dragons), del arquitecto Domènech i Montaner, muestra del primer modernismo barcelonés y que está ocupado desde 1920 por el museo de Zoología. También de la misma época, aunque no modernista, es el edificio de la Aduana que se encuentra junto al paseo marítimo, delante del monumento a Colón, también en Barcelona, realizado por Enric Sagnier y Pere García Faria entre 1895 y 1902. En la parte superior de la fachada de este edificio pueden contemplarse diversas estatuas con figuras mitológicas, entre las que destacan dos hermosos grifos.

Y de Barcelona nos trasladamos al Parque del Retiro de Madrid para visitar la estatua del Ángel Caído, realizada por Ricardo Bellver en 1874.


El ángel caído de Bellver
El Ángel Caído de Bellver, en el Parque del Retiro, Madrid

Como vemos, los seres fantásticos han estado presentes en todas las manifestaciones artísticas del hombre, pasando por la pintura, la arquitectura, la música, la escultura, el teatro, el cine o la literatura. Aquí hemos querido hacer una pequeña enumeración de obras en las que han aparecido, sabiendo que mostramos apenas una milésima parte de lo que el hombre ha creado en su imaginación. Los seres fantásticos forman parte de nuestra vida, aunque no siempre le demos credibilidad. Los jardines los decoramos con enanitos, y las cabeceras de las camas con angelitos de escayola, en los brazos nos tatuamos hermosas hadas, en carnavales nos disfrazamos de demonios y a nuestros hijos le contamos la historia de la sirenita.

Después de todo esto, ¿aún cree que no existen los seres fantásticos en nuestro mundo?


De Bestiario, Agustín Celis y Alejandra Ramírez, Ed. Libsa, Madrid, 2006


Imagen destacada: The Golden Rose, de Donato Giancola, 2007


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