La casa deshabitada

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Soldado de la guardia de Corps, 1901.

(Basada en una conocida leyenda castellana)

Aquella noche don Antonio Chenique paseaba como tantas otras por la callejuela de San Justo, en Madrid, vistiendo elegantemente su uniforme de los guardias de Corps de Carlos IV, muy ufano porque a esa misma hora lo estaría esperando ya una joven a la que había conquistado varias semanas atrás con la ayuda de la criada de esta, que propiciaba los encuentros secretos de los dos amantes.

Estamos en pleno siglo XIX, en un ambiente propicio para las historias románticas, con un apuesto joven al que no evitaremos describir con su bigotito fino y un clavel en el ojal, un decorativo espadín al cinto y en la boca una o dos ligerezas aprendidas en los libros para halagar a una dama. Es orgulloso y va abstraído por las calles pensando en la mejor manera de librarse de la bella enamoradiza que con tanta ligereza se le había entregado y de la que ya obtuvo los favores que su vanidad demandaba.

Aquella noche sería la última noche que pasaría con aquella mujer, que ya le hastiaba. Lo tenía decidido. Ocurrió entonces que al pasar por delante de la iglesia pontificial vislumbró un ligero resplandor que iluminaba su fachada, lo que le pareció extraño, pues muchas veces había cruzado aquella callejuela y nunca había visto luz en aquel balconcillo donde ahora ardía misteriosamente una vela.

Nuestro hombre no apuró el paso, pese a que ya se le hacía tarde el encuentro con la joven que lo esperaba. Se ocultó tras una esquina y durante un buen rato se entregó a la observación de aquel balcón que parecía abierto e iluminado solo para él aquella noche. Vio a través de la ventana una sombra, la misma que portaba el candil, y descubrió en ella un contorno femenino que poco a poco se fue asomando al balcón para mostrar su belleza. Una dulce voz pronunció su nombre y quedó atravesado. La misteriosa mujer lo llamaba desde su altura invitándolo a subir. Don Antonio salió de su escondite y de nuevo la voz pronunció su nombre y de nuevo lo invitó a su alcoba. La curiosidad se apoderó de él y atravesó la calle hasta la vieja fachada. Un portón de herrajes antiguos se abrió con un sonido de años pasados en los que no reparó nuestro hombre. En el umbral lo esperaba la dama del balcón vestida de blanco, apenas un camisón de encaje que prometía una noche única.

Nada tenía que ver aquella belleza con la hermosura de todas las mujeres con las que él había estado hasta esa noche. La dama lo condujo por pasillos ricamente adornados que negaban el aspecto exterior de aquella casa que días antes parecía abandonada. Tanta era la confusión de nuestro hombre, y tanto el deseo de llegar a los aposentos de la joven, que no reparó en la decoración ya anticuada, aunque majestuosa, de aquel caserío. Y allí nada dijo ella. Nada preguntó él. Las horas pasaron veloces y la mañana lo sorprendió despierto y abrazado a aquella inquietante muchacha desconocida.

Apenas tuvo tiempo de despedirse de ella. Afuera lo esperaba su guardia en el palacio real. No podía retrasarse. Recogió su ropa y se vistió. La dama lo condujo de nuevo por los pasillos y de nuevo abrió el portón, que otra vez dejó escapar su inconfundible sonido de años.

La calle Mayor lo esperaba vacía de gente a aquella hora. Don Antonio iba abstraído en sus propios pensamientos, todavía emocionado por la increíble experiencia vivida con la más hermosa de las mujeres. Ya se estaba reponiendo del esfuerzo de la noche pasada cuando a la altura de la Plaza reparó en la ausencia de su espadín. Sin duda se lo había dejado olvidado encima de la mesilla junto a la cama de su nueva amante. Consciente de que no se podía presentar sin él en su puesto, corrió el camino de vuelta hasta la callejuela de San Justo y, sin demora, golpeó la pesada aldaba, que le ensució las manos con el óxido verde del bronce. Tres veces repitió esta operación hasta que la puerta cedió al paso de un anciano con uniforme de viejo criado. Confundido ante la presencia del viejo, don Antonio explicó que necesitaba recuperar el espadín que tan solo media hora antes se había dejado olvidado en aquella casa. No hizo alusión a la joven vestida de blanco con la que había pasado la noche. No quiso comprometer su honor confiando en que la muestra de impaciencia serviría para persuadir a aquel servidor uniformado. El anciano se mostró afable y le dijo que no había inconveniente en dejarle pasar, pero también le advirtió que sin duda se hallaba en un error, y que no debía de ser aquella la casa de la que había salido, pues esta estaba deshabitada y él era el guardián desde hacía muchos años.

Fue el propio anciano el que condujo a don Antonio Chenique por los mismos pasillos que solo unas horas antes estaban ricamente adornados y que ahora se hallaban cubiertos por el abandono de los años. Una pátina de polvo ya asentado lo envolvía todo, también la estancia donde había pasado la noche, y la cama en la que hacía solo media hora antes había estado abrazando a aquella mujer misteriosa, y hasta la mesilla en la que había dejado su espadín estaba ahora mordida por la carcoma y el deterioro.

Nunca hasta entonces había visto el guardián aquel espadín, lo que decía mucho en favor de la historia que le había contado aquel joven tan confundido. Don Antonio reconoció en ella su arma: sin duda era la misma vaina, la misma hoja, la misma empuñadura que tantas veces había decorado su cinto, pero parecía tener un siglo y llevar allí y en aquella misma posición muchos años, no tocada desde hacía tiempo por la mano del hombre, para siempre deteriorada por la herrumbre y el moho.

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1 comentario en “La casa deshabitada

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